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9 min
El jugador desconocido
Suspense |
02.05.20
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Sinopsis

Tenía ganas de ver aquella película. La última creación de uno de mis directores favoritos, un violento «thriller»...

Tenía ganas de ver aquella película. La última creación de uno de mis directores favoritos, un violento «thriller» de alto contenido erótico que estaba arrasando en taquilla desde su estreno. Así que, bien aprovisionado con un refresco gigante y un cubo de palomitas, me arrellané en la butaca del cine dispuesto a pasar un par de horas apasionantes.

Los títulos de crédito se deslizaban ya en la pantalla cuando llegó aquel grandullón. Me pisó levemente al pasar, se excusó de forma correcta y tomó asiento en la butaca situada a mi derecha. Llevaba el individuo un bolso tipo bandolera, de color blanco, que resaltaba en la oscuridad de la sala.

La película no tardó mucho en depararnos un par de sustos que hicieron botar al grandullón en su asiento. Sonreí pensando que pese a la pinta de machote que tenía el sujeto, poca cosa hacía falta para amedrentarle. Y después de los sustos, vino la primera secuencia con sangre. Mi vecino de butaca se removía cada vez más inquieto. Hasta que el asesino, tras seducir y fornicar con su primera víctima, acabó deshaciéndose de ella rebanándole el pescuezo. Y el hombretón no lo pudo soportar. Se levantó con violencia y se dirigió hacia la salida.

«Pues sí que ha durado poco el fulano», pensé.

Unos segundos después, al cambiar de postura, mis pies tropezaron con algo. Miré hacia abajo y vi la bandolera blanca que llevaba aquel individuo. Me giré hacia la salida por si aún estaba a tiempo de avisarle, pero no conseguí verle; el hombre ya había abandonado la sala.

Me quedé unos instantes sin saber qué hacer. Era muy probable que el bolso contuviera algo de valor. Quizás la cartera, o el móvil, dinero… Supuse que el fortachón no tardaría mucho en darse cuenta de que había olvidado la bandolera y regresaría para recuperarla. Así que no la recogí del suelo, pero la oculté un poco debajo del asiento. Si alguno de los espectadores que se sentaba cerca veía el bolso, era probable que le llamara la atención. Mejor esconderlo un poco, que cuando su propietario retornara lo encontraría sin dificultad.

Pasó un cuarto de hora, pero el hombre no volvió. Si no se había percatado todavía de su olvido, podía estar ya bastante lejos del cine. Menudo disgusto se llevaría. Aunque, por otra parte, el que no hubiera regresado podía indicar que el contenido del bolso era poco importante. Igual no había nada de provecho dentro de la bandolera.

Pasó otro buen rato y el desconocido no daba señales de vida. El bolso empezó a convertirse en una tentación. Al fin y al cabo, tendría que contener algo de valor, aunque no fuera mucho. Comencé a sentir el gusanillo de apropiarme de lo ajeno. Un poco de dinero extra no me vendría mal y el riesgo que corría era mínimo. Iba a resultar muy fácil. Cuando acabara la película, cogería la bandolera y saldría tranquilamente de la sala con los demás espectadores. Pero, ¿y si en ese momento me encontraba con el grandullón y me veía con el bolso en la mano? No habría problema, ya que le diría que precisamente iba a entregarlo en taquilla por si alguien lo reclamaba. Se lo devolvería y asunto solucionado. Que el tipo se creyera mi historia o no, era problema suyo.

Aunque tal vez fuera conveniente tantear antes el contenido del bolso. Así que acerqué con el pie la bandolera y la coloqué sobre mis muslos con el mayor disimulo posible. Abrí la cremallera y metí la mano. Toqué cartón, una caja que ocupaba casi por completo el interior. Intenté con los dedos abrir la caja pero dentro del bolso no había espacio suficiente para abrirla sin doblar el cartón. Y si en esos momentos regresaba el dueño de la bandolera y notaba el cartón doblado, podría pensar que había intentado robarle. Así que cerré de nuevo la cremallera. Si al final decidía llevarme el bolso, lo mejor sería esperar a estar fuera del cine para descubrir su contenido. O esperar a llegar a mi casa, incluso mejor.

Mientras tanto, el asesino de la película seguía seduciendo y rajando una chica tras otra, sin que los apuestos detectives acertaran a sacar partido de las escasas pistas que encontraban. La verdad es que yo, con la obsesión del bolso, andaba casi tan despistado como los policías; mi interés por la película se había esfumado. Mi cabeza estaba ya solo puesta en que el dueño de la bandolera no regresara y poder quedarme con ella. Tampoco hacía falta esperar a que finalizara la película. Con el bolso en mi poder, podía marcharme cuando me diera la gana. De hecho, cuanto antes me fuera, mejor. Menos tiempo le dejaba al grandullón para volver al cine.

Respiré profundo, colgué de mi cuello la bandolera, y recorrí el pasillo que conducía a la salida. Traspasé las puertas del cine y salí a la calle. Iba a encender un cigarrillo cuando escuché una voz a mi espalda.

—Por favor, ¿me da usted fuego?

Aquella voz era, o se parecía mucho… a la del propietario del bolso. Me volví temblando mientras sacaba el mechero. Un individuo grande y grueso sostenía un cigarrillo entre sus dedos mientras sonreía. Parecía el grandullón… pero no, no podía ser… este hombre vestía un jersey blanco inmaculado… el del cine iba de oscuro… Además, yo tenía en mi otra mano la bandolera blanca y el tipo ni siquiera la miraba. Mi mano temblequeó mientras le daba fuego. Si era él, ¿por qué no me reclamaba el bolso? Y si no me lo reclamaba… es que no podía ser él.

El hombretón soltó una bocanada de humo, me dio las gracias y se alejó despacio. Yo permanecí unos instantes como una estatua, con el mechero en la mano, completamente alelado. Por fin, mis pies se movieron hacia la parada de autobús.

Al cabo de unos metros, me resultó imposible no volverme. El individuo estaba parado junto a un coche tan blanco como el bolso y el jersey. Y me miraba. Por fortuna, el bus llegó enseguida; me dirigí hacia los asientos traseros, quería vigilar qué hacía el grandullón.

El autobús y el coche blanco se pusieron en marcha al mismo tiempo. Sentí un sudor frío que empezaba a recorrer mi frente. Maldita la hora en que entré en el cine, maldita la hora en que vi el bolso y maldito yo mismo por cogerlo. Esto se estaba convirtiendo en una pesadilla. De pronto, el autobús tuvo que frenar bruscamente para evitar saltarse un semáforo. Me volví otra vez. El vehículo blanco estaba materialmente pegado y el individuo me hizo algo parecido a un saludo. Una señora que se sentaba junto a mí me preguntó si me encontraba bien. Mi cara debía parecer la de un cadáver.

El bus giró a la izquierda y entró en una calle con menos tráfico. En la siguiente parada, me volví de nuevo. El coche blanco había desaparecido. Ya no me seguía. Miré a un lado y a otro, ni rastro del vehículo. Respiré aliviado, todo habían sido figuraciones mías. Era imposible que el hombre que me había pedido fuego fuera el propietario de la bandolera.

Comencé a sentirme mejor. Miré el bolso y pensé en tirarlo nada más pisar la calle por el mal rato que me había hecho pasar; pero, al fin y al cabo, todo habían sido alucinaciones mentales, ¿por qué habría de tirarlo? Seguro que contendría alguna cosa que me compensara del mal trago.

Veinte minutos más tarde llegué a mi parada. Bajé del bus y encendí otro cigarrillo. No quería abrir la bandolera hasta estar en casa y sentirme seguro. Caminé deprisa, volviéndome con frecuencia por si acaso. Nadie me seguía.

Por fin, entré en el cutre piso de alquiler donde vivía. Dejé el bolso sobre la mesa y abrí una cerveza. Mientras la bebía, contemplé unos minutos con rencor mi botín. Luego, descorrí con calma la cremallera del bolso, saqué la caja de cartón y la abrí.

En su interior solo había una pequeña llave USB.

Me sentí desconcertado. No era lógico el contenido. Como un autómata, puse en marcha el portátil y conecté la llave. Y escuché de nuevo aquella voz:

«¿Te has divertido con el juego? Pues ya se está acabando. Y has perdido. Y lo que había en juego era, simplemente...»

Hubo unos instantes de silencio. Una angustia infinita empezó a apoderarse de mí. Y la voz continuó:

«... era, simplemente... tu vida.»

Me levanté tambaleante de la silla provocando que la cerveza cayera con estrépito al suelo. Tenía la frente empapada en sudor y mis piernas apenas si eran capaces de sostenerme. Conseguí llegar al cuarto de baño y metí la cabeza debajo del grifo del lavabo. Sentí el agua helada correr por mi cuello. Levanté la cara y me miré en el espejo. Y un grito de terror salió de mis labios...

¡Él estaba detrás de mí!

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