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5 min
El lago surreal y de cristal (fragmento)
Fantasía |
22.01.19
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Sinopsis

Fragmento de un cuento de horror que escribí hace ya dos años atrás, llamado "La horrible pesadilla de Arthur Howard".

La sucesión de voces y música había terminado. Arthur Howard ya no distinguió ningún personaje negro y alto a lo lejos, lo había perdido. Ahora caminaba en el lago de cristal y surreal. Sin dirección, sin sentido, sudoroso y cansado, con dolor de estómago. Ya no percibió esas masas espinosas arrastrándose por centenas debajo del hielo…. no. Ahora estaba tranquilo.

Un lago de cristal y fantasmal. Sin vida, ancho y espacioso, sin vegetación ni cielo verdadero, solo cristal diáfano y sin color por doquier. A donde alzara la vista, debajo y arriba, todo era blanco como la sal.

Caminó así mucho tiempo, sin amenazas, pero era desesperante que el lago de cristal y espectral no tuviera final. Temió que su imaginación lo hubiera llevado a un punto blanco, sin final ni principio, que se quedara allí soñando por la eternidad, sin nada más que un blanco y mediterráneo mar de sal fría.

Parecía casi una superficie lunar sin fondo, pues quien sabe cuántos metros de oscuridad y repugnancia se alzasen por debajo del piso traslúcido y claro. Pronto comenzó a tomar el asunto con cierto pánico, pues no parecía hallar el fin de la lejanía azul como polvo. Caminó con espanto, a través del lago surreal y abisal, surreal y adimensional, surreal y de cristal. Pero, para su tranquilidad, por fin descubrió una roca, una pila de sal uniforme y rocosa, medrosa y alzándose solo unos centímetros del suelo.

Pero las rocas altas y puntiagudas empezaron a aparecer por decenas. Las hebras de sal límpidas y cristalinas que conformaban el lago de sal ya no estaban. Ya era otro paisaje. Un terreno calizo y mucho más blanco, pizarroso. No arena, no cristal. Solo era tierra blanca y vil, rasposa al tacto, un terreno cubierto de extrañas rocas de un metro casi piramidales, formando colonias y peñascos, algo lustrosas, que Howard podía haber jurado vivientes. Grandes cristales calcáreos y sódicos.

Era un lugar casi geométrico, pues luego, bajo la bóveda celeste ahora púrpura, notó, sobre el suelo alcalino, extrañas formaciones que el atribuyó humanas, como tubos enredados y con función desconocida.

 

Lugar aún más hostil y triste, grisáceo, lavanda y blanco. La soledad que se respiraba era horrible. Y sí, en un espacio reducido y enmarañado, una construcción de arquitectura surrealista y metálica se alzaba para distinguirse en el terreno árido y desierto.

Ahí, enaltecida sobre el suelo uniforme y blancuzco, calizo; una construcción en forma de cubo, o más bien un poliedro extraño, alzándose más de cinco metros de altura, y de la misma anchura y largo, formada por sucesiones de tubos delgados y enmarañados como en un laberinto, que daba terror de tan sólo imaginarse atrapado dentro.

Qué extraña aquella cosa. Daba un pavor innombrable, y curioso por lo visto. Un cubo, una construcción de tubos argento, huecos, construida por quién sabe qué cosa. ¿Humanos, criaturas, o qué?

Arthur estaba viendo más allá de su sueño. Y empezó a darse cuenta (sólo entonces) que estaba soñando. Sintió verdaderamente por fin, que estaba atrapado en su pesadilla pero, he ahí el problema, que el pobre no podía despertar. Aún hiciese un esfuerzo sobrepujante, intuía que el sueño no terminaba allí, sabía que tenía que sufrir espantos innominables antes de despertar y terminar con todas estas temibles alucinaciones febriles. ¿Qué terribles recuerdos ignotos, y qué horrorosos vestigios en su mente yacían allí para hacerle tener sueños tan monstruosos y surreales, llenos de imaginación y colores? En verdad, Arthur, a su corta edad, se daba cuenta del negro y brumoso secreto del mundo onírico.

Jamás en su vida había tenido pesadillas tan vívidas y llenas de expresiones viscosas y hórridas como esta. El terror que le sobrecogió aquella medianoche en su mirada vacía y de profundo desasosiego febril no tenía descripción. Estaba asustado. Y tal vez sólo habían pasado tres horas o menos de terrible pánico. Arthur se dio cuenta de que soñaba, pero tan pronto como ello pasó, se trasladó a un sueño todavía más profundo que luego lo llevaría a una última convulsión violenta y terrorífica. Descansaba, sí, sobre su lecho, pero descansaba incómodo. Empezó a divagar absurdamente en la formación metálica y reflectora de tubos estrechos. Tocó y sintió la escultura onírica, y era tan fría y seca al contacto, que le transmitió un vivo sentimiento gélido que le hizo estremecerse. Trató de mirar al centro, pero entre tanto enredo no logró obtener nada certero.

Pronto empezó a temer mórbido sobre el tipo de formación; quién lo había fabricado, y comenzó a sentirse observado y seguido. El sentimiento clásico de persecución innominable de las pesadillas lo asaltó. Ya no un vil monstruo, o unos ojos viscosos y vomitivos, no; sino algo enorme y omnipresente, inefable pues. El terror absoluto. No un miedo a la muerte, no, sino a… lo innombrable. Sí, ese temor absoluto de quedarse para siempre en la pesadilla, sin poder moverse ni salir de allí, atrapado en el infierno para toda la eternidad. Un temor absurdo, si lo pensamos, pero, allí estaba. El temor asestó un golpe brutal a Arthur de esta manera. Así que empezó a correr entre las dunas del desierto blanco y cubierto de gusanos. Su reacción fue esta, una de las respuestas más primitivas ante el miedo, aparte de esconderse. Corrió hasta el cansancio, hasta que sus piernas dolieran en sueños. Correr hacia la nada. Correr y correr bajo ese cielo eterno, límpido, cetrino y humeante.

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Soy el escritor transparente. Tengo 20 años de edad.

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