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7 min
El lago y la cabaña
Amor |
07.12.18
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Sinopsis

Un hombre se retira a una cabaña soitaria en un lago para superar un desengaño amoroso

 Oscurecía. Un molesto viento caía sobre las negras aguas del lago haciendo que este se rizara en su superficie. Varios abetos y troncos caídos obligaban a que el paseo del hombre por su orilla, fuera dificultoso. No había ninguna luz que contaminara aquella naturaleza salvaje y John se paró un momento para atajar el aire, subiendo la cremallera de su chaquetón de piel girada. Por un instante dejó que su escopeta descansase en un tronco caído, iluminó su rostro encendiendo un pitillo, recogió el arma, se ajustó el sombrero y continuó con la única compañía de su soledad.

     John era un hombre alto y con buena presencia; debajo de su sombrero, aparecían las primeras canas de una juventud que ya se empezaba a retirar; espalda ancha, habituada a soportar toda clase de penalidades, piernas  delgadas pero firmes. El hombre del chaquetón de piel girada se detuvo y contempló como las aguas del  lago estaban movidas en su superficie...pero estaba seguro que las aguas en el interior del  lago, permanecían tranquilas. Le pareció que así se podía explicar su alma, de apariencia agitada pero en su interior imperturbable.

     John había venido a aquel rincón del fin del mundo, porque quería que su alma, acabara de serenarse.  Quería confundirse con la naturaleza, con los alces, lobos, búhos y osos…con sus bramidos, aullidos. Ululares y gruñidos…estar en armonía con la animalidad natural, instintiva, predecible y sin engaños; dejando de lado y bien lejos, los artificios, tretas, mentiras, falsas apariencias e intereses de todo tipo de los humanos. Había decidido no saber nada más de los hombres.

     El hombre alto había huido de sus semejantes porque estos le habían dado la espalda, no eran naturales…ya no estaban en concordancia con la naturaleza, vivían en la hipocresía y de una manera tan artificial y antinatural que la vida de la gente en las grandes ciudades, no se comprendía sin las enfermedades mentales de todo tipo y sus sacerdotes…psiquiatras, psicólogos, médicos de todo tipo.

      John se había construido una pequeña y austera cabaña, cerca del lago…no tenía electricidad, solo una pequeña chimenea que le ayudaba a combatir el frio. Las horas de luz, mandaban tanto en los animales que él cazaba, como en su actividad diaria. En la cabaña tenía un jergón a modo de cama, una austera mesa de pino y una sólida silla que le servía para todo.

       Ya había anochecido. Por un instante se maravilló del continuo movimiento de las cosas. Todo estaba en movimiento…a la mañana le había sucedido el atardecer y a este la noche. El mismo, su cuerpo, se movía hacia la decadencia inexorable…lo único que permanecía constante y que era el verdadero motivo de que él se encontrara allí, aparte de su desafección con la raza humana, era un amor constante hacia una mujer que no obedecía a las leyes normales de cambio que rigen en la naturaleza. El desengaño, que ya duraba años había propiciado la reclusión en la que se encontraba. Cuando consiguiera apartar la imagen de la mujer de él, su alma acabaría de aquietarse.

       Iba a entrar en su cabaña, cuando apartando la oscuridad de la noche, muy a lo lejos, chispeaba un fuego que trataba de alejar el frio…John, no pudo saber cuántas personas se calentaban a su alrededor. Afortunadamente la distancia era enorme, pero este pequeño     suceso ya lo desestabilizó, haciéndole atrancar la puerta de su cabaña con firmeza.

    Encendió su pequeño candil y se estiró en el camastro sin desvestirse. El fuego que relumbraba a lo lejos, no presagiaba nada bueno. Apagó la pequeña luz y dejó que sus pensamientos fluyeran por su mente. Por un momento se le apareció la palabra Destino. Él no creía en el Destino, estaba convencido que cada cual fabrica su propia suerte con sus actos,  creía que no se puede hablar de una predestinación escrita que marque nuestra vida. Desechó que él se encontrara en su cabaña porque lo dijera un destino.                                                                                                  

     A través de las delgadas paredes de madera de su cabaña, dejó que sus pensamientos se apartaran pasando a escuchar como cada noche, la sinfonía de sonidos que proferían los animales del bosque. También el viento estaba presente haciendo crujir la estructura del refugio a su antojo,  cuando unos gritos angustiosos hicieron que se pusiera de pié de un salto

-Socorro, socorro…ábrame por favor…-decía una mujer golpeando la puerta

      John abrió con celeridad y una mujer joven con el pelo revuelto y las ropas rotas, se  abalanzó al interior suplicándole

     -Por favor… están borrachos y vienen a por mí…le ruego que me ayude – dijo con un miedo evidente

     En la explanada a escasos metros de la cabaña, la luz tamizada de la luna, dejaba ver como tres hombres se dirigían al cobertizo tambaleándose por el alcohol. Uno de ellos, el más mayor, iba armado y tirando tiros al cielo con una mano, mientras que con la otra sujetaba una botella de whisky. Los dos más jóvenes se dirigían hacia la cabaña.

     John reaccionó con rapidez. Salió afuera de su barraca y fue recibido por un  tiro sin consecuencias del borracho. Nuestro hombre apuntó a la mano que todavía sujetaba a la amenazante pistola y apretó el gatillo. El impacto fue  certero e instantáneo. El borracho dejó caer la botella para cogerse la mano ensangrentada y aullar como un lobo más del bosque. Los dos compinches que le acompañaban emprendieron la huida sin esperarlo. El borracho, chillando como un poseso, fue detrás de sus amigos.

      Nuestro hombre les siguió a distancia y solo cuando vio que los tres hombres entraban en un todo terreno y enfilaban la ruta hacia la pista principal, volvió a su cabaña.

      La atemorizada mujer aguardaba un desenlace incierto. Cuando vio regresar a John suspiró aliviada. El hombre alto volvió a encender el candil, consoló como pudo a la mujer y le ofreció su jergón para que intentara dormirse.

       La luz era tenue y las llamas de la chimenea intentaban que el calor llegara a aquellas dos almas abandonadas. John desde su silla, observaba la intranquilidad de la joven y su pelea con su colchón.

       La noche iba a ser muy larga.  Volvió a pensar en el Destino, volvió a no creer en él. Pero dudó de sus pensamientos cuando la joven puso su clara mirada en los ojos de él, para decirle

       -Por favor, ven a mi lado, no es justo que pases la noche en esa silla…además tengo frio...además…

     John se levantó de la silla, miró a la chica y vio en su mirada algo especial que hacía mucho tiempo que no veía. Por un instante creyó en que el Destino, empujando a la realidad, le había enviado aquella mujer.

      -

 

    

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