cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

10 min
El llamado del crepúsculo
Amor |
02.06.17
  • 5
  • 16
  • 354
Sinopsis

Victoria percibe que puede encontrar un alivio para su soledad, no sabe de qué se trata, pero sí sabe dónde ir a buscarlo.

El llamado del crepúsculo

La casa de Victoria está en medio de esta especie de bosque que llega casi hasta la costa, rodeada de árboles. Es una vivienda amplia, tiene mucho espacio, demasiado, porque en este último mes se ha vaciado de golpe. Su marido ha fallecido, nunca regresó con vida al hogar.

El día de su muerte le avisaron con un llamado telefónico breve y, ella fue sola, a buscarlo, y disponer los arreglos del funeral. Cuando lo vio, él ya había partido para siempre, no pudo despedirse, todo fue tan rápido. Ella no estuvo presente cuando él cerró los ojos, ese fue el comienzo del tránsito hacia la profundidad de su pena.

A veces la tristeza la invade y, en esta tarde lo recuerda, una vez más. Una saeta le atraviesa el pecho sin volcar una gota de sangre, el dolor surge, asciende y, le arde, entre los retazos revueltos de su alma quebrantada.

Victoria ama la vida, es un canto al optimismo, da muestras de ello cuando sonríe. Todo el rostro se le ilumina, es una estrella con luz propia. Pero a veces, tiene su día triste.

Va hacia la cama de su dormitorio, se sienta, mira el piso y al rato va a la cocina. No sabe qué hacer. Calienta agua para el mate, lo sirve y se queda con él entre las manos, pensando, en el silencio quieto de la sala. Pasa un rato, lo deja sobre la mesa, se levanta y se asoma al balcón. Apoya la palma de sus manos sobre la baranda de hierro y observa el vuelo de los halconcitos blancos, el canto breve de los chorlitos, ve a una pardela en lo alto, que da vueltas, buscando la brisa adecuada que la devuelva al mar.

Recuerda que en otoño salía con él a buscar las frutas caídas al pie de los castaños. En verano se alejaban juntos por la hierba, atravesando el arroyo, más allá de la noria, hacia la costa. A ambos les gustaba mirar hacia la inmensidad del agua. Como un par de gaviotas solitarias tomadas de la mano, eran un punto apenas, en el amplio desierto de arena de la bahía curvada de Playa Honda.

«¿De qué manera podré seguir viviendo?», se pregunta, mirando al cielo, rastreando con sus ojos para descubrir su figura en algún lugar del inmenso universo. Sin él, cualquier camino le parece un destino inseguro.

Aspira profundo, no tiene con quién hablar en esta ausencia que la invade por dentro y por fuera, en esta tarde apacible, frente a la arboleda que se extiende ante ella.

El sol está bajando por la espalda de la vivienda, la tarde está cayendo, se filtran los haces luminosos entre las hojas del follaje. Una bruma rosada peina lar ramas más altas de las copas frondosas de los árboles de este pequeño bosque. ¡Cuántas veces han visto, juntos, este paisaje desde aquí!, con el mar de fondo, que se divisa bajando la barranca, más allá de los bordes rocosos de la Isla de Flores, cascados, salpicados por esquirlas de espuma blanca. El rumor de las olas, lejano, habla por encima del murmullo de esta fronda que se hamaca con la brisa suave, húmeda, que llega desde el océano. Algunas hojas ya comienzan a mudar hacia los tonos canela, el otoño les pinta la piel seca de color marrón, las va endureciendo, las cubre con una costra quebradiza, tapizan el piso como una alfombra mustia, crujen bajo el leve peso de alguna fruta que cae. Hay aroma a flores en el aire.

Ella va y viene por las habitaciones vacías. El peso de la soledad es un lastre que la abruma.

Decide ir hacia Punta Ballena, se deja llevar por un impulso repentino. Toma un abrigo de lana, por las dudas, piensa que cuando anochezca seguro va a refrescar. Coloca las llaves del auto en la cartera, pasa delante del espejo y se demora un poco. Tiene puesta una blusa liviana y unos pantalones claros. Se acomoda la cabellera mirándose de costado. Recuerda. Los brazos fuertes que la envolvían no están, no los ve en el espejo, no le abrigan su cuerpo. Se sentía arropada cuando él le regalaba ese gesto. Falta, aquí, el olor a tabaco y a ron que perfumaban la sala. La tristeza se le arrima al hueco de su corazón, casi nunca la demuestra en la gallardía exterior de su figura, sin embargo, Victoria advierte, ahora, que de la humedad de los ojos algo se desborda y le baja por una de las mejillas. Se pasa un dedo para quitarla y va hacia la puerta. Antes de salir echa una mirada hacia la habitación. Ve el rostro de él en los cuadros colgados en las paredes, en los retratos que tiene sobre los muebles. Eso la apena un poco más, no puede evitar esa congoja. Sale y cierra la puerta.

Maneja por la carretera de Montevideo hacia el este. Llega por el único camino posible, rodeado de pinos y eucaliptus. De a poco se transforman en arbustos y luego, finalmente, en matas bajas. La ruta asfaltada es ahora un sendero de guijarros. La península es una prolongación del cerro que se adelgaza, parece más angosta con el océano a ambos lados. Se extiende como un muelle que se hunde en el mar, que aquí es un piélago, un estanque inabarcable, una llanura líquida infinita, sin límites, abierta en todas direcciones hasta perderse en el horizonte, y que se hace turbulenta en esta costa agrietada, que ciñe los peñascos por ambos lados, y los bate con furia, con alas de agua que se elevan saltando al pie de este precipicio.

Se baja del auto. Siente de inmediato el embate de las ráfagas feroces que la empujan desde el sur. Cierra la puerta y, se coloca el abrigo encima de los hombros, sus cabellos se agitan. Se detiene y mira. Está frente a Casa Pueblo, aquí quería llegar.

Es una casa mediterránea, insólita, enclavada en la desembocadura del Río de la Plata. Es una sucesión de nidos superpuestos, de paredes blancas llenas de ventanas, construida sobre la roca, en la orilla de esta punta que se mete con coraje entre las olas, buscando lo profundo. La construcción parece un animal adherido con tentáculos de hormigón a la piedra, como un manojo de plantas parásitas que resisten los castigos del viento. Es, casi, una edificación con vida, desesperada, a punto de caer por este despeñadero, hincando los dedos entre los intersticios de la pared rugosa, en la soledad del acantilado.

Punta ballena es una franja estrecha, es la estribación de la cadena montañosa de Cuchilla Grande, que se aguza, asemejando primero a un brazo, luego una mano y por último un dedo largo con la uña dura que desciende señalando el fondo del océano. Es una puntera rocosa que huye de la orilla. Es un espigón expuesto a los huracanes que lo arañan desde el sur, castigado por el salvaje atropello de las tempestades en los algunos días grises del crudo invierno.

La sensación que tienen los navegantes cuando miran hacia aquí, es que el efecto de la presión de los feroces vendavales, han aplastado la nuca del extremo de las montañas hacia abajo, de modo que le han hundido el hocico bajo la marea, este lugar parece el casco de un barco encallado con la proa hundida. Y el líquido salino, en continua agitación le golpea los flancos escarpados, de un lado y del otro, esparciendo penachos de espuma blanca entre las rocas.

El océano, aquí es río y es mar, es un mestizo araucano o charrúa que a veces muestra la piel celeste y a veces se pinta de cobre como un lagarto que baja desde las tierras rojas de la provincia de Misiones.

La temporada ha terminado y casi no hay turistas en Casa Pueblo. El crepúsculo está por declararse en el cielo que se recuesta en la línea difusa de la lejanía.

Victoria franquea la entrada del magnífico laberinto. Sube y baja escalones, atraviesa pasillos, pasea por las habitaciones, observa las pinturas que hay sobre las paredes encaladas, los objetos de colores vivos. Una grabación comienza a reproducir la «Ceremonia del Sol», ese bellísimo poema, recitado por el artista que construyó esta mítica casa. Entonces, ella va hacia una de las terrazas techadas que miran hacia el oeste, una en la que no hay nadie, desde aquí ve el horizonte marino. Hay nubes, hebras blancas que esconden la geometría circular que brilla detrás de ellas. El globo solar es una moneda dorada, gigante.

En la intimidad de este balcón, ella se atreve a pensar que es allí, en aquel disco de oro donde se encuentra el espíritu de su marido, poderoso, también, como el fuego. Y se anima a sincerar, en su interior, un pensamiento que la estimula, algo que jamás diría en voz alta, pero que palpita en su corazón: «Vengo a ver tu muerte cotidiana, temporaria, es la despedida que te debo. Nuestra cama es demasiado grande para mí sola, está fría y a la noche me desvelo. Voy a venir aquí, de vez en cuando, cuando la soledad se me vuelva insoportable, como hoy.»

Victoria escucha la voz del poeta que recita, se arrellana en la silla, se ajusta el abrigo, encoge los hombros y, luego, mientras escucha la voz monótona que recita los versos fabulosos, con las palmas de la mano a los costados del rostro, se recuesta con suavidad apoyando su cuerpo hacia atrás, contra el respaldo. Levanta la frente y, dirige su mirada al globo escarlata que se hunde irremediable. No puede contenerse, los versos que escucha la emocionan, han ablandado la escarcha de su pena. Aparecen dos surcos delgados, casi imperceptibles, por donde le resbalan las lágrimas tenues de la tristeza. Son dos senderos que bajan por la calidez de sus mejillas.

Sonríe, ha imaginado que él está ahí, pero sabe que de todos modos seguirá en esa lejanía con los labios mudos, a ella le sigue faltando el sonido de su voz, la armonía de la palabra que se pierde vagando por los cielos. Y entonces, algo insiste, nuevamente, en su interior: «¿De qué manera podré seguir viviendo?», se pregunta. Rastrea con sus ojos para descubrir su figura. Mira al cielo manchado de carmín y granate, quiere verlo, trata de armar su imagen, en el centro de la bola ígnea, que desaparece, lentamente, tragada por el agua.

Hoy se ha permitido esta fantasía deliciosa. Su destino se afirma, es éste, debe venir aquí de tanto en tanto. Tal vez sea solo un artificio para aliviar su soledad. Pero es suficiente para ella. Aquí podrá venir, a soñar con su compañía, la de él.

El viento sigue azotando la casa blanca. Ella quiere que el poema prodigioso no termine nunca y que el globo rojo no se hunda jamás. No quiere despedirse, todavía.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Muchas gracias, Nubis, y, si el texto te ha inspirado aunque sea un poco, seguro que saldrá algo muy bueno de tu pluma. Un abrazo, compañero.
    Magnífico. Me has inspirado a escribir un texto similar. Muy visual e interior, mezcladas las imágenes del alrededor, del pasado y de Victoria. Otro gran texto para la colección.
    Muchas gracias Horacio. Pedazo de comentario, te lo agradezco mucho, me alegra que te haya gustado.
    La parte de “Decide ir hacia Punta Ballena” es maravillosa, como describes y comparas ahi… puff. Genial. Me sacudio. Las descripciones del paisaje son sublimes. La narracion detallada impecable. Otra parte mas adelante tambien magistral, bravo. Felicidades por ser relato del mes, asi deberian de seleccionar los relatos del mes y los destacados. A veces ponen cualquier basura, incluso despedidas del tipo “Abandono la red” jajaja
    Gracias, amigo BLUESS.
    Gracias Macías. Un placer que vengas por aquí.
    Nuevamente, un trabajo contundente y exacto. Escribes de una forma preciosa y apasionada. ¡Muchas felicidades! Abrazos OOO, XX.
    Muchas gracias, Bella, eres en extremo generosa, me encanta tener tus palabras aquí porque te admiro mucho y porque eres una escritora excepcional. ¡Es todo tan bonito lo que dices!
    En el canto hay tesitura. Y no hay mucha diferencia cuando escribes que cuando alguien alza la nota. Una fina melodía que sonroja a quien la escucha sentado sobre sus piernas flexionadas, así como un niño. Encontrando la magia. En este caso en tus letras. Tan sinceras como el mar. De verdad, un honor que nos compartas de tu canto.
    Muchas gracias Félix, muchas gracias Ava. Un saludo a ambos.
  • Victoria percibe que puede encontrar un alivio para su soledad, no sabe de qué se trata, pero sí sabe dónde ir a buscarlo.

    Solo cuando me enamoré de ella pude animarme a decirle estas cosas.

    Tilo tiene 33 años. Todo el día de ayer lo asediaron los recuerdos de la noche en que se fue su madre, cuando él era niño aún. Hoy ha escrito estas líneas, para que no se escapen, en su cuaderno de Tapas Duras.

    Mujer, lee estas sugerencias si quieres conocer lo que es vivir un hechizo de amor.

    En ocasiones nos quedamos sin ningún susurro de la imaginación que nos venga a recitar algo bonito al oído para transcribirlo en palabras.

    Fue un miércoles negro, cuando las mujeres vinieron a la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, a gritar, a intentar detener la violencia de género que padecen.

    Este es el cuarto relato de una serie que está formada por los cuatro siguientes, los cuales también se pueden leer en forma separada: I: Moscas, moscas y más moscas. II: A la mañana siguiente, la ventana. III: Lucrecia. IV: Una línea muy delgada

    La perversión va cubriendo su vida como una nevada fina que lo va a llevar por un camino siniestro

    Si te gustó el primer relato "El clan siniestro"... espero que disfrutes del mismo con una continuación que el autor "fenix" ha realizado (en negrita), en lo que podríamos considerar nuestro segundo relato conjunto.

    Las ventanas, las obsesiones y los cadáveres empiezan a tener alguna conexión.

  • 17
  • 4.88
  • 5

Y ya con mi primer libro: https://www.amazon.es/El-sonido-tristeza-Raul-Victoriano-ebook/dp/B073XNCJGK/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1502907457&sr=1-1&keywords=el+sonido+de+la+tristeza

Tienda

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta