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24 min
EL LLANTO
Terror |
28.01.17
  • 4
  • 1
  • 1870
Sinopsis

Un crimen atroz... Un ente que clama Justicia desde el Más Allá...

EL LLANTO

            Una incesante lluvia caía sobre el techo de madera de la pequeña y fría cabaña cercana al río.

            ―¿No ha llegado todavía el Doctor? –Tendida sobre la única cama visible en el interior de la rústica vivienda, una mujer joven, sufría los dolores y molestias propias del parto.

            Su marido, asomado a la ventana, movió la cabeza de un lado a otro, en negativa respuesta.

            ―No, no se le ve venir.

            ―Por favor, Andrew –la mujer, gimió al intentar incorporarse―, acércate.

            ―Dime, cariño –Andrew se sentó en el borde del catre, y tomó las manos de su esposa entre las suyas.

            ―Tú sabes que no podemos cuidar del niño…

            ―Pero, querida… ―Andrew Rex, volvió la cabeza, y bajó la mirada hacia el suelo de madera―. Se trata de nuestro hijo. Nuestro bebé.

            ―¡No, se trata de nosotros! –Su esposa le dedicó una mirada cargada de furia. Aunque no era su culpa, la pobreza y la miseria la habían convertido en una mujer fría, de corazón duro y sin apenas sentimientos. Pensaba, no sin razón, que el niño que esperaban, sólo supondría una carga para ellos.

            ―¡Eso que estás pensando, es una monstruosidad! –Él, furioso y confundido, apretó los puños.

            ―Es nuestro futuro, no podemos mantener al niño –la cruel mujer, cogió las manos de su marido, para mantenerlo a su lado.

            ―¿Cómo quieres que me sienta, sabiendo que vamos a matar a nuestro hijo? –Con semblante sombrío, Andrew Rex, se apartó de su esposa, y caminó hacia la ventana―. ¡Es…, horrible…!

            ―Por Dios, Andrew –la mujer, haciendo un gran esfuerzo, se alzó del lecho, y se acercó a su esposo―. Nadie ha hablado de matar al niño.

            ―¿Entonces?

            ―Cuando el pequeño nazca, el Doctor Taylor y yo, buscaremos a alguien que pueda darle un buen hogar, y un buen futuro.

            ―Eso…, me tranquiliza –más calmado, el joven marido, sonrió a su esposa, y la estrechó, fuertemente, contra su cuerpo.

            Sonaron varios golpes en la puerta de la cabaña.

            El Doctor Richard Taylor saludó a Andrew, cuando éste le franqueó la entrada y, tras pedirle al joven algo de ayuda, se puso manos a la obra.

            Una hora más tarde, la pequeña vivienda de madera, se llenaba con el llanto potente y vital de una preciosa niña de rubios cabellos y ojos azules.

            ―Mírala, es tan linda –Su padre, la tomó en sus manos, y la acunó tiernamente.

            ―Bien, Laura, Andrew, esta misma mañana, he hablado con un matrimonio de Oxford –El Doctor Taylor sonreía satisfecho, mientras ayudaba a la joven madre a alzarse de la cama, para lavarse y asearse.

            ―¿Son buenas personas? –Preguntó el dueño de la casa, mientras apretaba el cuerpecito de su hija contra su pecho.

            ―Sí, son gente de buena posición social, y económica –al decir esto, el anciano médico, cruzó con la joven una extraña mirada.

            ―¿Podemos hablar con ellos? –Andrew, con sumo cuidado, depositó a la pequeña sobre la cama, y la arropó con la manta.

            ―No ―respondió Taylor con voz tajante―; la familia me ha pedido la máxima discreción en el asunto.

            ―¿Cuándo se realizará la entrega? –Andrew, por algún motivo, no terminaba de confiar en el viejo Doctor.

            ―Mañana, al anochecer, nos espera un criado de la familia cerca del río.

            ―¿Cuánto van a pagarnos? –El joven padre, volvió a tomar a la niña en brazos, y la acunó tiernamente―. Esa gente debe de tener mucho dinero, si se puede permitir comprar un bebé.

            ―Bueno –Taylor volvió a cruzar una extraña mirada con la madre de la pequeña―, lo cierto es que no hemos hablado de nada de eso con la familia, pero…

            ―Tranquilo, cariño –Laura dedicó a los dos hombres una agradable sonrisa, y tomó a la niña de brazos de su padre―. Todo saldrá bien, ya lo verás.

            Tras hablar unos minutos más con la joven pareja, el Doctor Richard Taylor, se despidió de ellos, prometiendo regresar a la noche siguiente, para acompañar a la mujer a la cita con los nuevos padres de la niña.

            Andrew, mostrando un aire triste y abatido, pasó el resto del tiempo junto a la pequeña, sorprendido del poco aprecio que su mujer parecía sentir hacia el bebé.

            Llegó por fin la hora fatídica.

            El Sol se ocultaba por el horizonte, cuando, Laura Rex, llevando a la niña en brazos, y ayudada por su desconsolado marido, subía al pescante de la pequeña calesita del viejo médico.

            Minutos después, el vehículo, se detenía a pocos metros de la orilla del río y, la mujer, descendía del mismo.

            ―Bien, Laura –el anciano galeno la miraba desde el asiento del carruaje―. Haz lo que tengas que hacer, y vámonos.

            La mujer, asintió con un leve cabeceo, y se alejó con la niña, buscando la zona de la corriente donde el agua era más profunda.

            Una hora más tarde…

            ―¡Ha sido horrible, amor mío, horrible!― Ante la horrorizada mirada de Andrew, Laura entró en la cabaña, las ropas destrozadas, y los brazos y el rostro cubiertos de heridas y moratones.

            ―¿¡Qué ha ocurrido!? –Su marido, con gesto amoroso, la ayudó a tenderse en la cama y, como mejor pudo, lavó y curó sus heridas―. ¿Le ha pasado algo a la niña?

            ―¡Nos han robado el dinero, amor mío! –Sollozó la joven, abrazándose a su marido.

            ―¿Cómo, qué ha pasado? –Con ternura, Andrew, trataba de consolar a su esposa que, con voz temblorosa, le narró la siguiente historia:

            ―Regresábamos a casa, tras realizar la entrega, cuando nos vimos sorprendidos por un grupo de bandidos, que nos golpearon salvajemente, antes de robarnos el dinero que llevábamos –mientras hablaba, la mujer, seguía abrazada a su esposo, buscando su calor y protección.

            Éste, se limitó a estrecharla contra su cuerpo, mientras le susurraba al oído:

            ―Espero que, al menos, nuestra pequeña sea feliz junto a su nueva familia.

            Y pasaron los años. Diez, para ser exactos.

            Las cosas habían cambiado, para bien, para el matrimonio Rex, gracias a que tres años después de lo ocurrido tras el nacimiento de su primera hija, a la muerte de una anciana tía abuela, Laura había heredado una pequeña fortuna, que les permitió montar un pequeño pero próspero negocio; dando a la pareja la oportunidad de hacerse un hueco en la sociedad londinense de 1.888.

            La Fortuna les había recompensado con dos preciosos hijos: Un niño y una niña, a los que bautizaron con los nombres de Sarah y Carter, a los cuales, colmaban de mimos y caprichos.

            Y, ¿qué había sido del anciano Doctor Taylor?

            El viejo galeno, hacía un par de años que había dejado de ejercer la medicina, y vivía en Essex, junto a su única hija, y la familia de ésta.

            Todas las noches, era víctima de horribles pesadillas, por lo ocurrido en el río diez años atrás…

            En su dormitorio, Andrew Rex, se terminaba de arreglar, dispuesto para asistir a una pequeña fiesta de cumpleaños, que sus amigos del “Club de Hípica” celebraban en honor de uno de los miembros.

            ―Estás muy gracioso, papá –su hijo, Carter, reía divertido, viendo como luchaba por hacerse un nudo de corbata decente.

            ―Llegarás tarde, cariño –Laura, sonriente, entró en la alcoba, y le ayudó a terminar de arreglarse―. Estás muy guapo.

            ―Ya está –Edward, con gesto cariñoso, la tomó de las manos, y se las besó.

            Con una amplia sonrisa en los labios, Edward Rex, salió de casa, y se encaminó al lugar donde había de celebrarse la fiesta.

            Sí, la Fortuna les sonreía, tenían dos hijos maravillosos mas, a pesar de todo su éxito en la vida, Edward Rex no era feliz. Pensaba muy a menudo en su primera hija y, a escondidas de Laura, llevaba tiempo dando vueltas a una idea, la de conocerla. Sí, anhelaba conocerla, saber cómo vivía.

            Con estos pensamientos en la cabeza, llegó al “Club de Hípica”, donde, el resto de la camarilla de amigos, ya había empezado la fiesta.

            Saludó a los más allegados con abrazos y gestos efusivos y tomó una copa de Champagne de una de las bandejas.

            Se hallaba un tanto apartado del resto del grupo, cuando se fijó en una misteriosa dama que, con gesto arrogante, se paseaba entre los asistentes a la fiesta, la mayoría de ellos hombres, respondiendo con ligeras sonrisas a los piropos que éstos le lanzaban.

            ―Edward, ven un momento –un caballero, joven y elegantemente vestido, se detuvo junto a la desconocida, e hizo un gesto a nuestro protagonista―; me gustaría presentarte a una buena amiga.

            ―Ralph –Edward estrechó la mano que le tendía su amigo, e inclinó la cabeza ante la extraña mujer―. Madame.

            ―Milady, por favor –se apresuró a corregir la mujer, con una leve pero encantadora sonrisa―. Anne Seabert.

            ―Lamento mi error –se disculpó Andrew, mientras besaba la mano que le tendía la dama.

            ―Lady Seabert es una afamada vidente –explicaba Ralph, ante la mirada asombrada de su amigo―. Podría leerte el pasado y el futuro.

            ―Oh, qué adulador –Lady Seabert, lanzó una tintineante carcajada, al tiempo que, con gesto cariñoso, daba unas palmaditas en el brazo derecho de Ralph Crow―. Yo prefiero el término psíquica.

            ―Ah, interesante –Edward le devolvió la sonrisa a la joven, mientras la examinaba con atención. Era ésta una mujer ciertamente hermosa, de rostro ovalado, cuyos ojos, algo rasgados, le concedían cierto aire oriental.

            ―¿Sabías, amigo Rex, que nuestra invitada se encuentra en Londres como colaboradora de “Scotland Yard”?

            ―Por favor, Mr. Crow –Anne bajó la mirada, con aire un tanto avergonzado―; tenga la bondad de ser un poco más discreto…

            ―¿El maldito Jack otra vez, eh? –Suspiró Edward.

            ―En efecto –Crow, asintió con un enérgico movimiento de cabeza, al tiempo que bebía un sorbo de su copa de licor.

            ―¿Se sospecha de alguien en particular?

            ―No, todavía no hay ningún sospechoso de peso –la médium negó con la cabeza, y añadió―. Y siento decirles, que las muertes no han terminado.

            ―Oh, vaya –Edward se encogió de hombros, y dijo con una amplia sonrisa―. Ahora, si no os importa, me gustaría cambiar de tema, hablar de algo más alegre.

            ―Veréis como acaban por atrapar a ese bastardo –sentenció Ralph, alzando la copa.

            ―Brindemos por eso –Anne alzó también su copa, y lo mismo hizo Edward.

            Tras el brindis, se sentaron los tres en una de las mesas, y se dedicaron a hablar, y a hablar de asuntos y cosas sin mayor importancia.

            Se disponía Anne Seabert a despedirse de los dos hombres, cuando, una elegante dama, ya entrada en años, se acercó al trío, y abordó a la joven vidente.

            ―¡Querida muchacha! –La madura mujer, besó a la joven con gesto efusivo―. ¡Qué alegría verla!

            ―¡Madame Hurt, es un placer volver a verla! –La joven respondió al saludo con una agradable sonrisa―. Ignoraba que estuviera en la fiesta.

            ―Si, el homenajeado es mi sobrino, y me ha invitado –la mujer añadió con una pícara sonrisa―, seguro que lo ha hecho para que no lo olvide en mi testamento.

            ―¡Qué mala es usted! –Anne le guiñó un ojo, y las dos se unieron en una alegre risotada.

            Tras esta pequeña broma, Mrs. Hurt, tomó a la joven del brazo, y la arrastró a un rincón de la concurrida sala.

            ―Querida muchacha –le habló en un susurro―. Lo cierto es que me gustaría que usted me ayudase en un asunto…, delicado.

            ―¿Ahora? –Anne. Frunció el ceño ante la propuesta de la dama―. No creo que sea el momento, ni el lugar para…

            ―Por favor se lo ruego –la anciana dedicó a la médium una suplicante mirada.

            ―De acuerdo –Anne, sonrió a la mujer y, tomándole las manos, le susurró al oído―. Espere aquí un momento.

            Después, se acercó a los dos hombres, y les comentó en un leve susurro:

            ―Mr. Crow, Mr. Rex, he de pedirles un pequeño favor.

            ―Usted dirá, Lady Seabert –aceptó Ralph, con galante sonrisa―. ¿De qué se trata?

            ―Verán, se trata de Madame Hurt, desea celebrar una sesión…

            ―¿Se refiere usted a una de esas charadas en las que, supuestamente, se habla con los espíritus? –Preguntó Edward, sin disimular la sonrisa de escepticismo que se dibujaba en su rostro.

            Anne, se limitó a devolverla la sonrisa.

            Diez minutos más tarde, tras una breve aclaración por parte de la joven vidente, se dispuso una mesa en una de las estancias del “Club de Hípica”, y Anne Seabert, Madame Hurt, Ralph Crow y Edward Rex, cogidos de las manos, se sentaban en torno a la misma, iluminándose, a penas, por la tenue luz de una lámpara de gas.

            ―¿Qué desea saber, Madame Hurt? –Preguntó la médium, en voz baja.

            ―Se trata de mi hijo –la anciana apretó la mano de la joven, buscando consuelo―. El barco en el que viajaba de regreso a Inglaterra, se vio atrapado en medio de una tormenta y se hundió, desde entonces, no hemos tenido noticias de él.

            ―De acuerdo –Anne, dedicó a la anciana una sonrisa, en un intento por infundirle ánimos―. Veamos qué podemos hacer.

            Anne Seabert, cerró los ojos, y empezó a hablar en un leve susurro, a penas perceptible, hasta que, de repente, todo su cuerpo, quedó tenso, mientras de su garganta, surgía una voz ronca, lejana, que dejó sobrecogidos a los asistentes a la reunión.

            ―¡Él está bien! –Gritaba con aquella extraña y profunda voz―. ¡Él está a salvo! –Apretaba con fuerza sobrehumana las manos de Ralph y la de Madame Hurt. Para soltarlas, de repente, como si hubiese recibido una descarga eléctrica.

            Los ojos de la anciana dama, se llenaron de lágrimas, mientras se abrazaba a la joven, y la cubría de besos, en muestra de agradecimiento.

            En ese instante, Edward se alzó de la silla y se encaró con Anne.

            ―¿Qué es todo esto? –Dedicó a la vidente una mirada cargada de escepticismo―. Esta pobre mujer… ¡Dios! ¿A esto se dedica, a dar falsas esperanzas?

            ―Vamos, Andrew, cálmate –temiendo que la cosa pudiese ponerse peor, Ralph, se interpuso entre los dos, y añadió, dirigiéndose a su amigo―; Lady Seabert no hace daño a nadie.

            ―No pasa nada, Mr. Crow –Anne sonreía de forma extraña, mientras apartaba a Ralph―. Quizás Mr. Rex tenga miedo de que yo pueda descubrir algo de su pasado―, y, antes de que Edward se diese cuenta, ya le tenía cogidas las manos.

            ―¿Qué cree usted que está haciendo? –Rex intentó soltarse, mas le fue imposible.

            ―¡No la encontrará! –Y, Lady Seabert, habló y, su voz, hizo temblar a Andrew Rex que, de un potente tirón, se soltó de las manos de la médium.

            ―¿De qué habla? –Andrew, furioso, aferró los hombros de la bella vidente, y la zarandeó.

            Y, entonces, ocurrió algo, que dejó sin habla a los allí presentes, helándoles la sangre en las venas.

            Anne Seabert, se dejó caer sobre la alfombra que cubría el suelo de la estancia, y comenzó a llorar, con el lamento de un bebé recién nacido.

            ―¡Milady! –Sin perdida de tiempo, Ralph y Edward, ayudaron a la joven a alzarse, mientras, Madame Hurt, sacaba su frasquito de sales, y la colocaba bajo la nariz de la vidente.

            Poco más tarde, una vez Anne se hubo recuperado…

            ―Usted busca a su hija, ¿verdad? –Se dirigió a Rex, con una sonrisa de comprensión en los labios.

            ―S-sí…, es cierto –Edward pareció titubear un instante, antes de continuar―. Hace unos diez años, cuando las cosas no nos iban demasiado bien, mi esposa y yo, nos vimos obligados a dar a nuestra primera hija en adopción y, ahora, me gustaría conocerla, pero… dígame, ¿cómo sabe eso? –Miró a Ralph, pensando que, tal vez, éste le hubiera contado algo.

            ―Lo sé, y basta –Anne, respondió con voz firme y tajante―. Debería saber que hay cosas más importantes, que usted desconoce sobre la adopción de su hija.

            ―¿Qué? ¿A qué se refiere? –Imploró Rex, con la mirada clavada en el bello rostro de la joven espiritista―. ¡Por favor!

            ―Su hija, ya no vive.

            ―¿¡Qué!? –Andrew, como si hubiese recibido un mazazo, quedó inmóvil, mientras, de entre los dedos, se le escurría la copa de licor que, hasta ese momento, tenía en la mano―. ¿Qué ocurrió? ¿Algún accidente, enfermó? ¿Cuándo sucedió? ¿Qué edad tenía? –Se cubrió la cara con ambas manos, y ahogó un lamento―. ¡Me hubiera gustado tanto conocerla!

            ―Vaya al río. Allí encontrará respuestas –con aire visiblemente agitado, Anne Seabert, salió de la estancia―. ¡Hable con su esposa y con el médico que la atendió! –Dicho esto, la joven médium, abandonó la casa donde se celebraba el cumpleaños, dejando a Andrew sumido en la más profunda desesperación.

            ―Lo siento mucho, mi joven amigo –con gesto maternal, Madame Hurt se acercó al joven Rex, e intentó consolar su angustia.

            Ralph, por su parte, permanecía en silencio, sin saber qué decir para aliviar la pena de su amigo.

            ―¿Qué piensas hacer? –Ralph y Edward, se despedían, a las puertas de la casa, con un apretón de manos―. ¿Harás caso de ella?

            ―N-no lo sé –durante un corto trecho, caminaron juntos―. Pero, durante mucho tiempo, he tenido en mi interior una sensación extraña con respecto a lo qué pudo pasarle a mi primera hija…

            ―¡Santo Cielo! –Crow, miró a su amigo con expresión horrorizada―. ¿Crees que Laura pudo…?

            ―No lo sé…

            Llegados a la esquina sur de la calle, se despidieron, y mientras Ralph, cruzaba la calzada y entraba en su casa, Edward Rex, paraba uno de los muchos carruajes que recorrían la ciudad, y montaba en él.

            ―¿Dónde le llevo, Milord?

            ―Al río.

            ―¿Al río? –El cochero, se volvió hacia su pasajero.

            ―Sí, lo más cerca que pueda de la antigua cabaña de los Rex. Deprisa, por favor.

            A una orden del chófer, los tres caballos, iniciaron la marcha.

            ―Muchas gracias –una vez llegados al lugar, nuestro hombre, pagó el viaje y, de un salto, bajó del vehículo.

            ¡Cuántos recuerdos  reunidos en aquel sitio! Su vieja casa de madera… El viento, susurrando entre los árboles… El rumor del río cercano… Y… ¡El llanto…!

            “¿¡Un niño aquí!?” –Edward, miró a su alrededor, desconcertado―. “No es posible” –comenzó a caminar, siguiendo el extraño lamento, que parecía llenar el bosque entero, hasta llegar a la orilla de la corriente, allí donde el caudal era más profundo.

            “Vaya al río” –en su mente, resonaron, de nuevo, las palabras de la médium. Y entonces, como poseído por una fuerza sobrenatural, comenzó a escarbar la tierra húmeda de la orilla del río, en busca de algo que, ni el mismo, sabía lo qué era.

            Por fin, tras dos horas de desgarrarse y despellejarse las manos, Edward Rex, tropezó con algo.

            Con lágrimas en los ojos, sostuvo, entre los heridos y sangrantes dedos, las ropitas de su hija recién nacida, y una medallita con la imagen del Arcángel Gabriel, que el mismo había prendido en el vestidito de la pequeña, poco antes de que Laura saliese de la cabaña,  en compañía del Doctor Taylor.

            En ese preciso instante, quedaron claras muchas cosas en su vida, como el hecho de que, Laura, se mostrase tan huidiza con respecto a la búsqueda de su hija.

            Había comenzado a caer una fina lluvia sobre la ciudad, cuando, Rex, llegó a su hogar en el Nº 37 de Kent Road.

            ―¿Dónde has estado? –Laura, al verlo llegar, se abrazó a él, con gesto amoroso, para quedar muda de asombro, ante la fría reacción de su esposo, que se limitó a extender su mano derecha, mostrando las ropitas encontradas en el río. Y una mirada cargada de odio. Acusadora.

            ―¿Por qué, Laura?

            ―¡L-lo siento! –Sollozando, su esposa, dio un paso hacia atrás.

            ―¿¡Lo sientes―¡? –Él, furioso, arrojó las sucias y raídas ropas contra la cara de su mujer.

            En eso instante, la pequeña Sarah, que había estado presenciando la escena desde la puerta de su dormitorio, se acercó a sus padres.

            ―¿Mamá, qué le pasa a papá? –Dedicó una suplicante mirada a sus padres, con sus enorme ojos azules, ojos que a Edward le recordaban a los de su primera hija.

            ―Ven, cariño –sin pensarlo dos veces, su padre la tomó en brazos y, para sorpresa y desesperación de su madre, le dijo―. Papá ha descubierto que, gracias a vuestra madre, ni tu hermanito, ni tú, vais a conocer nunca a vuestra hermana mayor.

            ―¡Eres un maldito bastardo! –La bofetada restalló en la mejilla izquierda de Eward como un latigazo―. ¡No metas a los niños en esto!

            ―De acuerdo –su esposo, dejó a la pequeña en el suelo, y se dirigió a Laura, con estas duras palabras―. Voy a buscar al Doctor Taylor, para pedirle una explicación; cuando regrese, espero no encontrarte aquí –se encaminaba hacia la puerta de la calle y, antes de salir, se volvió hacia su esposa―. Yo, de ti, me acercaría, lo antes posible, a ver al Reverendo McCorich, la confesión es buena para el alma.

            ―¡No me hagas esto, Edward! –Quedó Laura, aporreando la puerta desde dentro―. ¡Lo siento, lo sientooo!

            Rex, aquella misma noche, tomó el tren con destino a Liverpool, llegando a dicha ciudad al alba del día siguiente.

            Se hospedó en una posada cercana a la estación y, tras dar cuenta de una abundante y deliciosa comida, se dedicó a buscar al anciano Doctor Richard Taylor.

            Finalmente, gracias a las indicaciones de una agradable aya, encontró al viejo galeno, paseando solo, por las cercanías de la casa donde vivía con su hija, su yerno, y sus tres nietas.    

            El anciano médico, ya retirado, tardó unos minutos en reconocer a Edward, mas, cuando lo hizo, gruesas lágrimas brotaron de sus azules y cansados ojos.

            ―¡Mr. Rex, cuánto placer volver a verle!

            Edward, estrechó la mano que le tendía el viejo y, tras ello, lo condujo hasta un banco cercano.

            ―Doctor Taylor, lo sé todo –Intentó mantenerse firme ante el anciano―. Pero, me gustaría que hablásemos.

            ―En fin –Taylor suspiró, con aire aliviado―. ¿Qué desea saber?

            ―¿Usted lo sabía todo?

            ―Sí. –Taylor, bajó la mirada―. He vivido los diez últimos años sin poder dormir ni una sola noche, pues, cada vez que cierro los ojos, me vienen a la memoria los hechos de aquella terrible tarde –Richard Taylor, descansaba sus manos sobre un bastón de madera―. Noche tras noche, revivo la escena.

            ―¿Por qué no hizo nada?

            ―No lo sé –el anciano, clavó sus azules ojos en los de su interlocutor―. Me quedé allí, parado, viendo como Laura hundía a la pequeña en el agua helada de río –lloraba como un niño.

            ―¿Por qué no lo denunció? –Edward, apretaba los puños.

            ―Laura me dijo que, si decía algo, me acusaría de complicidad…

            ―Gracias, Doctor –Edward, se alzó del banco, y tomó las arrugadas manos del anciano entre las suyas―. Usted ya ha sufrido bastante durante todos estos años.

            ―¡Y-yo… debí hacer algo! –Balbució Taylor―. ¡La niña lloraba, lloraba y su madre la ahogó en el río!

            Rex, se alejó del lugar, dejando al anciano gritando y suplicando perdón.

            Regresó a Londres al día siguiente.

            Su aspecto, antes alegre y vital, había desaparecido, dando paso a un hombre cansado destrozado, tanto física como anímicamente.

            Abrió la puerta de su casa, con cierto esfuerzo, tropezando, cara a cara, con un grupo de personas, entre las cuales se encontraban el Reverendo David McCorich, y el Inspector Jefe de Scotland Yard, James Deacon que, con semblante serio, le tendía una carta.

            ―Mr. Rex, esto es para usted.

            Edward, tomó el papel, y leyó para sí.

            Era la letra de su esposa:

Querido Edward, gracias por hacerme ver y comprender la maldad de mis actos.

Jamás podré pagar el daño que he causado a tanta gente, en especial a ti, y a los niños.

                   Sé que nunca podrás perdonarme, tampoco te lo pido.

Cuando regreses de tu viaje, yo ya no estaré aquí.

                   Busca a los niños en casa de McCorich.

                   Yo me reuniré con nuestra pequeña en el río.

                   Hoy he oído su llanto. Un bebé no puede estar sin el cariño de su madre.

                   Cuida de Carter y de Sarah.

                   Gracias por tu amor”.

                                                                           Laura M. Rex.

            Eso era todo…

            ―¿Dónde está mi esposa?

            ―Edward –con gesto amable, casi paternal, el Reverendo se acercó al dueño de la casa y, poniendo una mano sobre su hombro, le dijo―. Lamento decirte que, hace un par de horas, encontramos a tu esposa muerta. Al parecer se quitó la vida, ahorcándose en uno de los árboles cercanos al río, muy próximo a vuestra vieja cabaña de madera.

            ―Que Dios me perdone, pero… Lo sabía –Edward, bajó la mirada, y sollozó―. Por lo menos, podrán descansar las dos juntas.

            Días más tarde, y bajo expresa súplica del desconsolado padre y marido, Laura fue enterrada junto a las ropitas de su pequeña.

            Edward, no volvió a casarse, y dedicó su vida a cuidar y a educar a sus dos hijos.

            Falleció, a edad muy avanzada, de un ataque al corazón, mientras paseaba por las cercanías del río.

            Con el paso de los años, la gente del lugar, hizo correr el rumor de que, el día que Edward murió, se pudo escuchar la risa de un bebé…

            ¿Fantasía? ¿Realidad?

            ¿Quién sabe?

            Estamos hablando de la ciudad que vio actuar a Jack…

FIN

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