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5 min
El mal jefe
Suspense |
02.03.17
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Sinopsis

Andrés se levantó como siempre, madrugando para ir a trabajar y sin saber todavía muy bien donde estaba. Desayunó a toda prisa y se vistió de manera elegante para ir a la oficina, de corbata y camisa, pues era el mínimo que les exigían. Nunca había sido proclive a vestir así, pero llegado el momento no tuvo más remedio que claudicar y dar marcha atrás a sus ideas para no perder su trabajo.

Al llegar a la oficina se dirigió a la máquina de café de manera automática, con una moneda de un euro entre el dedo índice y pulgar de la mano derecha. Antes de poder introducir la moneda, una voz aguda le saludó desde detrás. Era Irene, una compañera suya de trabajo. Bajita, con el pelo largo y rizado tenía algo que a Andrés le había llamado la atención desde el principio. Pero con el tiempo esa atención o interés se comenzó a transformar en algo más profundo. Un día, loco de amor, le confesó sus sentimientos. Ella reaccionó de manera sorprendida, sin acabar de creerse que no fuera una broma. A Andrés le costaba entender qué clase de locura le había llevado a hacer eso, pero luego entendió que se obligó a sí mismo a hacerlo. Pues los seres humanos actuamos como si fuéramos eternos, como si la vida no fuera corta y la juventud aún más. Y él no quería desaprovechar el poco tiempo que la vida le había dado. La verdad es que Irene siempre se había mostrado comprensible y amable con Andrés, pero no llegaba a comprender como había llegado a quedar tan intensamente enamorado de ella. Ella simplemente no dijo nada ante su confesión. De eso hacía ya dos semanas, pero Andrés se seguía poniendo nervioso cuando la veía.

-Hola Andrés-dijo Irene y acto seguido le dio un abrazo que a Andrés le conmovió hasta el alma.

-¿Qué pasa?

-Nada, ¿no puedo darte un abrazo?

-No, si me encanta que me los des, pero…

-¿Te puedo pedir un favor? Es bastante grande…

-Claro, ya sabes que puedes pedirme lo que quieras.

-Es que no es fácil de pedir. Vamos a algún sitio en el que no nos oiga nadie.

Fueron al despacho de Andrés y, una vez dentro, Irene cerró con llave para que nadie pudiera siquiera sospechar de qué estaban hablando.

-A ver cómo te lo digo… Nuestro jefe Antonio, ¿te cae bien?

-No especialmente ¿Por qué lo preguntas?

-Ayer me despidió.

-¿Cómo qué te despidió? ¿Y qué haces aquí?

-Esperarte, porque tengo que pedirte una cosa. ¿Puedes matar a ese cabrón?

Unos segundos de silencio siguieron a esa petición. Andrés creía que no había escuchado bien.

-¿Qué dices?-tartamudeó el pobre Andrés.

-Me ha dejado en la calle por estar embarazada, para no tenerme que pagarme la baja.

-No, si está claro que es un cabrón, de eso no hay duda. Pero, ¿quieres que lo mate?

-Pensaba que me querías más que a nadie en el mundo y qué harías cualquier cosa por mí.

-Y eso es así, Irene, pero…

-¿O cuándo me dijiste eso me estabas mintiendo?

-No te mentí, pero matar a un hombre, por muy malo que sea…

-Cualquier cosa me dijiste. A no ser que no seas un hombre de palabra…

-Lo soy. Tranquila, que pensaré en algo. ¿Cómo es que estas embarazada?

-De mi novio, llevamos juntos dos años.

-Nunca me habías dicho eso.

-Ya, bueno, ¿vas a hacerlo o no?

A pesar de lo que acababa de conocer, Andrés estaba convencido de cumplir la palabra dada al amor de su vida.

 

A las cinco se acababa la jornada laboral en la oficina y Andrés ya tenía dispuesto su plan. Antonio bajó, como siempre hacía, cinco minutos antes que sus trabajadores al parking subterráneo del edificio. Era el momento y el lugar perfecto para tenderle una emboscada, pues no habría nadie más por allí abajo. Andrés guardaba una navaja multiusos por si las moscas en su maletín de trabajo.

Andrés llevaba desde las cinco menos cuarto esperando detrás del cochazo del jefe, un Ferrari. Antonio llegó tranquilo y distraído, silbando. Su traje era de un negro impoluto hasta que quedó marcado con sangre por las rápidas y certeras cuchilladas que le dio Andrés.

Una vez cometido el acto, Andrés se quedó paralizado. “¿Y ahora qué?” se preguntó. Agarró el móvil como pudo, tembloroso de los pies a la cabeza y llamó a Irene.

-Irene-dijo Andrés en un susurro en cuanto oyó descolgar el teléfono-. Ya está, ya lo he hecho.

-¿El qué?

-He matado a Antonio, como tú me pediste.

-Estarás de broma-se aterró Irene-. Nunca hubiera creído que fueras capaz. Antes estaba en la oficina para insultar al jefe y te he visto y por eso te he empezado a hablar. Pero no pensaba que lo ibas a hacer…

-Pero, pero…-comenzó a tartamudear Andrés-. Tú me pediste que…

-Bueno, lo siento Andrés pero creo que ya llega mi novio a casa. Suerte.

Irene colgó antes de que Andrés pudiera siquiera balbucear algo más. Lo único que se le ocurrió hacer fue tirarse al suelo al lado del cadáver, sin preocuparse por que los vieran, como así ocurrió cinco minutos más tarde cuando empezaron a bajar sus compañeros de oficina. A los diez minutos llegó la policía y sin hablar ante la sangrienta y macabra escena, pusieron unos grilletes en las manos de Andrés y lo metieron en el coche policía. Mientras arrancaba el coche, Andrés juró no volver a hacer lo que le pidiera alguien ciegamente, aunque esa persona fuera a la que más había amado en su vida como en este caso. 

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