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5 min
El manto blanco
Drama |
08.05.13
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Sinopsis

ATENCIÓN: Este relato puede resultar tremendamente crudo

     Joseph conducía su vieja ranchera por una helada carretera que le llevaba de nuevo al hogar. La temporada de pesca había finalizado por las gélidas aguas de Terranova, sesenta y cinco días, se dijo mientras canturreaba una vieja canción country que sonaba en el radiocasete. Ansiaba llegar a esa bonita casa de madera para encontrarse con sus tres amores. Se le escapó una tierna sonrisa pensando en qué estarían haciendo sus hijas Andrea y Julie. Le sorprendía gratamente ver cómo crecían esas pequeñas traviesas de dos y cuatro años y medio respectivamente. Joseph, nacido en Québec, había conocido a Catherine seis años atrás. Se enamoraron profundamente y lo dejó todo para marcharse a la Península del Labrador, al pequeño pueblo pesquero donde ella nació. Tenía que buscarse la vida para poder trabajar y allí no había otra cosa que ejercer de freelance tanto en caza como pesca. Volvió a sonreir. Tenía por delante varias semanas de descanso para poder disfrutar de su mujer y sus pequeñas.

Al llegar a la casa, bajó de la ranchera sintiendo el fuerte golpe de los dieciocho grados bajo cero, pero el calor del hogar podía con todo. Cargó su macuto de compañía y se dirigió a la entrada del jardín. Demasiado silencio. ¿Qué estarán tramando las tres? pensó dulcemente extrañado. La última vez que lo recibieron, tras una larga temporada en el cangrejo, lo hincharon a besos y bolazos de nieve cayendo todos al suelo felices. Volvió a sonreir. La puerta estaba abierta, se fijó en el suelo y rápidamente se preocupó. Vio varias pisadas de sangre en la nieve, saliendo y entrando de la casa acompañadas de varios surcos rosados. Se le cayó el macuto.

Entró lentamente sin dejar de mirar al suelo, sabiendo que aquello era sangre humana y se esperó lo peor. ¿Catherine? gritó asustado. Alzó la vista y aquella terrible imagen lo mantuvo confuso varios segundos. En el centro del nevado jardín, distinguió una montaña de carne junto al cuerpo de una mujer tumbado. Todo lo que debía ser blanco pasó a rojizo, púrpura, rosado y todas las posibles vertientes de la sangre enmarañada con la nieve. Caminó dos metros sin respirar y aquella tétrica fotografía fue tomando movimiento. La del suelo era Catherine, sin duda. Flotaba en un gran charco de sangre, boca a bajo, con la cabeza totalmente destrozada. Quiso arrancar a llorar pero no pudo. Miró a la izquierda y aquelló le arrancó el alma. La montaña de carne eran sus dos pequeñas, una encima de la otra, totalmente despellejadas. Joseph cayó de rodillas, junto a la infinidad de coágulos, sin poder respirar. Miró al cielo y de su pecho nació el grito que dio la vuelta a Canadá. ¡Quiero morir! ¡Quiero morir! ¡Quiero morir! ...

— ¡Cariño despierta, cariño! — Catherine se despertó de golpe con los llantos y lamentos de su marido. Trató de calmarlo. Joseph no podía dejar de llorar, confuso. Catherine encendió la luz de la mesita y zarandeó a su marido para que cobrase consciencia. Al despertar y verla junto a él, la abrazó con fuerza besándola por todos lados como jamás hizo.

— Te quiero Cat, te amo, nunca lo olvides — esta vez Joseph lloraba de alegría pero el corazón cabalgaba en la oscuridad.

— Ya está cariño, no grites, que vas a despertar a las pequeñas. Ya está, ha sido una pesadilla, ya está — lo llevó junto a su pecho acariciándole la empapada cabeza. Joseph por fin se calmó y sintió un profunda necesidad de ir a ver a sus hijas.

— Voy a bajar a tomarme una tila y darles un besito a mis enanas — La besó en la frente y se incorporó. Cogió una bata que colgaba tras la puerta y fue a la habitación de las pequeñas. Respiró tranquilo cuando las vio dormir plácidamente. Julie dormía tapada hasta el cuello y la pequeña Andrea, como siempre hacía, enredaba sus piernas destapadas con la colcha. Besó a Julie con ternura y tapó a la pequeña acariciando su mejilla seguida de un Os amo, os adoro. Cerró la puerta y bajó a la cocina a tomarse una infusión.

Sentado en aquél cómodo sofá y notando el calor de la tila en las manos, sintió la paz. Alzó la vista y miró fíjamente la blanca piel de foca que yacía colgada en la pared de la chimenea. La primera piel. El regalo que le hicieron los nativos en su primera temporada de caza de cría de foca, o la caza del Manto Blanco como la llamaban los lugareños. En aquél instante y tras vivir la peor pesadilla de su vida, imagen que tantas veces él había provocado, decidió plantearse el futuro. Esa mañana comenzaba la matanza. Esa mañana Joseph no acudió. Esa mañana, Joseph, Catherine, Andrea y Julie, descolgaron y echaron de sus vidas para siempre el pobre Manto Blanco.

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