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4 min
El marrón inmortal
Drama |
22.03.20
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Sinopsis

Un abuelo marrón centroamericano se encuentra en Madrid y reflexiona sobre su futuro cuando se acerca el coronavirus

Soy un puto abuelo de 80 años que todavía gusta de un buen sexo, un oloroso habano, una botella de aguardiente, despertarme en la madrugada y caminar con el rocío de la mañana. Nunca fui un hombre amable, lo confieso, y por mi tostado y oscuro color, la gente lo asumía con tan solo echarme un vistazo; ¿pero qué podía hacer si toda la vida me la había pasado pegando bloques bajo el abrasador sol de los trópicos del Caribe, donde nací, y dónde la vida es dura y hay que ser práctico para no terminar de asarse el pellejo?

Una mierda.

Emigré en el año 2010, gracias a mi nieto, que me invitó a pasar unas vacaciones en Madrid. Fue una gran decisión. Tuve noches de sexo desenfrenadas con algunas vecinas diez años menores que yo. Siempre amé la piel blanca porque en la idiosincrasia de mi país la asociábamos con los Señores de la Conquista, así que esos orgasmos para mí eran dobles. Las amaba.

Pero llegó la tragedia.

Hace un mes, se levantó el ángel exterminador de Oriente y cayó sobre Madrid. Toda mi breve y agradable vida se vino a pique.

Aunque fatal, no era algo que podía temer pues estaba acostumbrado a ver sus masacres a punta de balas, torturas, enfermedades y miseria. Conmigo había luchado varias veces desde que nací en el 39’: contendí con él en el 45’ y estuvo cerca de joderme tras una gran hambruna que me dejó en los huesos. A los diez años me golpeó con la malaria, cuyas fiebres casi me matan; luego llegó la viruela dejándome marcas que nunca olvidé.

En el 54’, hecho un jovencito pendenciero, me torturaron los gringueros golpistas que derrocaron al presidente Villeda Morales y me exilié en El Salvador, donde ordeñé vacas para sobrevivir y tenía que cogerme a la hija del patrón para que no me echarán del lugar. Ya en los 60’s era un maestro de obra calificado; un amigo salvadoreño, comunista convencido, se había compadecido de mí y me enseñó su arte y sus razonamientos, incluso me matriculó en una escuela de formación de oficios para sacar el titulo de maestro constructor.

Todo eso se fue a la mierda cuando las élites ganaderas crearon sus organizaciones paramilitares campesinas y me expulsaron.

En el 75’, ya en Honduras, casi me ahogo en la ciudad de San Pedro cuando las inundaciones perversas acometidas por el huracán Fifí me agarraron dormido y desprevenido, acostado sobre el petate de mi choza; me salvé porque me agarré fuertemente del tallo de un árbol de cedro plantado a la orilla de la quebrada Bermejo. En los 80’s caí enfermo de dengue hemorrágico; tuve suerte, un médico, a quien le había construido la casa, me reconoció y me inyectó, a escondidas, los tres últimos sobres de suero. Luego de la recuperación, un comando militar bajo el mando del dictador Alvarez Martínez me secuestró de la clínica y me torturó sin gracia alguna: solo perdí las uñas y un par de dientes.

Cuando creía que mi vida ya estaba resuelta y no habría más problemas, en el 97' el huracán Mitch destruyó todas las obras arquitectónicas que había creado con mis propias manos. Fue un golpe moral terrible. En el 2009, hubo un Golpe de Estado que me dejó dos años sin poder trabajar ni hacer algo productivo, en parte debido a la enfermedad del Zika y el H1N1. La economía colapsaba bajo tres homicidas toques de queda y el narcotráfico se apoderaba de todas las estructuras políticas y financieras del país. Se hizo todo un grandísimo desastre.

Hoy vuelvo a enfrentarme a él, nuevamente.

Venceré. ¿Venceré?

De una puta vez les digo que sí, ¿quién dijo miedo?

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