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9 min
El meñique
Reales |
06.04.16
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Sinopsis

El meñique no es un bar normal.

EL MEÑIQUE

 

El meñique no era un bar normal. Siempre estaba abarrotado y cada noche se convertía en una jungla de personas desbocadas y ríos de cerveza. Era un bar donde la gente acudía cuando quería una noche diferente, o cuando su vida se había vuelto monótona o apagada. Cuando se sentían débiles y necesitaban un impulso, algo que despertara el dragón dormido de su alma y les devolviera la vida. El meñique era muy fácil de encontrar para los que lo buscaban, muy controvertido, muy salvaje, y muy peligroso.

Había pocas normas, pero nadie se las saltaba ni una sola vez, pues se lo jugaban absolutamente todo. Todos sabíamos que el dueño era un loco. Oscuras historias se contaban sobre su pasado en el ejército ruso, o sobre su época durmiendo en las calles en la que siempre tenía un lugar donde cobijarse, en casas cuyos dueños desaparecían sin dejar rastro. Poco importaba eso sabiendo lo que nos ofrecía ahora. Esto redimía con mucho cualquier pecado que hubiese cometido. El meñique era una bendición, letal, pero bendición.

Qué es el mundo sino números, porcentajes, posibilidades, riesgo y gritos de furia y satisfacción. El meñique era todo eso concentrado en un solo segundo de éxtasis. Era un pequeño Big Bang que a todos se nos ofrecía vivir. Era muchas cosas.

A la entrada tres guardianes gigantes como Cerbero cortaban el paso. Cada persona que entraba al bar tenía que firmar en la lista, aceptando las normas del bar a costa de todo. Pocos habían leído realmente el contrato que firmaban pues, a qué iban allí si no era a seguir las normas, sería estúpido. Pero sabíamos que cambiar de opinión una vez firmado traería terribles consecuencias, quizá incluso letales, y nadie lo había comprobado aún, o si alguien lo había hecho no había quedado rastro de él.

Una vez firmado pagabas por toda la noche y dejabas escrita tu dirección junto con las llaves de casa y cuanto ocupara tus bolsillos, pues dentro el dinero no existía. Lo dejabas en el mundo que desaparecía detrás y cada ronda caía solo con desearlo.

Entrabas al local a través de unas escaleras que descendían en caracol dos pisos. Abajo, cual mazmorra, atravesabas una gruesa puerta de metal y la música atravesaba tus tímpanos. Música dura, música rock, música alternativa de sonidos chirriantes y guitarras de grito roto. Música que enturbiaba el cerebro, que abría los ojos y desataba la locura.

La barra de madera. Las botellas desordenadas tras ella…y los botes grandes. El camarero de un solo ojo y la cicatriz sobre su negro parche cual pirata retirado. Y el Verdugo. Siempre oculto bajo la capucha oscura de montaraz. Siempre sentado en la misma silla de madera a un lado tras la barra. A penas se movía hasta que llegaba su cometido, pero lo veía todo. Jamás nadie tenía que avisarle de que la hora había llegado. El Verdugo lo veía todo.

Allí abajo las leyes del mundo civilizado no existían. Ni existieron en el pasado, ni en el presente ni lo harían en el futuro, ni siquiera, mientras estabas allí, existían fuera de aquel lugar. Era un limbo perdido. Un paraíso de autodestrucción. Una máquina de vida.

Las peleas solo detenidas por la sangre. Las orgías ocasionales sobre la mesa o contra la pared. Las tablas del suelo crujiendo bajo los pogos. Las lámparas de luces amarillas balanceándose con furia sobre nuestras cabezas. El sudor empapando los rostros, goteando en las barbillas y empapando la madera vieja, rayada, torcida.

A las doce en punto sonaba el gong por encima de cualquier otro ruido. Las gargantas rompían en gritos inarticulados que no se asemejaban a ninguna palabra ni a ninguna vocal, solo gritos desgarrados, cuerdas vocales descontracturándose en una catarsis total de locura sin prejuicios. 

A las doce en punto la multitud ya borracha se agolpaba contra la barra. La música elevaba aún más su volumen. Nadie necesitaba hablar. En El meñique solo se gritaba. Como monos enjaulados emitiendo sonidos incontrolables.

El Verdugo salía de la puerta tras la que nadie sabía qué se ocultaba y ocupaba su lugar en la silla. Con el machete reposando sobre los muslos, sobre la capa que le cubría. 

Entonces el primer jugador de la noche era elegido al azar por el hombre de un solo ojo. La jarra de cerveza espumeante se colocaba frente a él o ella. El único ojo le miraba fijamente. Se tomaba una elección simple. Cara o cruz. Qué fácil. La moneda que se lanzaba siempre desde el comienzo de aquella locura no era normal. Era más grande de lo habitual, y más…gruesa. Oh aquel grosor bendito, era lo que colmaba el vaso, lo que hacía pasar la línea de la locura y del éxtasis. Lo que acababa por desatar la soga que nos oprimía el cuello y por lo que acudíamos allí.

El hombre hacía su elección y el pirata lanzaba la moneda al aire. Todos los que rodeaban al elegido callaban expectantes. Todo callaba menos la música y menos la tensión, que alcanzaba niveles insospechados. Apretando la sangre tras las arterias. Comprimiendo el aire en los pulmones. Dilatando pupilas. Apretando dientes y puños.

La moneda caía sobre la barra pero seguía girando bajo la atenta mirada del ojo. Por fin se detenía y podían pasar dos cosas, bueno…o tres. Si el elegido había acertado salía libre. Se bebía la jarra de un solo trago y le cogían a hombros y lanzaban al aire como a un héroe. Su cuerpo sentía tal oleada de alegría que la rabia acumulada durante meses huía de su cuerpo. Gritaba. Se contraía y estiraba preso de convulsiones incontroladas, liberadoras. Y era un hombre nuevo.

Si el hombre no acertaba los que gritaban eran todos los demás, incluso a veces él mismo. Si la moneda caía en el lado contrario el hombre recibía una paliza brutal. Se elegía a cinco rivales y la pelea duraba hasta que el hombre perdía el conocimiento. Entonces, dos encargados le recogían del suelo y lo sacaban de allí. Al día siguiente amanecería en su cama con la cara abierta, sangre seca manchando sus sábanas y un sabor amargo en la garganta. No sería un hombre nuevo. Aquel día no.

Sin embargo, a pesar de que esto ya suponía bastante tensión como para desatar la locura en un hombre, la apuesta no quedaba allí. Aún había una opción más. Una gloriosa tercera posibilidad que era motivo de las venas enrojecidas y el color rojo de El meñique. La moneda, gruesa y pesada, podía también caer de canto. Pocas veces sucedía, a penas ninguna, como el jackpot de un casino. Pero su posibilidad alargaba la sombra de la apuesta hasta hacerla casi insoportable.

Después de lanzarla al aire, el ojo observaba ávido de sangre. Contemplando los rebotes y giros en el aire del metal. Sus piruetas y brillos, esperando ver como se alzaba sobre su canto. Si esto sucedía el bar quedaba en silencio. La música se apagaba. El crujir de las tablas de madera se amortiguaba. Todos los ojos quedaban fijos en un solo hombre. El silencio casi dolía cuando con movimientos lentos, el Verdugo se levantaba de su trono. Se giraba hacia el elegido y se acercaba a él. Todos los del bar comenzaban a golpearse el pecho al unísono en un rito inquebrantable. Aumentando el ritmo. Haciendo las espera interminable. El ojo agarraba la mano del elegido, que con la mirada perdida maldecía aquel día, la noche y la catarsis, pero ya era tarde. La mano bien agarrada por el ojo. Los dedos extendidos, abiertos. El verdugo alzando su machete y haciéndolo caer con todo su peso. Seccionando de cuajo el dedo meñique del elegido, cuya suerte no estaba con él aquella noche. Un chorro de sangre manchando la barra del bar. Y los gritos que regresaban. De rugidos de dolor por parte del elegido. De locura por parte de los demás.

Siempre había gente que aullaba como si de lobos se tratasen. Gente que tosía y gente que se revolcaba por el suelo preso de una risa incontrolable. Pocos segundos después la música retronaba de nuevo. Los hombres se olvidaban del meñique seccionado sobre la madera, que era recogido y metido en uno de los botes de formol vacíos tras la barra, como trofeos y recuerdos;  y las rondas y la locura continuaban. Las peleas, las orgías, y las monedas.

Al hombre con un dedo menos se le permitía abandonar el bar, solo a él. Nadie más podía salir de allí hasta el amanecer. Hasta que su sangre mezclada con litros de alcohol se hubiera purificado de cualquier otra sustancia que no fuera el brebaje de los sueños imposibles. El verdugo volvía a su silla y aunque la mayoría de los días no se levantaba ni una vez, o solo una, él no se movía, permanecía allí quieto hasta que todos habían salido del local, y quizá después desaparecía, o se quedaba allí sentado, eso nadie lo había visto.

Dirán que era una locura. Dirán que éramos salvajes. Que no hay cabida para algo semejante en el mundo civilizado en el que vivimos. Pero os diré algo: Ni se compra solo con dinero, ni solo cosas materiales, y lo que yo compré en aquellas noches desatadas, lo pagué con gusto, a cambio de mis propios dedos, aun bañados en el formol de El meñique, como recuerdos de tiempos en los que mi visión del mundo cambió para siempre, a mejor. 

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