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4 min
El miedo a hablar I: La moneda.
Reflexiones |
11.06.18
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Sinopsis

Historia en base al miedo a decir las cosas.

El otro día abrí una pequeña caja, estaba vieja y muy sucia, tenía las bisagras tan desgastadas que una de ellas se rompió al levantar la tapa. Dentro había lo que parecía una moneda envuelta en un pequeño plástico ya desgastado, el tiempo lo había vuelto marrón y semiopaco. Cogí el paquete, si que era una moneda, la desenvolví y me sorprendió lo bien cuidada que estaba, al contrario que el envoltorio. La moneda relucía como si acabara de salir de la prensa de volante. Tendría unos cuatro centímetros de diámetro y un grosor algo mayor que el de una moneda corriente. Por toda la superficie del canto se distinguía con toda claridad una enredadera de espinos, que invadía las dos caras de la moneda, dejando el centro en una de ellas totalmente lisa y en la otra se podía distinguir un manto arrugado y un rollo de pergamino. Al salir por el portal de casa, a pocos metros a la derecha, hay un cobertizo en ruinas. La piedra con la que está hecho se ve sucia y le empiezan a pesar los años, las puertas de madera, unidas por una oxidada cadena, cuelgan de los goznes permitiendo el paso, las ventanas están rotas en el interior de la estancia. Cuándo era pequeño las intenté abrir para poder entrar y se partieron. Recuerdo pasar horas rodeado de polvo y trastos mientras leía un montón de comics viejos que había encontrado en un baúl. Pasaba mucho tiempo en ese cobertizo, mi madre se enfadaba cuando volvía lleno de telarañas, pero las broncas siempre merecían la pena, cada vez que volvía encontraba algo nuevo e interesante con lo que jugar o trastear. Había una radio que no conseguí volver a montar, unas bicicletas viejas, un caballo de madera, una mecedora, muchas canicas y por supuesto ese baúl lleno de comics que nunca terminé de leer. La semana pasada mi vecino llamó a la puerta, me dijo que iban a vaciar el cobertizo, que lo quieren reformar para usarlo cómo garaje. Él siempre supo que de pequeño me colaba en el para jugar con sus cosas y había llamado a mi puerta por si quería conservar algo antes de que lo tiraran todo. Agradecido, le contesté que me encantaría volver a echarle un ojo a todos esos comics que tanto tiempo me habían acompañado. Nos acercamos al covertizo, abrimos el baúl y estaban todos ahí, la humedad había hecho que se apelmazaran unos con otros. Me vinieron muchos recuerdos a la cabeza. Decidimos meter el baúl en mi casa, así podría verlos con calma, el me ayudó a transportarlo y al posarlo en el suelo lo invité a tomar una cerveza. Pasamos el resto de la tarde hablando de tonterías y al anochecer se despidió. A lo largo de esa semana, poco a poco, fui vaciando el baúl, apartando los que aún se podían conservar, hasta que al coger uno de los maltrechos comics descubrí una pequeña, vieja y sucia caja, que se encontraba en una esquina en el fondo del baúl. En su interior había una extraña moneda, después de examinarla un buen rato noté cómo el manto arrugado cambiaba de forma, empezando por el centro, el manto ascendía, bajo él se percibía una figura. Cuando el grabado se inmobilizó de nuevo, en vez de el manto y el pergamino, se podía apreciar la figura de un ser cubierto por una túnica, sosteniendo con sus huesudas manos el pergamino desplegado, como si lo leyera. Soy una persona racional, sé que se podría conseguir ese efecto con una buena aleación, el cambio de temperatura al contacto con mis manos podría haber sido lo que hizo que la moneda cambiara a un estado anterior, pero en el momento me asusté, la tétrica imagen de la parca me ponía los pelos de punta, dejé caer la moneda al suelo y me quedé mirando para ella. En la otra cara había aparecido una inscripción 'Timor Dei loquitur'.
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