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15 min
El misterioso caso del Estrella Polar
Ciencia Ficción |
30.12.13
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Sinopsis

Si perderse en alta mar puede resultar peligroso, no es nada comparado con lo que les sucedió a los pescadores del Estrella Polar.

 

De los diez hombres que trabajaban y casi habitaban aquel pesquero ruso, Nikita Karolek era el más cabal, no por nada era el dueño del barco, el que había contratado a aquellos nueve hombres y el que mandaba por encima de todos.

Los últimos días habían sido difíciles para todos, capaces de mellar la moral de hombres menos fuertes y valeroso que aquellos, por suerte, los hombres de aquel barco no se amedrentaban ante los problemas.

Aquel pesquero, el Polyaraya Zvezda (El Estrella Polar), había partido desde Muskmark  para faenar, era un día como cualquier otro, hasta que una tempestad les había sorprendido, una masa de agua y viento que, misteriosamente, ninguno de aquellos experimentados hombres de mar pudo ver venir.

Como si quien quiera que les hubiera enviado aquel ciclón estuviese jugando con ellos, toda la electricidad del estrella polar se esfumó de sus entrañas de hierro nada más tocar el océano atlántico.

Quedaron a la deriva, solos.

Tras el desconcierto general vinieron las bromas, les parecía imposible que ningún otro barco, fuera el que fuera, no les encontrase en al menos unas horas, por muy grande que fuera el mar, siempre había tráfico en él, por no hablar de sus mujeres que, sin duda, darían la voz de alarma a los guardacostas al no verles llegar.

Pero pasaron los días y nadie, ni siquiera otro pesquero, les atisbó.

A pesar de todo, Nikita mantuvo la entereza, algo que no hicieron sus partenaires, los cuales poco a poco perdieron la paciencia.

A parte de él, el más cabal, el que mantenía la esperanza como él de ser encontrados, era el joven Yuri Feliks, y el más desesperado, el contrapunto, era Fiodor Afanasi, aunque todos decían que jamás había estado en sus cabales. Los demás hombres bailaban entre el aburrimiento y la ira, y así pasaron minutos, horas y días.

Hasta que llegó la niña.

La noche era tranquila, algunos hombres estaban en cubierta, el aire de la noche, la visión del mar, les tranquilizaba.

Fiodor Afanasi, sentado a una mesa de metal, se rascó su espesa barba rojiza mientras observaba la revista X que tenía en las manos, frente a él estaña Yuri, el cual tan solo podía aburrirse.

Nikita les observaba a los dos, de pie, fumando el último cigarrillo que le quedaba.

Fiodor era el típico cosaco, gordo, bruto, amante del buen vodka y las bellas mujeres, lo que significaba que a veces podía ser irritante,

Yuri dirigió su mirada hacia fuera, traspasando el cristal de la ventana, como esperando ver las luces de una lancha, las de algún helicóptero, como esperando ver un milagro.

--Deja de hacer eso—dijo Fiodor—Me sacas de quicio.

--Déjalo en paz—dijo Nikita—El pobre tiene esperanzas.

--¿Esperanzas?—estalló Fiodor—Esperanza, de que.

Se levanto de la mesa de golpe, como si su silla de metal le hubiera dado calambre.

--¡Meses!—exclamó enfurecido—Llevamos meses aquí perdidos.

Nikita no dijo nada, comprendía el enfado del hombre, él también tenía miedo, pero no quería mostrarlo, quería parecer fuerte ante los que consideraba sus amigos.

--Nos encontrarán—dijo—Ya lo veréis.

--¿Y cómo estás tan seguro?—preguntó Fiodor.

--Ya ha pasado mucho tiempo—dijo Nikita—No sé las mujeres de los demás, pero mi esposa estará removiendo cielo y tierra para encontrarme, estoy seguro de ello.

Fue Yuri el que, mirando al mar con aire pensativo, formuló el interrogante que los dos habían pensado arias veces, pero que habían rechazado por miedo o por escepticismo.

--Quizás estemos malditos—dijo.

--No digas eso ni en broma—dijo Fiodor, de repente muy serio.

--No digas tonterías—dijo Nikita—Las maldiciones no existen.

Se miraron unos a otros, como si no creyeran aquellas palabras, quizás ellos fueran la prueba viviente de que existía algo más poderoso, que no podían explicar, y que estaba jugando con ellos.

Fiodor decidió cambiar de tema tajantemente cuando su vello se erizó.

--Lo que si echo de menos son las mujeres—dijo--¡Válgame Dios! ¡Si al menos tuviera a una hembra aquí conmigo!

Nikita no compartía la obsesión de aquel cosaco por las mujeres y el vodka, pero decidió seguirle la corriente para animarle a él y a Yuri.

--Di que sí—dijo--¿Y tú, Yuri? ¿Tienes novia? Nunca te lo he preguntado.

Yuri le miró y negó con la cabeza deprisa, Fiodor se acercó a él y le dio una palmada en la espalda que empujó al debilucho joven hacia delante.

--Cuando nos encuentren vas a venirte conmigo—le dijo—Voy a presentarte a un par de rubias que son fáciles…

La luz llegó de repente, deslumbrante, y ninguno de los tres pudo adivinar de donde venía, no era una luz calorífica, de ahí a que, por unos segundos creyeran que venían a recatarles. Los segundos que la luz tardó en apagarse.

Tras cruzar miradas de incertidumbre, los tres se precipitaron a cubierta como una estampida. ¿Qué había sido aquello? No había producido ruido alguno, había sido tan solo una luz pasajera, casi fugaz.

Fuera, los otros ocho hombres estaban de pie, en proa, desde detrás parecían estatuas de cera, Nikita llegó el primero, seguido de Yuri y Fiodor.

--¿Que ocurre aquí?—preguntó Nikita.

Varios hombres de apartaron para responderle sin hablar, dejándole ver lo que les estaba causando tanta expectación.

--¡Cielo santo!—exclamó

La niña tenía el pelo negro, cortado perfectamente a tazón, lo que le daba un aire andrógino, pero su traje, una especia de tela acolchada que se ajustaba a su cuerpo, revelaba que sin duda era de sexo femenino.

Algunos hombres la miraban estupefactos, otros miraban al cielo, esperando desentrañar el origen de aquel repentino polizón.

--¿De dónde diablos ha salido esta cría?—preguntó Fiodor Afanasi.

Todos se miraron entre sí, sin saber que contestar, la verdad era tan fantástica que ninguno de ellos la creía a pesar de haberla vivido.

--Vino con la luz—se atrevió por fin a decir uno de ellos.

--Cayó del cielo—corroboró otro.

Nikita se acercó a la niña como si no hubiera oído las explicaciones dadas, se agachó delante de ella y la examinó de cerca.

--Cuidado, capitán—advirtió Yuri.

La niña mantenía la mirada en Nikita, una mirada seria, fría, pero a la vez candorosa y reconfortante.

--Hey—le dijo el pescador con voz suave--¿De dónde has venido, pequeña?

La niña no respondió, solamente continuó mirándole con sus verdosos y almendrados ojos, parecía no comprender su idioma.

--¿Hablas mi lengua?—le preguntó Nikita confuso.

Pero tampoco obtuvo respuesta.

Se volvió hacia sus hombres, los cuales miraban a la niña sin saber que decir o que hacer.

--No puede haber caído del cielo—dijo tajantemente—Ya me estáis contando de donde ha salido.

--Pues es lo que ha pasado—dijo uno de los testigos.

Nikita se rascó el mentón confuso. Sus hombres parecían convencidos de lo ocurrido, pero sabía que era imposible que aquella niña hubiera caído del cielo como lluvia de abril.

--Seguramente estuviera escondida en algún sitio—dijo—Y habrá salido con el despiste de la luz.

--¡Sabemos lo que hemos visto!—se quejó alguien.

--¡Pero es imposible, joder!—dijo Fiodor.

Uno de los marineros se acercó a Nikita.

--Usted es el capitán—le dijo—Y si dice que esta niña no ha caído del cielo, pues vale, pero todos sabemos lo que hemos visto.

--Venga—dijo Fiodor—Desembuchar, de donde cojones ha salido la cría.

--¿Nos estás llamando mentirosos, tu, un borracho?—le preguntó el marinero.

--¡Pues sí!—gritó Fiodor--¡Pues si! ¿Pasa algo?

El pescador dio un amenazador paso hacia él, pero Yuri se interpuso entre los dos para evitar la pelea.

--Vale, dejadlo ya—dijo Nikita—De acuerdo, la jodida niña ha caído del cielo.

Cogió la mano de la niña, la cual notó fría, casi helada, seguramente por la temperatura del mar,  poco apropiada para ella.

Se dirigió a su camarote, curiosamente la niña se mostró obediente y caminó con él, como si supiera que ese hombre era el capitán del pesquero.

Yuri y Fiodor le siguieron y este último cerró la puerta tras él.

--¿De dónde crees que ha venido?—le preguntó Yuri al capitán.

--¿Queréis saber mi teoría?—dijo Nikita mientras la niña se sentaba dócil en una silla de metal.

--Claro—dijeron los dos.

Nikita sacó una lata de sopa y la abrió.

--Creo que alguno de los que hay fuera escondió a la niña en el barco por la razón que fuera, al perdernos, y escasear la comida, la sacó aprovechando la confusión de la luz, y todos creen que vino con ella.

--Pues habrá que hacer algo con ella—dijo Yuri.

Nikita vertió la sopa en un tazón y lo calentó al fuego de la pequeña bombona de gas, después se la sirvió a la niña.

--Ten cuidado, no te quemes—le dijo aún sabiendo que no le entendía.

Se volvió y observó a Fiodor mirando fijamente a la niña, conocía perfectamente aquella mirada, era la mirada que delataba a aquel cosaco como un devorador sexual.

--Deja de mirarla así, Fiodor—dijo tajantemente.

--Así, ¿Cómo?

--Ya sabes cómo.

Volvió a mirar a la niña la cual no había probado bocado y miraba al frente como si observara algo que ninguno de los tres pudiera ver.

--Voy fuera a ver cómo está el ambiente—dijo—Cuidad de ella.

Salió a cubierta, los demás hombres parecían haberse tranquilizado, cinco de ellos dormían sobre cubierta, la mar estaba tranquila y hacia menos calor que dentro, otros tres permanecían mirando al mar, callados, como si intentasen desentrañar lo que acababa de suceder.

Todo estaba tranquilo en el estrella polar.

Volvía a la cocina cuando vio salir de ella a Yuri, su gesto era de preocupación y, aunque era un joven que se preocupaba por mucho, aquella cara hablaba por sí sola.

--¿Qué ocurre?—le preguntó.

El muchacho respondió caso tartamudeando.

--Fiodor—dijo—Se ha encerrado con la niña en la cocina.

Apretó los dientes de raba y se dirigió hacia allí, se reprochó a sí mismo el no haberlo visto venir.

--El cabrón salido de Fiodor—masculló mientras se imaginaba lo que estaría haciendo aquel bruto con la niña.

Cuando llegó a la puerta de la cocina la encontró atrancada, y ese gesto era algo que esperaba de Fiodor.

--¡Fiodor!—gritó—Abre ahora mismo.

No obtuvo respuesta, golpeó la puerta varias veces, pero de dentro no salía sonido alguno.

Yuri acudió, nervioso, no sabía qué hacer ante aquella situación que, sentía, le desbordaba.

--¡Fiodor!—volvió a insistir Nikita—¡Sal ahora mismo o te despido!

Esta vez, Fiodor si respondió a través de la puerta.

--¿Sabéis el tiempo que hace que no toco a ninguna mujer?

--¡Pero eso no es una mujer!—dijo Nikita, que intentaba hacerle entrar en razón--¡Es una niña!

Fiodor no respondió, dando la impresión de que, lo que fuera que iba a hacerle a aquella inocente polizona, ya se lo estaba haciendo, y era algo que le impedía entretenerse dando explicaciones a sus compañeros.

--Tenemos que tirar la puerta abajo—dijo Yuri.

Nikita empujó la puerta con todas sus fuerzas, pero no había manera de tirarla abajo.

--¡Mira!—dijo Yuri de repente, señalando hacia el suelo.

Nikita bajó la cabeza y vio como una luz blanca asomaba por debajo de la puerta, retrocedió asustado, aquel resplandor era el mismo que apenas una hora antes había iluminado todo el barco.

Se precipitó hacia la puerta y comenzó a golpearla con el puño hasta hacerse daño.

--¡Maldita sea, Fiodor!—gritó--¡Abre la maldita puerta!

Tras tres golpes más, la puerta se abrió, y lo hizo despacio, como si el hombre les invitase a entrar en vez de concederles rendido a la niña.

La luz se había apagado, como si jamás hubiese estado allí.

Lo primero que vieron fue a la niña, estaba tal y como había “llegado”, sentada en una silla, mantenía la mirada en ellos, esa mirada que no revelaba sensación alguna.

--¿Dónde está Fiodor?—preguntó Nikita al aire.

La cocina parecía estar vacía, o al menos fue lo que le pareció a simple vista, después vio una bota que identificó inmediatamente, asomaba tras la mesa, lo primero que pensó fue que el hombre había sufrido un infarto.

--¡Fiodor!—exclamó abalanzándose hacia él.

Se paralizó de miedo, donde esperaba encontrar a su amigo encontró un montón de ropa, eran, sin duda, las vestimentas de Fiodor, pero el hombres no estaba allí, o al menos eso era lo que parecía.

Yuri se acercó por detrás y vio la camisa y los pantalones.

--¿Dónde está?—preguntó extrañado.

Nikita se levantó, pero entonces atisbó algo entre los ropajes, algo se movía bajo ellos, se inclinó y cogió la camisa.

--¡Cielo santo!—exclamó Yuri.

Un llanto comenzó a sonar, Nikita cogió al bebe y se incorporó. ¿De dónde había salido aquel recién nacido?

Miró los ropajes y dedujo algo que le causó más miedo del que tenía.

¿Era aquel bebé el borracho de Fiodor?

Le dio el niño a Yuri, el cual lo cogió con cuidado y timidez a partes iguales, y se precipitó a cubierta.

Debía encontrar a Fiodor y preguntarle por lo que había ocurrido en la cocina.

Pero Fiodor no estaba en el barco, buscó por cada rincón de su pesquero, lo cual no le dejaba muchas opciones, en la sala de máquinas no estaba, en cubierta tampoco, y en los baños tampoco.

Era como si en el Estrella Polar no hubiera habido nunca un ruso llamado Fiodor Afanasi.

--¡Fiodor!—gritó--¿Dónde coño te metes?

Su grito hizo que el niño rompiera a llorar, al principio no le hizo caso, pero pronto escuchó otro llanto, y otro, cientos de llantos se sumaron a los demás, pero no eran cientos de llantos, si no nueve llantos,

Donde quisiera que antes estuviera uno de sus hombres, ahora había un bebé.

Corrió hacia la cocina y se detuvo ante la puerta, ahora las ropas de Yuri se habían unido a las de Fiodor, y otro bebé estaba entre ellas.

--¡Dios!—exclamó--¡Yuri, Dios mío!

La niña estaba de pie y le miraba fijamente, Nikita retrocedió, ¡Ahora comprendía lo ocurrido! Era esa niña la que estaba convirtiendo a sus amigos en recién nacidos, pero ¿Cómo? Y sobre todo ¿Por qué?

Comenzó a correr, no podía escuchar los pasos de la niña tras él, pero sabía que le seguía. ¿A dónde podía huir? Estaba en alta mar, perdido y ahora solo. Corrió hacia la proa y se detuvo, al volver la vista atrás vio a la niña de pie, a poco más de dos metros de él.

--¿Quién eres?—preguntó.

No esperaba ninguna respuesta, pero, para su sorpresa, la niña abrió la boca y habló, su voz sonó metálica y polifónica, revelando que sin duda no era de este mundo.

--Hay que empezar de nuevo—dijo—Cuando os creamos esperábamos que evolucionaseis con prudencia, pero no lo habéis hecho.

Nikita estaba paralizado. ¿De qué hablaba aquel ser?

--Sois un experimento fallido—continuó la niña—Por eso hemos decidido convertiros en lo que una vez fuisteis, para ser nosotros los que os eduquemos esta vez.

Nikita sentía el borde de la proa contra su cintura y sabía que era su única escapatoria, vio como la niña extendía un brazo hacia él y abría su pequeña boca, pero ahora no era tan pequeña, era grande, como la boca de una bestia.

Cuando una luz comenzó a surgir de ella, se lanzó al mar como última esperanza.

 

El guarda costas comunicó por radio el hallazgo del Polyaraya Zvezda, después pasó de su mediana embarcación al pesquero.

--¿No habéis encontrado a nadie?—le preguntó a dos de sus hombres.

--Solo los bebés y la niña—respondió uno de ellos.

--¿Nadie más?—se extrañó el guardacostas--¿Ningún tripulante adulto?

--No señor.

--Habrá que peinar la zona.

--Quizás la niña sepa algo.

El guardacostas cruzó de nuevo a su barco, en él, la niña esperaba sentada dentro, arropada con una manta, le habían dado un chocolate caliente y lo tenía entre las manos, pero no lo había probado. El guardacostas se agachó delante de ella.

--Hola—le dijo--¿Cómo te llamas?

La  niña no respondió, solamente le miró con una sonrisa etrusca que le hacía parecer inocente y frágil.

El guardacostas salió fuera, uno de sus hombres ya había cruzado desde el estrella polar.

--¿Que cree que ha ocurrido?—le preguntó.

--No tengo ni idea—dijo el guardacostas confuso—Apostaría por tráfico de niños, pero estoy hablando por hablar.

--Llamaré a servicios sociales para contarles lo ocurrido—apuntó el otro hombre—Debemos encontrar a los padres de estos bebés, si es que los tienen.

Trasladaron los bebés a la lancha y pusieron rumbo a tierra firme, no tardaron en llegar, la marea había llevado al Estrella Polar hacia la costa de las Bahamas. Al llegar a tierra, el guardacostas miró a la niña y esta cogió su mano, le miró y, por primera vez la vio sonreír.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Miguel Ángel Sánchez de la Guía nació en Toledo en 1983, desde joven se interesó por el mundo de la literatura hasta que quiso traspasar la frontera entre espectador y creador y comenzó a escribir. Es autor de la novela de ciencia ficción Thanatos así como de numerosos relatos, muchos de ellos publicados en su blog personal. Es miembro de la Asociación de Escritores El Común de la Mancha, formando parte de su junta directiva, también ha colaborado con varios programas en Radio Quintanar. http://www.lulu.com/spotlight/sanchezdelaguia

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