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5 min
El mito de la taberna
Varios |
14.05.13
  • 4
  • 7
  • 2013
Sinopsis

Una particular versión de la gran alevoría de Platón

     En un recóndito lugar del planeta, justo en un pequeño rincón de un pequeño pueblo de la península de Iberia, yacía un pequeño y cochambroso bar llamado La taberna. Muchos eran los lugareños que la llamaban la caverna, por su mal aspecto y su ubicación en un pequeño semi sótano de un pasaje. Las ventanas laterales, que jamás fueron aseadas, quedaban a la altura de los tobillos semejándose más a un alcantarillado. En la fachada principal, de aspecto tétrico, colgaba el cartel con el dicho nombre borroso por el paso de los años. Si aquél letrero hablase, podría habernos narrado la historia del último siglo.

Junto a la acera, unas desordenadas escaleras bajaban a la puerta principal, que junto a algún cartel de alguna fiesta de antaño y restos de mugre, no dejaba ver más allá. De hecho, eran pocos los que apenas miraban aquél infra mundo. En su interior, media docena de hombres permanecían presos bajo condena. Entre humos de Ducados y algún que otro puro, asomaban los seis cuerpos postrados cada cual en su pegajoso taburete. De sus manos derechas brotaban unos imaginarios grilletes que les obligaba a sostener una botella. Sus traseros, estaban enganchados por alguna malévola fuerza gravitatoria que no les dejaba ni moverse.

El último de los individuos, al que a partir de este instante denominaré El elegido, jugueteaba con su vista siguiendo a dos verdosas moscas que rezaban a algún Dios díptero para que se las llevase a un lugar mejor. Todos miraban al frente como hipnotizados. El pequeño tragaluz proyectaba frente a ellos unas sombras en constante movimiento. Se cuestionaban si aquellos eran dioses. Unos más altos, otros más pequeños, algunos solos, otros en grupo pero todos emitían ciertos ruidos al pasar. El elegido miró fíjamente a su botella cuestionándose el por qué de aquella condena. Agrupó todas sus fuerzas concentrándose en el envase y fue capaz de despegarse. Miró a los demás individuos.

Una vez liberado de tan duro grillete, zarandeó su trasero para ver si podía desanclarse de aquél extraño asiento. Tras varios intentos lo logró y se puso en pie, libre. En el primer paso, notó la viscosidad del suelo y rozó lentamente el viejo cuero del taburete que tras varios descosidos punteagudos, dejaba entrever algún que otro resto de espuma. Volvió a mirar a los demás pero nadie prestó atención. Se fijó en el tragaluz y los pocos rayos que allí entraban le cegaron levemente. Paso a paso, se dirigió a la entrada para poder ver qué había más allá. Al abrir la puerta, con los músculos atormentados, aquella luz le cegó.

La primera bocanada de aire limpio se le antojó forzosa, reprimió una fuerte arcada. Pensó que lo de fuera no sería peor que el infierno de aquella cueva. Recobró el valor y a ciegas comenzó el ascenso a un mundo mejor. Los sonidos pasaron a ser nítidos y alguna que otra sombra afloraba en su visión. Aquella sensación le produjo un enorme placer. Lentamente recuperó la vista y pudo ver el vaivén de aquellos seres paseando de un lado a otro, con sus compras y familiares. Sin duda eran ellos los que veían proyectados y no aquellas estúpidas sombras. Descubrió un mundo mejor sabiendo que aquello era la auténtica vida y se planteó marcharse a toda prisa. Pensó en los demás compañeros y se vio obligado a bajar de nuevo para explicarles la verdad y liberarlos.

Al abrir de nuevo la puerta del infierno, la visión tuvo que acostumbrarse de nuevo. El aire contaminado fue peor si cabe, entrando cual agujas por su pecho. Totalmente a ciegas comenzó a gritar ilusionado:

— ¡Señores, señores, he estado allá arriba! — chilló mientras se tapaba la boca — ¡La vida está allí fuera y no aquí, en este antro! — los cinco individuos comenzaron a reir burlándose del elegido.

— ¡Calla estúpido y vuelve a tu sitio! — ordenó uno de ellos casi sin mirarlo

— Ha sido la luz que te ha cegado, puras imaginaciones ... — decía otro incrédulo

— ¡Hacedme caso porfavor! yo se lo que he visto. Allí hay otra vida y es mejor — ésta vez trató de coger a uno de ellos del brazo para apartarlo de aquella botella. El individuo se mostró agresivo y golpeó fuertemente su cabeza con el bote. Los demás comenzaron a agobiarse y mirarlo de reojo. El elegido no desistió y de nuevo trató de coger a otro de ellos para sacarlo y liberarlo, pero los miedos de los allí presos nació de nuevo y le golpearon brutalmente hasta dejarlo allí tumbado, totalmente muerto. Cada cual volvió a su posición, cada cual miró al frente hacia aquellas sombras proyectadas y prosiguieron con su inexplicable condena.

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