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4 min
El moro y la princesa. (Tragicomedia jocosa)
Amor |
01.08.07
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Sinopsis

El moro y la princesa.



En el año 1605 de nuestra era cristiana, la princesa de Castilla se enamoró de un moro noble, que trabajaba como bufón de su palacio. Su padre, el rey Felipe, nunca llegó a saberlo. De lo contrario, despacharía al moro de su corte, y si es posible, mandarlo a ejecutar en la horca, porque el rey muy frío y duro. La princesa, que se llamaba Isabelina, estaba comprometida con el príncipe de Valencia: Juan El bárbaro. Ella no lo quería, porque como su epíteto lo indica, era trovo y grotesco, amante de la caza e hijo del pedanterismo: humillaba a sus siervos, los valencianos; y ella no quería un padre así, para sus hijos, futuros herederos del reino castellano. Estaba enamorada profundamente del moro, que se llamaba José Romero, y era descendiente de ningún linaje; simplemente de campesinos, desconocidos y pobres.

Isabelina era muy hermosa, de ojos azules, cabellos dorados, y piel blanca, como un Góngora lo describiera en sus célebres romances. Sabía tejer y bordar tapetes, y disfrazarse de sirvienta pobre. De esa forma se escapa de su palacio, y se veía a escondidas con el moro, en la tienda del mismo, que quedaba en el campo. Su nana Ana Luisa lo sabía, y cuando el rey le preguntaba donde estaba su hija, ella respondía que en su alcoba real, tomando la siesta. Él le creía, porque que al fin y al cabo, le importaba un bledo lo que le pasara a su hija. Le interesaba guardar más las apariencias. Quedar bien con los compromisos políticos y religiosos. Y conversar y mal hablar de la vida de los demás reyes, con el papa y los obispos; y sobornar a los mismos si se metía en problemas.

La princesa se divertía con el negro metida en la tienda, haciendo el amor y de la forma más erótica posible. Le besaba las piernas, y el sus senos. Se olían los cuerpos y se mordían los miembros: la noche y el día mezclándose juntos, jurándose amor eterno hasta el delirio. Pero el moro se ponía triste, y lleno de temor, porque si lo descubría el rey, lo descabezaba y destronaba a su hija. Entre sus negruscos brazos, en donde descansaba la hermosa princesa de ojos azules, le preguntaba:

-¿Serías capaz de dejar tus riquezas por mí hasta dar tu vida si algo malo me pasara?

-¡Claro que sí, busurito!- Le decía la joven princesa, lo besaba intensamente.
Al caer la noche, la princesa regresaba al castillo, en donde la esperaba Juan, El bárbaro, que se vanagloriaba diciendo que mataba leones, tigres y elefantes; y ahora un dragón de Sevilla, como el que mató San Jorge. Incluso más grande, con tres cabezas y veinte colas que eran serpientes escupefuego. Era la peor mentira que podía meter en su tonta vida, y su padre no era carpintero ni él era de madera, sino el rey de Valencia y él su heredero. El vulgo comentaba que sí era cierto lo del dragón, porque lo vieron con sus propios ojos. Sucede que sus soldados y vasallos construyeron un dragón mecánico de cartón, el cual hacían mover con cigüeñales y pedales dentro del monstruo artificial; y el fuego lo arrojaban por la falsa boca con un lanzallamas. Entonces Juan, el bárbaro, hizo que lo mató con su espada, y con unas coreografías tan extravagantes, que casi se rompe los huesos reales, pues de plástico no puede ser; y se hizo famoso por toda Europa, que hasta las princesas del todo el mundo querían conocerlo. Un día Isabelina le insinuó: “¿Por qué no le haces caso a alguna de esas princesas bellas y solitarias?” Pero él le contestó: “Porque yo solo te quiero a ti, mi b
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