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7 min
El niño que arrastraba la caja
Suspense |
25.09.13
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Sinopsis

Montañas, niebla, un niño, una caja.

I. El niño llegó a un pueblito perdido entre altas colinas y asentado sobre abruptas montañas. Llegó a algún punto entre la densa niebla que unía y cubría las formaciones rocosas, generando un espacio por el cual, figuradamente, se podría transitar. Aunque dicen algunos testigos, errantes noctámbulos de escarpados cerros, que vieron -en distintas ocasiones- algunas fugaces ovejas cruzar de la montaña Q a la R a través del conducto que creaba la condensación de la niebla. //II. Llegó un miércoles por la tarde, cuando las sombras aún no reclamaban para sí el terreno. Llegó vestido con un desgastado pantalón de tela, una camisa blanca algo manchada, y zapatos totalmente empolvados. Llevaba por único equipaje una caja metálica de medio metro cuadrado; caja bastante oxidada y al parecer muy pesada. El niño la venía arrastrando creando tras de sí una estela de rocas dispersas y arbustos aplastados. Tenía agujeros en ambas extensiones del pantalón, por los cuales se podía distinguir sus raspadas y ensangrentadas rodillas. Su cabello le llegaba hasta un poco debajo de las cejas, cayendo en finos hilos azabache; cortina negra que jugaba a ser modulada por el ritmo montañés del viento. Sólo una vez levantó los ojos; caminaba hundiendo la mirada en el agreste terreno y sumergiéndose a cada paso en las filudas piedras que conformaban el sendero hacia el pueblo. //III. Cuando alcanzó la plazuela central se quedó quieto, con la mirada siempre gacha. Una brisa fría acompañada de hojas secas hizo ondear su negrísimo cabello e inflar su camisa, dejando entrever el costillar notoriamente marcado y el pecho desnutrido. La onda eólica se fue, azotándole el cuerpecito. Se fue oscilante y traviesa a perderse en la quebrada más próxima. La única persona que se encontraba en la plazuela era el viejo D, quien, absorto elaborando un collar, no se dio cuenta de la presencia del niño hasta que otra fuerte corriente de viento relajó la niebla que los rodeaba. El niño reanudó su andar, arrastrando su caja de metal. Al momento de subirla a la plazuela –pavimentada irregularmente-, la caja entró en fricción y provocó un sordo chillido que estremeció al viejo D e hizo que dejara caer por entre sus temblorosos dedos las cuentas del collar que estaba hilvanando. El niño pasó de largo, cruzó la plaza y se perdió nuevamente en la niebla. Posteriormente el viejo D contó acerca de un extraño frío que le congeló la sangre cuando el niño pasaba a unos centímetros de él. //IV. Una iglesia casi derruida coronaba el norte magnético de la plazuela. No se encontraba pintada, simplemente estaba tarrajeada. Lo que mejor se conservaba era la alta torre del campanario. La pieza que ocupaban las dos campanas a unos metros de la cúspide era visible desde la montaña Q, cuando el sol ofrecía más fiera resistencia contra la niebla. Pero este no era uno de esos días. En la puerta de la iglesia el niño se había detenido. Cuatro feligreses dentro del templo. Los cuatro arrodillados. Dos llorando, dos cantando a corazón batiente. El sacerdote que oficiaba la misa tenía un semblante grave y decidido. A la fe que ardía en su pecho conseguía expulsarla navegando en la saliva de cada solemne frase que arrojaba sobre los fieles. Algún jorobado trepaba las escaleras hacia el campanario. Los feligreses que lloraban habían empezado a abrazarse y secarse las lágrimas el uno al otro, hasta chorrear una cascada lacrimal desde las córneas nuevamente. Los que cantaban tenían los cachetes enrojecidos por la bravura y convicción de sus potentes cantos. El jorobado llegó al campanario. La paz de la tarde, cuando ya las sombras habían avanzado un poco, se vio removida por el doble estruendo de las gloriosas campanas de la iglesia. Súbitamente, los feligreses y el sacerdote dirigieron su atención hacia la puerta, sin dejar de dedicarse a sus oficios. Los que lloraban vieron sus lágrimas petrificadas de amarguísimo sabor, y sintieron congelado el fraterno abrazo. A los que cantaban se les estrujó la garganta y sus cuerdas vocales perdieron tensión y ánimos, lo mismo que la bravía de sus fanáticos espíritus. El sacerdote, en un arrebato de truculenta sinceridad, maldijo a la Santísima Trinidad y ofreció su alma a los abismos. El jorobado reía estúpidamente, embrutecido por el doble tronar de las campanas. Un helado viento cerró las puertas de la iglesia de un golpe seco. //V. El único ruido que se escuchaba en el pueblito era ahora el traquetear de la caja arrastrada por el niño. Éste se detuvo frente a la casa que lo había conducido hasta esas abruptas alturas. Con los ojos siempre sumergidos –desparramados- en la superficie del piso, golpeó la puerta con sus huesudas manos *toc… toc… toc... Cada golpe era más fuerte que el anterior, cada golpe le astillaba un poco más los nudillos. No dejó de tocar hasta que abrieron la puerta. El niño entró sin ser invitado. El hombre que le abrió retrocedió trastabillando. Al cuarto paso que dio, temeroso, alejándose del niño hacia el interior de la puerta, pisó en falso y cayó de espaldas contra el duro piso de tierra aplanada. Se incorporó sobre sus codos. Pudo ver como el niño intentaba abrir la caja, explotando cada fibra de su frágil cuerpo en ésa labor. La tapa saltó... Hurgó ávido en el interior de la caja. Siempre con la cabeza gacha, levantó lentamente sus brazos, luego de haber encontrado "éso" que guardaba tan celosamente. Entre sus manos tenía una tela roja que envolvía un objeto de unos diez centímetros. Lo acercó con la misma lentitud hacia el rostro del dueño de la casa, quien espantado se cubría la cara con las manos. Desenvolvió la tela y colocó ante los pasmados ojos del hombre un anillo de plata, con una inscripción en la parte que se le mostraba. Éste, sintiéndose maldito, leyó lo que el anillo tenía grabado... Era un nombre. Horrorizado, intentó retroceder torpemente desde la posición en que se encontraba. Llegó al límite con la chimenea. Faltaba poco para que su pecho reviente con los acelerados martillazos que le propinaba el corazón, mientras su rostro se contraía en horribles muecas y sus manos se retorcían presas del terror psicológico. Su mirada se cruzó por un instante con la del niño, que había alzado los ojos por vez primera desde que llegara al pequeño pueblo. Su corazón cesó súbitamente de embestir al pecho. Su cuerpo inerte se desplomó sobre el piso quemado de la chimenea. //VI. A la mañana siguiente un extraño olor impregnaba la niebla en la montaña R. El olor provenía de la casa del hombre que recibió la visita del niño cuando era ya de noche. Los vecinos, tapándose con gruesos pañuelos la nariz, entraron curiosos a la casa del visitado. Un hombre carbonizado adornaba humeante el piso de la chimenea. El niño había desaparecido sin dejar rastro. FIN.

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