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8 min
El niño que sólo quería ser feliz
Drama |
31.10.15
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Sinopsis

Todo comenzó cuando empezó el colegio a los tres años. Andrés era un niño introvertido al que le costaba socializarse con sus compañeros. Pero, a partir del segundo trimestre de ese año ocurrió lo peor: Un chico de su clase, Diego, le eligió cómo blanco de sus bromas. Diego era muy popular, sobre todo entre las chicas, mientras que Andrés aparte de sus problemas de socialización, para su desgracia, tenía sobrepeso. Un día, a finales de ese curso, a Diego se le fueron de las manos sus bromas. Andrés acabó en el suelo tras la zancadilla de su compañero de clase, y al verlo tan indefenso, varios amigos de Diego aprovecharon para pegarle patadas. Andrés comenzó a llorar, pero su tutora debió considerar que eran cosas de niños, pues observo toda la escena totalmente impasible. Fue Rosa quien lo rescató. Andrés nunca había hablado con ella, a pesar de llevar juntos en clase un curso. Les empujó y alejó de donde Andrés estaba sollozando. Cuando se alejaron ella le preguntó si estaba bien. Él le dio las gracias y empezaron a hablar. Resultó que Rosa era una niña dulce e introvertida, igual que Andrés.

Desde ese momento, fueron amigos y empezaron a sentarse juntos en clase, pues Rosa tampoco encajaba muy bien con las demás niñas de la clase. Así, fueron pasando los cursos, y Diego siguió igual. Se repitieron varios episodios similares al de la zancadilla con sus posteriores patadas o cosas similares. Rosa siempre estuvo ahí para ayudarle pero a los cinco años entabló amistad con varias chicas, por lo que dejó a Andrés un poco de lado. Él seguía sin conseguir la amistad de ningun niño, tal vez por miedo a Diego, o quizá porque les gustaba ver cómo acosaban a otro que no fuera ellos.

A los seis años llegaron a primero de primaria. En ese curso, Andrés se dio cuenta de que le gustaba Rosa, o mejor dicho se percató de que le gustaba desde que le salvo de los chicos de su clase a los tres años. El acoso fue a peor en ese curso. Ya no sólo era Diego; todos los chicos de su clase hacían lo mismo que él, al ver lo fácil que era. Incluso alguna niña se subió al carro.

Andrés pensó en decirle algo a su madre. Por vergüenza decidió cerrar la boca. Los profesores tampoco eran una gran ayuda; en más de una ocasión, fueron testigos de las agresiones verbales al pobre niño y no movieron un dedo. No llegaba a entender una vida que no fuera así, pues siempre le había ocurrido lo mismo. Era duro reconocerlo pero Andrés, se había acostumbrado a las burlas y ya eran parte de su día a día.

En tercero de primaria, las agresiones verbales se convirtieron en agresiones físicas. Le llegaron a dejar sangrando de la nariz en más de una ocasión y le hicieron más de un moratón. Esto le era más difícil de sobrellevar. Tenía que ocultárselo a su madre, pues no quería que supiera lo que le estaba pasando para que la cosa no fuera a peor, ya que su madre habría ido a quejarse a los profesores, y en cuanto se enteraran, sus compañeros duplicarían su bullying.

En una ocasión, cuando estaba haciendo uso del servicio, Diego le sacó una foto y la difundió por toda la escuela. Todos los alumnos de diferentes edades la recibieron y Andrés tuvo que soportar que todo el colegio se riera de él. Lo peor fue que Rosa también lo recibió, y lejos de condenarlo parecía que también le hacía gracia. En los últimos tiempos, se habían alejado un poco. Solía estar siempre con sus amigas y, cada vez más solía reírse con las bromas de Diego, no sólo las que le hacía a Andrés sino en general.

Nadie denunció lo ocurrido con la foto que le hicieron en el baño. Diego permanenció impune. Andrés lloró durante horas y horas. Cuando llegaba del colegio se encerraba en su habitación, y no salía en toda la tarde. Su madre, por fin se dio cuenta de que le ocurría algo a su hijo. Intento que le contara que le pasaba, pero el siempre le respondía de malos modos que le dejara en paz. La pobre madre, desconcertada, decidió dejar de preguntarle pero permaneció alerta ante cualquier posible indicio para saber que le sucedía.

Andrés no era fuerte ni valiente. Todo lo contrario, pues su sobrepeso había aumentado consideráblemente. No se atrevía a pelear por ser libre de su abuso y lo aguantaba como podía. A los doce años, en primero de la ESO, Diego y sus amigos le robaban el almuerzo de la mochila, en cuanto Andrés se descuidaba. En una ocasión, Andrés se dio cuenta de que no le habían quitado su comida. Salió al patio muy contento. Entonces oyó un grito de Diego que decía "a por el gordo". Lo siguiente que vio fue a todos los chicos de su clase y la mayoría de las chicas, corriendo adonde él. Uno de los chicos más fuertes lo derribó y se dio un fuerte golpe en las rodillas. Lo obligaron a ponerse boca arriba y se dividieron en grupos para que cada cual se ensañara con una parte de su cuerpo. Diego le quitó el almuerzo y le preguntó irónicamente a ver si creía que le iban a dejar comer. Dijo que lo hacía por su bien, pues lo hacían para que adelgazara, provocando las risas de sus compañeros. En ese momento, Rosa llegó al patio. Al verla, Diego le ofreció la comida que le acababa de robar a Andrés. Ella le sonrió y se quedo mirando como le pegaban a su antiguo amigo sin inmutarse lo más mínimo, mientras se comía su almuerzo. Cuando acabó el patio, Andrés no fue a clase. Saltó la valla que había en el patio para que los niños no se escaparan a la calle, y cayó con tan mala suerte que se fracturó una pierna. Los médicos pensaron que las magulladuras que tenía por todo el cuerpo eran debido a la caída y no a la paliza que le metieron. Su madre le catigó por querer saltarse las clases

Al año siguiente, Rosa y Diego empezaron a salir juntos. Andrés no se lo quería creer, no podía estar ocurriéndole eso. Fue entonces, cuando decicio suicidarse. No quería seguir viviendo en un mundo tan cruel. No tenía amigos, toda la gente de su edad que conocía abusaba de él y, por si fuera poco, la chica que le gustaba desde los tres años, estaba saliendo con su mayor acosador.

 

Andrés estaba llorando. Había recordado toda su vida, cómo solía hacer, para convencerse y coger valor para su muerte. Llevaba varios meses autoconvenciéndose del suicidio, pero seguía sin reunir el valor suficiente. Estaba dando un paseo para despejarse. Eran las siete de la tarde y estaba lloviendo. Le gustaba pasear para reflexionar y lo solía hacer frecuentemente.

En ese momento, torcieron la esquina y se acercaron a él Rosa y Diego. Al darse cuenta de que estaba llorando, empezaron a reírse de él. Andrés se llenó de una energía asesina que no había tenido nunca. Se lanzó sobre Diego y le metió puñetazos en la cara hasta dejarlo sangrando. Pero su energía asesina no se había visto saciada aún. Cogió una piedra del barro húmedo y le dio golpes con ella en la cabeza a su acosador hasta que su corazón dejó de latir. Una paralizada Rosa, por fin, empezó a correr  pero Andrés con una violencia y puntería inusitadas le lanzó la piedra con todas sus fuerzas y le dio en la sien. Andrés fue hasta la niña inconsciente, y la remató. Andrés pensó que no había sido culpa suya. Él no tenía la culpa de que, desde que tenía uso de razón, hubieran abusado de él como sino tuviera sentimientos. No sentía un ápice lo que acababa de pasar y lo volvería a hacer sin dudarlo un segundo. Andrés se sentó en el suelo junto a los dos cadáveres de sus compañeros de clase. Entonces se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Suspiro y lloró. Él sólo había querido ser feliz, nada más, pero no le habían dejado.   

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