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20 min
El oculto cazador
Suspense |
06.02.18
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Sinopsis

Todos ocultamos a nuestro cazador sediento de sangre

Estaba allí esperando a que apareciera. Él, mimetizado con el ambiente, recordó minuciosamente todo el procedimiento que debería realizar luego de ejecutar el disparo. Luego del estruendo, debía acercarse sigilosamente, siempre teniendo la precaución de que la presa aún herida y peleando por su vida lo ataque.  Al encontrarse a pocos metros tendría que cerciorarse de la falta de signos vitales. Solo luego de esa situación, debería llamar a Abraham y darle su localización.  Luego de la espera ambos subirían al cadáver a la camioneta y, de esta forma, emprenderían el viaje de regreso.

Allí erguida con la sensación de estar en total soledad, alejada de su manada, está la presa. En sus pelos se reflejan la luz de la tarde que atraviesa la arboleda. La presa da unos profundos respiros mientras observa la vista que le da estar sobre la colina. Él la observa a través de la mira telescópica. Sabe que no puede desperdiciar un solo tiro. Da una profunda inspiración.  Intenta acomodarse el flequillo que le tapa el ojo derecho. Al pasar la mano por su frente se da cuenta que el flequillo ya no está. En ese momento, recuerda que desde hace algunas semanas esa extensión de pelo ya no está debido a un corte más varonil. La observa unos minutos más admirando la belleza de la presa: con sus delicadas orejas, sus fornidos muslos, la claridad de sus cabellos, el color de sus ojos color ámbar. Una terrible duda le estruja el estómago. “¿Acaso tendrá crías?” se pregunta. La observa unos segundos para inferir la edad de la presa. Por lo que aparentaba la hembra no está en edad de tener crías.

“En el caso de tenerlas, mejor. Así no evitamos que estos animales foráneos se reproduzcan” le dice una voz dentro de sí, muy parecida al de su tío Andrés.

Sin esperarlo, la hembra empieza a mover su cabeza en busca de algo. Él duda si ella lo está buscando. Trata de ocultarse un poco más tras el montículo de tierra. El pecho le tiembla. Trata de respirar profundamente lo mejor posible. La hembra comienza a caminar lentamente en dirección al sitio del cazador. Se frena, sus ojos se posan en el montículo de tierra y hojas. Continúa lentamente la marcha, dando pequeños pasos.

“Todo ya está perdido” piensa. Por la mira puede ver los ojos que lo miran sin ver. En estos momentos cree entender la causa del porque se les tapa los ojos a los condenados a fusilamiento.  Desea ser descubierto para así terminar con esto por una vez por todas con esa tradición familiar. Se piensa a si mismo con el primero que desacataría ese mandato familiar, el primero que tiraría por la borda años y años de ese rito iniciático que se continuaba de padres a hijos. Se idea como esa figura fuerte que tocaría la puerta de la casa familiar, que entraría tempestivamente y le diría a cada uno de los integrantes lo que les debía decir. Se imagina a él yéndose de ese pueblo que tanto odia.

Los ojos se elevaron. La mirada se dejó de posar en el montículo de hojas y tierra. Vio la expresión de sorpresa antes de que el disparo le atraviese el pecho. En su mente todo comienza a registrarse en cámara lenta. La sangre lentamente brota del pecho; las patas que se van aflojando lentamente; la mirada congelada, fija; el cuerpo que se desploma en la hojarasca; los suspiros; el pecho que tiembla.

Da unos pasos largos, luego unos más cortos y silenciosos. La sangre le golpea en ambas sienes. Un cierto dejo de excitación le brota de su entrepierna. Lo había hecho sin pensar, sin reflexionar, sin vueltas. Un disparo limpio y eficaz, tal como su padre tanto le había inculcado.

Frente a sus pies, su trofeo ya sin signos vitales lo observaba. Se agacha y despeja algunas de las hojas que cubrían el rostro del cadáver. “Que bello espécimen” piensa mientras acaricia el rostro que lentamente va perdiendo su calor. Un sentimiento de arrepentimiento. Luego una pulsión nerviosa, un estrujamiento de cada uno de sus músculos, una sensación de huida hace que se irguiera rápidamente ayudándose con la carabina. Ya alejado unos metros y dándole la espalda a su víctima, con los pulmones un poco más llenos de ese aire, un tanto más diluido en el aroma que impregnaba el ser sin vida, trata de tranquilizarse.

-No los escuches, esos pensamientos no eres tú- se dice en voz baja.

El ataque empieza hacer visible su presencia. La sien se le cierra cada vez más.  Él vuelve a repetirse la misma frase como un mantra cada vez más fuerte, cada vez que la presión, que responde dentro de su cabeza, se hacía más insoportable. El dolor físico e interno. El recuerdo de los golpes en la puerta del cuarto, de la huida por la ventana de su acompañante en aquella tarde de otoño; el recuerdo de la carabina apuntándolo, sostenida por su padre que daba gritos que él no escuchaba, toda la atención se había ido en pensar en el estado de su fugitivo acompañante.  Siente que su cabeza estallaría si el ataque no cedería. Grita su mantra, su última frase antes de que se produzca la explosión. La explosión no sucede, solo escucha el eco de su final expresión. La naturaleza a su alrededor responde con un silencio sepulcral.

Percibe la calidez en sus pantalones. La orina se escurre entre las caras internas de sus muslos hasta mojar sus calcetines. Corre hacia el pequeño arroyo para mojar sus pantalones. El agua está muy fría, más de lo esperado para esa época del año. Cuando se siente seguro que ningún signo de cobardía se había quedado en el pantalón emprende su regreso.

No nota su presencia hasta tenerlo a unos pocos metros. Esta allí, con su cabeza oliendo a la presa. Con la cornamenta empuja a el cuerpo lo más delicadamente que puede. El animal, de aspecto maltrecho, de tamaño demasiado pequeño para ser un macho líder de manada, intenta reconocer el cuerpo. Por un momento, él pretende tomar el arma para poder dispararle, pero el arma está allí, a pocos metros del ciervo. El ciervo como leyéndole la mente, levanta la cabeza y lo observa. Ambos se miran fijamente, tratando de descifrar uno al otro sus mentes, sus pensamientos e intenciones. El mamífero abandona la contienda a paso ligero yéndose por el camino que conduce al arroyo.

Da dos profundas respiraciones, para normalizar su respiración y decide hacer el llamado.

-En treinta estoy por allá. Voy a tener que tomar el otro camino porque la policía está haciendo controles en la ruta. Espero que hayas llevado la plata que te había pedido. No pienso tener problemas con los indios- le dice Abraham tras el teléfono.

La espera se está haciendo eterna. El eco de voces anónimas se hace cada vez más presente.

El sonido de las ruedas se hace evidente en el bosque. El cazador trata de buscar la mejor posición para ser visto por Abraham.

 La camioneta se detiene. Baja torpemente. Prende un cigarrillo apenas sus pies logran tocar el suelo. Huele, saborea el aire, lo degusta.

-El aroma del bosque, una mezcla de aroma a fritura y sangre- dice y exhala todo el humo posible que puede guardar en sus pulmones.

Como quien no quiere la cosa recuerda la misión que le habían encomendado. La memoria le estaba jugando malas pasadas, al igual que la cordura. Trata de buscarlo con sus ojos, pero no lo encontrar por un buen rato. Lo insulta al joven internamente. “Que se podría esperar de este pendejo” piensa. Unos minutos después se escucha un grito. Él reconoce ese grito y dirige su mirada hacia la colina. Lo vuelve a insultar internamente. “Yo no estoy para estas cosas” piensa y emprende la caminata hacia la posición del cazador. Todos sabían qué hacía años se había retirado de este tipo de actividad a causa de la gota y la prohibición municipal de cazar en las cercanías a la zona turística.

Agitado llega al encuentro. Los pulmones, las rodillas y los tobillos no estaban preparados para este tipo de ejercicios físicos, para estos treinta kilos de sobrepeso en movimiento.

-Bien, of…. muchacho- dice y palmea la espalda del cazador- Sabía que lo ibas a hacer. Ya sos un ciento por ciento un hombre. 

Siente cierto orgullo dentro de él.

-Quédate tranquilo, que no lo vas a tener que comer- dice Abraham. -No va con el paladar de la familia- y sonríe.

Entre los dos toman el cuerpo y comienzan a andar por el camino que conducía a la pick up. Como un eco a lo lejos se empieza a escuchar el cauce del arroyo, que iba aumentado más en volumen. Por unos instantes, él se pierde en el sonido.

-Dale ¿Qué hacés? - le interrumpe Abraham- No ves que esto está resbaloso. Me llego a caer, y vos solito nos vas a tener que llevar a los dos.

Colocan el cadáver en la caja de la camioneta y lo ocultan junto con la carabina debajo de una lona verde lima. Ambos suben al vehículo. Dan marcha. Durante algunos minutos se oye las ruedas patinar en el barro. Las ruedas giran, cada vez enterrándose más en el lodo.

-Bajate vos que me estás hundiendo la camioneta. Espérame allá- dice y señala un lugar donde el terreno está más seco.

El muchacho desciende sin objetar y lentamente se dirige al sitio indicado.

-Tracción en las cuatro ruedas. ¡Las bolas! - exclama superando en volumen al ruido.

La lucha infructuosa entre la máquina, el hombre y la naturaleza dura unos cinco minutos. El bosque comienza a dar a signo de inquietarse. Las aves comienzan a huir de sus nidos. Las liebres empiezan a correr dando vueltas y giros por el terreno. Él y su corazón también se inquietan ante la posibilidad de que alguien, de que algo los esté observando y que busque por algún medio la justicia.

-Sangre por sangre. - había dicho su padre en esa tarde de abril – Él te lastimó. Ahora tiene que pagar.

Ese niño pequeño con una venda en la ceja derecha, el cual recordaba ser él, lloraba, se le resbalaba el tubo de metal de las manos.

-Hacelo por tu bien y el de todos y por el bien de Miguel - le susurraba en el oído. - o lo haces vos o lo hago yo, con lo que te imaginas con la fuerza que le puedo dar el golpe con el enojo que tengo.

Su hermano lo mira fijamente, dejando el lado derecho de su rostro al descubierto, a la espera del inminente golpe. Su hermano de apenas dos años más, un adolescente en proceso, lo mira con la mirada seca de un adulto.

Toma el tubo con fuerza con sus dos manos, intentando de que el tubo al dar el golpe se resbale y termine provocando un desastre mayor. Apoya sus pies con fuerza al césped del jardín, entreabre las piernas. De un movimiento sin anticiparlo el mismo, asesta el golpe en el punto específico pedido.

 -Dale, que con el ruido que estamos haciendo ya se abran dado cuenta los indios que estamos por acá. - le grita desde la ventanilla del vehículo andando mientras saca uno de sus brazos llamando a que entre.

Se sube lo más rápido que puede. Trata de preguntar al conductor de como hizo para salir del barro, pero Abraham no contesta. En su silencio hay un dejo de vergüenza, de error personal. Tose un poco y prende la radio.  Intenta buscar en el dial alguna radio que se escuche bien, de vez en cuando, golpea la radio para que agarre alguna transmisión.

-Esta camioneta el único defecto es la radio- dice Abraham tratando de cortar el silencio. Sigue buscando alguna radio, mientras la camioneta se tambalea en el camino improvisado.

-No, la pu…- dice y desvía su mirada hacia el parabrisa y lo mira. - ¿Tenés la plata a mano?

-Si, ¿Qué lo viste?

-Si está ahí, uno de los indios- y señala en dirección hacia el camino de tierra que conduce a la ruta. - No le des la plata de una. Con estos hay que negociar.

El joven asiente y vuelve a guardar el dinero en el bolsillo delantero de la mochila.

-Hola, ¿Como anda compañero? -le dice sonriendo al hombre que camina en dirección a la ventanilla del conductor.

-Veo que volviste ¿Qué ahora te dedicas a la docencia? – dice en tono neutro y señaló al joven.

-Bueno, volver, volver, no. Vos sabés que no estoy ya para estas cosas, pero el aire puro te tira un poco- y volvió a dar una carcajada.

-Me alegro por vos, pero volver a estos lugares tiene su costo- dice el hombre y mira fijamente a los dos.

-Bueno. Se ve que hoy no estas para buenas. – le dice Abraham con el codo apoyado en la puerta mientras con la otra mano pide ocultamente la mochila.

-No estoy para buenas, sobre todo con vos rondando por acá, tan cerca de la zona de camping. – contesta.

-Acá, está lo tuyo no te molesto más. - dice y le entrega parte del fajo de billetes.

El hombre cuenta rápidamente el dinero y se queda mirando fijamente a Abraham.

- ¿Qué es esto? - dice mientras va subiendo la mirada- Esto se cobraba cuando vos venias con tus amiguitos, mejor dicho, clientes, allá lejos y hace tiempo.

-Bueno…. es que es su primera vez y esta plata la sacó de sus ahorros.

Apenas Abraham dice esto el hombre camina por delante de la camioneta y se dirige a la ventanilla del acompañante. En ese momento, él ve la escopeta que portaba el hombre. Un sudor frío le corrió en su nuca. “¿Es él?” piensa. Nota su piel tostada, las marcas en su rostro en forma de arrugas, vio en sus ojos rasgados esos ojos.

Se detiene frente él, lo mira al joven. Da unos pasos y mira hacia la caja de la camioneta. En el corazón se le convierte en un vació. Su mirada se clava en el espejo lateral.

-Por lo poco que veo y por el tamaño de la lona, noto que es un gran trofeo para un principiante. – dice mientras le da unos golpecitos a la lona- Pareciera que no vinieron a cazar liebres ¿No? - y mete media cabeza por la ventanilla.

-Decile a tu tío que no sea tacaño y que te dé unos billetes más. Además, es tu plata, no dejes que él te controle. Ya estás un poco grandecito para que alguien te diga que tenés que hacer- le dice y le guiña un ojo.

El muchacho gira su cabeza y mira a Abraham que asiente a la pregunta en su mente. Toma el resto del dinero y se lo entrega al hombre, que lo toma gustoso. Cuenta cada billete, esta vez más meticulosamente, revisando cada billete de alta denominación para controlar si eran falsos.

-Bueno, se pueden ir tranquilos. Van todo derecho hasta la ruta. – dice y da una seca sonrisa a lo empleado de hamburguesería barata.

Abraham le da marcha a la camioneta y acciona el cierre de las ventanillas. Está todo listo para emprender el regreso. El vacío en su pecho ahora lo parece que lo ocupa su corazón estrujado en palpitaciones. Una mano golpea el vidrio del acompañante. El vacío vuelve a ocupar su pecho. Los vidrios comienzan a descender lentamente.

-Perdonen. Me quedé con una duda. Me imagino que no lo destriparon, ¿No?  

 Con un movimiento de cabeza le responde.

-Ah, entonces tomá pibe- y extiende su mano por sobre la ventanilla y arroja algunos billetes –, para que te compres algunas revistas para que te diviertas solito.

-Gracias-dice mientras entrecierra los ojos e intenta dar una respiración profunda que pase desapercibida.

El vehículo arranca a gran velocidad y toma rápidamente el camino. Abraham parece estar calmo, como que no se percató de la situación.

-Listo, ya estamos libres. Ahora para casa. -dice Abraham mientras miraba el espejo retrovisor-  Que sustito ¿No?

Él ni responde. “Me imagino que no lo destriparon” resuena en su cabeza ahora más calmada. “Meter el cuchillo, abrir un gran tajo, y sacar todo para afuera, toda la inmundicia” piensa.

La ruta, parece un poco más habitada de lo habitual. Hay infinidad de autos estacionados en la banquina en el trayecto que serpentea al lago. “Es época del festival anual” repasa “ese que hace que vengan los turistas o como dicen algunos, esos hippies mugrosos y a esos capitalinos insoportables.

-Ya estoy pensando a postularme a candidato a intendente. Alguien tiene que sacar a esta paparruchada de Hernández. - dice mientras espera el cambio del semáforo y señala la imagen del intendente, con su sonrisa falsa, pegada en la pared de un local.

El sol se va ocultando cuando llegan a la calle Paz. Ve en la ventana que da hacia la calle, la cara de su hermanita que lo saluda con fervor. Su hermano abre el portón de entrada al garaje. La camioneta comienza a entrar y en un movimiento coordinado, apenas ingresa en su totalidad el vehículo, Miguel cierra el portón.

-Ahora los ayudo bajarlo, pero decile a tu papá que no me voy a quedar a comer. Tengo que ir a lo de Alberto que parece que la suegra está mal- dice Abraham al muchacho. Él se sorprende de que haya nombrado a esa persona que hacía años había muerto en un accidente de cacería, justamente en los mismos bosques donde habían estado hace pocas horas.

Entre los tres bajan el cuerpo y lo envuelven en la lona y lo arrastran hasta la puerta que da al pasillo. Durante el procedimiento, Miguel parece dar las manifestaciones de un hombre con experiencia en estas actividades.

-Quiero ver, quiero ver- grita alegremente Ofelia mientras brinca por el pasillo.

-Esto no es para vos, anda con mamá y no molestes- dice Miguel tratando de acomodar al cadáver.

-Quiero ver. Quiero ver lo que hizo Gabriel. Dale, déjame.

- ¡Déjate de molestar y andate, sino llamo a tu papá! - le grita descontrolado. Ella se queda sorprendida, a punto de llorar y empieza a volver en sus pasos hacia dentro de la casa.

-Bueno, Miguel, ya cumplí acá. Me tengo que ir.  Abríme el portón- dice y se sube a la camioneta. Miguel cumple la orden sin entender la corta visita.

Entre los dos llevan al trofeo atravesando todo el pasillo hasta la habitación desocupada del fondo de la caza. Gabriel ve la figura de su padre. Allí junto a la puerta, a la espera de su hijo; allí iluminada por la cálida luz a sus espaldas. Parece enorme, un atlas indestructible, la figura de la hombría. Mientras la distancia entre ambos, padre e hijo, se hace más corta, él comienza a notar la debilidad en ese hombre. Advierte la sonrisa, la lágrima que recorre su mejilla, las arrugas aradas por el tiempo, la flacidez en sus brazos, la incipiente calvicie.

-Bien, Gabriel. Hijo mío. Lo hiciste- dice y lo abraza.

“¿Sus manos dando cariño?” se interroga al sentir los abrazos de su padre en su torso.

La esperada lágrima no aparece en los ojos de Gabriel. Esta allí a la espera de brotar, de derramarse, pero había algo que lo impide.

La noche y el festejo continúan en una comida portentosa y con el deseado brindis por el futuro prometedor de él. Todo parece perfecto, no hay discusiones ni rencores, solo paz y cordialidad.

Todo parece un sueño, uno en el cual su cuerpo no quiere despertar. Ese mismo cuerpo en la soledad de su cuarto no le permite conciliar el sueño. Hay algo, en presencia o en ausencia, que le frena el sueño. Intenta por todos los medios poder dormir.  Recuerda la costumbre de su abuelo de escuchar la radio hasta dormirse. Toma la vieja radio del baúl, la prende e intenta localizar en el dial alguna radio que se escuche. Cuando finalmente logra sintonizar, se acuesta, cierra los ojos e intenta poner solo la atención en lo que sale de la radio. Lentamente comienza a sonar una canción la cual no puede reconocer con facilidad. “Nobody Loves Yourecuerda que se llama, como le había dicho Juan. En ese momento recuerda a Juan y su fanatismo con John Lennon. “Sí, es de John Lennon” piensa y se deja llevar por la melodía y por la letra que supuestamente hablaría de amor, como le había contado y traducido Juan con su básico inglés. De pronto, la música se corta, la radio empieza a perder la sintonía. Él intenta continuar con la canción en su mente, intenta prolongar ese estadio onírico. La radio vuelve a sintonizar, pero esta vez la música da paso a una voz locutada que dice:

- “Se le solicita a la comunidad en general su colaboración para dar con el paradero de la ciudadana Sara Wertz, de 18 años nacida en la ciudad de Trocadero, la cual se encuentra desaparecida en las inmediaciones del camping- y la transmisión se interfiere.

Él está allí en el bosque. Con Juan. La brisa toca sus mejillas.

Vuelve a escucharse claro sin interferencia.

-Lara Wertz posee los siguientes rasgos físicos, de contextura física delgada; de 1,65 metros de estatura aproximadamente, cabello de color castaño claro- y la transmisión se vuelve a interferir.

Juan le dice algo que no entiende. Le pide que le hable al oído, Juan lo hace.

 -Ante cualquier dato de interés al respecto se requiere se informe a los números de teléfono antes dicho, o comuníquese con la delegación policial más cercana a su localidad- luego de esto, suena “Perfect Day”

-Sí, pobre muchacha- le dice a Juan en el bosque mientras mira y recuerda los ojos ámbar de la muchacha acostada en la hojarasca que lo habían observado.

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