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5 min
El oficinista
Reales |
16.04.16
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Sinopsis

https://www.youtube.com/watch?v=000tLGbhdjg

El despertador tintinea como todas las mañanas, a las seis. Arturo Sejosvando Aranduhio se despierta y ejecuta la rutina. Una duradera y amarillenta micción. Un trago de agua. Una rápida revisión a sus cada vez mas deterioradas facciones en el espejo, para finalmente redescubrir que el pelo hace años que cae inexorablemente, formándose una especie de nido de pájaro en la cabeza, y que, en cambio, afloran pelillos en perpetuo crecimiento por los orificios de las orejas. Considera que todavía conserva el atractivo, acentuado en cierto modo por la madurez y dureza de su rostro. Tras examinarse, se enjuaga las manos y la cara, a la que no puede dejar de mirar, girándola continuamente hacia uno y otro lado. Seca su piel con refinados y suaves toquecitos. 
Se prepara unas tostadas francesas, un zumo de naranja y un café de importación. Mientras desayuna, escucha pensativo "Piano Trio No. 2 in E-Flat Major, Op. 100, D. 929: II. de Franz Schubert". Cuando termina, recoge la cocina. Todo en la casa se encuentra meticulosamente ordenado mediante leyes geométricas inquebrantables, inamovibles. 
El reloj marca las siete menos cuarto. Como todos los días se sienta en su butaca roja durante quince minutos para ordenar maquinalmente sus tareas matutinas. "A las nueve menos diez, entrada triunfal en la oficina, saludo cordialmente, amplia sonrisa. Realizo gestiones administrativas pendientes del día anterior, pedidos, registros de nuevos clientes, etc. A las once y media, descanso. Busco un banco en el parque, preferiblemente de espaldas al sol y parcialmente a la sombra. Escucho en mi Ipod "Sinfonía Nº 8 in B minor D. 759 de Franz Schubert" mientras saboreo un emparedado de pan de centeno relleno con un magnifico trozo de queso Bleu d' Auvergne y un par de finas laminas de jugosa carne cruda. Cuando Schubert termine, y con su permiso, llego diez minutos tarde a la oficina. Continúo con mis gestiones, realizo llamadas telefónicas para cerrar acuerdos comerciales prioritarios, reviso impagos pendientes, presiono. A las tres de la tarde, me despido y vuelvo a casa". 
El reloj marca las siete menos dos minutos y Arturo espera inquieto hasta las siete en punto. Se ducha con agua hirviendo, y una vez secados todos los pliegues de su piel, tranquilamente va enfundándose la vestimenta. Camisa, corbata,calzoncillos... Todo en un orden preestablecido desde tiempos inmemoriales.
La mañana evoluciona según lo planeado. Una vez de vuelta en casa, deja las llaves colgadas en la entrada, sobre un pequeño gancho. 
Sube a la habitación, abre el armario y seguidamente la caja fuerte. Saca de ella dos llaves. Arturo desciende al sótano, tenuemente iluminado por una solitaria bombilla. Sobre la mesa varios utensilios de cocina previamente esterilizados, ordenados de mayor a menor. "Esta vez utilizaré el pelapatatas, querida"- musita-. Da media vuelta, quedando firmemente plantado frente a ella, serio, grave, impasible ante el desfigurado cuerpo de la joven atada sobre el camastro. "No te dolerá, tranquila, voy a inyectarte tu medicina". Con pulcritud disuelve en una cuchara un poco de heroína. Utiliza su propio cinturón para realizar el torniquete. Traspasa la vena, inyecta.
Arturo raspa con el pelapatatas la primera capa de piel cicacritazada, dura, incomestible. La joven, desnuda, con una bola de goma en la boca, gime y deja florecer las lágrimas, que descienden sobre sus mejillas como el primer día. Para ella el tiempo se ha vuelto algo intangible, insufrible, tornándose en algo externo. Por el contrario, Arturo sabe que esto lleva ocurriendo desde hace dos años, cinco meses, dos semanas, y un día y medio. 
Después de rebañar varios filetes casi traslúcidos de carne, cauteriza la herida. Acto seguido la fuerza sexualmente, con la única intención de dejarla embarazada. La tierna y deliciosa carne del primero duró poco, no fue capaz de soportar el mismo trato que la madre. Con el segundo intentaría, si cabe, ser aún más meticuloso en su ingesta, en sus cuidados primarios, para prolongar su degustación lo máximo posible. 
Arturo se deleitaba con el goce que le otorgaba pensar en la posibilidad de unos gemelos, o unos mellizos, y llegaba al límite del paroxismo cuando se imaginaba unos robustos trillizos. 
Tras el sexo, con aceite de argal, masajea a la extenuada, atormentada, y triste jovencita por todo el cuerpo. Había adquirido algunos conocimientos en cuidados básicos de enfermería y tomaba las precauciones oportunas para que la joven no desarrollase una escara. También había procedido a insertarle una sonda nasogástrica rudimentaria para alimentarla, utilizando el envoltorio de un cable de antena, pues desde un principio se negó a comer.

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