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7 min
El Padre del Bosque
Fantasía |
09.11.12
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Sinopsis

La historia de un Herrero que debe redimirse luego de haber llevado a su pueblo a la guerra

 

El Padre del Bosque

La luz se deslizaba entre las enormes ramas de los colosales árboles.  Tranquilidad, los verdes y retorcidos troncos susurraban entre ellos, preguntándose tal vez si el viento les traería nuevos invitados. Los suelos, estaban cubiertos por largas ramas abrazadas sobre una húmeda hierba. Los gruesos troncos, de los más viejos arboles,  aquellos que habían visto volar a los dragones hacia el norte, parecían fundirse con el cielo en un enmohecido apretón.

A lo lejos, entre el encantador silencio, los arboles percibieron las ligeras huellas de un hombre. El viento cortejaba su caminata,  acariciando su plateada cabellera, y su larga y nevada barba. Cubierto por desgastadas mantas, que abrigaban hasta unos botines cafés de cuero, un hombre se movía con pesadez, y en sus espaldas llevaba un pequeño bolso de tela. El bosque parecía conocerle, pues apartaban sus ramas haciéndole una senda bajo sus vigilantes miradas. Los arboles le respetaban, como él les amaba, aquel hombre era el Maestro Artesano, padre del  acero, y de aquel bosque.  

El Maestro Artesano se abrió paso entre sus conocidos, hasta llegar a una humilde cabaña de madera, de la cual brotaba una enorme chimenea casi tan grandiosa como el roble más viejo del lugar. Abrió la puerta, y un familiar olor a acero le llenó de temor. La cabaña era en realidad su dócil taller, en donde hornos de acero ardientes, yunques gastados y valientes reposaban sobre troncos de madera cubiertos de cenizas junto a un profundo pozo de agua helada. En la pared cientos de ennegrecidas herramientas aguardaban ansiosas las manos de su señor, hambrientas por trabajar.

El Maestro Artesano, era ya un anciano, su rostro repleto de agonías no podía ocultarlo, sin embargo los años de creación y faenas le habían dado un cuerpo fornido. Miró los alrededores de su taller con tristeza, y de una pared descolgó un delantal sombreado por huellas de carbón, colocó su preciado bolso en una mesa junto a una ventana; por donde los arboles veían al Maestro trabajar hasta el anochecer. Junto a aquel delantal, estaban unos gastados guantes de cuero; los tomó y se los puso, pues había llegado el momento de cumplir con una inmortal promesa de redención que le traía atormentadas memorias.

 

La Forjada

La gente se abraza, mientras el Maestro se dirige a los ardientes hornos, tomó un puñado de oscurecidos sueños rotos entre sus manos, los colocó rápidamente sobre el horno de piedra,  y al instante una aurora inundó el alma de los silenciosos jóvenes dispuestos a combatir; miles de luciérnagas enardecidas amenazaban el denso vello blanco de su barba.

Se acercó entonces a una caja de piedra gris, quitó la tapa y miles de palabras de amor enmudecieron bajo el filo del viento. El Maestro tomó un largo brazo de acero y de la caja de piedra, sacó un molde de arcilla y rocas descendientes de los campos donde los niños envueltos ahora por armaduras, jugaban a la guerra. Escuchó el último aliento de un espíritu abandonado en batalla e ignorándolo clavó el molde de una estocada en un cajón, lo llenó de arena color rojiza, recogida de entre los cuerpos de los soldados, hasta que el molde se pudo mantener en pie por si solo.

Se acercó nuevamente al horno, vistiendo manos de metal, y desde las profundidades del  infernal carbón sacó una diminuta y resplandeciente vasija. Retiró cuidadosamente la tapa de esta, y en su interior descansaba una mezcla violenta de bronces. En ese momento, explotaron latidos de miedo, mientras el acero reventaba contra el acero en llamas de dolor. Poco a poco vertió la flama liquida en el molde; era la sangre derramada escondida entre el sigiloso metal.  Y así, la arcilla y la piedra fueron seducidas por el persistente calor de la llama en su interior. El Maestro Artesano, introdujo con talento el molde en el agua helada, y las lágrimas brotaron desde el rostro descorazonado de una madre al ver partir a su hijo con la salida del sol.

Colocó el molde sobre una mesa, y tomó entre sus manos un admirable mazo de acero y un cincel de bronce, escuchó el trote de los agotados corceles a lo lejos, y con odio comenzó a golpear la roca y la arcilla. Pequeños dragones revoloteaban en el aire, fruto de la potencia del mazo y el destino que cruelmente acabó con el juego de aquellos niños hasta que el lúcido acero quedó al descubierto.

El Maestro cubierto de venganzas forasteras, empezó a moldear el final, con ligeros golpes de bronce, hasta que el acero brilló al igual que las flechas amenazantes desde el despintado firmamento. La oscuridad acechó la puerta del taller y colocando una preciosa empuñadora adornada con dos corceles escarlatas; los hombres fueron derrumbados sobre la tierra.

 

El Perdón

Regresó al bosque, mientras la espada dormitaba dentro de una funda de cuero; se sentó en una roca cubierta de hierba, y de su preciado bolso, sacó una acicalada pipa, y empezó a fumar, un adorable y delicado olor a tabaco llegó a las narices de los arboles, anticipando que el Maestro Artesano traía un nuevo hermano. Respiró profundamente y recitó un desgastado canto:

De las raíces profundas,

 Los hijos errantes han encontrado su camino

Los troncos se rasgan con las estocadas de las noches heladas

Como el recuerdo de las esperanzas

Mis pies reposan sobre lo que antes era mi hogar

El norte ha perdido su sombra, pues el dragón más viejo ya no vuela sobre la llanura

Y mi doncella, aquella que descansaba entre las flores, ahora descansa bajo sus alas

Siento que mis fuerzas se marchitan

Pero mis manos ya no son mías, y mi mente surca a la deriva entre sus hojas

Con el alba sepulten cada triste lamento

Y que el perdón arrastrado por el viento, le de vida a un nuevo hijo.

 

Le dio una ligera probada a su pipa repleta con aquel aromático tabaco y resopló un anillo de humo, en ese instante su mente se llenó de recuerdos y viejos tiempos de guerra, demasiado lejanos para llorarlos. Se puso de pie, y fuertemente desenfundó la radiante espada, las frágiles luces del bosque se dirigieron hacia la encantadora silueta plateada, recorriéndola como frescos y apasionados dedos. El maestro la empuño con poderío, y de una estocada la incrustó en el fértil suelo. Lentamente soltó la empuñadora y se alejó de su amada creación.

La luz siguió envolviendo el acero de la hoja como pétalos descarriados. De pronto el bosque se paralizó, y con la misma fuerza del golpe de aquel heroico martillo, el bosque entero comenzó a crujir, explotó en bramidos desde sus entrañas, y las ramas entrecruzadas sobre el suelo comenzaron a arrastrarse sobre la tierra, las rocas reventaron como relámpagos, y las hojas formaban torbellinos empolvados. Los formidables brazos de madera del bosque encerraron poco a poco el corazón del joven que murió en batalla, y así la espada se convirtió en un joven tronco, que regresaba a los campos a jugar.

Mientras se alejaba, el Maestro escuchó como los vientos del norte sacudían el nuevo cuerpo de aquel hijo lastimado. Aquel frágil susurro se extinguió mansamente entre el humo del tabaco y una desconsolada sonrisa en su rostro. 

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  • Muy bueno, pero hay faltas gramaticales
  • La historia de un Herrero que debe redimirse luego de haber llevado a su pueblo a la guerra

    La leyenda de los caballos indomables que regalaron un nuevo amanecer a un pequeño poblado.

  • 2
  • 3.67
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