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16 min
El Pagafantas
Amor |
15.10.18
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Sinopsis

Cuando el deseo y las ganas son más fuertes que el sentido común; te ciegan obviando la realidad... Los ensueños y las fantasías se agolpan y nada es imposible (o eso crees). ¿Quién no ha pagado una fanta alguna vez? O cientos de fantas...

El Pagafantas

 

   Estábamos de vacaciones, en algún destino rural que no lograba ubicar y recordar. Todo era demasiado confuso, había amigos, caras conocidas, desconocidos… y ella. Todos mezclados en un sueño surrealista donde no parecía haber guion. Y yo solo quería besarla, perdernos y desparecer de allí cuando antes. Pero siempre se interponía en nuestro camino algo o alguien. Cuando estábamos a punto de besarnos, la carroza se convertía en calabaza y ella en conejo, o se esfumaba por arte de magia, cual Cenicienta; incluso conseguíamos besarnos, pero al abrir los ojos no era ella, era un señor con bigote o una ex de cuyo nombre no quiero acordarme. Y cuando todo parecía morir en sexo sin control, los dos solos en una rústica habitación, me despierto con el sol de la mañana brillando en mi cara. Mi pene también brilla, está pletórico, tanto deseo incumplido despierta los instintos más primitivos de cualquiera. Y no podía negar la evidencia, estaba cachondo, empalmado, erizado, necesitaba homenajearme, seguir soñando despierto unos minutos más, lo justo para imaginarla ahí mismo, desnuda, de espaldas, inclinada ligeramente con su culo mirándome firmemente… Tanta tensión me hizo saltar por los aires con una precocidad de “Guinness”, y con la hora pegada al culo. Tenía el tiempo justo para llegar tarde a trabajar: mear, cagar, ducha fugaz y poner en marcha el taxímetro para empezar a contabilizar los gastos del día.

   La caravana de coches me indicaba el trayecto hasta el trabajo. No tenía pérdida, era seguir los coches en fila india, rompiendo la caja de cambios y gastando las pastillas de frenos mientras hacía “zapping” radiofónico de emisora en emisora. Todos mentían, lo cual me hacía sentir aún vivo. A veces me decantaba por un poco de heavy metal, que me hacía volar con los viejos clásicos de Judas Priest, Maiden o Rainbow.

   Haberme descargado (sentimentalmente hablando), me tranquilizaba y calmaba durante unas horas, lo justo para volver a desearla a media mañana, con más fuerza aún si cabe. Esta vez los efectos del veneno estaban más presentes que nunca, ni siquiera había llegado al trabajo y ya estaba imaginando por encima de mis posibilidades, conducía por inercia, pero mi cabeza estaba en otra parte… Puede que me gustase esta situación de constante alteración emocional, con el estómago latiendo como si de un joven enamoradizo me tratase. También la odiaba, pero el deseo y las ganas podían con todo.

   Mi trabajo consiste en atender las inquietudes de la gente, desde una simple consulta técnica de andar por casa, hasta realizar una extensa sesión de “coaching” donde básicamente dejo hablar y que me cuenten su vida a cambio de la voluntad. A veces consigo vender algo, a fin de cuentas, se trata de una tienda de informática, pero lo normal es palmar y ser abrasado vivo.

   De momento no había mucho que hacer, el móvil tampoco tenía ganas de contarme nada, silencio absoluto. Ni tan siquiera algún WhatsApp estúpido de esos que todos reenviamos como robots, para suplir nuestras carencias y hacernos los graciosos a cuenta del ingenio ajeno. Podía desayunar por segunda o tercera vez, total, unas tostadas con tomate, zumo de naranja, pincho de tortilla y algún “snack” salado, no es tanto… Se puede comer menos, pero también más. Opté por una infusión de té verde con menta para calmar la ira estomacal. Mientras le daba pequeños sorbos a la taza, con cuidado de no sufrir alguna quemadura de tercer grado, volví a pensar en ella, a ensoñar allí sentado pensando en todo lo que fue y no volvió a ser, o en lo que pudo ser y nunca será. Los nervios se apoderaban de mí, habíamos pasado tan pronto del todo al nada, que no había tenido tiempo de asimilarlo, quizás nunca lo haría. Necesitaba volverla a ver, sentir su dulce perfume apoderándose de mí como si de un hipnótico elixir se tratase. Pero no era fácil encontrar una excusa sólida para vernos, para al menos intentar negociar una cita. Desde hacía meses, nuestra relación se había ceñido a conversaciones por mensaje, por escrito, sin voz, con reproches, rencor; monólogos de cómico frustrado (en muchos casos). Me sentía como un bufón en decadencia. Ella marcaba las pautas de lo que podría llamarse una “amistad pactada”, yo iba detrás, cómo podía, inmerso en un perpetuo estado de pesimismo camuflado. A veces conseguíamos emular los buenos momentos que vivimos tiempo atrás, pero apenas eran espejismos fugaces que se marchitaban cual hoja perenne.

   Pensé en invitarla al cine, pero el porcentaje de éxito era mínimo, estaba abocado al fracaso, lo tiraría por tierra con un simple “no puedo”, o “lo siento, tengo planes, otro día igual…” Podría tirar de amigos, organizar una reunión amistosa y hacer valer aquello de “la unión hace la fuerza”. Una reunión de amigos que ya no hablan entre sí, pero que en torno a unas cervezas (muchas cervezas), se entienden a la perfección. Pero si ya era difícil conseguir quedar con una persona, reunir a cuatro o cinco, con sus respectivos delirios y retrasos, se me antojaba imposible. Además, ese plan traía consigo unos efectos secundarios difíciles de capear. Las resacas nunca se han llevado bien, pero pasados los cuarenta, directamente son depresiones suicidas. Lo que llamamos resaca, es una soga en el cuello mientras deshojas la margarita de “lo hago, no lo hago…” Sea como fuere, necesitaba verla a ella, no a mis amigos, así que cogí el móvil, abrí el WhatsApp y busqué su contacto, pero no lo tenía, lo había borrado por enésima vez. Me pasaba la vida eliminándola de mis contactos y volviéndola a agregar. Todos hemos cometido el error de mandar mensajes de madrugada, después de tomar unas copas. En ese momento estás envalentonado, bajo los efectos del alcohol, pero al día siguiente, cuando compruebas lo que escribiste y enviaste a altas horas de la madrugada, no puedes evitar sentir vergüenza ajena, intentas que la tierra se abra y te trague, pero ya no hay vuelta atrás, los mensajes llegaron a su destino con total éxito, alguno incluso al contacto equivocado, para agravar un poco más la situación. Pero esta vez no la había borrado por temor a meter la pata en alguna sesión nocturna, lo hice simplemente por desesperación, impotencia, agotamiento, la borré sin más, como si eso fuese a solucionarlo todo. El caso es que no tenía el número anotado en ningún otro sitio, no dejé rastro alguno. Siempre solía tener alguna copia de seguridad, por si me daba por borrarlo. Lo guardaba en papel, en el ordenador, en alguna servilleta de bar, en palomas mensajeras o incluso como mensaje en una botella… Ya nadie memoriza los números de teléfono, porque ya nadie se llama por teléfono, y no digo hablar en persona, Dios me libre, eso está extinguido, ahora todo es por escrito, ni tan siquiera una llamada telefónica para hablar un rato, todo se hace con los dedos, no es necesario saberte el contacto o el número de tu madre, pareja o amigo, el móvil lo guarda todo por ti, junto con otros tantos datos que te roba sin que te des cuenta. Mi privacidad está expuesta en la red, quién quiera saber algo, no tiene más que buscarlo en Internet o pagar por mis datos robados, que están disponibles al mejor postor. Podía pedirle el número a alguno de nuestros amigos comunes, pero soy inmensamente reservado para algunas cosas, y absolutamente abierto para otras. No tengo reparos en compartir con ellos la foto de una buena cagada al medio día, justo a la hora de comer. Mi cagada plasmada en el interior del inodoro, en primer plano, a todo color, en alta definición… Y en cambio no me atrevo a pedir el teléfono de una amiga común a otro amigo. Tampoco me atrevo a ir a terapia para ver de qué se trata, no sea que me guste, me enganche y acabe tratando mis delirios y desajustes mentales asiduamente.

 

   Cuando todo parecía abocado al fracaso, recordé que en la aplicación de “Bloc de Notas” de mi teléfono, que tenía protegida bajo la complicada contraseña: “1234”, solía escribir recordatorios y contactos. Y efectivamente, allí estaba el suyo, junto a notas con frases del tipo: “tienes que adelgazar” o “hoy va a ser un gran día”; que alguien ajeno a mí había colocado ahí (lo juro, yo no escribo esas tonterías). Es como aquello de “poner un vaso de agua con sal gruesa para combatir las energías negativas que tienden a concentrarse por los rincones de la casa, y así equilibrar esas fuerzas y dejar la casa más liviana” (según dicen, yo no lo he probado, o sí, pero no lo admitiré salvo que esté en presencia de mi abogado).

  Me lancé con decisión, con los dedos afilados sobre la pantalla del teléfono y escribí un correcto y efectivo: “hola, ¿cómo estás?” No podía esperar una respuesta rápida, ella siempre decía que uno habla y responde cuando le da la gana, así que corría el riesgo de no recibir respuesta a corto o medio plazo, incluso nunca. Pero no tardó demasiado, a la media hora me puso un icono de “ok”. Supongo que con eso debía entender que todo estaba correcto. Pero volví al ataque y pude sacarle una pequeña conversación:

 

- ¿Te apetece que comamos juntos luego? Puedo ir a buscarte al curro y llevar comida, hace buen día, podemos comer por allí… (ella trabajaba en una zona empresarial en las afueras de la ciudad)

- ¿Comer luego? ¿Estás loco? Imposible, tengo muchas cosas que hacer, y además solo tengo media hora libre y… (las negativas se agolpaban de manera contundente en la pantalla)

- ¿No podemos vernos media hora y comer algo rápido? Pensaba llevar la mejor tortilla de patatas de Madrid, y un jamón ibérico de primera… (no me daba por vencido)

- ¿Tortilla? “Ummm”, que rica. Bueno… la verdad es que es una oferta interesante, sabes que la tortilla me pierde, y además tengo un hambre hoy… (los acontecimientos dieron un giro inesperado y empecé a ver posibilidades).

-Claro hombre, anímate, tú solo sal cuando esté por allí y yo llevo todo preparado.

-Vale, venga, aparca en doble fila que yo salgo enseguida….

-Hecho, a las tres estoy en la puerta, te aviso cuando llegue (la euforia me salía por las orejas).

 

  Por momentos me vi recogiéndola en un carruaje renacentista, vestido con una blusa de flecos coloridos, peluca blanca y un gorro de pionero en la cabeza, como si fuésemos a asistir a un concierto de Amadeus o una fiesta carnavalesca de la época. Comencé a montarme una película de guante blanco donde los dos acabábamos de pícnic romántico en una verde pradera, junto a un lago azul, con una manta de cuadros, cesta con emparedados, fruta fresca, vino… Nos besábamos apasionadamente con el canto de los pájaros sonando a nuestro alrededor... Y mi pene comenzó a crecerse como un bizcocho cargado de levadura. A tomar por culo el renacimiento y los pajaritos, deseaba meterme dentro de ella, morderla, sentir su sexo caliente y palpitante inundándome por completo, que me destrozase subida encima, empujándonos con fuerza… Cuando quise volver en sí, eran casi las dos del mediodía, tenía que salir pitando a comprar toda la comida, una vez más con el tiempo pegado al culo, con prisas…

 

   Compré cuarto de jamón y de queso curado, la ocasión bien se merecía algo de calidad, y tiré la casa por la ventana. Después me fui directo al bar donde hacen la mejor tortilla de patatas, que sin ser tan buena y rica como las que yo hago (está mal que yo lo diga, pero soy un experto “tortillero”) sí que son las mejores de la ciudad. Pedí dos bocadillos para llevar, con pimientos verdes fritos, y para refrescar me tomé una caña mientras esperaba a que me preparasen todo. Salí de allí pitando, nervioso, perdido, como si de mi primera cita se tratase, y no era la primera, pero como si lo fuese, nuestros encuentros se podían contar con los dedos de las manos, nuestra relación sentimental se resumía en unas cuantas salidas espaciadas en el tiempo, estaba lejos de ser una rutina agotadora, lo deseaba con locura, era una novedad aún por descubrir.

   A las tres menos cuarto estaba parado en la salida de su trabajo, con los bocadillos listos, el queso, el jamón, agua, un paquete de servilletas… incluso me había permitido comprar un pequeño pastel de manzana para endulzar un poco la velada. Ella no daba señales de vida, y la idea del plantón sobrevolaba por mi cabeza. Pero a los pocos minutos recibí un mensaje indicándome que ya salía. El estómago se me iba a salir por la boca, estaba más nervioso que cuando hice la primera comunión (miento, no hice la comunión), estaba más nervioso que cuando me casé por primera vez (no, tampoco me he casado nunca), ¿cuándo me examiné por séptima vez del carnet de conducir? (no, ahí lo que estaba era desesperado). Sea como fuere, el corazón me latía a semicorcheas, haciendo “paradiddles” y redobles de tambor. También estaba algo excitado, con ella siempre me pasaba esto, en la distancia o en persona, astral o telepáticamente, siempre acababa excitado (igual lo que pasaba es que estaba en constante modalidad “mandril”).

   Por fin apareció a lo lejos, la veía acercarse desde el retrovisor, yo tenía las ventanas bajadas, hacía calor, o quizás era yo, que estaba ardiendo. Cuando llegó a la altura del coche, se asomó por la ventana del copiloto, sonriente y exuberante, desde fuera y me saludó efusivamente:

 

-Buenas, que sorpresa… un miércoles y tú aquí…

-Sí, ya ves, y encima hace un día estupendo (contesté sin acabar de entender muy bien por qué no entraba dentro del coche).

- ¿Qué me has traído? Tengo un hambre que me muero, y encima no tengo nada de tiempo, tengo que terminar unas cosas antes de irme y voy de culo… (yo me iba haciendo pequeño dentro del coche a medida que iba entendiendo lo que estaba sucediendo).

-Bueno, dame eso que me tengo que ir, que no puedo liarme (mis sospechas eran tan ciertas como desoladoras)

-Ah, ¿Qué no comemos juntos? (lo tenía claro, pero necesitaba confirmación)

-Pero si te lo he dicho antes por teléfono, que no podía, que no tenía tiempo… ¿te pensabas que íbamos a comer por ahí o algo? (yo flipaba, reducido al tamaño de un “click” de playmobil)

-Pero hombre, si te dije que te invitaba a comer, los dos juntos, que traía las cosas y que con media hora nos daba tiempo, de hecho, mira, he traído todo esto para los dos (le señalé la bolsa llena de comida)

-Joder tío, no me jodas que has entendido eso… lo siento, vaya tela… no, yo te dije que no podía, pero al insistirme y decir que me traías un bocata de tortilla, te dije que vale, pero para comérmelo dentro, si es que no puedo irme a comer, de verdad… que vergüenza, ahora me siento mal… (su cara había enrojecido, a la vez que sonreía, la situación era cómica, surrealista y aterradora).

-Vale, pues nada, qué le vamos a hacer… llévate todo esto, había comprado este jamón, los bocadillos, queso y esto de postre (le enseñé todo y le di la bolsa)

-Jooo, de verdad, lo siento tío, que mal… es que no nos hemos entendido, ha sido un mal entendido (yo quería salir de allí corriendo, desaparecer, huir cuanto antes).

-No pasa nada, de verdad, llévate todo esto y yo ya me como el bocadillo por ahí, si yo también tengo que hacer cosas, no me puedo liar, así que no te preocupes, ya nos veremos otro día, no pasa nada… (tuve que contenerme para no ponerme a llorar allí mismo).

   Ella se acercó al lado de mi ventanilla y me dio dos besos impregnándome de ese aroma embriagador que me hace delirar nada más percibirlo. Se disculpó una vez más y se marchó girándose de vez en cuando con la mano en alto y una sonrisa complaciente. Yo arranqué el coche y me marché, me fui dos calles más allá, y en un aparcamiento de minusválidos (tal como me sentía en ese momento) me comí mi bocadillo, mientras me decía una y otra vez: “nunca más, corta esto ya, eres idiota, eres un pagafantas, el mayor pagafantas del mundo..."

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    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas". Dicho libro está compuesto por una serie de relatos, reflexiones, rutas y batallas, que el autor ha ido publicando en su web: www.rutasybatallas.net

    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas". Dicho libro reúne una selección de textos publicados en la web: www.rutasybatallas.net

    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas". Dicho libro esta compuesto por relatos, reflexiones, rutas y batallas, que el autor ha ido publicando en su Web: www.rutasybatallas.net con la bicicleta y los viajes como principal protagonista.

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