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10 min
El pájaro
Varios |
23.02.10
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Sinopsis

El pequeño Dani se dirigía a jugar con sus amigos a la plaza del mercado. Al llegar vio a una multitud de niños agrupada en un rincón de la plaza. Se abrió paso entre los otros niños y vio a un grandullón que trataba de acertarle una pedrada a un pequeño pájaro que no sabía volar. Los demás niños observaban la escena deseosos de que una piedra fulminara al pobre pájaro.
      ─ ¿Qué haces? ─ preguntó enojado el niño.
      ─ A ti que te importa ─ le espetó el grandullón ─. ¡Largo!
Dani no se movió del sitio. El grandullón se le quedó mirando y se acercó a él dándole un ligero empujón.
      ─ He dicho que te largues.
      ─ ¡Deja al pobre pájaro! ─ le contestó Dani.
      ─ ¿Qué has dicho? ─ pregunta desafiante el grandullón, al tiempo que le da otro empujoncito.
      ─ ¡¡He dicho que lo dejes!! ─ grita más fuerte Dani.
Acto seguido el grandullón le pegó un puñetazo en la cara.
      ─ A mi nadie me grita imbécil ─ dijo con una mirada de odio ─. Te vas a enterar de quien soy yo.
En ese momento el pequeño Dani echó a correr y el grandullón y sus secuaces lo persiguieron. Finalmente lo alcanzaron y le dieron una buena tunda. A otros niños aquel aporreo les hubiera enseñado a no meter las narices donde no les importa, pero Dani era un chico valiente, y ningún golpe le apartaría de sus ideas y convicciones.
Tenía la nariz sangrando y le dolían muchas partes del cuerpo debido a los golpes, pero el niño era consciente de que tampoco había sido para tanto y que pronto estaría bien. En el fondo estaba alegre, porque todos habían salido corriendo hacía él y se habían olvidado por completo del pequeño pájaro. Volvió a la plaza del mercado a echar una ojeada y comprobó que aquellos abusones ya no estaban allí, se habían largado a otro sitio. Quien si que estaba era el pájaro que daba saltitos en círculos sin moverse apenas de la periferia, parecía aturdido. Dani se acercó a él y lo cogió. Era un canario de color naranja muy bonito, el niño se percató que el pájaro tenía un ala rota y era por eso que no podía volar. Dani ahuecó las manos y en estas llevó al canario a su casa.

Después de que su madre alarmada le preguntara porque tenía sangre seca en la nariz y quién le había pegado, y posteriormente le dijera unas cincuenta mil veces que no se juntara con aquellos cafres y los evitara, Dani y su madre atendieron las urgencias del canario.
Primero le limpiaron el golpe con agua oxigenada y luego se dispusieron a entablillarle el ala. Su madre cogió una venda y le dio dos vueltas al ala rota, comprobando primero que el ala quedara bien colocada. Finalmente le dio otra vuelta a todo el cuerpo del canario, asegurándose que ambas alas quedaban bien fijadas. Dani observaba el proceso con carita de preocupación. Su madre le miró y sonrió:
      ─ No te preocupes cariño, esto ya está. En tres semanas estará listo para volver a volar.
      ─ ¿De verdad? ─ preguntó esperanzado el niño.
      ─ Sí ─ contestó su madre sonriente ─. Pero tendrás que hacerte cargo de él.
El niño asintió con la cabeza.
Dani puso al canario en una caja de zapatos a la que perforó la tapa haciéndole varios agujeros. Y le puso un nombre. Lo llamó Pequeñín.
Durante tres semanas Dani cuidó del canario. No solo lo alimentaba con alpiste, sino que además le traía migas de pan mojadas con leche, trocitos de sandía, lechuga e incluso fideos. Ponía un trozo de papel dentro de la caja para que hiciera sus necesidades sobre el papel y así poder cambiarlo y que la caja estuviera limpia todos los días.
Pasaron las tres semanas y llegó el momento de quitarle el vendaje al pájaro. En el momento en que su madre se dispuso a quitarle el vendaje, a Dani lo abordó la melancolía y la tristeza de tener que separarse del que ya veía como su canario. Pero sabía que el pájaro sería mas feliz libre, pudiendo volar, y él quería lo mejor para su pájaro.
Le quitaron el vendaje. El pájaro sacudió las alas. Se limpió las alas con el pico. Dio un saltito hacia Dani y lo miró. Era su manera de decir adiós. De nuevo sacudió las alas, pero esta vez para volar, y finalmente se fue volando por la ventana.

Habían pasado dos meses desde que el canario se marchara. Dani se encontraba felizmente, jugando con sus amigos a la pelota, en un solar abandonado rodeado de campos de naranjos. Ya no pensaba prácticamente en su canario. Los niños olvidan fácilmente. Uno de los amigos de Dani dio una patada tan fuerte al balón que lo mandó fuera del solar y se perdió entre los matorrales.
      ─ ¡Jolín que fuerte le has dado! Ahora habrá que ir a por él ─ dijo Dani enojado.
      ─ ¡Madre mía, si ya son las seis y veinte! ─ dijo sorprendido el que había chutado el balón ─. Le había dicho a mi madre que estaría a las seis en la peluquería, que había cogido hora. Lo siento, pero me tengo que ir. No podré ir a por el balón que tengo prisa.
Y acto seguido el culpable se fue corriendo.
      ─ ¡Yo también me tengo que ir! ─ dijo alarmado otro de los niños ─. ¡Tengo clases particulares a las seis y media!
Dani miró a sus amigos y suspiró.
      ─ No os preocupéis ya iré yo a por mi balón, iros si queréis, yo también tengo que irme a casa.
      ─ Si quieres yo te acompaño ─ dijo uno de sus amigos.
      ─ No, gracias. Iré solo, no necesito que me acompañe nadie ─ dijo enfadado Dani.
El balón había caído en un área repleta de matorrales. Los matorrales eran más altos que el pequeño Dani. Apenas veía entre ellos y se cortaba las piernas con las zarzas. Finalmente localizó el balón, que había quedado encallado por encima de los matorrales. Fue a cogerlo y en ese instante resbaló con algo y cayó hacía abajo. Había caído en un profundo agujero. Se dobló el tobillo al caer y gritó de dolor. Se puso a llorar y a gritar ayuda, pero nadie lo escuchaba. Preso de la desesperación golpeó las paredes de tierra, pero solo sirvió para calmar su ira.

Horas después se calmó. El tobillo se le había hinchado y le dolía a rabiar, pero se estaba acostumbrando a aquel dolor. Tenía las manos llenas de heridas de golpear la pared. Tenía raspaduras en la espalda y las piernas de la caída. Y tenía las piernas llenas de cortecitos por culpa de las malditas zarzas. En definitiva, le dolía todo y estaba solo en un agujero dónde nadie lo oía. Dani tuvo ganas de llorar, pero ya no le quedaban más lágrimas y le dolían los ojos de tanto llorar. Lanzó un gran grito amargo y desesperado esperando que alguien lo oyera. Gritó con toda su alma.
…Y alguien lo oyó…
Por el agujero descendió alguien familiar. Era un pájaro. Pero no era un pájaro cualquiera, era su canario. Era Pequeñín.
El niño sonrió esperanzado al ver a su pájaro. El canario se posó en uno de sus dedos y lo miró atentamente. El niño acarició al pájaro.
      ─ Me he caído en este agujero y no puedo salir. Me duele mucho el tobillo. Y tengo hambre.
El pájaro lo observaba.
      ─ No entiendes lo que te digo, ¿verdad? Si pudieses avisar a alguien…
En ese momento el pájaro echó a volar y salió del agujero.
Al cabo de un rato volvió y se posó de nuevo en uno de sus dedos. Llevaba en su pico una miga de pan, la dejó en la mano del niño. Dani lo miró y sonrió.
      ─ Esto no es suficiente para mí, Pequeñín ─ dijo con ternura y tristeza.
Aún así se comió la miga de pan.
El pájaro volvió a irse. Un rato después el canario volvió. Esta vez llevaba una miga de pan mucho mas grande, la dejó sobre la mano del pequeño y se lo quedó mirando.
      ─ Gracias, pero sigue sin ser suficiente.
El pájaro pió y voló de nuevo. Empezó a oscurecer, al pequeño Dani se le acababa la esperanza. Minutos después escuchó piares y varios pájaros entraron en el agujero guiados por el canario naranja. Los pájaros fueron dejando migas de pan en la mano del niño hasta llenarla por completo. El niño lloró emocionado y se comió las migas de pan.
      ─ Muchas gracias pero lo que quiero es volver a casa. Estoy cansado y tengo sueño.
El canario se le quedó mirando. El cansancio venció al niño y se durmió entre los pájaros.

Al despertar ya no le dolía nada. Miró alrededor. Estaba en su cuarto. Vio a su madre que le sonrió.
      ─ ¡Por fin has despertado!
El niño se abalanzó sobre su madre llorando.
      ─ ¡He pasado mucho miedo en el agujero ese!
      ─ ¿Qué agujero? ─ preguntó su madre.
      ─ ¡En el que caí! ─ sollozó el niño ─. ¡Mira tengo la rodilla hinchada!
Enseño la rodilla pero no tenía nada.
      ─ La rodilla está bien ─ confirmó su madre ─. ¿De qué agujero hablas?
El niño confuso no supo que responder.
      ─ Has tenido una pesadilla cariño. Saliste a jugar al fútbol resfriado y has vuelto a casa con fiebre. Llevas acostado desde ayer por la tarde.
      ─ Ah…parecía tan real.
      ─ Ayyyy, pobrecito mío ─ dijo su madre cariñosamente dándole un beso en la frente.
      ─ ¿Y qué hora es? ─ dijo el niño todavía confuso.
      ─ Son ya las once y media. Me tenías preocupada. Has dormido mucho. ¿Cómo te encuentras?
      ─ Bien. Tengo hambre.
      ─ Ahora mismo te preparo un almuerzo cariño.
Su madre le dio un achuchón y dos besos y fue a prepararle el almuerzo. El niño miró a su alrededor todavía incrédulo. Y entonces lo vio. Allí en la ventana estaba el pájaro. El canario lo miró. Era su manera de decir adiós. Extendió sus alas y echó a volar.
      ─ Gracias.
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