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4 min
El pájaro de la peste y la bailarina (cuarta parte)
Drama |
30.12.17
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Sinopsis

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Por primera vez, desperté en la Venecia de mis sueños. Cuando mis ojos se abrieron, deslumbrados por la tenue luz del amanecer, pude comprobar que todo seguía allí. La vieja cama junto a la ventana, la ajada mecedora de mimbre, y la débil respiración de Alina en mi pecho. Me pregunté qué es lo que estaría soñando ella. 

Aún no me había despertado. Eso quería decir que la alta dosis de somníferos que había ingerido la noche anterior había hecho efecto. 

-Estoy muerto. -dije, para mis adentros- Estoy muerto y ahora viviré aquí para siempre. 

Tras liberar estas palabras todo mi ser experimentó una inmensa sensación de paz. No pude evitar sentirme alegre y aliviado. Por fin estaba justo donde quería estar, en mi onírica e idílica Venecia, con sus puros canales, sus hermosas calles y mi amada bailarina. Jamás me sentí tan dichoso como en aquel efímero momento.

Alina despertó poco después, de golpe. Se incorporó rápidamente y se llevó las manos a la cara. Su respiración era pesada y dolorosa. Me incliné hacia ella en silencio y la rodeé con el brazo durante varios minutos. Ella no paraba de llorar. Mi felicidad se desvanecía lentamente entre sus violentos sollozos. 

-Los he visto -musitó. 

-¿A quiénes, Alina. A quiénes has visto?

-A los pájaros. 

Tragué saliva. 

-No quiero morir. 

-No vas a morir Alina. Yo me voy a quedar aquí contigo para siempre. 

La abracé en silencio hasta que dejó de temblar. Solo había sido una pesadilla.

Abandonamos la casa un rato después. Esa mañana hacía un frío asesino y el cielo se había vestido completamente de gris. Me percaté de que era la primera vez que Venecia se veía apagada y sombría en mis sueños. Ráfagas de viento silbaban en las calles. El sonido era similar a un enjambre de duendes ruidosos flotando en el aire. Alina caminaba deprisa. Tanto que a veces era yo el que tenía que apresurar el paso para alcanzarla. 

Llegamos a su casa en cuestión de minutos. Sus padres la esperaban en la puerta, mirándola fijamente con los ojos llenos de lágrimas. Pude advertir que suspiraron, aliviados, al verla. A penas se atrevieron a dirigirme la palabra. En ese momento un terrible sentimiento de culpabilidad inundó lo más profundo de mi ser. Por un instante fui capaz de comprender la gran preocupación que ellos sentían cuando su hija se escapaba de casa. 

-Alina -espeté. 

Sus enormes ojos verdes brillaban bajo la tenue luz del cielo. Yo dirigí una rauda mirada hacia los padres antes de continuar. 

-No dejaré que nada ni nadie te aleje de tus sueños jamás. Pero no voy a permitir que pases el resto de tu vida huyendo de la realidad. 

Me miró por un eterno instante antes de esbozar una tímida sonrisa. 

Se despidió de mí con un beso bajo la atenta mirada de sus padres. Estaba convencido que después de aquello las cosas cambiarían completamente para Alina.
 
Antes de marcharme pude ver cómo la abrazaban con fuerza mientras cerraban la puerta tras de sí.

Es difícil recordar lo que hice el día restante. Lo único que sé es que estuve deambulando de un lado a otro de la ciudad, encogido en mi gruesa gabardina negra. Se me hizo imposible no extrañarme al ver que la Venecia de mis sueños se parecía cada vez más a la del mundo real. No fue hasta ese momento cuando que me di cuenta de lo que realmente estaba ocurriendo en la ciudad. El coro de toses ahogadas y dolorosas vinieron a mis oídos nuevamente. Carretillas repletas paseaban por delante de mis narices dejando tras de sí un olor nauseabundo que me resultaba más que familiar. Y los pájaros. Vi a los pájaros de negro pico transitando cientos de hogares que cada vez lucían más oscuros y deshabitados. 

Solo entonces comencé a llorar, cuando vi que uno de ellos entraba en la casa de Alina. 

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