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10 min
El pájaro de la peste y la bailarina (quinta parte) FINAL
Drama |
13.02.18
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Sinopsis

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Lo último que recuerdo de esa tétrica tarde invernal fue que me desvanecí nada más contemplar aquella escena. Creí sentir un golpe seco en mi nuca, y un frío electrizante recorriendo toda mi espalda desde la médula. Antes de perder el conocimiento, pensé en lo que podría llegar a pasar si te duermes dentro de tu propio sueño. 

Efectivamente, nada bueno. 

Mis ojos se abrieron de golpe. Pestañeé un par de veces y luego miré alrededor. Pasaron varios minutos hasta que me di cuenta de dónde me encontraba. El teatro La Fenice. 

Al menos un centenar de personas estaban sentadas en el patio de butacas, al igual que yo. Dirigí mi mirada hacia todos lados pero no conseguí ver sus rostros con claridad. Todos lucían intranquilos. Algunos conversaban acaloradamente con otros. Muchas mujeres llevaban un velo negro que les cubría toda la cara. Había ricos y pobres sentados aleatoriamente por todo el teatro. Incluso algunos hablaban entre sí. Sentí cómo de pronto el sonido de todas sus voces se proyectaban con más fuerza dentro de mi cabeza. Sus siseantes susurros me agobiaban cada vez más. Comencé a marearme. Intenté gritar, pero de mi garganta apenas salió un mudo quejido.

Me quedé paralizado en ese lugar comprendido entre el sueño y el despertar. Donde tu mente está consciente pero tu cuerpo aún no ha despertado del todo.

Estaba tan sumido en la situación que me había olvidado por completo del espectáculo que estaba a punto de comenzar. De pronto, oscuridad total. Un silencio ensorcededor inundó la sala. Solo entonces las luces del escenario comenzaron a parpadear seguidamente, hasta mantener un halo de luz firme y brillante. El telón se abrió lentamente, aunque yo no lo recordaba de ese color negro brillante. 

La música empezó a sonar súbitamente, de una forma casi violenta. Los violines parecían reír, chirriantes, sobre las lágrimas del resto de los instrumentos. Era una melodía lúgubre y burlona. Casi parecía que la orquesta le estaba contando un chiste a la mismísima muerte. 

La macabra sombra que se ocultaba tras la dramática y oscura tela comenzó a oscilar de un lado al otro del escenario. Era larga, delgada, y ligeramente encorbarda. Esquivaba cada rayo de luz, manteniéndose enteramente en la oscuridad. 

Pero había una sombra diferente tras ella. Una sombra que muy pronto dejó de serlo. Comenzó a danzar entre las luces como lo haría un alma solitaria entre las llamas del infierno. Y solo cuando su frágil cuerpo fue iluminado por una débil gota de luz, supe que esa sombra era ella. Era mi bailarina. Danzando, desafiante, frente a las mismísimas garras de la muerte. 

Alina se movía con la misma gracilidad en la que lo hacía la primera vez que la vi. Bailaba como si no estuviera enferma. Como si fuera libre. Y sonreía con un brillo siniestro en sus ojos. Aquella imagen me invadió de un profundo desasosiego que me caló hasta los huesos. 

Tras los volantes de su vestido rojo se distinguían malévolas sombras que alargaban sus garras hasta tratar de alcanzarla. Creí escuchar numerosas risas ásperas y susurros guturales desde mi asiento. 

-¿Vendrás ahora a salvarla, ingenuo pajarraco?-dijo una de las voces, soltando una risotada.

Qué necio fui. Si hubiera habido un momento más inoportuno que ese para levantarse, sin duda lo habría aprovechado. Alimentado por una furia monstruosa, como un idiota imprudente, comencé a avanzar hacia Alina gritando su nombre. Oí al público reírse y agarrarme inútilmente de la ropa mientras saltaba entre las filas de butacas que me separaban del escenario. Otra vez el eco de sus voces me ensimismaba en lo más profundo de mi mente. La cabeza me comenzó a doler, las piernas comenzaban a fallarme, pero yo seguía avanzando. 

Frente a mis ojos, cuando a penas me quedaban dos filas por atravesar, vi como Alina se paraba en seco, quedando inmóvil frente a la macabra sombra. Esta se acercó hacia ella, siendo descubierta al salir a la luz. Horrorizado, descubrí que se trataba de la viva imagen de la Peste Negra. Tenía el rostro huesudo cubierto de una capa de piel muerta y ennegrecida. Sin ojos, nariz, ni boca. Tan solo tres cuencas vacías y oscuras. Sus manos huesudas y largas rodearon a Alina por la cintura y esta comenzó a danzar con él. 

La Peste se desplazaba con destreza de un lado a otro, siguiendo el pequeño cuerpo de la bailarina, seguido por un grupo de pájaros de la peste. Estos se arrastraban tras ella, cómo súcubos hechizados por el resplandor de un alma pura y virginal. Ella volaba prácticamente sobre sus cabezas, con esa imborrable sonrisa macabra que corrompía por completo su ser. Poco a poco, los negros pájaros comenzaron a acorralarla. La agarraron de las piernas mientras ella encogía los brazos y les miraba con pavor. Uno de ellos desgarraba su falda con sus manos enguantadas. Alina chilló. 

Antes de darme cuenta ya me disponía a subir al escenario pasando por la orquesta. Todos los músicos eran oscuros esqueletos, que reían de una forma estridente, castañeando los dientes.

Los espectadores comenzaron a tirar de mí con más fuerza, sujetándome hasta que dejé de avanzar. Me colocaban las manos en la cara y me tiraban de los párpados para asegurarme de que viera lo que estaba a punto de ver. 

La Peste apartó de golpe a los negros pajarracos, y caminó lentamente entre ellos dirigiéndose hacia Alina.

Ella dibujó un gesto inocente en su rostro, mirándola con los enormes ojos verdes.

Solo entonces, La Peste la tomó por la cintura y la besó. El cuerpo de la bailarina quedó completamente inerte entre sus brazos. 

Intenté reprimir inútilmente un grito ahogado mientras el horroroso y enfermo ser danzaba con el cadáver de Alina, mientras me miraba con sus cuencas negras y vacías. 

La gente comenzó a aplaudir. Aproveché ese momento para trepar hacia el escenario. Fulminado de ira, me coloqué en frente de la mismísima Peste. Esta rió con su demoníaca voz gutural. 

-¿Qué pretendes hacer ahora, negro pajarraco? 

Reprimí una respuesta estúpida. 

-¿No tienes valor para enfrentarte a tu propio enemigo?-volvió a reír estridentemente. Escuché a los esqueletos castañeando los dientes a mi espalda. Permanecí en silencio. 

-Suéltela-espeté. 

-Tu bailarina es una de mis víctimas, necio pájaro-contestó, acariciándole la mejilla con su huesudo dedo índice.- Ella me pertenece a mí y solo a mí. 

-Lucharé contra ti sin dudarlo, pero no dejaré que te la lleves. 

Esta vez fue el público quien rió. 

-Nadie puede escapar a la muerte, joven doctor. Nadie puede vencer a la Peste Negra. Ni si quiera tú. Únete a ella, o piérdela para siempre. MEMENTO MORI, MEMENTO MORI, MEMENTO MORI. 

Todo el teatro se llenó de un eco de ultratumba. El público comenzó a recitar estas palabras con sus voces siseantes a medida que se mecían en sus asientos. Una llamarada infernal se hizo con el teatro, el cual ardió por completo en menos de un segundo. Como un río de fuego recorrió toda la estancia y la destruyó sin piedad. 

Una diabólica luz rojiza inundó el ambiente. El olor a azufre y a carne quemada era nauseabundo. Las llamas devoraban a los espectadores con un hambre atroz. Estos reían y seguían recitando las macabras y prohibidas palabras. Sus cuerpos se derretían convirtiéndose en una masa negra que carcomió por completo el patio de butacas. El suelo se hundió creando un amplio abismo negro. 

Vi como La Peste se llevaba el cuerpo de mi bailarina hacia el averno, dejando una estela de azufre a su paso. El funesto séquito se precipitó por el abismo. Poco después, me aventuré e hice lo mismo. 

Desperté de nuevo sin saber cuánto tiempo había pasado. Temí estar en mi cama, pero por suerte o por desgracia descubrí que me encontraba sobre el suelo del mismísimo infierno. Sentí las piernas y el costado izquierdo muy doloridos. La cabeza me daba vueltas y advertí un charco de sangre bajo mi cuerpo.

Viéndome tan malherido, me preparé para lo peor, temiéndome que pronto La Peste me alcanzaría y me arrebataría a Alina para siempre.

Nuevamente, estaba muy equivocado. 

-¿Alina? 

Me incorporé de pronto, cuando advertí su pálida figura, situada de espaldas a unos metros de mí. Su vestido rojo estaba sucio, quemado, hecho jirones. 

-He venido a buscarte, Alina. He venido a por ti-dije, esperanzado. 

Me desplacé torpemente hacia ella con mi brazo derecho, arrastrando mis doloridas rodillas. Podía escuchar sus débiles sollozos, retumbando con desconsuelo en mis oídos. 

-Por favor, no llores. Voy a sacarte de aquí Alina. 

Solo entonces, cuando estaba ya muy cerca de alcanzar su cuerpo. Alina se volvió hacia mí.

Su rostro era completamente de hueso. Pero de sus cuencas vacías brotaban hermosas lágrimas. Se agachó, muy lentamente, y coloqué mi mano en su huesuda mejilla. Sus lágrimas me mojaron la piel. 

-De verdad eres tú, ¿Alina? 

Asintió, con pesadumbre, mientras volvía a incorporarse.

-Estás... estás muerta-me temblaba la voz. 

Volvió a asentir, bajando el rostro. Era difícil adivinar la verdadera expresión de su cara.

Solo entonces lloré. Lloré como un niño enterrando mi rostro en su regazo. Me abracé a sus piernas lo más fuerte que pude, desconsolado. Noté como ella acariciaba mi cabeza con dulzura, mientras cantaba la continuación de aquella folclórica canción veneciana.

No he vencido a los pájaros, 

madre, los pájaros me han llevado.

Pero mi alma está tranquila, 

pero mi alma se ha salvado. 

Noté que en los últimos versos había reprimido su llanto varias veces. Cuando hubo acabado, comenzó a sollozar. 

-Todo aquello que amaba, me ha sido arrebatado -dijo, con puro dolor. Suspiró.- Ahora ni si quiera pertenecemos al mismo mundo.

Sus palabras se clavaron en mí como puñales. 

-Nunca lo hemos hecho -respondí, mirándola fijamente a sus cuencas vacías. He huído de mil realidades tan solo para estar a tu lado, Alina. También puedo huir de esta. 

Su rostro esbozó como pudo una hermosa sonrisa. Se acercó, muy lentamente, y colocó sus huesudos labios en los míos. Me besó efímeramente, y se apartó. 

Entonces, desperté. Lo primero que sentí fue un frío helado calándome hasta los huesos. No sentía los brazos ni las piernas, pero podía mover los dedos de los pies. En mi mano derecha agarraba el vacío frasco de somníferos que había ingerido. Fuera solo se escuchaba el débil murmullo de la nieve al posarse contra el suelo. Los gritos de los vecinos habían desaparecido por completo. Había un silencio de ultratumba. 

Notaba que tenía la ropa muy sucia, me había orinado encima. Sentía la boca muy seca y el estómago dolorosamente vacío.

Traté de desplazarme poco a poco. Con cuidado. Tan solo conseguí caerme de la cama y romper el frasco de cristal en mil pedazos. Maldije en mil lenguas. Varios cristales se me clavaron en el costado, y en el brazo. Me arranqué uno de los que se me habían clavado y contemplé la espesa sangre.. Sangre. Vida. Muerte. 

Nuevamente hice un esfuerzo por levantarme. Caminé por los cristales con mis pies descalzos dirigiéndome hasta el espejo de mi habitación. Solo cuando hube llegado, me tiré de rodillas al suelo y miré fijamente mi reflejo. Sonreí.

Finalmente, agarré con firmeza el cristal e hice tres cortes en cada muñeca.

-MEMENTO MORI, MEMENTO MORI, MEMENTO MORI.

Solo entonces desperté. El olor a azufre me recordó que esta vez lo hacía en mi propia realidad. Me llevé la mano hasta mi huesudo rostro y sonreí, mientras la pequeña sombra de Alina se contoneaba en la oscuridad.

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