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7 min
El pájaro de la peste y la bailarina (tercera parte)
Drama |
21.12.17
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Sinopsis

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¿Y si me quedara dormido para siempre? ¿Podría vivir eternamente en el mundo de los sueños con Alina? Esas ideas vagaban por todos los rincones de mi cabeza, sin ofrecerme tan solo una respuesta o solución lógica. No podía contárselo a nadie, por su puesto, de haberlo hecho ya estaría ocupando habitación en un psiquiátrico. Pero tampoco podía decírselo a ella. No conocía el mundo de los sueños y era difícil adivinar cuales serían las consecuencias de mi confesión. Pero tenía tanto miedo de meterme en la boca del lobo, que acabé lanzándome en ella, sin pensármelo. 

Mientras, los grises y monótonos días seguían pasando. Montañas de cadáveres se paseaban de un lado a otro de la ciudad en amplias carretillas. Algunos caían al suelo y se quedaban allí, inertes, en medio de la calle. La nieve bajo ellos comenzaba a tornarse de un color oscuro y putrefacto. En varias ocasiones me quedaba encerrado en la casa. La gente aporreaba mi puerta en busca de ayuda. Desde dentro podía escuchar sus gritos implorantes entre toses ahogadas. Se pasaban horas enteras suplicando bajo la nieve, pero yo no les abría. Pues ya no deseaba ayudar a nadie. Ahora todo aquello que anhelaba se encontraba en mis sueños, donde la pequeña figura de Alina aparecía contoneándose en la oscuridad. 

-He ingresado en una academia de danza. - me confesó, entre la penumbra- He estado mucho esforzándome durante todas estas semanas para la prueba de admisión.

-¿En una academia? ¿Cómo lo has conseguido? 

Alina sonrió como una niña.

-He enviado una carta haciéndome pasar por mi padre. Fue sencillo, tan solo tuve que falsificar su firma dando su consentimiento y reunir unos 500 ducados. Vendí el colgante de esmeraldas de mi madre para conseguir el dinero. 

La miré con asombro por un instante. Ella se recogió un mechón de cabello tras la oreja y tosió débilmente.

-Eres el pájaro enjaulado más astuto que he conocido jamás -bromeé. 

Soltó una amplia carcajada.

-Eso es porque no has conocido a muchos.

La luz del mediodía brillaba con fuerza a través de la ventana. Descansábamos en el interior de la casa abandonada que solíamos frecuentar. Sentada en la vieja mecedora, Alina era como una muñeca de porcelana que había sido abandonada. Mientras, yo ojeaba un viejo diario cuyas páginas estaban rotas y su letra era casi ilegible. La vi toser un par de veces, llevándose el puño a la boca. La tercera vez, retiró la mano llena de sangre. 

Me dirigí hacia ella rápidamente y le coloqué la mano en la espalda. Sus toses no paraban y cada vez se volvían más violentas. Mantuve la calma y esperé en silencio a que se le pasara. Por un momento recordé las víctimas de la peste en Venecia y se me formó un nudo en la garganta. 

Cuando por fin cesó, tomé a Alina de la mano y la ayudé a levantarse. Quise decir algo, pero ella se me adelantó. 

-No te preocupes, no estoy enferma, de verdad. Solo necesito un poco de aire fresco -susurró, de espaldas, mientras desceñía un poco su ajustado corsé. 

La llevé hacia fuera y paseamos hasta el atardecer. Al día siguiente Alina haría la prueba de ingreso para la academia. Antes de acostarme esa noche, revisé mi viejo maletín de fármacos. Tenía varios frascos colocados en fila, ordenados por color. Advertí la sección azul, compuesta por unos diez envases. Bajo ellos se leía: melatonina, somnífero

                                                       *               *                * 

Alina se veía preciosa ese día. La esperé detrás de su casa mientras se escabullía con facilidad por las enrredaderas del balcón.

-Gracias por esperarme -me susurró, besándome. 

Bajo la capa negra llevaba un elegante vestido rojo de encajes que hacían juego con los zapatos de ballet que llevaba en la mano. Advertí que la gente nos observaba mientras caminábamos hacia La Fenice. De vez en cuando Alina saludaba a algunos transeúntes conocidos con un gesto rápido y apresuraba el paso. 

La puerta del teatro se elevó ante nuestras absortas miradas. En el exterior había varios carteles colgados anunciando las pruebas de admisión a la academia. Al entrar al lugar, nuestras miradas se perdieron ante la inmensidad de detalles del gran teatro. Cada rincón poseía una elegancia especial que conseguía atrapar tu atención por completo. Atravesamos los pasillos, dejando atrás el vestíbulo, y nos dirigimos hacia las salas de espera. Allí los bailarines se vestían y esperaban a ser llamados. Había varios tocadores con espejos de luces, asientos y vestuario. Algunos artistas se quedaron mirándome con recelo cuando entré en la sala. 

-¿Estás nerviosa?- pregunté, mientras quitaba la pesada capa de los hombros de Alina.

-No. -respondió, volteándose. 

-Qué extraño. Realmente eres más valiente de lo que pareces. 

Ella rió, desviando la mirada. 

-No se trata de eso. No te miento cuando te digo que soy muy cobarde. Simplemente no estoy nerviosa porque no tengo nada que perder. 

-¿Nada que perder? 

Asintió. 

-Probablemente si ingreso en esta academia me convierta en una bailarina profesional y conocida en toda Europa. Eso sería algo extraordinario. Pero el poder bailar en La Fenice en este día, es un sueño hecho realidad para mí. Todo cuanto anhelaba desde mi niñez se ha cumplido. Y aunque no sea admitida estaré feliz, porque ya he llegado todo lo lejos que deseaba. 

Una fina lágrima resbaló por la mejilla de la bailarina. Acerqué su cuerpo al mío, y la abracé delicadamente. Ella sonrió débilmente y me susurró que me amaba. Solo entonces se escuchó su nombre desde fuera, y Alina se dirigió con paso firme hacia el escenario. Corrí por una puerta lateral que daba hacia las butacas del gran salón. Me sentí cerca de las primeras filas y contemplé la inmensidad del lugar. Las palabras se quedaban cortas al describir la belleza que este poseía. El gran mural del techo con su lámpara de araña, las hileras de palcos adornados con detalles de oro, las rojas butacas extendidas a lo largo del espacio...Y por supuesto, el cuerpo de niña de Alina caminando hacia el centro del escenario con decisión. 

Los jueces y críticos estaban sentados en primerísima fila, justo al lado de la orquesta. Llevaban plumas y trajes pulcros y elegantes. Uno de ellos indicó el comienzo de la prueba y el director de la orquesta repiqueteó su batuta en el atril. La música brotó de pronto y ella comenzó a bailar. La escena me atrapó. No pude evitar compararla con aquella primera impresión, cuando la encontré bailando en el callejón. Pequeña. Minúscula. Frágil. Casi parecía que se iba a romper. Pero en realidad Alina era increíblemente intocable, valiente y tenaz.

Durante varios minutos, la vi bailar lo mejor que supo sobre el escenario de La Fenice. Y yo me sentí el hombre más feliz del mundo porque la mujer de mis sueños hacía los suyos realidad. Cuando la música enmudeció entre los inevitables aplausos del jurado, Alina hizo una reverencia y se marchó. 

Ya anochecía cuando entramos en la casita abandonada. Me tumbé en la vieja cama de al lado de la ventana y ella se sentó en la mecedora. Comenzó a quitarse la ropa en silencio, colocándola en el suelo. Primero los zapatos, luego el corsé, después el vestido. Se dirigió hacia mí despacio, acostándose a mi lado. Un rayo de luna llena iluminaba su cuerpo pálido. Las costillas se le marcaban bajo la piel. 

 "¿Es que traes algo malo, negro pajarraco?"

¿Es que a caso has vendido tu alma al diablo?" 

La escuché cantar en silencio, esbozando una sonrisa. Después de un rato, añadió: 

"Cuando los pájaros de negro pico se queden en la ciudad, ¿todo esto acabará?

¿Todo esto acabará?" 

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