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10 min
El Par de Botines
Suspense |
21.09.16
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Sinopsis

Un objeto antiguo puede ser poseído por entidades desconocidas.

Yo no sé por qué compré los botines. Desde el principio me inspiraron una especie de embeleso y zozobra. Ahora no puedo deshacerme de ellos. Los he tirado lejos, quemado, lanzado al río con piedras dentro… Nada resulta. Cualquiera creería que lo que relataré es sólo imaginación mía, producto de mi nerviosismo; ojalá así fuera, pero no, todo es real en absoluto. Ese par de botines de novia, fue un capricho pueril de quien no tiene nada mejor que comprar y aún justifiqué su alto costo por tratarse de un objeto antiguo y, sobre todo, extraño, pero... si hubiera yo sabido,  jamás me habría  acercado a ellos. 

 

Mi afición por las antigüedades me llevaba a visitar bazares,  pueblos, casas antiguas y de continuo, un establecimiento en que el dueño, también aficionado como yo, atendía, más que por negocio, por el placer de exhibir sus adquisiciones. Jamás mencionaba dónde o por qué medios los obtenía. Si uno hurgaba bien, encontraba  casi de todo, aunque nada guardara un debido orden. En ese sitio, en que también habitaba él, imperaba el típico olor que despiden las cosas viejas, la ausencia de vida y un dejo de melancolía.

 

La caja de un antiguo piano extendía sus dos candiles desnudos como un par de manos en espera de una dádiva, sobre el mismo había una carpeta triangular bordada en colores carmín, rodeada de flequillos. Las paredes estaban saturadas de primitivas fotografías en sepia que mostraban imágenes de mujeres regordetas con cabellos rizados, cejas afiladas, sugestivas poses y lanzando miradas tiernas mientras sostenían ramilletes de flores entre las manos o que, sentadas frente a una máquina de escribir, tenían la actitud de teclear. Otras eran de parejas, soldados, familias, niños-cupidos, corazones y gente muerta. El sitio era de por sí lóbrego y poseía esa atmósfera ideal para que la imaginación despegue espontáneamente y se forje mitos acerca de las cosas; en una palabra, era un lugar adecuado para exhibir antigüedades.   

                                                                                                  

Muebles tallados en caoba y otras maderas preciosas cubiertos con placas de mármol, lámparas y candiles de cristal con bases en chapa de oro, espejos azules enmarcados con dragones tallados en madera, camas de latón; cientos de juguetes cuyos primeros dueños seguramente ya no existían ni en cenizas; cochecitos y trencitos de vapor; fonógrafos de diversos modelos con sus respectivas colecciones de discos pesados y enormes; retratos y paisajes al óleo no muy bien logrados, pero antiquísimos.  Había toda una serie de objetos de uso personal como instrumentos de barbería, cepillos, peinetas, guantes y sombreros; muñecas europeas con cabeza y manos de porcelana con bucles rubios y miradas realistamente penetrantes.  

 

Pero los objetos especiales, las joyas más singulares, las guardaba con celo en otro apartado y las mostraba sólo a sus clientes conocidos, y ahora me presumía un lote de zapatillas antiguas que me parecieron extraordinarias por su rareza. Zapatillas con tacones desviados de raso, otras de colores consumidos por el tiempo y algunas más bordadas con cientos de cuentas o adornadas con cintas y flores mustias. Entre éstos estaba el par de botines marfileños de novia con diminutos botones laterales forrados que subían hasta el tobillo -hoy deforme-, y que tenían  una especie de pequeñas quemaduras en las puntas y en la base del tacón. Adoro imaginar la historia de cada pieza, era parte del encanto de adquirirlos. Con seguridad habían sido confeccionados para una hermosa joven de familia acomodada en la época Victoriana, quien gozó de una boda suntuosa con un opulento y galante caballero. O, por el contrario, ¿se trató de un matrimonio arreglado por los padres de la inocente joven?

 

Por su medida, me fue fácil imaginarla: no muy alta, esbelta y de cabellera clara cayéndole en rizos enredados en perlas hasta la estrecha cadera, era fácil también recrear el vestido lleno de encajes, apliques y vuelos sobre el corsé, a la usanza del siglo XIX.

 

Podía pensar en la felicidad del día en que los botines fueron estrenados y, sin embargo, me inspiraban cierto temor, una especie de misterio, creo que esto último fue lo que más me atrajo de ellos; y es que muchos objetos que suelen ser representativos del candor, la ternura, dulzura y la inocencia, si por accidente poseen algún elemento opuesto a estas cualidades, como en este caso el tiempo, el polvo, el abandono y las quemaduras, suelen resultar más inquietantes que cualquier otra cosa que haya sido hecha con la única finalidad de atemorizar.

 

Los llevé feliz a casa, empacados en una caja de cartón. Los limpié lo mejor que pude, cuidando de no estropearlos por lo frágil que estaba ya el raso, los rellené con papel de china y los coloqué a la vista en una vitrina de mi estancia.

 

Ese mismo día, cerca de la medianoche, inició la pesadilla: comencé a escuchar ruidos extraños, me cubrí con la bata y bajé a investigar qué sucedía, atribuyéndolo a algún gato que se hubiera colado por la ventana como solían hacerlo. Todo estaba en perfecto orden, no había animal alguno; regresé a la cama, traté de descansar y tuve un sueño de lo más peculiar. Me encuentro en una sala esplendorosa, iluminada por cientos de velas encendidas, llena de elegantes invitados, se trata de una boda y ahí está la novia, tal y como yo la había imaginado, usando aquellos botines. El novio es un joven alto y apuesto que va uniformado a la usanza de un capitán de la época.

 

La pareja  baila acompasada en el centro del gran salón, cuando de pronto se cuela una fuerte ráfaga de viento que bruscamente levanta los pesados cortinajes. Desperté sobresaltada y se lo adjudiqué a mi propia sugestión al hacer la compra.

 

La siguiente madrugada, siendo cerca de las dos y media, volví a escuchar sonidos, pero esta vez eran más nítidos. Bajé y vi que la cristalería que estaba junto al par de botines se encontraba en total desorden, sin embargo éstos continuaban en su lugar. Por más que busqué una explicación no la encontré, así que dejé todo tal y como estaba y regresé a mi habitación, pues me sentía fatigada.

 

Antes del amanecer, me despertaron unos pasos y sentí un terror indescriptible que me paralizó, no deseaba bajar, los pasos que escuchaba eran breves y ágiles, como sonoros taconeos que se intensificaban. Pensé en el sueño de la noche anterior, imaginé la cristalería en desorden, los zapatos caminando, tal vez subiendo la escalera, sencillamente no podía tolerarlo.

 

Después de unos minutos de  cerciorarme que lo que escuchaba correspondía a la realidad, y venciendo mis temores con toda la fuerza de voluntad que me fue posible recabar, volví a levantarme, aunque con cautela.

 

A medida que avanzaba aterrorizada por la casa, encendía las luces; bastó con llegar al descanso de la escalera para ver cómo los zapatos danzaban en el piso. En cuanto los vi, se detuvieron en seco como si se hubieran “sentido” descubiertos. Corrí escaleras arriba, sudaba y el corazón me palpitaba desaforado. Presa del pánico, me encerré en mi habitación y no dormí más. Sólo pensar..

 

Con los primeros rayos del sol, me animé a bajar. Continuaban estáticos en el centro de la estancia y, a pesar del terror que sentía, los tomé temblorosa, los metí en su caja y los llevé hasta donde el anticuario, se los entregué no queriendo saber más de ellos y sin dar explicación alguna temiendo que me tomara por  una histérica.

 

Pasó cerca de una semana cuando, una vez más durante de la madrugada, escuché pasos en la estancia, claramente esos pasos subían las escaleras y se detenían justo frente a la entrada de mi habitación. Yo, con la seguridad de que alguien había entrado a robar, y esperando de todo corazón que se tratara de un robo, no hice movimiento alguno, pero como no volviera a sentir nada, abrí lentamente mi puerta y lo que vi me dejó helada; el par de botines estaba ahí, como al acecho, esperando a que les abriera mi habitación para hacerlos pasar, como burla hacia mi pánico. Además, habían regresado solos, ¡¿solos?! No, no podía ser, ¿tal vez una broma del anticuario?, yo siempre le había tratado con seriedad, además él ya era una persona mayor y respetable como para prestarse a esa clase de juegos, no podía haber sido él ni nadie más, porque nadie supo de mi compra ni de lo ocurrido. Y no podía ser, porque escuché cómo los zapatos caminaron hasta aquí y llegaron por sí mismos, no sentí  pisadas de huida, ni un sonido más, no cabía duda de que habían llegado solos, ¡solos hasta mi habitación!

 

Otra vez me dirigí a donde el anticuario y esta vez sí le conté toda la historia, al principio pareció incrédulo, pero reconoció que traía conmigo los botines y que era una prueba tangible de que todo era cierto, así que los aceptó de nuevo en su establecimiento, aunque con tanto temor que ya no los puso en exhibición, sino que decidió guardarlos en la pequeña bodega que tenía.

 

Dos noches más volví a soñar con la misma boda y la escena se complementaba a medida que se sucedían mis noches: la ráfaga de viento que vuela los largos cortinajes, los hace alcanzar algunos candiles en medio del festejo e incendian la mansión en segundos; la novia corre aterrorizada, se toca la cabeza con el velo encendido y  cae desmayada al piso antes de encontrar la salida. Ocurre un revuelo entre los  asistentes. Desperté en ese momento.

 

La siguiente noche se repite lo anterior, pero en el momento en que la novia cae al piso, los zapatos, que comienzan a quemarse, saltan de sus pies y corren solos por todas partes como avivando el fuego. 

 

Francamente me alegraba haberme deshecho de los botines, pero aquellos sueños me inquietaban sobremanera.

 

Después de unos días de sufrir aquella pesadilla recurrente, una mañana descubrí en el diario una nota sobre un incendio que acabó con la vida del anticuario y con todas sus amadas pertenencias, poco se  pudo hacer, puesto que ocurrió en la madrugada.

 

Lo que extrañó mucho a los bomberos y a quienes estuvieron a ofrecer su ayuda, fue que todo se incineró totalmente, ¡todo, excepto el par de botines que encontraron en la acera, justo frente al local del anticuario! Traté de no pensar demasiado en ello hasta una noche de la semana pasada, en que escuché el sonido de unos tacones. Sí, llegaron por sí solos nuevamente a mi casa y hasta ahora no he sabido cómo deshacerme de ellos.  ¡Yo no sé por qué compré los botines!

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Escritora, Lic. en lenguas modernas con especialidad en español, maestría en teoría de la literatura y literatura comparada por la universidad Complutense de Madrid, España. Ha colaborado en diversas publicaciones y medios electrónicos de comunicación como guionista, conductora y actriz. Tiene varios premios por relato, ensayo y cuento, como 1er lugar en 8o certamen universitario de cuento por la UAQ, donde fungieron como jurado Carlos Fuentes y Juan José Arreola. Entre otros premios y reconocimientos destacan el 1er lugar en certamen de ensayo sobre Nal. de valores patrios. 2o lugar Nal. en concurso "relato a mi hijo". 1er lugar en premios DEMAC 2003-2004 con biografías de mujeres mexicanas. Libros publicados: "Mujer en dos Tiempos" (novela); "Ellos, mis Huérfanos, Doña Ma. Josefa Vergara y Hernández, 1747-1809" (biografía novelada); "La Vendedora de Sueños" (cuentos); "La Noche de las Luciérnagas" (novela). Es nieta del escritor y productor Carlos Chacón Jr.

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