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6 min
El Pasaje
Drama |
06.03.18
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Sinopsis

.

Mi verdadero nombre es Antonio Jorge Estévez, aunque ya nadie me llama de ese modo. Todo el mundo me conoce como Toño.  Vivo en un callejón del barrio de Constitución, en la ciudad de Buenos Aires, llamado Pasaje Vieyra.  La zona ha cambiado mucho los últimos años. En especial desde el día en que me quedé sin trabajo siendo un hombre solo y sin familia.

La combinación de esas dos cuestiones me arrojó a la calle.

Descansaba como podía, en zaguanes solitarios o en algún baldío apartado y sucio. Tenía mucho miedo durante la noche y en el invierno me gustaba dormir con mi abrigo de gabardina puesto. Lo había salvado de la debacle final y era el único bien de valor que me quedaba. A veces comía en las iglesias y otras veces mendigaba comida en la zona cercana al centro comercial. También pernoctaba en los bancos de la plaza y usaba para mis necesidades los baños públicos de la estación del  tren.

Eso fue en un principio pero luego todo cambió. Junto con los años se fue gastando mi abrigo de tanto raspar la gabardina contra el cemento de la calle.

Así  se fue endureciendo mi corazón y mi alma.

Y los años pasaron y llegaron los inmigrantes y yo comencé a imponer condiciones en la zona. Nada podía suceder en el callejón del pasaje Vieyra  si Toño no lo autorizaba. Había dejado de tener miedo y andaba siempre armado con una daga mediana y filosa que ocultaba entre la ropa.

Comencé con la acumulación de cartones, y decidí  intervenir en los desechos de las papeleras del lugar. Cobraba una especie de peaje. No era mucho dinero pero la actitud no dejaba lugar a dudas. Allí mandaba Toño y nadie más.

También incursioné en los desechos de plástico y en las latas de bebidas. Y fui tomando bastante preponderancia en la zona. Sin embargo jamás dejé de dormir en la calle; lo hacía en un mejor lugar y protegido por la gente, pero siempre en la calle.

Tampoco entré nunca ni en la prostitución ni en la droga.

                Lo cierto es que tenía poder dentro de los pobres y los menesterosos y disponía de un poco de dinero que guardaba dentro de los tacos de mis viejos y enormes zapatos.

Hasta que una tarde conocí a Delfina.

Una muchacha dominicana con piel de bronce y los ojos del color más claro que el cielo. Era desconcertante verla. Abrumaba por su belleza y la mezcla de tonos tan enigmática. Hablando con ella me dijo que era hija de un marinero noruego y de una mujer morena  nacida en Santo Domingo. El marinero partió con el barco a seguir surcando los mares y Delfina nunca conoció a su padre.     

Lo cierto es que esa mulata de ojos celestes conmovió mi vida hasta sus raíces.     Trabajaba de prostituta en la zona y era muy requerida en sus servicios. Seguramente apenas pasaba los veinte años y yo pensé en ella como la hija que nunca tuve. No me molestaba su trabajo ni pensaba caer en el ridículo de las objeciones morales pero sí me preocupaba su seguridad. Ella era de relacionarse con violentos rufianes. Hasta que un día la vi aparecer por el callejón fuertemente golpeada. Tuve que acompañarla hasta el hospital público y luego la visité en su cuarto de pensión y la ayudé a curarse.

Estaba desconcertada.

“No pensé que Buenos Aires era tan violenta” me dijo una tarde mientras  le cambiaba parte del vendaje. Yo le aconsejé mudarse a otra zona de la ciudad pero ella estaba muy vigilada por los proxenetas del barrio.

A veces la veía trotar la calle por las noches y sentía dentro de mí una especie de desesperación. Otras veces la observaba subir a lujosos automóviles y nunca sabía si ella iba a regresar de su aventura. Era una fuerte contradicción la que se instalaba en mi alma. Algo (me di cuenta después) que no terminaría por resolverse nunca.

Una madrugada apareció fuertemente golpeada. Tenía un ojo morado y le había tajeado los muslos, cerca de la vagina. Aquella visión de Delfina me alteró mucho. La acompañé en todo momento porque hasta sus compañeras la abandonaron. La mayoría de aquellas mujeres estaba aterrorizada por el jefe de los rufianes de la zona. Le pregunté quien la había golpeado y me dijo: “Un paraguayo hijo de puta al que le dicen El Gallo”.

Luego de una semana Delfina comenzó a reponerse pero enseguida noté que no soportaría una nueva golpiza.

–Se termina tu visa de turista. –dije– Debes volver de inmediato a tu país. Aquí van a matarte.

–No me alcanza para el pasaje Toño. –contestó.

Entonces frente a ella me quite los zapatos, luego desplacé con un pequeño metal cada uno de los tacos de madera y le di el dinero que le faltaba para el viaje.

–Mañana ya no te quiero ver más por acá. –le dije por lo bajo- ¿Entendiste?

 Y Delfina asintió con la cabeza sin decir palabra.

Más tarde salí para hacer el  último acto del plan. Me instalé entre los cartones e hice guardia toda la noche en el pasaje. El pasaje Vieyra, mi callejón, mi pasaje. Allí donde yo mandaba. Allí donde sólo se hacía lo que Toño permitía o toleraba. Y cerca de las dos de la mañana, para su desgracia, El Gallo dobló la esquina. Venía solo y fumando un cigarrillo. El infeliz no tuvo tiempo para nada. Le atravesé la garganta con la daga. Cayó  como fulminado pero me manchó con su sangre las manos y la cara.

La verdad es que a mí no me importó nada.

Limpié la sangre con unos trapos del callejón, me quité la camisa que llevaba e hice una gran fogata. Entonces me quedé tranquilo porque todas las pruebas estaban borradas.

Después decidí dormir ya que estaba muy cansado.

Mañana sería otro día en el pasaje Vieyra y la gente me necesitaba.

 

 

©2017

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