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5 min
El pasajero (I)
Suspense |
23.02.19
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Sinopsis

La encuentro en el vagón cada mañana a la misma hora. Es precisa como un reloj suizo.

Su oceánica mirada se cruza con la mía, que pasa desapercibida al entrar y a veces su mano roza sin darse cuenta mis dedos al sujetarse a la barra de frio acero. Hoy parece ensimismada en sus pensamientos y no percibe mi inquietud, mi deseo de que se fije en mi.

Puedo emborracharme con su fresco perfume a base de esencias florales que casi me hace a comprender la pureza de su alma.

Es de una belleza embaucadora y rezuma vida envuelta en una deliciosa piel de adolescente a sus treinta y pocos. La corona una lacía melenita pelirroja de recto flequillo. Su nivea superficie aterciopelada contrasta con la extraña ausencia de pecas y le confiere un aire místico, especial, mágico, ejerciendo tal atracción que logra hipnotizar a su paso.

La visión de su estrecha cintura me hace estremecer, mientras sus caderas se balancean con en vaivén del trayecto al son de una melodía invisible que emana de su aparente frágil ser. Aunque no hemos sido presentados conozco su nombre, tan singular como interesante: Amunet.

Pertenece a la antigua diosa egipcia del misterio. Se lee claramente en el colgante de cuero negro, cuyas plateadas letras reposan en su elegante y femenino cuello. Bajo el colgante pende un pequeño crucifijo.

Como de costumbre se dirige a su trabajo. Es funcionaria en una biblioteca del centro. Muchos días la sigo hasta la entrada como precaución, para cerciorarme de que no tiene ningún problema en el camino. Tal vez sea deformación profesional dado mi trabajo de vigilante nocturno, pero me siento mejor una vez ha cruzado la puerta de ese almacén de libros.

Hay un hombre sentado junto a mi leyendo el periódico, y la noticia de uno de los titulares me llama la atención. Y es que en los últimos meses se reiteran las muertes en la ciudad a causa de crímenes presumiblemente pasionales. Lo extraño es que es el género masculino el que sufre el castigo de la mano de su prometida en vísperas de la boda. Quizás sea una coincidencia, pero parece como si las mujeres se hubieran puesto de acuerdo para actuar conjuntamente. El móvil en todos los casos es siempre el mismo: venganza por adulterio. Constituye todo un enigma para el departamento de investigación de la policía, y respiro aliviado en mi interior por haber escapado hace tiempo de mi compromiso.

Algún clérigo religioso ha asegurado a los medios de comunicación que el modus operandi de los asesinatos lleva el sello del demonio.

Ciertamente la sociedad de ésta generación ha sufrido un cambio muy drástico en cuanto a conducta sexual se refiere.

La proliferación de las prostitutas y también actitudes como la zoofilia, el sado masoquismo, la pedofilia, la pornografia o propiamente el adulterio, ganan adeptos día tras día en el mundo entero.

El cristal de la ventanilla me devuelve la imagen sobria del resto de los pasajeros, cuyos rostros inexpresivos permanecen cabizbajos, con los labios sellados. Unos tienen indiferencia en sus ojos, otros lascivia en sus pensamientos.

De repente el reflejo de una cara completamente diferente a cualquier raza me atraviesa con una mirada cargada de maldad. Sus ojos de intenso amarillo centellean en su rostro de un rojo candente. Bajo la boca luce una perilla de chivo y viste americana gris con corbata granate.

El convoy se detiene en la estación para intercambiar al pasaje y la chica se prepara para bajar.

Me doy cuenta de que en realidad observa a Amunet.

Inclina la cabeza hacia un lado con expresión de estudiar el tiempo y el espacio, tal vez su turno también. Me giro saboreando el temor para cerciorarme si soy el único que puede ver a ese extraño y diabólico ser, pero ante mi sorpresa sólo descubro a un hombre trajeado de aspecto corriente.

Mientras, Amunet desaparece entre el gentío de viajeros.Vuelvo a comprobar la superficie de la ventanilla pretendiendo entender que todo aquello es producto de mi imaginación. Y no lo es. La imagen del ente satánico vuelve a aparecer y se mueve en dirección a las puertas. Pasa por detrás de mí para bajar tras la chica y su testa deja una estela de vapores de un desagradable olor parecido al azufre.

No comprendo por qué solamente yo puedo ver tal enigma y los demás no, sin embargo una voz interior me invita a secundarlo, oteando en el mar de cabezas la roja cabellera de Amunet.

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