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5 min
El pasajero (II)
Suspense |
26.02.19
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Sinopsis

El extraño personaje se abre paso con ambas manos en pos de la joven. Sus palmas se apoyan en los pechos y las nalgas de las mujeres, sobando y levantando levemente las trémulas carnes una tras otra, ante la sorpresa de todas, pero sin que ninguna de ellas proteste de aquellos actos desvergonzados, cuyos ojos transmiten un íntimo impulso de acaloramiento interno. Algunas contestan a la provocación con un giro de ciento ochenta grados, humedeciendo sensualmente su labio superior con la lengua.

Es un espectáculo increíble y soez que no había visto nunca antes. Actúa con una naturalidad asombrosa poniendo su cínica sonrisa al servicio de la lujuria sin que nadie, nadie en absoluto le pare los pies, o mejor dicho, las manos.

Amunet asciende hasta la calle por las escaleras mecánicas sin aparente sospecha de que se sienta observada por aquellos enfermizos ojos. Camina con paso seguro e inmortalizo en mi memoria cada movimiento. Más que caminar levita, deslizandose, desafiando las leyes de la física calzada en sus cómodas deportivas blancas.

El hombre trajeado agarra por la cintura a una desprevenida y solitaria veinteañera. La besa en los labios con alevosía y pasión, como una serpiente enrroscandose a su presa, dejando en trance a la bella estudiante, haciendo que suelte su gruesa carpeta hasta chocar contra el rosado pavimento. Creo que ese ser intenta crear una reacción en Amunet. Y parece que lo consigue. Ella ralentiza su caminar y se para. Intuye que el mal la acecha.

Me preparo para un posible asalto. Tenso mi cuerpo y aprieto mis puños. No sé que puede suceder. No logro entender nada de lo que ocurre, pero no puedo permitir que el mal salga a divertirse y quedarme de brazos cruzados. En la academia nos decían que los héroes suelen salir de copas en el cementerio. En la práctica esto es una verdad sin parangón.

Lamentablemente siempre he sabido que no soy un cobarde y que la justicia lleva los ojos vendados, además de ser sorda. Entorno los párpados. Estoy listo.

La brisa se ha detenido, las verdes hojas de los árboles cesan de bailar y el mimético ente se separa de su víctima que lo mira con éxtasis, implorando que continúe pervirtiendo su cuerpo y le entrega la llave de su alma que logro interpretar como se separa de su piel. Él sonríe mostrando su amarillenta dentadura y brindando su triunfo a la inmóvil pelirroja. La pobre niña se escurre entre los brazos de su verdugo y se acurruca junto a sus pies, hipnotizada.

Amunet se vuelve con calma pero su sobria mirada grita en silencio la vileza que aquel ser inhumano acaba de cometer.

Su desafío esta servido.

Arranco y cargo en carrera contra la despreciable criatura. Amunet se da cuenta de mi equivoco y desorbita sus claros ojos con gesto de espanto. Su chillido desesperado negando mi acto de rebeldía corta el aire y llega al mis oídos pero ya es tarde. Sólo puedo ver como me voy acercando a mi destinatario que se gira sin demasida sorpresa, y a mi llegada alza su brazo izquierdo para atrapar mi cuello con su mano. Me detiene absorbiendo mi energía en movimiento sin pestañear. Es inamovible como una roca. Aprieta y me eleva frunciendo el entrecejo con soberbia en su expresión. Noto que no piso el suelo y que su fuerza me estrangula.

De reojo concibo que mi misteriosa pelirroja se aproxima caminando aprisa a nuestro encuentro.

Me revuelvo como una mosca atrapada en una tela de araña en el aire, intentando liberarme con mis propias manos sin conseguirlo. Amunet saca de su bolso un cilindro de acero inoxidable y lo coloca frente al rostro de la bestia trajeada.

Comienza a hablarle en una lengua extraña y antigua.

- Domine Deus in sanguine tuo ex omni peccatum destruit nos - recita.

El ser relaja su sonrisa y gira el cuello hacia ella sin dejar de sostenerme. La mira fijamente.

- Omnia mala potestas - continúa con rabia - omnis satanica potestas.

Él emite una cínica risa burlándose de la valiente pelirroja que va creciendo y eso favorece mi alivio.

Al acabar la frase acciona algún mecanismo imperceptible en el cilindro que hace explosionar un haz de agua incolora e impacta en el rostro de mi agresor.

Aquello mella su cutis y daña sus ojos como si fuera un ácido que le quemara. Voltea mi cuerpo y me lanza a varios metros de distancia con suma facilidad. Me deslizo por el pavimento y milagrosamente no me rompo ningún hueso en la caida.

El ser brama de dolor ocultando la humeante cara tras sus manos. Se arrodilla herido, aunque pienso que le duele más en su orgullo. Amunet se acerca a mi y me habla.

- Levántate Rafael - me sorprende.

Desde el suelo me parece un ángel.

- ¿Cómo sabes mi nombre?

- No tenemos mucho tiempo - apremia - El agua bendita no tardará en evaporarse.

Da media vuelta en inicia la huida con prisa en los pies.

Obedezco dadas las circunstancias. He sido un estúpido al intentar protegerla de ese como quiera que se llame. Y resulta que la me ha rescatado ha sido ella.

- Se llama Asmodey - me informa.

Además me lee la mente.

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