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5 min
El pasajero (IV)
Suspense |
03.03.19
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Sinopsis

Epílogo

- ¿Amunet?

Suena el eco de una voz detrás nuestro.

- Sí, padre Ramiro - se gira ella para saludar al párroco.

Es un hombre alto de aspecto jovial y gafas de pasta negras. Rondará los cincuenta y como acostumbran los pastores del Señor, viste la típica sotana.

Camina hacia nosotros.

- ¿Qué te ha traído hoy por aquí, pequeña? - pregunta sorprendido pero agradecido por la visita.

- Ya está aquí, padre - le informa con solemnidad.

Su semblante se ensombrece.

- Cristo ten piedad - ruega murmurando - y danos tu fuerza para librarnos del mal.

Se santigua frente al fresco que domina la sala oratoria.

- Debemos prepararnos entonces - decreta.

El párroco me estudia.

- ¿Es quien creo que es?

Mi ángel asiente y el hombre santo transforma su pena en alegría.

- Es un honor conocerle, Rafael - se inclina ante mi - y un alivio que podamos contar con un capitán del Altísimo.

- Disculpe padre pero me parece que se confunde - le desmonto.

Me da vergüenza tanta ignorancia y ante la negativa de mi respuesta, Amunet interviene.

- Padre Ramiro, necesita que le recordemos oquién es - le indica con un guiño.

- ¡El espejo de las almas! - adivina levantando el índice.

- ¿El espejo de qué? - interrogo encogiendome de hombros.

El hombre me observa durante unos segundos extrañado.

- ¡Dios del cielo! - exclama -¡ Esto hay que remediarlo cuanto antes!

Alzando su sotana, baja los dos escalones de mármol a toda prisa y cierra el pórtico de la entrada con llave. Luego regresa con paso firme y se sitúa tras la pila bautismal. Amunet se desliza junto a él. Ambos me indican que baje y comienzan a entonar una oración al unísono.

- Señor, Dios nuestro, obra el milagro de la vista a través de tus bendecidas aguas.

Me acerco a la sagrada escultura de piedra que aloja el reflectante líquido.

- Permite que tu soldado Rafael pueda conocer de nuevo tu verdad, permitele Señor que pueda recuperar el poder que le otorgaste - continúa la pelirroja .

Amanezco en la gran pila y el espejo de sus oscuras aguas me devuelve entonces un rostro que no me pertenece. A medida que más me asomo, una luz azulada se extiende por el fondo intensificandose y me deja entrever cómo por encima de los hombros del desconocido rostro aparecen unas familiares extremidades, provistas de blancas plumas. Nunca sospeché que una pila pudiera albergar tal milagro.

Incrédulo todavía, levanto la vista y observo dos semblantes que me sonríen complacientes. Están viendo lo mismo que yo.

Noto un par de fuertes brazos suplementarios en mi espalda, que al estirarse crea unas alargadas sombras a mi derecha y a mi izquierda.

Una voz que quiere parecer humana me llama desde los confines del universo.

- Rafael - reclama mi lugar con su sabía palabra.

Amunet y Ramiro se arrodillan sobre una pierna, inclinando sus frentes.

Alzó mi barbilla a la cúpula de la iglesia y un resplandor mágico se abre sobre mí, suspendido en el aroma a cera quemada.

- Eres mi buen Arcángel Rafael - me habla pausadamente - Te envié a La Tierra con una misión.

Empiezo a recordar.

- Asmodey ha sido liberado de su condena como bien sabes y sólo tú Rafael, puedes limpiar al mundo de su pecado.

Al cerrar mis ojos puedo ver entonces claramente a mi creador y un fulgor anaranjado se comienza a esparcir fuera de mi nuevo ser.

Se aproxima y posa sus firmes manos en mis hombros.

- Tuve que darte una nueva identidad ocultando tus conocimientos para que así el maligno no pudiera prever tu llegada.

Ahora mi conversión de Arcángel se completa finalmente al comprender la compleja trama que mi Padre había tejido para burlar a Asmodey.

Sólo queda un detalle que mi querida Amunet lee en mi mente de nuevo.

Desaparece tras una tupida cortina que da al despacho religioso y regresa con una caja de madera cerrada que deposita con cuidado a mis pies.

Le sonrio y agradezco su ayuda con un leve movimiento de mis albinas alas. Se retira junto al párroco que admira boquiabierto la escena. Me agacho para abrir la tapa que lleva tallada mi nombre y de su interior extraigo las nuevas cadenas forjadas especialmente para subyugar al Rey de la Lujuria, que se encienden a mi contacto.

- Confío en ti, Rafael - se despide mi Señor.

Al alzarme, Amunet me regala su infinita sensatez, aderezada de una cautivadora melodía angelical.

- Dios siempre tiene un plan, Rafael, siempre.

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