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4 min
El pecado.
Drama |
16.02.17
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Sinopsis

Relato que presenté para el segundo duelo del Torneo de Escritores con el título:"El pecado". Acogido a sus bases.

En el Purgatorio de Dante Alighieri, el castigo para los envidiosos era cerrar sus ojos y coserlos, porque habían recibido placer al ver a otros caer.

 Carmen cerraba sus ojos cosiendo heridas que no dejaban de sangrar, y  su pereza acomodada le hacía pecar en la búsqueda de orgullo y dignidad.

Envidia, pecado capital que genera ira, orgullo, tristeza, estados de ánimo en los que ella medía la magnitud de sus problemas. No deseaba bienes materiales, ni el mal prójimo, sólo resentimiento  del respeto que otros gozaban.

Jacobo siempre tuvo una naturaleza frágil, los caprichos y carencias marcaron su temperamento. Ya no eran rabietas de niño consentido, sino comportamientos violentos custodiados en llevar siempre la razón. 

Su mujer padecía las rarezas de su cónyuge, al principio juzgaba su carácter exigente, luego se fue acostumbrando a su genio, y al final se convirtió en una víctima de la bipolaridad de su pareja no reconocida ni  por él.

El nivel de exigencia, autoritarismo y malas formas se apoderó de su convivencia. La falta de tolerancia, diálogo e impulsividad iban en aumento. Jacobo nunca reconocía su actitud, manipulaba las situaciones haciendo culpables a los demás.

Los hijos sufrieron las consecuencias, grabadas por su corta edad, sacrificando personalidad y autoestima.

Para Carmen deshacer la telaraña era un gasto de energía enorme, atrapada con tejido de red tan fuerte como el acero. Con mucho esfuerzo la seda iba perdiendo su adherencia haciéndose ineficiente para sus presas, la inocencia  advirtió la realidad.

-¡Jodida feminista!-. Contestaba desatado ante cualquier defensa.

Para ella no era insulto sino definición; Igualdad de oportunidades sociales, económicas, sin sometimiento, con voz y voto, sin la dictadura del varón.

Como compañera anhelaba respeto para la familia. Cuántos pecados encubiertos tras una máscara de oportunidades. Eran tantas cosas que anulaba su memoria, tantas veces que el cálculo se perdió con el desengaño.

En la calle Jacobo se cruzó con una gitana que ofrecía romero, al ignorarla ella le gritó:

-Jamás des la espalda a una gitana, que tu cuerpo y tu alma lo sufra mañana-.

Alcanzando el paso de cebra, un coche estuvo a punto de arrollarlo. Con el susto en el cuerpo, decidió entrar en la cafetería cercana a su trabajo. El dolor de estómago tan conocido alteraba de nuevo su digestión. Estresado como de costumbre decidió irse a casa.

El malestar iba en aumento. Asustado e indefenso, con la misma vulnerabilidad que sentían su mujer y sus hijos cuando soportaban los violentos ataques de ira y desprecios.

Esperando a su señora con impaciencia, la presión en el pecho le dejaba sin aliento. Escuchó el sonido de unas llaves y la voz ruidosa de sus hijos…

 

La ambulancia, su estridente sirena y las luces abstraían a Carmen,  como si de una película se tratase a cámara lenta, difuminando recuerdos acomodados con el letargo de la dependencia.  Sentimientos confusos, incertidumbre, como lo fue su convivencia.

Ella contaba los minutos, presintiendo un fatal desenlace, quería llegar enseguida, pero en un recóndito lugar de su corazón, una voz interior se atrevió, golpeándo sus sentidos: -Es tu final, te lo has buscado, lo mereces-. Agitó la cabeza desprendiéndose de culpa por tan grave declaración, no fue ella, su subconsciente no indultó.

-Ha sufrido un infarto agudo, con importantes secuelas, si repitiese el episodio agravaría su situación, ahora sus constantes son estables. Márchese a su casa y descanse, hay que esperar, dependen muchos factores. Deje en control los teléfonos de contacto. Mañana en horario de visitas el médico le informará detalladamente-. Comentó el facultativo de urgencias.

 

No tenía sueño, la soledad era buena compañera, necesitaba reflexionar, vencer el miedo a la angustia, pero siempre llegaba a la misma conclusión -¿Por qué?-.

El sonido del teléfono hirió el silencio de la noche. En trance descolgó. -¿Dígame?, No, por favor, no, no-.

Sentir el sinsabor sin lamentar el suplicio, dejando atrás el tormento de lo que fue y no ha sido.

La araña puede sentir el impacto y el forcejeo de una presa por las vibraciones transmitidas a través de los hilos de la tela, pero los hilos de la felicidad son más fuertes que el impacto.

 

Y.M.G.

 

       

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