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4 min
El peor día para manifestarse
Humor |
28.05.18
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Sinopsis

Este relato lo escribí para un concurso que se hizo hace poco, y ahora se los comparto. Espero sea de su agrado.

Óscar subió a su auto rápidamente, intentando sobrellevar todo lo malo que le había acontecido a lo largo del día. Había sido despedido de su empleo, por lo que regresó a casa temprano, justo a tiempo pata descubrir in fragantti  a su esposa acostándose con su mejor amigo, lo que acabó por enloquecerlo como nunca antes en la vida. Agobiado, decidió marcharse de la ciudad y refugiarse por un tiempo en la casa de sus fallecidos padres para relajarse y sopesar con calma sus opciones a futuro. Aunque intentaba mantenerse tranquilo, las imágenes de su mujer y su comparsa fornicando con singular alegría no abandonaban su mente y lo atormentaban a cada instante. Ya se hallaba fuera de la mancha urbana y circulaba sin mayores problemas por la carretera cuando se topó con el peor de los imprevistos: una manifestación.

-¡Puta madre!-exclamó contrariado.

Ya fueran maestros quejumbrosos, activistas ridículos o estudiantes revoltosos, Óscar siempre repudió a todo clase de manifestantes. Desde hacía unos años que las marchas le habían generado un sinfín de problemas, haciéndolo llegar tarde a importantes compromisos laborales y personales, y confinándolo por interminables horas en su carro sin otra cosa que hacer más que esperar, irritado, a que la tu8rba se dispersara. En esa ocasión, menos que nunca, estaba de humor para aguantar a esos sujetos y sus borlotes sin sentido; pero al ser un hombre sensato sabía que, debido a sus circunstancias, no le convenía darse a notar, así que lo mejor era esperar a que la movilización concluyera o se desplazara y dejaran la vía libre al tránsito ¿Quién sabe? Quizás la caprichosa fortuna que tantas jugarretas le había hecho por fin le sonriera y, en relativamente poco tiempo, podría reanudar su trayecto sin problemas.

Pero se equivocó: las horas transcurrieron y no hubo cambio alguno. Los protestantes proseguían con el bloqueo, vociferando sus consignas con ímpetu e ignorando sin problema las quejas de múltiples automovilistas, que les exigían airadamente despejaran el camino. La paciencia se le agotaba a Óscar con cada minuto que pasaba, mientras la rabia iba tomando peligrosamente el control de su mente. La prudencia desaparecía poco a poco, sustituyéndola la sed de venganza ¡Al diablo si llamaba la atención! Ya no aguantaría ni un segundo más a esos desgraciados hijos de la chingada! ¡No permitiría que se siguieran aprovechando de él! Fue entonces que sacó la pistola que aún guardaba en su portafolio, salió de su vehículo y, encarando a la molesta multitud, les anunció:

-¡Ora sí, perros, ya les llegó su hora!

De inmediato empezó a disparar contra los presentes, que corrieron despavoridos por todos lados. Al llevar a cabo tal acción, a Óscar lo invadió una desconcertante y satisfactoria sensación de poder que sólo terminó en el momento en que se vació el cargador. La policía no demoró en presentarse en el lugar, y aunque nadie resultó muerto, eso no impidió que le fincaran cargos criminales. Pero la cosa empeoraría cuando las autoridades recibieron un informe donde se les notificaba que ese mismo individuo era buscado por haber ultimado a balazos a su esposa y al amante de ésta. No obstante, lo único que Óscar hubo de decir por un muy largo rato fue:

-¡Pinches manifestantes buenos para nada! ¡Todo esto es su culpa! ¡De no ser por ellos, yo no estaría aquí!

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