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8 min
El pequeño molino
Reales |
31.08.09
  • 4
  • 7
  • 1709
Sinopsis

El pequeño río torrencial al lado del molino.

Salimos de viaje para un pueblecito de España. Hacía años que quería ir a verlo. El recuerdo de mi padre, relatándome con tanto entusiasmo aquellas historias místicas que yo escuchaba con gran atención y que, aún hoy día, me causan fascinación, quizás por su latencia a través del tiempo, y cómo no, porque se quedó clavado en mi mente. Era un tema que frecuentemente solía comentar en las tertulias con los amigos y que, aún hoy, despierta interés en los demás.
Hablé con Daniela, mi pareja desde hace años, y le comenté la idea de comprar una casa en ese lugar tan espiritual para mí. Ella no puso objeción, si no todo lo contrario, le encantó la idea, es más, se encargó ella de todos los pormenores de la aventura.
Cuando Daniela lo tuvo todo minuciosamente organizado (es mujer muy perfeccionista no deja escapar ningún detalle), dijo:
-Cariño, mañana partiremos.
El viaje prometía. Daniela, basándose en las conversaciones que habíamos mantenido con anterioridad teníamos una buena comunicación), había echo sus planes.
Comenzamos el viernes por la mañana la ruta según el itinerario programado. Conforme la íbamos haciendo, no parábamos de comentar todo lo que se cruzaba a nuestro paso. Nos unía una complicidad extrema, sólo teníamos que mirarnos para comprender lo que íbamos a decir, sentíamos las mismas emociones por igual. La verdad es que, cuando dos personas son tan similares y están enamorados (o eso creemos), el sentir es algo inexplicable. Lo sabe quien lo siente.
El camino, según íbamos avanzando, se cubría de árboles milenarios a ambos lados de la carretera. El cielo estaba cubierto de nubes ciegas. El entorno era maravilloso. Cuando mirábamos hacia detrás, sólo se percibía la arboleda; el camino desaparecía de nuestra vista, sólo vislumbrábamos los árboles qué habían cerrado la vía tras nuestro paso. Era una visión y un microclima hermoso y, en sólo unos cuantos kilómetros, las nubes ya no eran ciegas, y se pusieron a llorar, muy suavemente. La arboleda cambió para dar paso a los alcornocales, cargados de su fruto, aún verde, esperando a madurar. No debían perecerles amargas las bellotas a las piaras cachorrillas y negras del lugar, pues sus cuellos se alargaban como el de una jirafa para poder atrapar tan rico manjar. Sus grandes latifundios los determinaron sus terratenientes con murallitas de piedra que antaño debieron poner sus ancestros. Era bello el lugar y esa lluvia fina que no amainaba en ningún momento, se deslizaba suavemente por el cristal del coche.
Esa situación tan romántica nos hacía sentir como parte del entorno, plácido, bello y armonioso.
Llegamos al hotel.
-Buenas tardes, ¿es usted Daniela?
-Sí.
-Soy Antonio, socio de Ignacio Montalbán. Me ha enviado para que les informe que en breve pasaremos a ver la finca.
-Sí, ya le había comentado que queríamos verla con luz.
-Hoy no es buen día para verla, por la lluvia. Con el sol es mucho más hermosa la finca.
-No se preocupe, me encantan los días de lluvia.
Allí estábamos los cuatro, Ignacio, profesor de escuela, Manuel corredor del pueblo, Daniela y yo. A Manuel también le gusta ganar unas perras y, para ello, sólo tiene que afinar el oído e informar a Ignacio. De esta manera reparten beneficios, uno con el oído y otro con los trámites burocráticos a seguir.
El día continuaba lluvioso, pero seguía siendo lluvia suave, que no es percibida por el ojo humano, pero que sí que se hacía sentir en el cuerpo.
La primera finca que vimos nos gustó bastante. Era un pinar bellísimo, aunque ya no daba piñones debido a su antigüedad, lo cual le hacía majestuoso y solemne. En la parte más elevada, había unas ruinas en las que antaño hubo una casa, hoy sólo unas piedras para dar señal de su vida anterior, que, desde luego había que retirar para hacer la nueva casa. Las vistas eran bellísimas, se percibía todo el pueblo. El mismo entorno nos decía que era mágico el lugar. Al fondo, una sierra en la que se advierte una gran diversidad natural. La finca sólo estaba a dos kilómetros del pueblo. Antes de ir al citado pueblo, yo había llegado a una cantidad dineraria con Ignacio, pero su socio debió vernos cara de tener mucha moneda (en lo que se equivocaba bastante), así que decidió tasar la finca en treinta mil euros de más, lo cual yo no estaba de acuerdo en pagar, y mucho menos después de saber el precio real de la misma. Viendo Ignacio que su amigo se había pasado tres tuercas y que nos perdía como cliente al ver nuestro rostro de indignación, decidió que nos fuéramos a tomar unas cañas juntos, así calmaría nuestros ánimos e intentaría arreglar el error de su socio, a lo cual accedimos. Ya estando en el pueblo, que todo hay que decirlo, nos llevó a un barecito algo peculiar, tanto por su ambiente, como por el personal que lo atendía. Le comuniqué a Ignacio que no estaba interesada en la finca, pues no me gusta que me tomen por tonta. Él, persona culta y profesional, decidió llamar a otro corredor de la zona llamado Antonio, de profesión agricultor. Antonio nos comentó que tenía una finca que estaba a la venta y hacia ella nos dirigimos. Emocionados por el encanto del lugar, el trayecto nos resultó muy agradable, pero eso no fue lo mejor. Al entrar en la finca, era como si retrocediéramos en el tiempo. Era un viejo molino, casi en ruinas, pero mis dotes restauradoras me dijeron que, con una buena reforma, se podría habitar (conservado la antigüedad del mismo, por supuesto). Al salir a la finca, pude ver un riachuelo de pequeña altura que bajaba desde la montaña. Su cauce estaba cubierto de piedras y, al bajar el agua, el sonido que producía al chocar contra ellas, era una melodía armoniosa. Me quedé ensimismada. Ese olor de agua fresca que salpicaba al chocar con las piedras, ese suave sonido, esa tan agradable vista, era algo sublime. Sentí esa paz de escuchar correr el agua y la frescura que producía. Era una sensación que enamora a cualquiera que le guste la naturaleza. Me quedé fascinada por tanta belleza, sin duda era la casa de mi vida. Quise volver al viejo molino y, ya mirándolo bien, pregunté a Ignacio que dónde estaba el baño, pero, debido a la antigüedad de la construcción, no tenía, aunque se podía hacer, siempre y cuando conservara la estética y armonía del lugar.
Quedamos en vernos la próxima semana, para materializar la compra.
Mi pareja sólo miraba y miraba. Estaba tan emocionado por todo lo que vio que no medió palabra hasta que nos quedamos solos en el hotel.
-Daniela, me sorprendes. Has encontrado lo que yo más deseaba. Aquí estaremos tranquilos el máximo tiempo posible, ya verás qué bonito dejamos el molino. Qué fácil lo haces todo. Dejaremos cerrado el trato la semana que viene.
Sin embargo, el destino quiso jugar una mala pasada. Daniela recibió una llamada de teléfono algo extraña. Le pregunté, pero me di cuenta de que me mintió, lo cual me sorprendió, ya que no era una actitud habitual en ella. Al día siguiente, al llegar a casa, Daniela ya no estaba. Me fui al dormitorio para cambiarme y encontré una misiva suya en la almohada que decía: no me busques, estaré bien. Y ahí se para el reloj de mi vida. Desesperado, fui a la universidad donde ella impartía clases de química, pero no obtuve respuesta alguna. Busqué a los amigos comunes, alguien que pudiera darme alguna información acerca de su paradero, pero fue inútil. Se la había tragado la tierra. Nadie me daba señales de vida de ella, nunca más supe de su existencia.
Llamé interesado por el viejo molino, es lo único en lo que me podía hacer sentir cerca de ella, pero, después de seis meses, ya lo habían comprado unos alemanes de Colonia.
Suena el teléfono.
-¿Diga?
- Soy…
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    Muy buen relato, con hermosos toques de descripción del lugar. Me confundí un poco con el personaje de Antonio, ya que tuve mis dudas si el primer Antonio (el socio de Ignacio Montalbán) y el segundo Antonio (agricultor) eran la misma persona. Me gustó mucho, ya que la historia tiene suspenso y deja al lector con ansiedad de seguir leyendo, además de que está escrita con elegancia literaria. ¿Qué pasó con Daniela? …. Nos dejas en ascua, por favor termina el relato… :-)
    Una extraña pareja de dos damas, dentro de un precioso marco paisajísitco. Es un encanto viajar por antiguas comarcas que tienen todo el colorido de una pintura impresionista cual si Monet estuviera allí pincel en mano. - Alejandra
    Que buen relato Augur, amigo mío, como nos has adentrado en él, pero .......... nos dejas con la miel en los labios, ¿quién está al otro lado del teléfono? me pregunto yo. Un beso, Augur, estoy encantada de disfrutar otra vez de tus palabras.
    A mi me ha gustado mucho tambien, es una historia muy bonita y espero que continue. Un besote cielo
    ¿Quien es? No nos puedes dejar con esa incertidumbre... como te gusta hacernos sufrir...jajaja. Preciosa historia la que nos has traido hasta aquí... se necesitan estas cosas para evadirnos de la realidad... y soñar un poco... me ha encantado, de verdad amigo, sigue escribiendo así. Un beso.
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