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6 min
EL PESCADOR
Fantasía |
20.11.06
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Sinopsis

      Era Urashima un pescador más por necesidad que por afición. Cada mañana cogía su aparejo y enfilaba hacía el mar justo cuando despuntaba el día. Allí, una barquita le esperaba para adentrarlo hacia una zona más profunda que le permitiría poder volver a casa con un buen botín. Aún vivía con sus padres, formaba parte de una familia humilde cuyas únicas posesiones eran aquella barca y una casita en el lado oeste del pueblo. A él no le importaba esta carestía de lujo, era feliz en el seno de aquel hogar. Su padre hacía tiempo que había decidido dar el relevo del sustento familiar a Urashima, confiaba en que su hijo podría desempeñar el papel que su anciano padre había desestimado de un tiempo a esta parte debido a su delicado estado de salud. Sin embargo, sabían que tarde o temprano su hijo habría de contraer matrimonio y formar su propio hogar, idea que a Urashima no le quitaba el sueño ni mucho menos.

      Mientras preparaba algunas redes, Urashima vio como unos niños maltrataban cruelmente a una gran tortuga en la playa. Nunca había sido hombre que soportara el maltrato a los animales y menos aún de este modo tan injustificado, así que se acercó rápidamente hacia donde ellos se encontraban. Dio un salto hacia ellos, quedando con medio cuerpo dentro del agua y entonces liberó al animal mientras los niños corrían despavoridos en todas direcciones lejos del muchacho. Entonces arrojó con suavidad a la tortuga en el agua y volvió a sus quehaceres sin darle la mayor importancia. No transcurrió mucho tiempo cuando, en una de las recogidas, notó que la red se resistía por un gran peso, aunó fuerzas ilusionado por la gran pesca que esa mañana llevaría a casa y tiró cuanto pudo hasta sacarla del agua. Su sorpresa no fue pequeña cuando encontró entre los peces a la enorme tortuga que había librado de una muerte segura. Después del esfuerzo sobrehumano se reclinó apoyado sobre uno de los laterales de la embarcación. Mientras recuperaba el aliento, la tortuga, a su lado, le habló.

      -      Vengo a darte las gracias muchacho... – la cara de asombro de Urashima era una mueca desencajada toda ella - ... no temas... el rey de los mares, agradecido por tu valentía y en base a la consideración y estima que me tiene, me ha enviado para llevarte a palacio y ofrecerte como esposa a su hija, la princesa Otohime.
      -      Pero... – apenas salía de su anonadado estado cuando ya estaba asintiendo con un leve gesto de cabeza.
      -      Cógete a mi caparazón – dijo dando un salto al agua – yo te llevaré. No sufras, come esto y podrás respirar. – Le ofreció una masa informe y gelatinosa que Urashima miró con cierta desconfianza. – Vamos... – apremió.

      Entonces el muchacho engulló aquella cosa y se lanzó tras la tortuga, agarrándose con fuerza a su cuerpo rígido. Viajaron por las profundidades de los océanos con la suficiente velocidad como para que Urashima pudiese contemplar las maravillas que allí abajo se escondían. Nada comparables, por cierto, a las que más tarde vislumbraría en los límites del reino del mar, una hermosa ciudad subacuática fabricada con materiales preciosos. Cuando la tortuga posó su cuerpo sobre la arena del fondo, la princesa ya les estaba esperando en el umbral de palacio. Y cuando Urashima levantó la vista y ambos se vieron, quedaron enamorados para siempre. Fue así que Otohime contrajo matrimonio con el muchacho y vivieron muy felices durante mucho tiempo, aunque bien es cierto que Urashima había perdido la noción de éste en compañía de su amada. Parecía como si no transcurriese ni un solo segundo bajo las cálidas aguas de aquel reino.

      Un día Urashima tuvo un sueño y en él aparecían sus padres, entonces un repentino deseo de verlos y un escondido sentimiento de añoranza afloró a su corazón. Al despertar quiso al menos volver a la superficie para saber de ellos y darles la buena noticia de su feliz enlace. Apenada, Otohime ofreció una cajita sellada a su esposo antes de despedirse, advirtiéndole que si la amaba y tenía intención de volver a verla no debía abrirla nunca. En ese mismo instante, Urashima apareció en la playa en la que pescaba con la idea de haber vivido como un sueño aquel matrimonio acuático. Reconoció el lugar al instante, al igual que el pueblo que se levantaba al margen. Extrañado, sin embargo, se percató que había edificaciones desconocidas para él y que las gentes no eran aquellas que moraran cuando él marchara. Todo había cambiado mucho más de lo que a simple vista le pareciese en un principio. Buscó la casa de sus padres en vano. Entristecido empezó a preguntar a los, para él, desconocidos transeúntes del pueblo. Nadie sabía darle indicaciones de sus padres, algunos le miraban algo confusos sin saber que decir. Tras mucho buscar y preguntar dio con un anciano que supo decirle algo sobre su progenie, pero las palabras que escuchó no hicieron más que entristecer sobremanera al joven Urashima pues le advirtió que sus padres llevaban más de cincuenta años muertos, que no supieron sobrevivir la pérdida de su único hijo y la pena se los llevó. Como intentando borrar esta idea de su cabeza, el muchacho siguió preguntando pero otro anciano le decía que no eran cincuenta sino cien los años que habían pasado desde que el matrimonio muriera. Lacrimoso, Urashima decidió entonces volver al mar, pero su amada había olvidado decirle como emprender el regreso en el caso que lo requiriese. Se percató ahora de la cajita que esta le había dado y, olvidando la advertencia de la princesa, quitó el sello y abrió la caja, en ese preciso instante, allí de pie en la orilla de la playa, de cara al atardecer que se comía el Sol por el horizonte entre sus aguas, Urashima empezó a encontrarse súbitamente agotado. Su piel comenzó a arrugarse, su pelo encaneció, su cuerpo se encorvó levemente. El ahora no tan joven Urashima supo, antes de morir, que al abrir el cofrecito ya no volvería a ver a su amada. Entonces fue carne desplomada sobre la arena... luego piel y huesos... luego polvo que se mezcló con la arena... y luego la arena volvió al mar entre la espuma, con las suaves acometidas de las olas que evocaban la tristeza de una princesa apenada por la pérdida de aquel que amara.
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