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4 min
El pescador y la sirena
Humor |
31.12.17
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Sinopsis

Un casto pescador intenta salvar el pellejo ante las acaloradas demandas de una exhuberante sirena.

La sirena me miró atónita.

"Eres el primero que osa declinar mi oferta", dijo.

Su figura, lozana y femenina, estaba medio en el agua, medio apoyada en el barco, y relucía bajo el sol. Pero me resistía a mirarla. “Menos mal”, pensé, “que no me has aparecido antes.”

Tratando de ser lo menos abrupto posible, le hice ver que se estaba interponiendo en mi camino. Tenía que pescar algo ese día para alimentar a las hambrientas bocas que me esperaban en casa, sobre todo con la nueva responsabilidad recién contraída.

"Encantado de conocerla, señorita. Me gustaría reanudar esta interesantísima charla en otra ocasión."

Ni se inmutó.

"Insisto", conjugando lo cual con un evidente amago de derrocar mi maltrecho barco.

A pesar de la rotundidad de mi joven constitución, cualquier forcejeo con la sirena sería una tontería.

Total, me infundí valor y decidí no amedrentarme ante una sirena del tres al cuarto, por muy fuerte que fuera, y mi hice el tonto.

"Es que su oferta, señorita, es menos ventajosa para usted que para mí. Y no querría aprovecharme de su buena disposición."

Más de uno dirá que, para un humilde pescador que nunca ha salido de su aldea, soy demasiado bien hablado. Mi respuesta es que yo había oído centenares de cuentos, reales o imaginados, y los cuentos enseñan al que sabe escuchar.

A lo que íbamos.

Ella pareció ablandarse, y aflojó la presión que ejercía sobe el barco.

“¿Y eso?”, preguntó, dispuesta a seguirme el juego, aunque todavía escéptica ante mi maniobra. Qué listas ellas, las sirenas.

“Verá”, empecé, muy serio,“lo que me ofrece es muy tentador, todo un sueño hecho realidad. Y este es precisamente el problema.” Frunció el ceño. “Porque no es mi sueño.”

“¿Nunca has soñado con un encuentro así?”

“Sin menoscabo de sus méritos, señorita, y los de su noble especie, no. Soy tan humilde”, adopté un tono lastimero, “que nunca he soñado por encima de mis posibilidades, sabedor de que, de hacerlo, en vano me atormentaría albergando inalcanzables deseos.”

“¡Si te estoy haciendo un favor, miserable! Todos los demás aceptaron encantados.” Estaba furiosa.

Quería zafarme de esa criatura sin malquistarla. Pues de un aletazo podía mandarme a las profundidades del mar. De hecho, no dejaba de ser asombroso que no lo hubiera hecho ya.

Intenté otra vez hacerle entrar en razón.

“Créame, señorita, solo quiero ahorrarle la molestia que supondría padecer las torpes atenciones de alguien como yo.”

Ella se rió sonoramente. Me alivié, sin bajar la guardia aún.

“Jajajaja. Tampoco tus colegas fueron muy sueltos, no creas, pero solo la primera vez.”

Yo sabía que para los que sucumbían a la tentación de las sirenas, no había segunda vez. Envejecían de golpe, como si todo su vigor, toda su vitalidad, se hubieran evaporado. Mientras que las sirenas, sobra decirlo, acrecentaban su esplendor y se mantenían perpetuamente juveniles.

“Agradezco que quisiera consolarme, amable señorita. Pero no me ha entendido…”, dije azorado, titubeante.

“Entonces, ¿qué? ¡Desembucha! ¿También con las humanas eres así de melindroso?”, estaba cada vez más impaciente.

“Sí, quiero decir, no…”

“¡Habla ya!”, rugió.

“Es que soy más de estar con hombres…”

Sus ojos se ensancharon, incrédulos.

Gritó, dolida, a pleno pulmón; gritó de rabia y odio.

“¡Caabróooon!”

Me empapó al saltar furiosamente en el agua.

Su grito se perdió en la lejanía. Pero el eco de su voz resuena nítidamente en mi cabeza cada vez que les cuento a mis nietos esta aventura. La aventura de cuando su abuelito fue más listo que la sirena, de natural avispada. Su abuelita siempre ha disfrutado escuchándome contar este episodio, no sé si más porque ha sido prueba definitiva de mi fidelidad o porque lo ha sido del poder de su cautivo, aunque estuviera lejos de ella.

Yo en aquel entonces, cuando lo de la malograda sirena, estaba recién casado, y aunque no podía permitirme no salir a faenar durante varios días tras la boda, ambos éramos felices (mi mujer y yo, se entiende, no la sirena).

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Me gusta poder contar historias. El español no es mi lengua principal, pero lo es de buena parte de mis lecturas. Agradecería el feedback.

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