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6 min
El petiso Quiñones
Amor |
04.02.21
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Sinopsis

un tipo recibe una noticia sorpresa

El petiso Quiñones

 

 

Me senté en la barra del bar y pedí una ginebra. Era sábado y aunque no era habitual en mi decidí tomar alcohol, no sé tal vez me sentía solo o confundido. Más tarde se sentó a mi lado un conocido y estuvimos charlando, yo pedí otra ginebra, no recuerdo lo que pidió él. Lo que si recuerdo es que yo solo bebí y no comí nada. Estuve varias horas allí sentado charlando y tomando una ginebra tras otra. En algún momento mi amigo se fue y yo seguí allí solo y bebiendo, no me había movido en ningún momento, ni siquiera para ir al baño. El lugar estaba repleto, la mayoría jóvenes que hablaban casi a los gritos y reían y la pasaban bien. Yo sentado en la barra les daba la espalda y no tenía interés en relacionarme.  El boliche se fue vaciando y la noche esfumándose, el día se presentaba con su luz habitual que puede resultar reconfortante o deprimente según el gusto del consumidor. Yo hubiera preferido que la oscuridad continuara durante mucho tiempo, porque empatizaba con mi ánimo sombrío. Creo, porque no lo recuerdo bien, que los dueños del lugar me invitaron a retirarme, ya debían cerrar y estarían cansados de tener un energúmeno que no paraba de tomar ginebra y parecía estar clavado en la silla.                                  

Pagué y me puse de pie, recién en ese momento todo lo que había tomado se me acumuló en la cabeza y tambaleante llegué hasta la escalera que conducía a la salida. Hasta ahora no comprendo cómo logré salir de allí, escaleras abajo. Y si bien era totalmente consciente del entorno, el mareo  las náuseas se me hacían intolerables.

No puedo explicar cómo fue que me encontré arriba del colectivo rumbo a mi casa, algo de conciencia quedaría todavía en mí, porque supe el lugar donde bajar; todavía me faltaba caminar unas tres cuadras y pensé que no podía hacer ese trayecto. Finalmente con gran esfuerzo llegué a mi casa y me derrumbé en el sofá. Un rato después me levanté para vomitar, como pude volví al sofá.

Cuando desperté eran las tres de la tarde y la cabeza me explotaba de dolor.

Decidí salir a caminar un poco, el día estaba soleado y la temperatura inmejorable, a las pocas cuadras me encontré con Lali, una chica que siempre me había gustado y a la que nunca le había demostrado ese interés —no por lo menos en forma consciente—

Me saludó y me dijo que tenía un aspecto terrible. Le conté que la noche anterior me había emborrachado con ginebra y estaba pagando las consecuencias. Se rió burlonamente y me dijo que la ginebra no es para principiantes. Asentí y le dije que tenía razón. Nos quedamos unos momentos en silencio. Yo por supuesto no sabía que decir; bah nunca sé que decir y menos a una chica que me mueve el piso. Ella mucho más audaz y fresca me dijo que esa noche harían una fiesta en la casa de una amiga y me invitó a acompañarla. Por supuesto dije que sí. Luego ambos continuamos nuestro camino. Al llegar a la esquina los vi al Beto y al Virola, que miraban sonrientes, los saludé desde lejos y seguí caminando evitando cualquier conversación. Sin embargo me gritaron: —Tené cuidado, mirá que Lali es la novia del petiso Quiñones—  Yo no sabía quién carajos era ese petiso, pero no les presté demasiada atención.

El dolor de cabeza no aflojaba. Volví a mi casa y me recosté, mis viejos estaban de viaje de segunda luna de miel, por eso me había atrevido a emborracharme como nunca antes. Estaba solo para todo y no era precisamente muy organizado, comía de vez en cuando, dormía a cualquier hora, me daba cuenta de que en realidad era un nene de mamá que había sido sobreprotegido siempre.

Lali me llamó para saber si había decidido ir a la fiesta. Le dije que iría; me pasó la dirección y cortó.

Los efectos de la ginebra persistían, me tiré en el sillón, esperando recuperarme durmiendo.

El timbre del teléfono golpeó en mi cerebro directamente. Antes de atender miré la hora en el celular. Eran las once y cuarto de la noche, ¿o la mañana? Atendí. Lali me llamaba para saber cuándo llegaría. Le dije que ya estaba saliendo. Por lo menos no es la mañana pensé.

La puerta la abrió un petiso, morrudo y musculoso; hola soy Quiñones y me tendió la mano, el apretón fue espantoso y largo, mis huesos crujieron. Cuando por fin me soltó, estuve a punto de decidir irme al hospital, sospechaba que tendría algún hueso roto. Me invitó a pasar, el lugar estaba lleno de gente a las que no conocía. Lali llegó a recibirme, alegre y eufórica. Ya quería irme, me preguntaba qué hacía ahí. No me atrevía a estar cerca de Lali, peor las dudas de que el petiso fuera celoso y me apretara el cuello con sus manos de hierro.

El petiso era simpático y amable, me preguntaba si todo estaba bien, me ofrecía bebidas, me animaba a sentirme como en mi casa. Yo pensaba si supiera que vine con la esperanza de avanzarla a Lali, en lugar de bebidas me ofrecería cianuro. Pero que se le va hacer, ya era tarde para todo.

Me recluí en un rincón, mientras tomaba una gaseosa. Lali se me acercó y me dijo que estaba encantada con mi presencia y por lo bajo me dijo que quería besarme. Yo retrocedí espantado a la vez que se me representa al petiso ahorcándome. Lali me preguntó si no me gustaba, le dije sí mucho, pero vos sos la novia del petiso Quiñones. Lali comenzó a reír en forma estentórea. Y dijo atragantada por la risa: —al petiso le gustan los hombres, y vos le gustas mucho—

 

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Soy psicólogo social y docente en actividad. Me jubilé en una empresa de energía, después de 42 años tengo 68 años

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