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24 min
El plan maestro
Terror |
17.08.13
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Sinopsis

Un vagabundo sueña con una vida fácil, hasta que encontró la casa ideal para llevar a cabo su plan maestro, aquella de la sonrisa beige...

EL PLAN MAESTRO
Terror
AUTOR: ANGEL NAVA PRUDENTE
(xeroxed_angel@yahoo.com.mx)

    Era la casa que había estado buscando. Una pareja de inquilinos salía con el sol a sus labores cotidianas, pasaban todo el día fuera, probablemente atareados en sus oficinas de alfombras grises, teléfonos sonando y escritorios de acabado maple o caoba, escribiendo jeroglíficos elegantes y firmando papeles importantes, quizá. Era la idea más vaga que tenía de una oficina. Nunca había trabajado en una y al parecer nunca lo haría. Ya el tiempo transcurrido desde su último trabajo decente era de...
    A la mierda, ni él mismo lo recordaba con claridad. Sólo venía a su mente el mendigar por la calle con la máscara de lástima, rasgando con hilos de acero el corazón de gente benevolente (muy benevolente) que gustara de donar unos centavos al hombre barbado de zapatos viejos. Nunca nadie se atrevió a dirigir una mirada escrutadora bajo los harapos, ni a imaginar que bajo aquella barba se escondía un sinvergüenza con facha de necesitado, un ladrón que esperaría el mínimo descuido para hurtar con dedos ágiles lo que aguardara dentro del ropaje o los bolsos de los transeúntes distraídos, en ello se había vuelto experto. Luego (y pensando para mal) vino a su mente el plan maestro, ese que incluía guarecerse de la fría noche en los rincones de las avenidas fingiendo dormir, hurgando con ojos escrutadores la rutina cotidiana de los habitantes, para así seleccionar la casa elegida, la correcta.
    Aquella donde viviera gente no tan benevolente, pero lo suficientemente confiada como para no cerrar sus puertas (o ventanas) y dejar accesos a extraños. Alhajas, dinero y ropa pintaron sonrisas en su cara, una vida fácil pasaba mientras se dormía en las esquinas de las calles viendo la policía pasar ¿quién se interesaría en un vagabundo en harapos? El negocio marchaba bien, de vez en cuando adquiría prendas de segunda mano para no levantar sospechas, el botín lo  guardaba en una casa vieja de la calle 76. Fue así como conoció al viejo Fred, y a Gran el enorme gordinflón del cual nunca supo su nombre, sólo que le llamaban así, Gran, probablemente por su nunca desapercibida masa, Gran.
    Pronto, el solitario ladrón tuvo sus aprendices. En poco tiempo, el trío aprendió a manejar con incisiva habilidad, el plan maestro. Postrados en sitios estratégicos, espiaban como vampiros el recorrido habitual de los inquilinos de los objetivos, después de hurtar, desaparecían un tiempo, incluso lograron detectar un anzuelo que les puso la misma policía para atraparles, treta que por supuesto, no dio resultado.
    Por aquellos días surgió entonces el interés por la casa de la esquina en la calle 76, la que había estado buscando cerca de su escondite secreto (y caja fuerte de sus hurtos) Gran fue el primero en percibir el ILX en la cochera junto al jardín, de inmediato dio aviso a su jefe, y a Fred. Manoteó y gimoteó igual que un niño pequeño, emocionado y aturdido por que le permitieran violar la cerca y resguardarse en el follaje y las plantas del jardín.
     “Vamos jefe, es algo que te debo, por habernos enseñado el plan maestro”
    Había una especie de veneración en aquella sarta insulsa de palabras, pero a él le sonaron a clamor de multitudes ante un Dios, tanto que le permitió a Gran llevar a cabo la petición. Al día siguiente, mientras él y Fred se marchaban a buscar fortuna lejos del escondite, su regordete (y enardecido) compañero se resguardó entre los arbustos de aquella casa. Cuando se alejaban, Fred volteó y pudo ver la mano de Gran agitándose, y a la casa sonreír por su boca de portón beige. Fue la última vez que vieron a Gran.
    El botín de robos anteriores estaba ahí, intacto. Nadie había hurgado entre sus pertenencias, nadie había penetrado en su guarida. Esperaron por una semana, un mes. El regordete Gran no volvió a aparecer. El plan se retrasó. Fred no paraba de hablar de su amigo, de las tardes en que se plantaban ante la gran barda blanca de la residencia Jensen a fumar un cigarrillo, tan amargo como la vida misma. Hubo noches en que se le podía escuchar llorar.
    Debían ser más de las tres de la mañana de una de esas noches aciagas, que se escuchó el golpe. Seco. Cruel. Interrumpiendo el silencio nocturno.
Jefe es algo que te debo…
    Se levantó dejando a Fred roncando. Apartó las tablas que daban a la calle y miró lo que estaba en el cruce de la esquina de la 76 y la 95.Eso que había provocado el sonido extraño. A lo lejos daba la impresión de un tronco tirado, descansando en el asfalto. Pero su color le hizo cambiar de opinión. Se apreciaba un tono púrpura pálido, sus ojos se abrieron más cuando el hilo delgado y negruzco apareció. Detuvo sus pasos cuando se imaginó una víbora, se sintió palidecer hasta que el hedor inundó su olfato. Entonces la imagen se metió por su nariz, viajando en su cerebro y arrojando, desde el compendio de cosas conocidas y desagradables, la realidad dantesca de lo que veía en ese momento. Sus manos taparon su boca mientras una serpiente de impulsos eléctricos recorrió su espalda. No era un tronco, era el brazo de Gran putrefacto, amoratado por el paso de los días pero ¿Cómo era posible que se conservase después de tanto tiempo? Y aún peor que eso ¿Quién lo había lanzado ahí, a mitad de la calle y de la noche oscura? Sus piernas estaban inmóviles, clavadas con estacas de hielo al asfalto. 
    El mismo brazo del adiós, yacía inerte y dando, de verdad y en esta ocasión, un adiós verdadero, cruel y desagradable.
    No era una serpiente, se dijo a sí mismo después de poder moverse de lugar y ya oculto entre tablas podridas y los ronquidos intermitentes de Fred, era un hilo de sangre negruzco y podrido.
    Y luego la mirada pesada que se dejó sentir desde fuera. No era la sensación de una mirada humana, sino de algo que abarcaba todo con el peso de una mano enorme invisible, miró entre los tablones y pudo darse cuenta de que aquella sensación venía de la casa, de la misma en que Gran dijera adiós, de la misma del ILX en el patio, de la que… 
Heavenly shades of night are falling…
Imperceptiblemente, una figura se movió dentro, lenta y delicadamente, como un suspiro de seda, el sueño acarició sus ojos, y la noche ya estaba muy avanzada, debió ser eso, sólo eso.
    Despertó ya avanzada la mañana, el ruido de patrullas y pisadas no era de extrañarse, Fred trató de preguntarle tartamudeando sobre la presencia de aquellos desde temprana hora.
Fred, debes saber que ayer por la noche, algún demente irascible arrojó el brazo de Gran a la calle, es por eso que oyes las ambulancias…
-    No tengo idea Fred. No tengo idea, será mejor que no salgas de momento, me preocupa el que la policía pueda achacarnos algo si nos ve afuera ¿comprendes?
Fred guardó silencio, no sabía asegurar si comprendía o no, solo calló. Segundos después ya se encontraba balbuceando y llorando nuevamente por Gran.
-    Fred, voy a buscar algo para desayunar – le dijo frotándose los ojos, aún amodorrados – no te muevas de aquí.
Fue lo que pudo decir con su garganta somnolienta, salió a la calle por el extremo opuesto en el que la policía custodiaba, nadie lo notó. La verdad era que quería pensar acerca del suceso del brazo lanzado desde algún punto, cerca de su lugar de reunión, y eso no era en lo más mínimo, buenas noticias.
Recordaba haber salido corriendo después de reconocer el brazo de Gran, y su respiración agitada dentro de su guarida, fue un movimiento algo tonto el de salir corriendo directamente a su escondrijo después de aquella escena, quien quiera que arrojara el brazo a la calle, seguramente estaba por ahí, aguardando entre las sombras, entonces vino a su mente, mientras caminaba fumando un cigarrillo, el pensamiento ¿y el resto del cuerpo de Gran? Era muy voluminoso como para hacerlo desaparecer así ¿y que averiguaría la policía? El tema era delicado, no podía hablar con la policía ¿Qué tal si el asesino de su difunto amigo era encontrado y luego dijera Si le encontré rondando por mi casa y estaba con este tipo, con el precisamente? No, era demasiada coincidencia y sin embargo, una mano le oprimía la garganta diciéndole que no era una buena idea abrir la boca y hablar de eso. 
Sacudió la cabeza exhalando la última bocanada de alquitrán al aire, la ceniza aun al rojo vivo del cigarrillo consumido cayó al suelo. A la mierda la vida fácil, a la mierda su pandilla, seguramente Fred moriría de tristeza, había conocido al gordinflón antes que a él, el plan maestro se venía abajo, y de qué manera.
Tomó los bordes de su vieja chaqueta y la sacudió, la mañana avanzaba sin misericordia y el ambiente hervía, y el cerebro hervía. Los pensamientos se mezclaron confusamente reverberando entre el odio y el miedo, se rascó la cabeza, se sacudió las bolsas intentando que en ellas se fuera ese pesar, esa losa de no sé qué derivada de la muerte de uno de los miembros de su pandilla, no conocía esa sensación antes. Antes. Entre alcohol, dinero fácil y ropa de segunda (y el plan maestro) jamás hubo tiempo para sentir el hervor, apretó los dientes y golpeó al aire. 
Gran, Fred, la fortuna, el plan maestro, todo era tan fácil y ningún lunático vendría a perturbar la paz ni a alterar el curso de las cosas con un brazo pútrido, la respuesta estaba en esa casa, en la del ILX, la de la sonrisa beige.
Era de noche cuando salió de la tienda con dos gaseosas y un par de panecillos, había olvidado por completo que Fred estaba solo y sus pies vagaron todo el día gastando las suelas gastadas de sus zapatos viejos, aunque no sería la primera vez que el viejo Fred no comiera en todo el día, esos panecillos le sabrían a gloria al caer en su estómago de piedra.
Sus pasos resonaron en la cuadra al acercarse a la guarida, ya no había rastros de coches con sirena rondando ni uniformados azules, sólo una banda de precaución, no rebase la línea amarilla agitándose en el siniestro pedazo de asfalto en donde cayera el brazo.
Te lo debo jefe…
La alerta se encendió tras de sus globos oculares. Advertencia. A lo lejos, un auto estacionado llamó su atención, dentro dos siluetas se movieron incómodas, probablemente observándole. Sus pies adoptaron la forma de andar del alcohólico para despistar a los que fijaban su vista en él como probable individuo para interrogar. A los pocos segundos sus cabezas se posaron sobre el asiento del auto nuevamente, ya menos alterados.
Bamboleante, se dirigió al extremo de su guarida por donde había salido. La casa del ILX (que inyectó coraje repentino al pasar por ella) estaba a oscuras totalmente, y sólo un farol, al lado del auto de los polis, estaba encendido.
Acostumbrados a la oscuridad, Fred le recibió con una sonrisa falta de dientes y las manos temblorosas, ansiosas por abrir la gaseosa entre sus manos, el no pudo comer pensando, y mirando por entre los huecos de las tablas la casa de la calle 76.
-    Fred, no hagas tanto ruido, allá afuera hay unos polis que…
-    Si los he visto jefe, hace rato que hablan por la radio diciendo sin novedad… quien sabe que les traería por aquí, por cierto, menuda treta jefe, esa de caminar bamboleándote, ni yo lo hubiera hecho mejor.
-    Calla, viejo imbécil, apura tu comida, yo me voy a dormir, estoy… estoy cansado.
Fred ya no contestó, siguió entretenido masticando panecillos con gaseosas y mirando a los polis y a la casa, a los polis y a la casa, los del auto estacionado no podían verle, pero jamás imaginó que la casa si podía, le observaba sobre la oscuridad con su sonrisa beige.

A veces sentía el hervor del sol sobre el pavimento, amodorrado en el interior de la guarida, a veces lo confundía con el coraje que le representaba en su interior aquella casa, con su ILX y sus vecinos extraños y sus jardines y su sonrisa beige. Después del episodio del brazo, las cosas en el vecindario transcurrían normal y tranquilamente, muy tranquilamente. Ocasionalmente dirigía una mirada a la casa, como niño escondido ante el perro peligroso del vecino. Inquieto, intranquilo, pero sin conseguir mirar nada más que una cortina ondeando o algo parecido a un susurro lejano, como coro perdido entre los acordes de una canción. Perdido, igual que los inquilinos en los últimos días, el motor del automóvil sin rugir, la quietud. Eso era lo peor, la quietud. Tan pesada que hacía que el cerebro proyectara imágenes de los inquilinos resguardados en el laberinto de su hogar, esperando a que alguien entrara para hacerlo pedazos, igual que a Gran. Inclusive se había descubierto despertando de una pesadilla con los inquilinos tras de él. Ridículo. 
Fred deambulaba por las calles y se encargaba de traer el alimento y unas cuantas monedas de más, a raíz de que al jefe le diera por atrincherarse en su jaula de tablas, cuando el deseo de llevar a cabo el plan maestro se había transformado en un vaivén, mañanas en que la decisión de hurtar estaba más viva que nunca en su cerebro, como una capa de magma sobre el mar, y otras en que la idea ni siquiera deambulaba por su mente, se convertía en un cadáver oculto bajo el hielo.

-    Anda jefe traje unos cigarrillos – decía Fred con su garganta gastada.

Fue una tarde de cigarrillos que decidió salir a caminar y tomar la decisión de ejecutar el plan maestro o marcharse para siempre del lugar. Pasaba justo frente a la barda de la residencia Jensen cuando pudo ver la silueta difusa de Gran fumando bajo la sombra del muro de concreto, tenía las cejas tristes y fumaba con su única mano, dio una calada al cigarrillo, exhaló en gris alquitrán y señaló a sus espaldas, diciendo:
Es algo que te debo jefe…

En ese momento el odio taladró sus dientes y se enredó en su columna, posesionando su interior. Gran sonrió con sus dientes incompletos y luego desapareció.
Jefe…
Nuevamente sonó a multitudes adorando a un Dios. Era el momento. Dió media vuelta sobre sus pasos y se encaminó a la calle 76, la casa no gobernaría más sobre él, era hora de hablar con el viejo Fred, era hora de aplastar esa sensación de amenaza, hora de ejecutar el plan, ya no había marcha atrás. Cada paso era un golpe anticipado a la casa, cada segundo un artículo de su interior robado, su privacidad destruida, y porque no, la venganza de Gran. El plan se fraguó sobre los pasos de vuelta, se mesó los cabellos, se limpió el sudor de su barba, de su frente, su respiración se volvió dura, sus pasos firmes, la calle 76 se acercaba, el vaho de vapor emergía del concreto y proyectaba imágenes difusas, sus ojos pusieron atención, el sonido era inconfundible. Las sirenas revoloteaban con su ulular aquí y allá, la gente se arremolinaba en derredor de la banda amarilla, reunida junto a…. no puede ser.
El gentío se encaramaba justo frente a su guarida, si el vapor no le jugaba una mala pasada, las tablas que hacían de entrada estaban tiradas sobre el suelo, se mantuvo a distancia, silente, tratando de pasar desapercibido, un rostro más en la muchedumbre.
Sobre los hombros de los demás, se destacaron los cascos de los paramédicos, la camilla rodando, el horror pintado en el rostro viejo de Fred, las manos entumidas como garras sobre el pecho, la boca abierta y desviada, los ojos desorbitados.
Fred ¿Qué te pasó?
-    Sólo le escuché gritar, tan fuerte… - dijo una voz de mujer.
-    Sabrá Dios pero ahí dentro, tenía todo un tesoro el viejo.
-    Era un viejo ladrón después de todo.
Sintió el volcán hervir desde dentro, las bocas ignorantes nunca comprenderían acerca del plan, ni el valor de la hermandad, mucho menos el rango invisible de jefe que sus dos fieles seguidores le brindaban, ese sentimiento de respeto cuando mencionaban la palabra jefe, nunca lo sabrían. Se llevaban los bienes, se llevaban a Fred.
Anda jefe, traje unos cigarrillos.
Es algo que te debo jefe.

El plan maestro, ahora más que nunca, debía ser. Tenía que ser. Estaba a punto de girarse, encendido de ira, cuando les pudo ver. Caminaban, tomados de la mano, hacia el interior de la casa de sonrisa beige, eran ellos, lo supo por su modo de caminar que reflejaba las oficinas de alfombras grises y escritorios maple o caoba, no miraron más hacia la muchedumbre, sólo penetraron en la casa, dejando atrás una estela de cortinas ondeando y un susurro apagado, como coro perdido entre los acordes de una canción.
Esperó hasta que el sol se marchó con las ambulancias y quedaron de nuevo los polis de la vez anterior, estacionados más cerca de lo que fue su guarida, rodeada de bandas amarillas, no podría acercarse por el camino de siempre, tendría que rodear por la 98, escurrirse tras el vehículo vigilante y entrar por un costado de la casa, estaba decidido. Alguien había facilitado su labor dejando un montón de tubos de acero cortados, pudo hacerse de uno con facilidad y un costal para iniciar una nueva fortuna, la vida fácil asomaba de nuevo. La noche le sonrió cuando el motor del ILX se encendió y los inquilinos abandonaron la casa, el haz de los faros se alejó a ritmo de la vieja melodía…
Heavenly shades of night are falling, it´s twilight time…

    ¿Había escuchado esa melodía anteriormente? Quizá ¿importaba? No. Todo apuntaba al plan a la perfección. El coche de los polis se encendió, los faros alumbraron y el motor rugió, alejándose. Era la hora de tomar algo en su turno, la cena. Sobre la calle 76, no había más que la silueta fresca del viento nocturno rondando. A lo lejos, alguien manejaba un juguete a control remoto. Echó un vistazo alrededor. Unas cuantas luces iluminaban las ventanas, nadie cerca. Un vehículo llegó dos calles más allá, aparcó y la alarma se activó mientras el conductor bajaba. Era el momento. Su mirada se fijó en la ventana, el viento nocturno le mostró la entrada, estaba abierta. Ondeando.
El piso era alfombrado, lo sintió cuando sus pies profanaron la casa, la correcta, la que había estado buscando. Había un olor a lavanda que inundaba la atmósfera, a pocos metros la alfombra dio paso a un piso de madera robusto que rechinaba a cada pisada. Un busto anunciaba, entre las penumbras, la entrada a una biblioteca extensa, poblando un par de libreros enormes, a cuyos lados había una pecera de luz tenue, con fondo de piedrecillas multicolores. Al fondo una escalera tapizada con la misma alfombra, ahora pudo percibir que era beige, al igual que la fachada principal. Se encaminó hacia ellas y ascendió, seguro de que su olfato callejero le dirigía a la isla del tesoro. La fachada era blanca, y tenía un guardarropa extenso. Sin duda, era el lugar correcto. Sobre una cómoda las alhajas se descubrieron, resguardadas por una tapa de porcelana. El fondo del costal las recibió, al igual que el dinero en uno de los cajones y tres sacos elegantes del guardarropa, un par de zapatos y un reloj de baquelita y acero.
Al fondo de la pieza, la escalera continuaba al siguiente piso, desde fuera la casa se veía enorme, pero por dentro era infinita. Sus pies se dirigieron a la escalera, antes de ello, una ventana se interpuso en su camino. A través de las cortinas, una silueta se dibujó sobre la calle, la sangre se le congeló. Era el ILX estacionado a vuelta de calle con las puertas abiertas, vacío en su interior ¿le habían tendido una trampa? se quedó quieto escuchando en derredor. Sonidos apagados en la planta baja. Estaban ahí, quizá nunca se fueron. Se giró despacio buscando volver sobre sus pasos, no muy lejos el sonido del coro perdido se dejó escuchar deteniendo su avance. 
Sabemos que estás ahí, ven bastardo, ven aquí…
Cuando escuchaba el ruido desde fuera no era más que un susurro apenas perceptible, dentro de la casa se convertía en un jadeo horrible, incisivo, repetitivo. La situación pintaba mal, el plan maestro se convirtió en una trampa para ratones. Después de unos segundos prosiguió su camino. Bajó las escaleras que chirriaron en un par de ocasiones. Arriba, algo se cayó sobre el suelo, como una pelota sobre la alfombra, botando una, dos veces. 
Descubrió el sudor aflorando en su frente, los ruidos abajo continuaban, la cortina ondeó al viento, igual que días atrás, con ese lenguaje silencioso que suelen tener las cosas delatoras. Rebasó los libreros, la ventana se acercaba, pudo oler el asfalto, la brisa de la noche, los tablones podridos, el follaje. Justo enfilaba al corredor de salida cuando sucedió, todo el intento por mantener el silencio se escapó por la ventana antes que él, la melodía retumbó en toda la estancia, el volumen incesante, un escalofrío le recorrió la nuca, trepando por su cerebro. Súbitamente, el modular dejó escapar esa melodía.
Heavenly shades of night are falling
Its twilight time…

La voz encajonada parecía hacer eco dentro de él y en toda la casa, en el piso de arriba, hubo más sonidos huecos sobre el suelo de madera, algo se levantó de prisa, el jadeo se multiplicó, se volvió un ruido desesperante, una respiración malévola, el susurro de un perseguidor acercándose. Sin rastro de los inquilinos, continúo su camino…
Deepening shadows gather splendor
As day is done…

Trastabilló, se golpeó el hombro con las paredes, sintió tras de él algo pesado siguiéndole. Escuchó el busto tocar el suelo y resquebrajarse, reconoció varias pisadas (si así se les podía llamar al estruendo del golpeteo sobre los tablones) acechándole. De pronto, mientras sentía el olor de la ropa y los zapatos nuevos y el reloj de baquelita y acero, su mente le arrojó una hipótesis tan absurda como lo que estaba viviendo. La música les despertaba, lo que venía tras de él no eran más que los sabuesos que cuidaban la casa, perros adiestrados para atacar a los extraños, por eso las ventanas abiertas, por eso el brazo de Gran, una manera infame y cruel de decir propiedad privada: cuidado con el perro.
Fingers of night will soon surrender
The setting sun…

Sus pies se enredaron con el tubo y el costal escapó de sus manos, de él emergió una lengua de lujo en forma de saco elegante y un par de joyas acariciaron el pasto. Se había acabado su carrera, el pelo le cubrió un momento la frente, levantó la cabeza. Lo que le seguía se detuvo junto con él, guardando su distancia, quizá disfrutando el momento. Poco a poco, levanto la vista y la luna le saludó desde arriba, los polis no volvían aún y el juguete a control remoto aún se escuchaba a lo lejos. Se levantó y la hipótesis continúo jugando en su mente, como un cuento sin final. 
Here in the after-glow of day…
Volvió la vista, su boca se abrió cuando descubrió a los inquilinos tras de él, pero no en la forma que esperaba, no del modo que hubiese querido. Debió ser el peor día de su vida cuando se le ocurrió el plan maestro, el maldito plan maestro. La gran idea que consumió a Gran, hasta dejar solo su brazo, la misma idea que matara de un susto al viejo Fred, ambos por seguirle, por abrazar la ideología de una vida fácil. Allí estaban ellos, ambos, los mismos que salieran en el ILX pero tan diferentes, activado su sensor asesino con la vieja canción de la hora del crepúsculo, él se giró por completo y conoció la misma mirada humana en aquellos ojos vacíos, las mismas manos que se tomaban a la entrada de la casa beige, los mismos pies transformados en filos mortales, y ese pelaje gris brillante a la luz de la luna…
Deep in the dark your kiss will thrill me…
Entonces el cuento se volvió realidad y pudo leer en aquellas pupilas sin luz los gritos de Gran mientras su brazo era arrancado, separado miembro por miembro en el sótano, y ellos tan felices, saciándose. Miró el horrible terror que acabó con el corazón de Fred, cuando ellos penetraron en su guarida sin llevarse nada, sólo la vida. Sigues tu fue el mensaje, pero el aún no lo captó, ni siquiera cuando los ojos le vieron a través de los tablones en la oscuridad, tras de la cortina ondeando entre el viento nocturno.
Buscó entonces entre sus dedos el tubo de acero, y sus manos no le encontraron, sus dedos estaban incompletos, pensó en gritar, en defenderse, en correr pero no pudo hacerlo, lo último que pudo ver fue la sonrisa de la casa beige y la luz de la luna y el hilo negruzco como serpiente saliendo de sus manos, antes de que los filos mordieran de nuevo y de que las garras se clavaran en su tórax, llevándose el plan maestro para siempre…
Together at last at twilight time…

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  • ¿Un homenaje al de Main? Sí, creo que sí. Llevo muy poco tiempo en “Tusrelatos” y he podido comprobar que por estos lares hay mucho fan del “Maestro” y al igual que a uno de ellos me tomo la libertad de agregar en el comentario un enlace de un artículo donde el escritor Santiago Roncagliolo extiende su opinión sobre Stephen King:http://elpais.com/elpais/2013/09/20/eps/1379678016_449757.html.Felicitarte porque detrás del relato se puede apreciar un gran esfuerzo y por lo que a mí respecta, decirte que me lo he pasado de maravilla leyéndolo. Como amante de la literatura de terror siempre he pensado que una buena historia para ser redonda tiene que finalizar de un modo trágico. Y lo consigues…Como recalca uno de los personajes al final el plan maestro no era tan maestro…Saludos
    Realmente bien tramada la intriga, relatado con precisión terrorífica. Me ha atrapado hasta la última frase. Buen relato. Un saludo.
  • "Nuestro pensamiento será uno, cuerpo, alma y mente unidos, siempre..."

    Un saludo a todos los lectores y escritores de esta página, en especial a aquellos con quienes compartimos la crowd creation de El cetro de Esmeraldas, espero les guste este pequeño poema... Buenas noches.

    ¿Qué podía imaginar yo señor, que detrás del telón siempre estaban ellos, husmeando y vigilando, arrancando cada vestigio y cada rastro de humanidad que estaba en mí? ¿Qué podía imaginar que mi hogar era un apocalipsis?

    "Es ella quien mira al lago cercano donde crecen los juncos y las raíces, igual que piernas de madera, a la sombra de los alcornoques, troncos que esconden nombres en silencio..."

    Un vagabundo sueña con una vida fácil, hasta que encontró la casa ideal para llevar a cabo su plan maestro, aquella de la sonrisa beige...

    Después de perderme unos meses, les saludo de vuelta con un pequeño poema, si no mal recuerdo no escribía desde marzo, desde el capítulo XII de la crowd creation, en fin, espero les guste, saludos!

    Como mencioné en el foro, no deseo introducir secuencias ni personajes que no encaucen con la historia, pero si deseo acentuar la maldad de las fuerzas del caballero Oscuro, los que aqui se nombran bien pueden pelear contra Ireler y Magnus, además de que el profeta se vea en peligro o sea eliminado por su ambición de tambien conseguir el cetro, espero sus opiniones y a Maikita por supuesto con el XII. Un saludo a todos! P.D. Sugiero una vuelta por el foro para concretar opiniones...

    "Su voz era realmente siniestra, escalofriante ¿no era esto lo que buscabas? Me dijo una vez ¿no buscabas la tendencia a no dormir? ¿no querías el miedo? La mayor parte del tiempo la consumía en cortar espejos de tamaño mediano que conseguía probablemente mientras mi cabeza dormía..."

    "La luz del ordenador, única, mínima, alumbrando mis falanges que escribían a mil, las lenguas de la oscuridad susurrando en mis oídos y el abrazo de la noche hicieron que surgieran las historias, historias de verdad."

    Siguiendo la secuela, añado el capítulo II, Ender gracias por crear esos personajes de los que puedes derivar en miles de vertientes, aqui les entrego el sig. capitulo preparado bajo la musica de Audiomachine y two steps from hell para la inspiración, Mayka , tu turno! saludos a todos!

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