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6 min
EL POLÍTICO
Humor |
17.03.08
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Sinopsis

                                                                           

                                         

                                                         

    Tras abrirse la puerta del coche oficial, Agustí Valls caminó con los andares tiesos de campaña hacia una de las playas de su ciudad natal. Dos fornidos guardaespaldas le flanqueaban los pasos oteando los escasos movimientos de la incipiente mañana. Al topar con un grupúsculo de bañistas, el candidato ejercitó una de sus sonrisas forzadas. Trabajadas hasta la saciedad en incansables sesiones de espejo, había aprendido a mostrarlas desde sus primeros coletazos en el partido. Agustí Valls, más que uno de los muchos políticos de turno, era un verdadero ejemplo de superpolítico compendio: capaz de amalgamar, sin rubor alguno, todas y cada una de las muchas tonterías, dichas y hechas, en la vorágine de la campaña electoral autonómica. Plantado en la orilla de las nueve de la mañana, posó seguro de sí mismo ante la decena de cámaras que le seguían a todas partes a lo largo de aquellas intensas jornadas.

   —¿Les gusta mi bañador? De manzanas, sí. Las promociono. El nuestro es un país de manzanas, señoras.

  —De pequeña mi padre las cultivaba —afirmó emocionada una de las bañistas que le rodeaban.

  —¿Ven? No es bueno olvidarse de los hombres del campo como el padre de… ¿Cómo se llama, señora?

  —María Antonia.

  —Encantado de conocerla, María Antonia. Como el padre del la señora María Antonia. ¡Qué casualidad! ¡Mi bisabuela también se llamaba Antonia! ¡Cuidado que nos coge la ola!

  —¿Cogerá la ola a su partido, señor Valls? —le preguntó a colación uno de los periodistas del improvisado círculo montado.

   Filósofo en estado puro, evitó la respuesta improvisando otra:

   —Ayer me preguntó cómo estoy viendo a mi principal rival. Me viene bien su símil marino; siguiéndolo, diría que empieza a hacer glu-glu. —Carcajeó todo lo que pudo y prosiguió—: Quien nada alocado se hunde. ¿Ustedes qué creen? ¿Tendremos que acabar llamando a los socorristas para que salven a ese hombre?

   —Señor Valls, si no me equivoco, ¿usted nació aquí en Arenys? —le preguntó un hombrecillo bigotudo y enclenque.

   —Nací, nací, pero no puedo gozar todo lo que quiero mi bonita villa. Como saben, resido en Barcelona. La política absorbe los minutos como un agujero negro. De los del cielo… —apuntó forzando patéticamente sus intentos de hablar a la escasa altura intelectual que creía que atesoraban los bañistas.

   —¿Nos está diciendo que no podría perder el tiempo en los atascos de todas las mañanas? —le inquirió uno de los periodistas.

  —No, no he dicho eso… ¿Alguno de ustedes me ha oído decir algo parecido? Además, si viviera en Arenys de Mar, sería usuario de los transportes públicos… Todos debemos utilizarlos.

   —Yo le he visto por aquí cerquita hace poco —apunto uno de los abuelos.

   —Sí, suelo escaparme al restaurante del Náutico. El chef que dirige su cocina es un buen amigo. Nos conocemos desde hace muchos años, y desde los mismos, conozco la calidad de sus platos. ¿Han ido?

   —Es un poco caro —afirmó una mujer que lucía permanente y bañador negro.

   —Merece la pena, señora. Pura calidad de productos de nuestra costa. Justo la que tenemos delante nuestro.

   —¿Qué piensa hacer tras la campaña, señor Valls? —preguntó la única periodista presente.

   —Primero desconectar. Irme unos días de vacaciones. Créanme, las necesito. Y luego… gobernar para todos ustedes, claro está.

   —¿En mayoría?

   —Si la tuviera, intentaría igualmente pactar. En mi partido se cree realmente en el diálogo que lleva al consenso.

    —¿A dónde va a ir de vacaciones? —le preguntó despertando su curiosidad una de las abuelas— ¿Vendrá a Arenys?

    —Mi señora esposa quiere navegar —afirmó señalando el horizonte—. Viene de una familia de marinos. Y ya saben que donde mande mujer… Probablemente, alquilemos una goleta en la costa turca. Hace unos años lo hicimos con unos matrimonios amigos. No es tan caro como parece. Al dividir el precio entre varios, sale como un apartamento…

   —¿Señor Valls, está siguiendo “El cor de la ciutat”? —curioseó otra— Hace años leí que solía engancharse a las series de TV3.

   —Ya me gustaría, ya, pero desde que entramos en campaña no he podido ver la televisión. En los trayectos leo la prensa para estar informado. Un político que se precie no puede dejar de estarlo, ni en la campaña… Bueno, ¿nadie se baña?... ¡Al agua patos!

   Agustí Valls giró su cuerpo hacia el oleaje calmado entrando intencionadamente como solía hacerlo en sus años de juventud: A la carrera y sin titubeos. No tardó en salir gritando como un poseído. Lagrimeaba de dolor y se rascaba las múltiples picaduras en vías de un color rojo vivo. Arrastrado por sus guardaespaldas, fue conducido al coche oficial sin mayor dilación. El señor Valls no había contado toda la verdad: La campaña lo había desinformado completamente de la realidad más cercana. Puestos a desconocer, desconocía que desde hacía varios días las costas del Mediterráneo habían sido invadidas por una plaga de medusas. Al alejarse en volandas, una de las bañistas le gritó:  

   —Sí, tendríamos que llamar al socorrista, pero no llega hasta las diez. Hace años que pedimos que estén a las nueve porque a estas horas también pasan percances como el suyo. Incluso desgracias. Debería ir al hospital, señor Valls. Esas picaduras tienen muy mala pinta. Espero que no haya mucha cola en urgencias. Creo que estos días andan de huelga.

 

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