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11 min
EL PRIMOGENITO
Suspense |
18.10.13
  • 4
  • 8
  • 1834
Sinopsis

entonces, el dragón se llenó de ira contra la mujer y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia. Apocalipsis

EL PRIMOGENITO

Desde el anonimato, ahora que la intriga se ha debilitado notablemente gracias a la resistencia que levantamos los primogénitos, me puedo permitir este relato, y quizás, porqué no, contemplar la posibilidad del regreso.

Empezaré la historia apuntando que un infortunio me impidió llegar a tiempo al entierro de mi padre. Pero ya se sabe, la lengua es ligera para juzgar y no faltó quien cuestionara mi ausencia. “Es deber inexcusable de un hijo, el acompañar a sus progenitores hasta su última morada”, dirían. Como es mi intención aclarar todo, les hago saber a los malintencionados que el autobús en el que viajaba por la Panamericana sur fue retenido durante 15 horas por un grupo insurgente, junto a otros 20 vehículos. Después acudió el Ejército, y explotaron las hostilidades. Si no me creen, investiguen en la prensa del día 12 de agosto.

La noticia del fallecimiento me dejó perplejo. Ni más ni menos. Será el agobio demencial de mi trabajo, o el aire tóxico de la capital, o quien sabe qué recónditos misterios de la mente humana, asunto que no entiendo ni quiero entender, pero algo me obligaba a mantener atada, con nudos ciegos, cualquier expresión emocional relacionada con la noticia. 

“Fernández, me duele mucho tener que comunicarle que hemos recibido una llamada desde la ciudad de P. informando que su padre falleció anoche, a las 9 y 45”, me dijo el jefe, con el mismo tono que usa para solicitar un reporte o para censurar la ineptitud. Añadió que podía disponer el tiempo necesario para atender ese asunto tan doloroso.

“Muchas gracias, jefe”, dije, y colgué.

Luego entendí que mi respuesta había sido algo ridícula; no me estaban ofreciendo un aumento precisamente. Responder como un autómata es una de las tantas particularidades de mi carácter. Permanecí un rato más en la oficina. Firmé unas órdenes de compra pendientes, solicité a contabilidad el adelanto de las vacaciones y llamé a Mary, mi secretaria, para darle unas instrucciones precisas y para cancelar nuestra cita; le había prometido salir a tomar una copa esa noche. Hizo una mueca de reproche y cerró la puerta bruscamente. Bajé al garaje. Se encontraba inusualmente solitario. El vigilante me inspeccionó con desconfianza desde su caseta, tal vez porque nunca me había visto allí a esas horas. Las filas de vehículos reposaban en silencio sobre el pavimento gris, y el ruido de mis pasos rebotaba en las paredes de concreto. Agradable sensación la de amplitud, pensé. Abordé mi vehículo y sintonicé la emisora deportiva, como siempre. Transmitían un partido. Según el eufórico locutor, la anotación era inminente. Me contagié de su optimismo y estuve un rato atento al gol. En la calle el tráfico fluía sin apremios y el recorrido a casa duró la mitad de lo usual. Encontré a mi esposa y mis dos hijas ocupadas en sus asuntos. Como no se enteraron del disloque de la rutina, decidí no contarles nada y fui directamente a mi habitación a preparar el equipaje.

No pensaba en mi padre. Las únicas alteraciones significativas eran una especie de corriente eléctrica que recorría mis brazos, y una lejana sensación de descontrol. Eso era todo.

Lo del viaje fue otro tema. Ya dije que se presentó un enfrentamiento bélico. Al parecer, es un suceso habitual en el sur del país. Un día cualquiera les da por cerrar la carretera, o tomarse un pueblo, y se desata el caos. El conductor anunció que tendríamos que detenernos un rato por culpa del orden público. Lo dijo con mucha frialdad, entre bostezos, como si se tratara de un asunto muy corriente. La noche estaba especialmente luminosa. Empezamos a escuchar, a lo lejos, el traqueteo de las ametralladoras y una que otra detonación. El pánico se  extendió entre los pasajeros y en la penumbra del autobús se levantó un murmullo de gemidos y rezos monótonos. Fue en ese momento, en medio del fragor de la artillería y el lúgubre plañir humano, cuando empecé a pensar realmente en mi padre muerto. Resultaba irónico: mientras la realidad se erigía intensa y grandiosa, dispuesta a atraer como un imán toda la atención de mis sentidos y a provocar una erupción de emociones, mi mente se embarcó por su cuenta en un viaje hacia el pasado.

¿Hace cuanto que no veía a mi padre?, me pregunté, pero sobretodo: ¿hace cuánto que no pensaba en él? Descubrí que se puede querer a alguien a pesar del olvido. El cariño por mi padre había fluido por aguas profundas, y ahora, de repente, su recuerdo emergía a la superficie, doloroso y vivo.

De pronto, una extraña voz a mi lado rasgó la telaraña de imágenes que mis evocaciones tejían:

Es obra del Dragón, Apocalipsis 12, 13-17.”, apuntó la voz impersonal.

Las palabras salieron nítidas de la oscuridad, como si procedieran de un espacio distinto al del autobús. No había reparado en la persona que viajaba en el puesto contiguo, es más, no recordaba que alguien viajara allí.

Cada palabra escrita tiene un significado en lo  espiritual”, continuó.

Una explosión cercana elevó el tono de los lloros.

“Se trata de la exterminación sistemática de la cabeza, es decir del hombre.1 Corintios 11,3”

Su discurso se deslizaba implacable en la noche. No  me atreví interrumpirlo, a pesar de la incomodidad que supone que un desconocido nos hable sin nuestro consentimiento. Se había creado, en ese espacio claroscuro que nos reunía, un estado de tensión hermético.

“La mujer simboliza iglesia, pero también familia, humanidad, sociedad. El varón es la cabeza a través de la cual fluye el poder divino; al abatirla, se menoscaba la unidad a la que brinda cobertura. Ellas no lo saben, pero se están convirtiendo en armas del Enemigo para su propia destrucción. Una estrategia muy  sutil y efectiva, sin duda”

La voz del extraño se hizo monótona y su discurso doctrinal, así que fui perdiendo el interés y me quedé dormido. En algún momento del duermevela, vi las montañas remotas salpicadas de puntos amarillentos bajo el manto azul del amanecer. ¿Quién vivirá allá, tan lejos?, me pregunté, antes de volver a sumirme en un sueño incómodo, arrullado por la lánguida y oscura divagación.

Desperté con los zarandeos del autobús que se ponía en movimiento; el ejército tenía controlada la situación y la carretera estaba despejada. La fila de vehículos avanzó vacilante, como saliendo de su propio adormilamiento. Recordé vagamente la presencia del extraño. Me di la vuelta: el puesto estaba vacío. Tuvo que haber bajado del autobús mientras yo aun dormía, pensé. No, seguro lo soñé, determiné. Pero un papelito doblado, medio oculto entre una rasgadura del forro del asiento, con la siguiente anotación: Rua de Motosinho, 23, Oporto, preguntar por Gonzalo, era una prueba de su existencia. Recuperando, a pocos, la lucidez, me vi sacudido por un estremecimiento: el viajero, en los vagos límites del sueño y la vigilia, me había dictado una advertencia definitiva que no lograba recordar. Doblé el papel y lo guardé en la chaqueta.

Pero mi interés por los sucesos de la noche se fue deshaciendo a medida que se imponía, como preocupación fundamental, la improbabilidad de llegar a tiempo al entierro. A mí alrededor algunos pasajeros se abrazaban de dicha. Se me ocurrió qué, dado que no habían muerto, aquellas personas habían sufrido en vano. Una mujer mayor vino a compartir su gozo, y por alguna razón que no comprendí en ese momento, recibí su abrazo con extrema desconfianza.

Cuando llegué a mi casa natal mi padre llevaba varias horas sepultado. Reconocí con nostalgia cada rincón y cada espacio por donde discurriera mi niñez, pero ver tanta y tan extraña gente, me resultó incómodo. La concurrencia estaba compuesta en su mayoría por mujeres. Eran tías y primas que hace muchos años no veía. Los pésames se sucedieron inexorables. Soy hijo único, y los eventos de mi llegada y mi ausencia, parecían haber levantado gran expectativa, pero yo no tenía ganas de hablar y no me extendí en explicaciones. Los rostros adustos acrecentaron mi fastidio.

“Pobrecito tu padre, fue algo fulminante”, me susurró una anciana, y creí percibir una malévola sonrisa.

Empecé a sentirme acorralado y abandoné el lugar sin despedirme.

Ya en la calle, con el frescor de la brisa del verano, me sentí a salvo de la jauría. De repente, las palabras del desconocido se fueron desgranando en mi conciencia:

Observe a nuestro alrededor: un autobús repleto de mujeres a salvo, mientras afuera, en el monte, cientos de varones caen aniquilados, discierna.” 

Esa noche me hospedé en un hotel de las afueras. Dormí poco y mal, sobresaltado por innumerables pesadillas. En una de ellas vi un ser horripilante rodeado de turgentes mujeres desnudas. Me levanté nervioso, llevaba dos noches malas. Necesitaba un café. Llamé a la recepción para pedir un taxi. No contestó nadie. Agarré mi maletín y salí. El pasillo estaba desierto. Un estremecimiento me llevó a creer que yo era el único huésped y estaba atrapado. Bajé corriendo por las escaleras. En la segunda planta, detrás de mí, apareció una camarera con un carrito cargado de implementos de aseo. Al girarme, la sorprendí observándome con disimulo. Entre el cansancio y la inquietud, empecé a sentir cierta sensación de opresión. Desde la calle llamé un taxi que me llevó hasta el centro. Anduve deambulando toda la mañana. En una cafetería traté de distraerme leyendo el periódico local. Me conmovió ver la foto de mi padre en el obituario. Alguien había escogido una foto vieja en la que mi padre tenía una edad cercana a la mía. Nuestro parecido era impresionante. En el futuro, pensé, para mi propio anuncio funeral, podría usarse la misma foto y nadie notaría la diferencia. Era la primera vez en mi vida superficial, en la que había tenido un pensamiento objetivo sobre mi propia muerte. La idea me estremeció y le di vuelta a la página. La de los sucesos venía especialmente sangrienta. Un nuevo asesinato, sin motivo aparente, tenía consternada a la ciudad. La víctima era un joven profesor universitario. Hijo mayor, dejaba madre y dos hermanas. Ya era el cuarto crimen similar en lo corrido del mes, según la reseña. Después del almuerzo, necesitado de un congénere de confianza, llamé a un viejo amigo del colegio. Su hermana me informó, algo displicente, que hacía mucho no sabía de él.

“Pero dígame, donde se encuentra usted exactamente, para informarle cuando lo vea”, dijo

Le colgué.

Llamó Mary para contarme que el jefe había sido trasladado repentinamente a otra ciudad. Esa misma mañana, una joven ejecutiva había asumido el cargo y preguntaba por mí con insistencia. Le acababa de pedir mi número de móvil y el de casa. Al final, Mary me recomendó cariñosamente que me apresurara a volver, para evitar problemas.

“Además, tengo muchas ganas de verte, cariño”, acabó diciendo.

Mi mujer se puso iracunda cuando le dije que alargaría indefinidamente mi estancia en P. y exigió mi  regreso inmediato.

Como un relámpago, me iluminaron las últimas palabras del extraño:

 “Efesios 6: 12. No tenemos lucha contra sangre y carne sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo….

 Gente sabia, como su padre, estaba al tanto. Ahora, seguro, lo buscarán a usted, el primogénito. El Dragón anda desatado. Sea diligente. Tenemos que pelear la buena batalla. Lo espero”

Arrojé el teléfono a las ruedas de un autobús, y me dirigí a una sucursal de mi banco. Retiré todo el dinero, compré el primer vuelo a Portugal y abordé un taxi hacia el aeropuerto. Frente a las azafatas de las aerolíneas logré reprimir cualquier expresión corporal que delatara la agitación que me consumía. Burlé su sexto sentido y embarqué.

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  • Este relato, cómo lo diría, es como si leyera a Camus: una narrativa de introyección, cortada, precisa, profunda,... de repente te ves envuelto en una burbuja en la que las palabras y los pensamientos del personaje comienzan a reverberar en tu propia mente y descubres una ansiedad, una preocupación y una cierta magia que vuela con el final. Extrañamente placentera, ciertamente deslumbrante. Enhorabuena amigo, es un gusto leerte.
    Buen relato que me ha mantenido expectante en todo momento. El final es algo cortante y me imaginé que sería otro, quisiera más...pero te felicito por el buén desarrollo narrativo, saludos y gracias por tus comentarios. Te valoro con una estrella porque es mi última decisión y lo hago y haré con todas mis lecturas, de aquí en adelante y sea quien sea. Evidentemente mereces las cinco. Si quieres conocer mis motivos puedes leer mi relato, "Aviso importante" y lo entenderás, aunque no espero que lo compartas. Genial si así fuera. Saludos y suerte...
    Un inquietante relato y un destino marcado por la sangre que hace al protagonista tirarlo todo por la borda.- Bien llevado.- Un saludo
    Excelente buceo interior removiendo fantasmas del pasado.
    Muy buen relato, como ya se ha dicho. Un sólo personaje, su realidad, sus recuerdos y sus determinciones, sumido en circunstancias un tanto inquietantes - per que a él le inquietan relativamente- se basta y se sobra para dar sentido a la narración. Saludos.
    Me quedé con ganas de más!!! Se lee de una manera fluida y expectante. El protagonista, tan gris, consigue la identificación del lector en más de un punto. "Descubrí que se puede querer a alguien a pesar del olvido" bella frase e incontestable verdad. Las descripciones (como la del garage) están muy logradas. Noté un aire rioplatense ¿puede ser? Un abrazo, Alex y felicitaciones
    Bueno, muy bueno. Mantiene al lector alerta en todo momento, es muy bueno.
    Redondo, trabajado, fácil de leer, me ha gustado mucho. Un saludo.
  • Juegos temerarios con pólvora

    tedios y recuerdos

    La casa vacía

    Amigos, quiero compartir temporalmente con ustedes este artículo del escritor Dario Rodriguez publicado por la revista literaria coronica, que de paso recomiendo, y que viene ilustrada con una estupenda fotografia de Edward Gorey y sus gatos. A mi me parece una reflexión muy aguda, lúcida y descarnada sobre lo que es el oficio del escritor. Espero que les interese y puedan aportar sus opiniones. GraciaS

    que más da

    El tiempo circular

    entonces, el dragón se llenó de ira contra la mujer y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia. Apocalipsis

    A andrea..

    Sufre por amor todo lo que puedas, ahora que eres joven, que la felicidad no dura toda la vida

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