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11 min
El probador
Amor |
09.10.17
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Sinopsis

En un probador una pareja descubre algunos misterios de la naturaleza humana.

Lo atropelló al entrar de forma que la puerta se cerró y él y la chica quedaron encerrados en el probador y aquel montón de ropa que llevaba cada uno hacía de muro de contención entre ellos.

Él, después de unos instantes de indecisión, se dispuso a probarse la ropa que estaba colgando en la percha de la pared. Y Ella, encogiéndose  de hombros, se giró e hizo lo mismo con la ropa que ya había colgado en la percha fijada en la puerta. Al girarse la luz del probador le iluminó la cara y él se quedó impresionado por su belleza. Le dio tiempo a admirar sus ojos pardos, grandes, vivos y brillantes, su boca de labios gruesos, su distinguida nariz aguileña y su barbilla partida de las que anuncian energía. Ella se prestó segura al examen e hizo el suyo, apreció una frente recta y ancha, unas cejas potentes, pobladas, arqueadas, los ojos verdes de mirada aguda, la nariz aguileña, los labios carnosos y la barbilla potente que hablaba de su voluntad.

El examen de Ella se demoró algo más que el de Él y al final se quedó colgada, examinándole mientras él  después de unos instantes de duda comenzó a quitarse la camisa para probarse la primera prenda de ropa. Con un movimiento rápido de sus brazos se quedó desnudo de cintura para arriba y Ella no pudo evitar mirarlo. Tenía un torso en el que se podía estudiar anatomía.

Mientras Él se probaba sus camisas, Ella permaneció quieta con un jersey en las manos, pero cuando Él decidió probarse un pantalón vaquero y se quedó en calzoncillos, Ella se armó de valor, se quitó la camisa sin ostentación y se puso el jersey. Mientras Ella realizaba esa maniobra Él se quedó quieto, admirándola arrobado y por primera vez se proyectó en el futuro. Todas las noches y todas las mañanas podría verla con pantalón y sujetador. Tendría la casa llena de fotografías de Ella semidesnuda, de su cara, de su melena, de aquellas manos de largos dedos que tomaban con delicadeza su ropa o con una destreza infinita desabrochaban los botones de su camisa.

Se alternaban vistiéndose la ropa, porque el lugar era tan pequeño que para que uno de ellos realizara un movimiento, como probarse un jersey, el otro tenía que permanecer quieto y con los brazos bajos, de modo que los dos cuerpos trenzaban una especie de danza de movimientos acompasados que forzaban un entendimiento siquiera primario, elemental, semejante a los movimientos que ordena el amor. 

Se acababa la ropa de Él, Ella iba algo más retrasada y cuando se volvió a para ponerse su camisa y sus dedos abrochaban el último botón, Él sin saber de dónde había sacado la idea, ni la fuerza para ejecutarla, le puso su mano en el hombro. Sintió su tensión, Ella no hizo ningún movimiento para librarse.

  • Nunca había sentido lo que he sentido aquí, lo que siento todavía. Durante diez minutos nos hemos dicho de casi todo, hemos mantenido una conversación sin palabras. Creo que nos conocemos bien y no me refiero sólo a nuestros cuerpos. Creo que estos sentimientos tienen más que ver con lo que somos, con lo que podemos ser el uno para el otro, que con lo que estamos haciendo aquí.

Mientras   le decía esto su mano acariciaba su cuello y al llegar a la mejilla la retiró, porque ella no daba ninguna señal de aceptación o rechazo.   

  • Todo lo que te diga podría utilizarse contra mí. Estoy tan confusa. En estos diez minutos que yo creía que habían sido muchos menos, no me reconozco. No entiendo qué clase de locura me ha retenido aquí.
  • “Hawái - Bombay
    son dos paraísos
    que a veces yo
    me monto en mi piso
    Hawái – Bombay son

de lo que no hay”.


- Cuando estaba en el pasillo de los probadores atosigada por la gente, una chica venía tarareando una de las canciones de Mecano “Hawaii Bombay”, hablando de la capacidad de buscar la felicidad trasladándose a un mundo imaginario. Creo que estaba contagiada de esa enfermedad cuando llegué a este probador, empujada por un montón de personas, estaba imbuida de esos sentimientos.
“Y al ponerme el bañador
me pregunto
cuando podré ir a Hawaii
y al untarme el bronceador
me pregunto
cuando podre ir a Bombay”

  • No sé qué papel tienes tú en todo esto. Me gustaría decirte algo pero ahora no sé qué decirte. Cuando pienso en ti los sentimientos se mezclan.

Él estuvo a punto de reaccionar con soberbia, pero los sentimientos que a borbotones le subían desde su pecho, se lo impidieron, le cogió ambas manos y la interrumpió

  • Tenemos que darnos tiempo y poner alguna distancia de por medio para saber si nuestra historia existe.

Mientras decía esto abría la puerta del probador y salía con sus prendas en el brazo. No se volvió ni siquiera cuando escuchó el tímido adiós que le dirigió Ella.

  • Al final he tenido que recurrir a las pastillas para dormir, tengo fiebre y no dejo de pensar en ella. En sueños sus dedos están entrelazados con los míos, largos, enérgicos y me transmiten una corriente, rápida, densa… Veo su cuello largo y liso que sujeta orgullosamente su cabeza. Sus piernas apenas las vi pero su cintura y sus caderas eran un adelanto tan deseable como su espalda. No puedo dormir, no descanso.
  • Pues vete a buscarla, si ella quiere lo mismo que tú y es inteligente, la encontrarás el mismo día, en el mismo lugar y a la misma hora en que coincidisteis.

La hermana de Julián seguía la lógica, muy femenina por cierto, de señalar cual era el lugar que ambos conocían y ese era el probador del outlet. Era viernes, faltaban solo dos horas para el momento señalado.

Ella no necesitó ayuda para saber cuál debería ser el lugar de encuentro. No tenía dudas, pero hizo un examen minucioso y objetivo de lo que había pasado en el probador. Ninguno de los dos había forzado aquella situación, Ella había terminado allí gracias a un movimiento de la cola y habían permanecido porque ambos habían mantenido un respeto exquisito por el otro. Cuando Él le había puesto la mano en el hombro había sido un gesto para manifestarle simpatía e infundirle tranquilidad. En el probador se había creado un ambiente que sólo podía considerarse como de aceptación y se había generado una química que Ella creía que había empapado a ambos.

Se resistía a pensar que era amor lo que sentía, pero cuando pensaba en el incidente y se dejaba llevar por los sentimientos y las sensaciones, sentía el olor y los gritos de la selva y corría por sus venas un líquido distinto, emborrachándola.

Quería dejar su decisión respecto de Él a lo que ocurriera en la próxima reunión, pero se rompía por dentro cuando pensaba en que se podría dar aquello por terminado.      

A las seis y media, la hora señalada, Julián estaba en la puerta del probador número 5, rodeado de gente. Inmediatamente se dio cuenta que el pasillo se dividía en dos partes iguales, desde la entrada y que Él que siempre llevaba la ropa sobre el antebrazo izquierdo para poder abrir la puerta con la mano derecha, la llevaba cambiada porque la señora del probador le había forzado a llevarla así, tenía que ir al otro número 5.

Avanzaba lentamente por el pasillo, a la altura del número 2, cuando poco más adelante se oyeron unos gritos.

  • ¡Sinvergüenza, como se atreve, fuera de aquí!
  • ¿Pero qué pasa? Era lo que nos faltaba, que los degenerados se colaran en los vestuarios de señoras y que nadie hiciera nada.
  • ¿Seguridad? Vengan rápido tenemos un 6 en el probador general y puede haber un linchamiento.

Un hombre todavía joven salía del probador número 5, seguido por una mujer que le golpeaba la cabeza con un bolso. A medida que avanzaba por el pasillo, su cabeza se convertía en la de una hiena y la de ella en la de una mona.

Mientras, se acercaba a Él la seguridad, dos jirafas que entraban por el pasillo gritando, exigiendo mesura y sin hacer una pregunta agarraron a la hiena y, amablemente, le pidieron a la mona que los acompañara.

Solo era un cambio de actitud, Él podía haber terminado así, detenido por la seguridad del outlet, si Ella hubiera gritado cuando se colaron en el probador.

La chica que tenía delante y que al pasar la hiena a su lado le llamó capullo, estaba nerviosa, daba señales de un grado más que impaciencia, moviendo las piernas y respirando profundamente. Se dio cuenta de que ambos estaban aislados de todo lo demás por una burbuja y le tocó en el hombro. Era Ella que se giró sobre si misma porque también lo había reconocido a Él. Advirtieron que todos los de la cola eran ovejas, hablaban con acento ovino y los miraban mientras ellos trataban de salir de la burbuja.

No sabían si aquellas personas con cabezas de animales eran reales, surreales o eran un producto de su imaginación porque si era así al conocerlos podían adelantar sus reacciones. Ellos eran un gorila y una pantera, la fuerza inteligente y la elegancia temible y misteriosa. Esas caracterizaciones eran un producto de sí mismos, una visión del otro o de los otros que estaba relacionado con una parte profunda de su ser, el “ello” apreciado por el “ello” y que habitualmente no era visible, sólo en momentos de peligro cuando el entorno humano se percibía como una amenaza. También se apreciaba esa caracterización en la relación amorosa, cuando se elegía pareja y no se disponía de elementos para valorar al otro o a la otra.

  • Tú aprovechaste el hueco que abrieron las jirafas para salir de los probadores, parecía que íbamos con ellos y con la hiena que llevaban detenida y nadie te dijo nada al salir.
  • Pues yo no me acuerdo de nada, sólo que te cogí de la mano.
  • Es mía. Te lo recuerdo porque aún no me la has soltado.
  • Desde que no conocimos están pasando muchas cosas que necesitan explicación. Somos capaces que darnos cuenta al mismo tiempo que el único lugar que conocemos los dos es el probador número 5  y sabiendo la hora y el día de la semana teníamos alguna probabilidad de encontrarnos, la inteligencia ha jugado a nuestro favor, pero que significan esas cabezas de animales que observamos en las personas que están en los probadores. Yo creo que somos tú y yo los que les adjudicamos cabezas de león, de mono, de hiena, de gorila… Por eso no huimos despavoridos cuando nos rodean ovejas y carneros que susurran balidos, mugen o  rugen. Es un producto de nuestras mentes.

Se miraron arrobados, llenos de amor, pese a que Ella era ya una insinuante pantera y Él un enorme gorila. En aquella cola había estallado una bomba en los subconscientes y la realidad se había dislocado, como cuando el amor explota en un hospital de campaña.

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