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15 min
El prodigioso culo de Microchip
Humor |
06.11.19
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Sinopsis

Un poco de humor nunca viene mal... Quizá algo escatológico, no obstante.

 

EL PRODIGIOSO CULO DE MICROCHIP

           Le llamaban Microchip, apodo que obedecía tanto a su afición por la informática, ciencia en la que era un consumado experto, como a su reducida estatura, poco más de metro y medio venía a ser de hecho la distancia que, puesto en pie, separaba su cabeza del suelo, circunstancia esta que sin embargo ningún tipo de perturbación le causaba, alegando al respecto que la verdadera altura de una persona la daba su cerebro, parámetro bajo el que él se consideraba todo un gigante. Lejos, por tanto, de sentirse acomplejado, Microchip era un tipo que tenía un excelente concepto de sí mismo, algo creído incluso, de conducta rozagante en lo que a estima de su propia persona pudiera referirse.

           A que no concediera excesiva importancia a su parca estatura quizá ayudase también el hecho de que su novia, Martina, fuese aún más bajita que él, lo que le permitía mantener frente a ella un cierto estatus de macho dominante, además de facilitar su conexión en el plano puramente físico, en cuanto a que al menos no se veía obligado a girar los ojos hacia arriba cada vez que miraba su rostro, ni tampoco a ponerse de puntillas si tenía que besarla. En suma, que Microchip se sentía muy satisfecho a su lado, sin ningún tipo de embarazo, incomodidad o desazón. 

           Esta Martina, además de menuda, era una melómana empedernida, afición que, sin embargo, no compartía en absoluto con su novio, para quien la música era un entretenimiento insulso que nada práctico aportaba a la existencia. En realidad, todo aquello que no tuviera que ver con ordenadores, bytes, software y algoritmos informáticos de todo tipo carecía de interés para Microchip, aun siquiera como pasatiempo.

           Martina no cejaba pese a todo en el empeño de catequizarle, esperanzada en poder algún día abrir sus oídos al, para ella, inigualable placer de la música, y le reprendía cada vez que se mostraba reacio a asimilar el modulado sonido de una buena composición. Según Martina, su novio no interiorizaba bien la música, siendo ese el principal obstáculo que venía a impedirle su disfrute. Microchip quiso saber entonces cómo hacer para interiorizarla tal y como lo hacía ella, a lo que Martina respondió que la clave estaba en, una vez escuchado el disco en cuestión, doblarlo con destreza e introducírselo acto seguido por el agujero del culo, lo que provocaría una simbiosis perfecta con las células internas del organismo que llevaría a que éstas absorbieran por entero su primoroso contenido.

           Microchip no quedó nada convencido de esta explicación, dudando mucho de que algo así pudiera realmente llegar a funcionar, pero decidió pese a todo hacer la prueba, nada iba a perder por intentarlo, aunque no con los discos de música que su novia le recomendaba, que a fin de cuentas nulo era el interés real que le infundían, sino con otro tipo de disco: uno externo de dos terabytes de capacidad cuyo contenido precisaba abarcar con la mayor holgura posible, de modo que, pensó, quizá al meterse el cacharro por el culo lograra interiorizar todo el complejo cúmulo de datos allí encerrado.

           Y así lo hizo, ni corto ni perezoso Microchip agarró el disco duro de marras, que era realmente duro, y lo oprimió con fuerza contra su esfínter anal con la clara intención de perforarlo. Sin embargo, por más que apretaba, no había forma de que aquello entrara, demasiado grande el objeto y demasiado pequeño el orificio para que la empresa tuviese éxito, de modo que optó por aplicar una buena dosis de vaselina al aparato para compensar así la diferencia de tamaño. Esperaba que este elemento externo no alterase la simbiosis pretendida, pero no había más remedio que recurrir a su untuoso auxilio si se quería que el disco de almacenamiento penetrase por tan angosta abertura. Y sí, la vaselina facilitó la maniobra de acceso y Microchip consiguió finalmente introducirse el cacharro por el ojete.

            Dejó transcurrir un tiempo prudencial para ver si tenían lugar los efectos pretendidos, pero tras una larga hora de espera decidió dar por frustrada la operación, habida cuenta que no  sólo no había interiorizado nada del contenido del disco duro, sino que sufría un dolor de esfínter de tres pares de narices. Asumido por tanto el fracaso, Microchip se dispuso a sacarse el aparato del interior de su dolorido culo, extracción cuya dificultad no tardó sin embargo en constatar, debido a lo muy adentro que había llegado aquél en su itinerario por el conducto fecal. Nada, que era imposible llegar hasta el maldito disco para devolverlo a la superficie.

           Asustado, llamó a Martina para que acudiese a echarle una mano. Cuando ésta llegó y vio el panorama, lo primero que hizo fue reprender a su novio por ser tan loco, sin al parecer recordar que había sido ella quien le metió la idea en la cabeza previamente a que él hiciera lo propio con el disco en su ano. No había tiempo en cualquier caso para discusiones estériles, de modo que Martina se puso manos a la obra o, para hablar con mayor precisión, brazos al culo, pues por el de Microchip introdujo la joven parte del izquierdo suyo –era zocata– en busca del disco extraviado en aquel albañal biológico.

           Como antes la de Microchip, también la intentona de Martina se vio pronto que resultaría estéril, como evidenciaba el hecho de que, por más que profundizaba y hurgaba con los dedos allá dentro, no había modo de llegar hasta el jodido chisme. Estaba visto que sacarlo de nuevo a la luz iba a ser bastante más complicado de lo que en principio pudiera parecer.

           Luego de unos segundos de indecisión, Microchip quiso acompañar a su novia en la travesía por el interior de su fosa séptica, para lo que introdujo su propio brazo siguiendo al de ella, alentado por la esperanza de que las dos manos trabajando juntas consiguieran al fin el ansiado fruto. Sin embargo, lejos de alcanzar dicho propósito, lo que sucedió fue que tras un conjunto avance dentro del angosto túnel, las dos manos terminaron por entrelazar sus respectivos dedos, tal y como hacen los enamorados, enlace favorecido en esta ocasión por las putrefactas inmundicias que en esos lares tienden a acumularse, lo que de manera alegórica parecía expresar que su amor era en el fondo una verdadera mierda.

           En vista de que las técnicas manuales no lograban el resultado apetecido, probaron con un aspirador que la madre de Microchip regalara tiempo atrás a éste para que de vez en cuando eliminase las montañas de polvo que se acumulaban en su apartamento, aspirador que a la postre sólo la buena mujer terminó en realidad por utilizar, haciéndolo cada vez que rendía visita al marrano de su hijo. Puesto a su máxima potencia, el aparato alcanzó a succionar una nada despreciable cantidad de viscosa y maloliente materia fecal, pero falló en el intento de extraer el disco duro, al que ni siquiera consiguió mover de su sitio, bien encajado que estaba en la insondable gruta. A modo de consuelo, Microchip se dijo que al menos había logrado quitarse un importante peso de encima, por más que no fuera el pretendido. Algo era algo.

           Se imponía en cualquier caso una solución más drástica y la que tomaron fue la de emplear una barra de hierro curva con la que, a modo de palanca, dilatar el túnel de acceso para que el rehén encontrase mayor facilidad de escape. Esta solución causó gran dolor al pobre Microchip, que sintió cómo su orificio anal se ensanchaba a base de sufrir una insoportable presión sobre sus paredes laterales, pero no sirvió para que el molesto inquilino se desplazara siquiera un milímetro desde su escondite.

           En plena desesperación, Martina propuso utilizar a su mascota, un hámster al que en su día bautizara con el nombre de Obelix por su carnosa envergadura, para que, a modo de improvisado espeleólogo, pudiera avanzar a lo largo de la hedionda cueva hasta alcanzar el disco duro y arrastrarlo luego de vuelta a la superficie. Microchip se negó en redondo a consentir lo que consideraba un disparate aún mayor que los hasta entonces cometidos dentro de su lacerado esfínter, pero su novia porfió en que era una excelente idea, la mejor que había tenido, arguyendo que Obelix era muy servicial y a buen seguro saldría airoso de la empresa encomendada. Ante semejantes argumentos, Microchip terminó por dejarse convencer, a fin de cuentas no hay mayor capacidad persuasiva que la que tienen las novias, y se dispuso a permitir que el obeso roedor profanase asimismo la hasta aquel día inmaculada virginidad de su trasero, para lo que se desplazaron hasta la casa de Martina, donde ésta instruyó a su mascota –ni que decir tiene que Martina hablaba y entendía a la perfección el enigmático idioma hamsteriano– para la delicada misión que debía llevar a término.

           Tras olfatear con el hocico la entrada del conducto que debía seguir en su encomienda, Obelix movió los bigotes en señal de disgusto e hizo un claro amago de retroceder, no parecía que le sedujese lo más mínimo la idea de acceder a aquel fétido albañal; pero Martina presionó desde atrás con fuerza hasta conseguir que el renqueante animal penetrase enteramente dentro de la espelunca, en cuya angostura aprisionado ya no le quedó otro remedio que avanzar hacia delante, tanteando en la oscuridad como si fuese un topo en lugar de un hámster. Microchip notaba el roce de sus bigotitos contra las paredes del recto y tuvo que admitir para sus adentros que le daba cierto gustirrinín, por más que la inquietud que padecía no le permitiese disfrutar lo que se dice de esta inopinada sensación física: no estaba, como suele decirse, el horno para bollos.

           Durante unos minutos que a Microchip le resultaron eternos, aguardaron a que el improvisado espeleólogo arribase de nuevo al exterior con el botín entre los dientes, lo que pensaban celebrar agasajando al animal con una ración extra de zanahorias y a ellos mismos con un buen revolcón vespertino, que buena falta les hacía, aunque sin incluir en éste el sexo anal, pues hasta el gorro estaban ya ambos de todo lo relacionado con ese rugoso resquicio al que se ha dado en llamar ojo del culo; pero lejos de suceder así, lo que pasó fue que el maldito roedor decidió hacer nido allá dentro, amparado por lo visto en el calorcito que debían desprender las entrañas de Microchip, de tal modo que este último se encontró con que ya no tenía uno, sino dos inquilinos en su fuero interno, uno inanimado, duro como su propio nombre de fábrica indicaba, y otro que no dejaba de moverse y provocarle turbadoras cosquillas.

         En busca de una solución médica al problema, acudieron al hospital más cercano, donde el facultativo de guardia, luego de afanarse durante cerca de una hora con un sofisticado arsenal quirúrgico, concluyó que no había forma humana de sacar de allí dentro a ninguno de los dos intrusos. Lo mismo vino a suceder en los sucesivos centros hospitalarios a los que arribaron en demanda de auxilio, sin que nadie fuera capaz de expulsar del orificio rectal de Microchip a los indeseados colonos. Lo más grave de todo era que, a juicio de los doctores que lo examinaron, esta invasión interna le provocaría a corto plazo una serie de infecciones que casi seguro terminarían por desembocar en una extraña enfermedad conocida como “inversión buco anal”, cuya peculiaridad más notable era que pasaría a vomitar mierda y perder el apetito hasta terminar muriendo de pura inanición. Le quedaban en ese sentido poco más de tres meses de vida, sugiriéndole los galenos que, a efectos de dilatar todo lo posible dicho fatal desenlace, hiciera sentadillas y otros ejercicios fortalecedores de la zona pélvica y el periné. Era en definitiva lo único que podían recomendarle.

           Microchip decidió no hacer ni puñetero caso a los médicos y meterse sus recomendaciones por…, sí, precisamente por el culo, ese lugar para el que al parecer existía de pronto una creciente demanda de hospedaje. Desde luego, no entraba en sus planes estirar la pata todavía, menos aún por una bobada como esa, ¿qué daño podía a fin de cuentas hacerle cobijar en su vientre un cachivache informático y un pequeño, aunque gordo, roedor? Nada, que se quedasen allí dentro si querían, que él no iba a dar a nadie el gusto de morirse. ¡Faltaría más!

           Una idea, a modo de súbita revelación, cuajó entonces dentro de su cerebro, una especie de fulgurante estallido que le llevó de repente a entender que, lejos de resultar pernicioso (¡qué coño sabrían los médicos!), todo aquello podía llegar a reportarle pingües beneficios. En efecto, ¿por qué no hacer de su culo un negocio próspero y lucrativo? Dicho y hecho: sin dejar que la idea se enfriara, Microchip se puso manos a la obra y montó una empresa de almacenaje con sede en su propio trasero, cuyo interior, que debía ser enorme a tenor de lo que aseguraban los especialistas que lo examinaron, puso en alquiler para los clientes que quisieran arrendarlo.

           El negocio floreció con rapidez, siendo muchos los que decidieron depositar en las entrañas de Microchip sus pertenencias más valiosas: joyas, documentos secretos, cuadros…, todo tenía cabida allí dentro a cambio de un módico precio. La noticia se extendió como la pólvora e hizo que la demanda creciera de forma vertiginosa, lo que llevó a la revista “Jóvenes Emprendedores” a otorgar a Microchip el premio mojón de oro al empresario del año, galardón que le conmovió sobremanera, tanto que tuvo que interrumpir varias veces su discurso de agradecimiento para enjugarse las profusas lágrimas que le brotaban de los ojos, lágrimas teñidas por cierto de un turbador matiz parduzco, consecuencia de esa extraña alteración que, tal y como diagnosticaron los médicos, comenzó a padecer en lo que a sus diferentes conductos de evacuación orgánica respectaba.

           Pero lejos de refocilarse en el éxito, Microchip fue ambicioso y decidió  ampliar su actividad al ámbito financiero propiamente dicho, convirtiendo así su culo en una original caja de ahorros que pasó a competir con los bancos más señeros de la zona; un banco de mierda quizá, pero sin duda alguna boyante. No pocos fueron de hecho los ciudadanos que se animaron a colocar en tan insólito reducto todos o buena parte de sus ahorros, atraídos por el más que interesante 3% TAE que ofrecía, con preferencia incluso a los mismísimos bancos suizos. “Este es su culo y cada vez el de más gente”, fue el publicitario lema que utilizó para atraer a las masas. ¡Y a fe que lo consiguió! Nadie parecía reparar en el hecho de que lo que entraba en la cavidad anal de Microchip jamás volvía a salir ya a la luz; ese venía a ser un detalle nimio que a nadie inquietaba, lo realmente importante era la enorme seguridad que como caja fuerte ofrecía, y, en fin, ya que suele decirse que el dinero es caca, pues qué mejor lugar que ese para que estuviera en su salsa.

           El culo de Microchip se convirtió a la sazón en un paraíso fiscal donde gobernantes y empresarios corruptos de todas las nacionalidades ocultaban sus fortunas, satisfechos de contar con un espacio al que con toda seguridad ningún inspector del fisco tendría acceso, e incluso llegó a servir con el tiempo como depósito donde almacenar residuos nucleares, lo que alivió al mundo de la grave amenaza que estos podían llegar a suponer. Esto último le valió de hecho la nominación al Premio Nobel de la Paz, laurel que finalmente no obtuvo, pues vino a adornar las sienes de un reputado sátrapa de Oriente Medio, tan cubierto de mierda o más que él. 

           Y así fue como, lejos de morir (¡qué coño sabrán los médicos!), el pequeño Microchip se convirtió en un hombre inmensamente rico y famoso, algo que sin duda tenía que agradecer a ese prodigioso culo que los dioses le habían dado.

             

 

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Parafraseando a Benedetti, puedo decir que escribo porque me resulta imposible no hacerlo. En realidad, escribir es el único medio con el que consigo exorcizar esos puñeteros demonios que se empecinan en colarse por debajo de la piel para darle bocados al alma. Serán cabrones

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