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9 min
EL PUNTO DE ENCUENTRO
Reales |
09.03.19
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Sinopsis

Una hombre al que no le gusta el fútbol tiene que ganarse el aprecio de su hijo que es todo lo contrario.

Un domingo por la tarde a mediados de los años 60, Luis Castells que era un adolescente algo introvertido fue con su padre al Campo de Fútbol del Barça a ver un partido amistoso entre dicho emcumbrado equipo y el Sevilla. Se daba el caso que el padre de Luis quería despertar a éste la afición por aquel deporte específico porque era una manera iniciática de socializar a su hijo en la dinámica copetitiva de la vida. Y para hacerle la experiencia más placentera le compró un perrito caliente que le gustaba mucho, y una Coca-Cola, a la vez que le contaba las grandes gestas de antiguos jugadores de otras épocas.

Sin embargo para el chico aquella experiencia constituyó una penosa decepción que fue incomprensible para quienes le conocían y sobre todo para su padre.

En la medida que transcurría el partido de fútbol y ora parecía que iban a ganar unos y ora los otros, el público presa de una emoción tan desbocada como un caballo sin jinete gritaba histéricamente y se desgañitaba con el rostro congestionado; perdía la habitual compostura y se indignaba sea con los jugadores, o con el árbitro, a quienes les insultaba con una grosería insual.

Claro que aquel deporte era asimismo una válvula de escape a sus emociones; un canal para que la gente diera rienda suelta a sus frustraciones familiares, laborales, o políticas.

Pero esto Luis por aquel entonces lo ignoraba, y no tan sólo se aburrió como una ostra viendo el partido ya que no se identificaba en absoluto con los colores del equipo de su región, sino que aquella euforia o disgusto exacerbada que el público mostraba por el hecho de que la pelota alcanzara la portería del equipo contrario, se le antojó que era de una gran simpleza; una solemne estupidez. Él sabía que cuando terminara aquel partido todo el mundo regresaría a sus hogares, y sus vidas seguirían siendo tan frustrantes y mediocres como siempre. En realidad el fútbol alentaba una vana ilusión en la que iba implícito un narcisismo colectivo, y nada más.

Por tanto Luis no veía ningún aliciente en aquel deporte y durante el partido de aquella tarde sintió una honda tristeza al ver las reacciones de cuántos le rodeaban.

Nunca más volvería a ir a ver un partido de fútbol - se dijo él-. Y a cuando los amigos del Instituto les daba por hablar de aquel deporte Luis se retiraba discretamente del grupo y se dedicaba a otra cosa al tiempo que recibía sarcásticas críticas de los demás.

Al cabo del tiempo Luis Castells ya era un hombre de treinta años, el cual trabajaba de contable en una fábrica de muebles, donde conoció a una hermosa administrativa que tenía una vistosa y larga cabellera de color castaño claro llamada Estrella, con la que el joven simpatizó enseguida, por lo que estuvo saliendo con ella unas semanas. Y aunque a Estrella le agradaba la compañía de aquel sujeto y esperaba casarse con él, no por eso dejaba de extrañarle su desdén por el fútbol cuando para sus hermanos aquello era una pasión.

- Que raro que no te interese el fútbol. A todo el mundo le gusta - le dijo la chica en una ocasión a Luis.

- Sí. Ya ves. Quizás yo sea de otro planeta - respondió él con ironía-. Pero en este mundo tiene que haber de todo ¿no crees?

- Sí... Claro... - expresó Estrella desconcertada.

"¿Es que este hombre está fuera de órbitra?" - se preguntaba Estrella acerca de Luis con una vaga inquietud. 

A pesar de todo como era de esperar aquella pareja se casó, y tuvieron un precioso hijo al que le pusieron de nombre Sergio. Por descontado que Luis se sintió muy feliz con su retoño, y se propuso educarle sin imponerle ninguna doctrina de ningún tipo, aunque sí que se esmeró en inculcarle unas normas de convivencia y de respeto hacia sus semejantes. Mas en el fondo de su conciencia albergaba el deseo de que Sergio se desentendiera del fútbol como había hecho él. ¿Es que acaso Luis se sentía solo en medio de la sociedad? ¿Deseaba tener a alguien próximo con que compartir su atípica manera de ser?

Pero a veces da la sensación de que el destino se ríe de nosotros, porque sucedió que el hijo de Luis tan pronto como empezó a ser autosuficiente, afianzarse su personalidad dio unas vivaces muestras de que le entusiasmaba el fútbol; y por supuesto aquello a Luis no le hizo ninguna gracia pero se tuvo que aguantar.

Evidentemente el chico no se parecía nada a su padre, y más bien en lo que se refiería a ciertas preferencias había salido con los genes de sus tíos maternos.

En efecto, Sergio tenía a los jugadores extranjeros que contrataban el Club del Barça por unos héroes épicos y anhelaba que su equipo saliese vencedor en todos los campeonatos habidos y por haber.  Asimismo como Sergio soñaba en emular un día a sus héroes deportistas, participaba en los partidos de fútbol de aficionados que solía organizar el barrio en el que vivía.

-¡Pero Sergio, escucha! ¿No te das cuenta de que estos magníficos jugadores extranjeros lo único que les importa es cobrar grandes sumas de dinero del Club, y a la mínima ocasión se irán al equipo contrario que les pague más? - le decía Luis disgustado a su hijo.

-¡Bah, bah papá! No seas "plasta". Estos jugadores llevarán al Barça a la gloria - le respondía picado su hijo.

Cada vez que por la televisión restransmitían un partido importante, Sergio se iba a verlo a la casa de sus tíos, que esto sí que le comprendían y los apreciaba de veras. Por ello padre e hijo se distanciaban entre sí irremediablemente; apenas se hablaban porque parecía que ambos vivieran en dos círculos antagónicos.

Un día en el trabajo, a la hora del descanso un compañero de oficina de Luis llamado Esteban con el que mantenía una amistad circunstancial le preguntó:

- ¿Qué tal tu hijo Sergio? ¿Va bien en los Estudios?

- ¡Sí, sí, muy bien! - respondió Luis.

- Me alegro. Eso es porque lo habéis sabido educar con responsabilidad.

- Ya. Pero por otro lado, mi hijo pasa de mi - confesó él.

- ¿Y eso?

- Somos demasiado diferentes. A Sergio le gusta el fútbol y a mi no. A veces pienso que me desprecia por esto.

- Pues si de verdad te importa tu hijo, tienes que ser más flexible con él, y ponerte a su nivel. De lo contrario, si te encierras obstinadamente en contra del fútbol, es posible que lo pierdas sin remedio - le advirtió el tal Esteban.

- ¡Que exagerado eres! Si esto es una tontería...

- No. Las cosas tienen para la gente un significado vital. Despreciar lo que a uno le gusta, es tanto como rechazar sus sentimientos, su razón de ser. Tenéis que dar con un PUNTO DE ENCUENTRO en su afición al fútbol que os vuelva a reconciliar.

- ¿Y si sale mal?

- Es un riesgo que tienes que correr. Si tu hijo sigue ignorándote, mala suerte. Pero al menos lo habrás intentado.

Al sábado siguiente Luis le propuso a su hijo de ir a visitar el Museo del Barça con la excusa de que le habían dicho que era un lugar extraordinario que valía la pena de ver.

- Pero yo ya lo he visto papá - le dijo Sergio.

- Bueno. Así me lo enseñas tu, y me haces de guía.

Cuando llegaron a dicho sitio, cruzaron un enorme y espacioso vestíbulo en el que pululaban diversos trabjadores, muchos de ellos latinamericanos, para el mantenimiento del mismo; subieron en un ascensor repleto de toda suerte de devotos turistas de aquel sacralizado Club, el cual les condujo hasta el último rellano desde el que se divisaba la magnífica panorámica del campo de juego. Todo era monumental, grandioso y laberíntico. Al poco no tardaron en hallar unas empinadas escaleras que al descender por ellas encontraron por fin el famoso Museo.

Una vez que se adentraron en el interior de aquel recinto vieron que su contenido estaba dedicado a contar la historia del Club desde sus inicios, a partir de la biografía de su fundador Joan Gamper ilustrada con históricas fotografías, y amenizada con viejas canciones de la antaño popular cupletista Raquel Meller, por lo que a Luis le dio la sensación que viajaba a los años 30 del siglo pasado.

Entonces los dos visitantes se detuvieron frente a una gran fotografía que mostraba al rey Alfonso Xlll en compañía del general Primo de Rivera como un mudo testimonio de la represión causada por la dictadura militar que sufrió Cataluña en aquellos convulsos tiempos, y por ende el mismo Club de connotaciones separatistas.

- Es que el Barça es más que un Club papá - le dijo Sergio con orgullo a su progenitor.

- Ya. Eso dicen - expresó Luis con laconismo.

También visitaron un rutilante departamento en el que se exhibían todos los trofeos gnados por aquel equipo, y más documentos gráficos de otros años anteriores, hasta que regresaron al vestíbulo con el ascensor, y se dirigieron a un tramo que era donde estaba la pequeña capilla religiosa con la Vírgen de Montserrat que es la patrona de Cataluña. Seguidamente desembocaron en la inmensidad del campo con su verde césped.

- ¿Te ha gustado la visita? - quiso saber Sergio.

- ¡Sí, mucho! Te lo digo sinceramente - respondió Luis a su hijo con una sonrisa.

Aquel día sirvió para que padre e hijo volvieran a confraternizar, y a respetarse mutuamente...pero de un modo relativo, con altibajos, puesto que en realidad no dejaban de ser dos almas opuestas, distintas.

Y es que por lo visto los humanos estamos condenados a convivir en medio de la diversidad, y a aceptar aunque sea a regañadientes a quienes no son como nosotros.

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