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9 min
El que ve a los muertos caminar (El día que nací)
Terror |
13.08.17
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Sinopsis

Viajando a través de mi mente, haciendo una regresión pude ver el día en que nací...

He viajado a través del tiempo en mi mente, hasta mis orígenes; me he visto nacer. Descubrí algo terrible que no sabía y que nadie me había contado...

Para ser un 29 de Febrero, el día había sido calido y soleado, comenzaba a anochecer, mi madre iba sentada en un carro tirado por dos grandes bueyes de carga. Animales de extraordinario tamaño y peso. Un pelo ondulado de color rubio intenso cubría su cuerpo. A día de hoy, ejemplares tan magnificos como eses ya no se ven.  Mi abuelo iba delante, tirando de una cuerda atada al yugo de los bueyes, el caminar de los animales era lento pero seguro, el carro circulaba por un camino elevado, angosto y empedrado, rodeado de una espesa vegetación. Mi abuelo iba contado una historia para entretener a mi madre y ésta observaba atentamente a mi abuelo mientras le sonreía. Se la veía feliz con su gran barriga de embarazada encima de aquel carro. El camino comenzó a ensancharse hasta que llegaron a un claro en medio de un frondoso bosque de carballos (robles) a los pies del monte llamado Pico Sacro. Mi abuelo encendió las dos antorchas que estaban situadas a ambos lados del carro, de en medio de la espesura del bosque, pudieron vislumbrar que una figura se acercaba a ellos. Mi madre miró a mi abuelo, con un gesto de preocupación en la cara, éste la tranquilizo diciendo que conocía a aquel personaje, que había quedado con él allí. Era un hombre de aspecto desgarbado y andrajoso, su cara estaba llena de profundas arrugas, una gran cicatriz con forma de rayo atravesaba su cara.

            -Padre, ¿Quién es ese hombre? –Pregunto mi madre a mi abuelo con gesto de miedo en su cara.

            -Tranquila hija, es el Nubeiro, yo lo convoqué y quede con él aquí. –El gesto de preocupación de mi madre torno en un gesto de terror.

            –Tú quédate en silencio, no digas nada y no le mires a los ojos. –Mi madre hizo caso, bajo la cabeza y cerró los ojos.

Aquel personaje se acercó a mi abuelo, los bueyes comenzaron a emitir un fuerte bufido parecían asustados, comenzaron a bramar desesperadamente, el individuo alzó su mano derecha, miró fijamente hacía los bueyes y estos se arrodillaron en silencio. Mi abuelo permaneció impasible, echó la mano a su espalda y sacó de detrás de su chaqueta una bolsa de tela blanca, que entrego al personaje, éste miró a mi abuelo y sonrió.

            -O trato queda feito (el traro está cerrado). –Dijo mi abuelo al personaje con voz serena. –Si. -Contestó el individuo con voz tajante.

Mi madre levantó la cabeza y abrió los ojos. Había oscurecido repentinamente. Sin poder evitarlo, como si alguien la obligase, miró a aquel individuo a los ojos, el corazón de mi madre comenzó a latir a un ritmo frenético, los ojos de aquel hombre eran amarillos, brillaban en la oscuridad. Mi madre presa del pánico se levanto del carro.

            -Carmen, ¡no te muevas! –Le dijo mi abuelo con voz de mando. Mi madre se sentó temblando en el carro, el harapiento comenzó a alejarse del carro entonado cánticos en un idioma ininteligible, por cada paso que daba, el viento aumentaba, mi madre noto como gotas de lluvia mojaban su cara. Mi abuelo fue a la parte trasera del carro, cogió una azada y comenzó a cavar un surco circular alrededor del carro. El personaje se desapareció en medio de la espesura del bosque. Mi abuelo había terminado de cavar el círculo, sacó del lateral del carro un saco de tela marrón, desató la boca del saco y a puñados empezó a tirar sal dentro del surco.

            -¿Qué hace padre? –Pregunto mi madre, con voz temblorosa, mientras se empezaban a escuchar grandes truenos.

            -¡Es necesario!, ¡es necesario! –Repetía mi abuelo sin cesar, al tiempo que rellenaba el círculo de sal.

Al compás de los truenos se empezaron a escuchar aullidos de lobos, de en medio de la espesura del bosque, se empezaban a vislumbrar pequeñas luces brillantes en procesión, acompañadas del repicar de campanas y chirrido de cadenas, en medio de la oscuridad.

            -¡Padre! –Gritó mi madre desesperadamente. -¿Qué ha hecho?

            -¡Es necesario! La profecía ha de cumplirse, La santa compaña se llevará a uno de los dos. –Las lágrimas recorrían el rostro de mi abuelo. Mi madre aterrorizada, comenzó a sentir un terrible dolor en su vientre, al tiempo que notó, como un torrente de agua caliente recorría sus piernas; había roto aguas.

            -¡Bájate del carro! y ponte debajo de el. –Le dijo mi abuelo con voz enérgica a mi madre.

El viento cada vez era más fuerte,  las llamas de las antorchas del carro se estiraban y se retorcían como pequeños tornados. Mi madre se arrastraba a cuatro patas por el suelo mientras se retorcía de dolor. Se sitúo debajo del carro mientras mi abuelo cogió una de las antorchas del carro, y apuntaba con ella hacía el camino, por donde hacía un rato había salido el Nubeiro. Una manada de lobos rodeó el carro. Mi madre gritaba por el intenso dolor de las contracciones y por el miedo que estaba pasando.

            -Tranquila Carmiña, no vienen a por ti, los lobos no te harán nada, vienen a proteger a uno de los dos, Estadea solo se llevará a uno. –Le dijo mi abuelo a mi madre en tono tranquilizador.

            -¿Quién es Estadea? ¿A quien se va a llevar Padre? –Gritó mi madre entre lágrimas de pena y dolor.

            -Estadea es el espectro mayor de la Santa Compaña, que viene acompañado de la procesión de ánimas. –Susurró mi abuelo.

El viento venia cargado de un fuerte olor a cera quemada e incienso de rosas. La comitiva encabezada por el espectro vestido con una túnica negra, se detuvo delante del carro. El macho alfa de la manada de lobos, se giro hacía el espectro, se coloco en posición defensiva mientras enseñaba sus grandes colmillos al espectro. La procesión de ánimas vestidas con sudarios negros, se colocó alrededor del círculo. Al lado del espectro un hombre pálido con la tez blanquecina como la leche, portaba una gran cruz de plata. Mi madre gritaba desconsolada, mi abuelo se agacho delante de ella. Mi madre tumbada en el suelo se retorcía de dolor, empujaba instintivamente al compás de las contracciones. Una pequeña cabeza blanca, llena de pelo negro asomó por la parte más intima de mi madre, mi abuelo la cogió con sus manos y tiró suavemente de la cabeza, hasta que consiguió sacar del todo a aquella criatura, la dejó en el suelo y cogió un trapo blanco de lino del carro, limpio a la criatura y la cogió por una de las piernas levantándola y dejándola boca abajo, le dio un cachete en sus nalgas y un pequeño alarido salio de la garganta de la criatura. Mi abuelo con las manos temblorosas, dejó a la criatura encima del trapo blanco, con un gesto angustioso y la frente llena de sudor,  se volvió a arrodillar delante de mi madre. Ella seguía empujando a pesar de estar agotada, a los pocos segundos otra cabeza asomo al exterior, ¡era yo! Me estaba viendo a mi mismo, de recien nacido. Mi abuelo tiró de mí suavemente hasta que salí, al contrario que mi hermano, llore sin necesidad de la palmada, mi abuelo se levando conmigo en los brazos y cogió otro trapo de lino del carro, me limpió con suavidad. Mi madre perdió el conocimiento por el cansancio y el dolor. Mi abuelo observo mi cuerpo detenidamente y visualizó la marca que me había hecho el carnero en mi nalga derecha, me cubrió con el trapo y me colocó encima del pecho de mi madre.

Los lobos comenzaron a aullar con fuerza, el viento rugía, el olor a incienso y cera se hizo más intenso. El espectro levantó su mano derecha y de la manga de su túnica asomó una mano esquelética, que señaló en la dirección donde estaba tendido mi hermano en el suelo. La lluvia comenzó a caer con fuerza, el lobo seguía en posición defensiva delante del espectro. Mi abuelo cogió a mi hermano, lo envolvió con el trapo blanco ensangrentado, salió lentamente del círculo y entregó a mi hermano al espectro, unos ojos brillantes de un color rojo intenso, tenebrosos,  iluminaron el rostro cadavérico del espectro, que sonreía. El espectro se dio la vuelta y la procesión de ánimas que rodeaban el círculo, lo siguieron lentamente. El hombre con la tez blanquecina permaneció inmóvil portando la cruz y susurro en voz baja…

            -¡Por fin se acaba mi tormento!

La manada de lobos se abalanzó sobre aquel hombre, que comenzó a gritar de dolor mientras los lobos arrancaban a mordiscos la carne de su cuerpo, sin embargo el gesto en la cara de aquel hombre, extrañamente era de satisfacción. La cruz cayó al suelo, mi abuelo la recogió y la coloco en el carro. La lluvia cesó, el viento desapareció. Los lobos desaparecieron en la espesura del bosque arrastrando el cadáver despedazado del portador de la cruz. Mi abuelo cogió unas cuncas de barro (tazas de barro) del carro y se acercó a la montaña sagrada, al Pico Sacro y llenó las cuncas con agua en uno de los agujeros de la roca de la montaña. Cuando llegó al carro, mi madre estaba despierta, se arrodillo, dejó las cuncas en el suelo, me cogió del pecho de mi madre y me estrecho entre sus brazos.

            -¡Bebé Carmiña! Es el  agua sagrada de la montaña, que purificará tu álma. –Mi madre se incorporó, cogió una de las tazas y bebió de ella, mientras mi abuelo entre susurros cogió la otra taza del suelo y me echó el agua sagrada por encima de mi cabeza.

Esté es el relato del día de mi nacimiento…   

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