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5 min
El regalo de mi vida.
Reales |
06.10.14
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Sinopsis

Efectos de una Tarde normal.

Cuando entro a mi vida, bueno, cuando permití que entrara realmente no sabía a lo que me exponía. Claudia, creo que ese era su nombre, o mejor dicho, prefiero que se llame así ya que nunca la conocí realmente, ¡pero carajo! Sí que me marco para siempre.

Verán, nunca me ha hecho falta estar rodeado de muchas personas, ni necesito de la aprobación de nadie. Esto es importante porque explica cómo fue que una tarde de esas en las que salía del trabajo sin ganas de llegar a mi casa, me dio por comprar unas fresas y sentarme en la plaza a degustar esa fruta de los dioses. Imaginen, allí estaba yo sentado en la plaza más gris y desabrida del planeta, despreciando y juzgando impunemente a todos los que revoloteaban alrededor de mí, y que no eran más que moscas insignificantes y sin inteligencia, cuando de pronto irrumpe ella, y ¡Vaya que lo hizo! Esa hermosura encarnada en un cuerpo de 1,65 mts, rubia y de atributos realmente hipnotizantes, no eran exuberante, pero sin duda podría pasar horas jugando con ella, si saben a lo que me refiero... Caminaba un poco azarada y se sentó en el único banco de toda la jodida plaza que estaba vacío, justo en frente de mí.

Como ya deben suponer, no podía dejar de mirar su rostro, sinceramente me enamoraría de ella, aunque fuese una loca. No sé si tenía un tic nervioso o simplemente estaba asustada por algo, pero movía mucho sus piernas y revisaba constantemente algo en su bolso, hasta que en un punto saco lo que me pareció por su envoltura, un regalo.  Sería una colonia o una caja de chocolates, de esos que vienen en barra. En cualquier caso era un regalo, ¿Pero, para quién? De pronto la obviedad me abrumo y entendí que esperaba a alguien, y le entregaría un regalo a esta persona. Pero, ¿Por qué estaba nerviosa entonces? Pensé muchas cosas, tal vez esté esperando una respuesta, o alguna decisión importante iba a suscitarse durante su encuentro, quizás entre el mar de pretendientes que debe tener, porque este tipo de mujeres tienen seguramente millones de enamorados, había alguien que estuviese a su nivel, y quizás ella espere formalizar algo. Si, suena lógico. Pero lo que nunca se me ocurrió fue acercarme y ofrecerle una fresa. De igual forma, no tenía más que ofrecerle.

Ella buscaba con la mirada en todas las direcciones, pero jamás me observo. Yo en ese tiempo, como un fantasma total, solo podía mirarla a ella.

De pronto aparece un tipo, lo llamare “El idiota” de aquí en adelante. Este sujeto estaba vestido de negro, como si viniese de un funeral y también estaba algo nervioso, no alcance a oír de lo que hablaban pero lo cierto fue que a Claudia no le gusto para nada. Puso el regalo entre ellos dos y salió espavorida por donde vino, casi corriendo, como si lo que aquel sujeto le dijo le hubiese causado un gran dolor, ¿se llamaba el idiota, no?

El tipo se quedó sentado un rato en el banco que antes ocupaba Claudia, ahora esta vacío porque la presencia de él no me interesa. Yo buscaba entre la multitud la silueta de ella que quedó grabada en mi memoria y no habría nada más dulce que verle de nuevo. Se fue y el idiota también se fue y de eso me di cuenta cuando voltee la mirada al banco que estaba frente a mí. Pero, algo quedo de Claudia.

El regalo, ese sujeto no lo tomo, lo dejo allí. Desprecio el regalo de la mujer que me había cautivado, ¿Es, o no un idiota?

La gente pasaba y pasaba, incluso, los niños corrían alrededor del banco que estaba frente a mí, pero más nadie se sentó. Y allí estaba el regalo, no podía dejar de observarlo y no pude tolerar la curiosidad y decidí tomarlo. Es probable que algo pueda averiguar de Claudia, en el mejor de los casos habría dejado una nota adentro o algún detalle que sea relevante, ya saben, las esperanzas nunca se pierden.

Mis pies hicieron contacto de nuevo con el suelo y emprendí el corto camino que había hasta el otro banco, mi corazón se aceleraba ante la posibilidad de que el idiota, o Claudia se regresaran y me observaran tomando algo que no me pertenece, pero si lo hacía rápido, nadie lo sabría. Extendí mi brazo intentando coger el regalo que ya estaba a pocos centímetros de mí, cuando estoy a punto de agarrarlo, noto que se detiene un pitido. Si, ese sonido tan característico de una alarma o de un cronometro, y caí en cuenta de que ese sonido, desde un rato atrás lo había escuchado, pero lo ignore entre la bulla de la gente y mis pensamientos.  ¿Pero, que era ese regalo entonces?

De muy mala manera entendí lo sucedido, ese regalo me ha dejado sin la mitad de un brazo y con múltiples heridas graves en todo el cuerpo, ¡Ah, una fractura de costillas también! Como olvidarlo si cada vez que me muevo siento que voy a morir.

¿Qué será de la vida de Claudia?

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