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14 min
EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES 1
Fantasía |
19.10.15
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Sinopsis

Una novela por entregas que une la fantasía con la cotidianeidad del siglo pasado. La historia de una familia relacionada con la magia, de una Ciudad que es origen de sueños, monstruos y milagros, y de la Europa más convulsa. Dependiendo de vuestra aceptación y comentarios, iré publicando el resto.

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES

 

 

1

INTRAMUROS

 

El mayor error del hombre fue creerse preparado para la libertad.

Al menos, eso es lo que piensa el Maestro de los Espejos mientras, parado frente al muro reflectante, elige su apariencia para ese día. Una cortina de agua extrañamente densa recorre la pared de abajo hacia arriba, fluyendo en contra de cualquier ley natural, y reflejando como un espejo la figura del Maestro y el mobiliario de la estancia tras él.

Pasa la mano plana por delante de su rostro, y la imagen cambia, mostrando a un hombre maduro y delgado, de aspecto solemne, regio. Frunce el ceño, inseguro. No es la apariencia que desea para un día como hoy. Necesita algo más heroico, más capaz de motivar a sus huestes.

Pasa de nuevo la mano por delante del rostro y la imagen fluctúa, cambia, como si una piedra hubiese golpeado el agua en un lago quieto. El Maestro parece ahora un hombre joven, que apenas roza la treintena, un hombre fuerte de rostro apasionado y vital, de firme mandíbula y noble nariz, cuya mirada azul brilla con fuego interior.

El pelo es claro, prematuramente canoso, corto al estilo militar. Los ojos del Maestro pasean por ese cabello, poco convencidos. Lleva sus manos a la cabeza y acaricia el pelo hacia atrás, y los cabellos se alargan como si estuviesen pegados a las palmas, convirtiéndose en una melena que le cubre hasta los anchos hombros.

-Mejor. Más épico, sin duda –se dice a sí mismo, por fin satisfecho.

Ajusta las correas que sujetan la armadura de cuero y hueso y se retira del espejo acuático, que se convierte en un muro de hielo en cuanto la imagen sale de su marco.

 

El pequeño edificio queda lejos de la zona noble de la Ciudad. Lejos del Castillo Pendiente, lejos de todo lo que importa. Pero cualquier territorio cuenta en una guerra, y el Maestro de los Espejos piensa defenderlo como si fuera su propio palacio. Se detiene en la puerta, junto a un hombre rubio, alto y desgarbado que reconoce su presencia con un leve cabeceo.

El barrio es un caos de casas de poca altura, muchas de ellas rodeadas de patios amplios y tapias bajas de piedra o ladrillo, otras tan pegadas a sus vecinas que parece imposible distinguirlas, que forman muros dentro de los muros. Las puertas no se encuentran enfrentadas a sus vecinas, sino que cada una de ellas mira en una dirección diferente, convirtiendo las estrechas y empinadas calles en puro desorden. Algunos de los inmuebles ni siquiera tienen puertas, sino que se comunican con otras a través de pasarelas y puentes elevados, defendidos ahora por arqueros, honderos y unos pocos francotiradores. Es un territorio difícil de controlar. Para una fuerza de infantería como la que se enfrenta al Maestro de los Espejos se trata de un laberinto de muerte y desconcierto, un lugar en el que no sirve de nada una carga cerrada, un espacio a conquistar casa por casa, patio a patio, a precio de sangre.

Un hogar para la esperanza.

 

Mira a los ojos del hombre rubio y desgarbado, que pacientemente se somete al escrutinio. Tras unos segundos, el Maestro está satisfecho. Ningún hechizo ni ilusión se oculta en el conocido rostro.

-Te conozco, Eiszeit. Háblame.

El hombre asiente antes de contestar.

-Te saludo, Maestro. No traigo buenas noticias.

Caminan juntos, codo con codo, a través de las desordenadas calles. Aquí y allá, grupos de soldados preparan barricadas, transportan cestos de flechas o afilan sus espadas. Todos ellos reconocen al Maestro, todos le saludan con una sonrisa o un leve cabeceo, y él corresponde con gestos y frases de ánimo mientras escucha a su interlocutor.

-Los rusos han firmado el tratado esta mañana. Ya no están en guerra con Alemania y sus aliados –explica Eiszeit–, y no actuarán en Persia ni Afganistán.

-Ese idiota de Trotsky... acabará mal.

Es un fuerte revés para los planes del Maestro. La revolución obrera, la lucha por la libertad de los individuos que se produce en Europa, es un reflejo de su propia revolución, un nudo en los múltiples hilos del complicado tejido que ha causado la guerra dentro de la Ciudad.

-Alemania será ahora más fuerte. Podrán centrarse en el otro frente. Pero Rusia se estabilizará, la revolución progresará. Puede ser bueno.

El Maestro se detiene al llegar a un bajo y ancho edificio, cercano a la muralla de cascotes que los soldados levantaron para separar el barrio del resto de la Ciudad. Se cruza de brazos, esperando, mientras responde a Eiszeit.

-Somos más débiles ahora, amigo mío. Nuestro enemigo lo sabe, y el ataque de hoy es la prueba de que se cree capaz de vencernos rápida y definitivamente.

-No lo logrará.

El Maestro sonríe.

-No. No le entregaremos el poder. No convertirá en esclavos a los hombres libres de la Ciudad.

Los dos cruzan el umbral del bajo edificio, un antiguo hospital de campaña que al principio de la guerra estaba en retaguardia. Ahora, el enemigo avanza y los heridos son tratados en el Palacio de los Espejos, cercano a la tercera Puerta. El único lugar donde el Maestro aún se siente todopoderoso.

La amplia sala común todavía guarda manchas oscuras de sangre, de excrementos, de recuerdos gangrenados y dolor roto, pero no son hombres heridos quienes la llenan. Pueden parecerlo, porque el sol que inunda las ventanas vacías muestra cicatrices, cuerpos masculinos y femeninos cubiertos de heridas que ninguna venda protege, bordes de piel sujetos por grapas y gruesos puntos de sutura; clavos metálicos, alambres enrollados que penetran en la piel y sujetan miembros amputados; tatuajes de muerte y fuerza, runas de protección escarificadas o trazadas a cuchillo en pechos, frentes y mejillas. Hay unas treinta criaturas, reunidas en parejas o pequeños grupos, tensas, expectantes. Eiszeit les contempla con incredulidad, aunque su hierática naturaleza no lo expresa más allá de una ceja alzada, una mano que se deja deslizar hacia el pomo de la espada.

El Maestro sonríe, abre los brazos en un gesto de saludo y bienvenida y pronuncia un nombre con voz suave.

-Acércate, Anteo.

De entre el abigarrado grupo se destaca una figura alta, un varón desnudo de músculos tallados a navaja, libre de las amputaciones que mancillan a muchos de sus compañeros. Su piel está cubierta de cicatrices que parecen provenir de armas blancas y armas de fuego, testigos mudos de demasiadas peleas. Los tatuajes cubren por igual piel viva y piel muerta, acentuando con sus líneas el límite cincelado de cada músculo. Sólo la salvaje belleza del rostro está libre de marcas. Un Árbol de la Vida llena su pecho, del que cuelga una llave de madera recta y limpia en cada ángulo, que parece más pegada al pecho que pendiente del cordón de cuero crudo.

El Maestro le mira a los ojos durante unos segundos, y después asiente.

-Te conozco, Anteo.

-Te saludo, libre entre los libres –responde el nefárida con voz profunda–, los míos están preparados para la batalla.

-También nuestros enemigos. Recuerda nuestro trato, Anteo. Nosotros defenderemos la muralla y vosotros esperaréis aquí mi señal. Sólo actuaréis cuando el enemigo esté en las calles.

Anteo asiente, estoico. Un murmullo ansioso se levanta del pelotón de nefáridas, seres que fueron humanos en un tiempo, cazadores de hombres que viven en un mundo de anarquía, en una batida eterna en la que sólo existen dos resultados posibles: cazar o ser cazado.

-¿Tenemos un trato, entonces? –pregunta el Maestro extendiendo su mano derecha.

-Ante un testigo –responde Anteo, mirando a Eiszeit.

El Maestro de los Espejos se frota los dedos como si hubiera rozado una telaraña. Después pronuncia en voz alta las condiciones de su pacto.

-Yo, el Maestro de los Espejos, Poder en la Ciudad, ofrezco al nefárida Anteo y a aquellos que le acompañan aquí el territorio lindante a esta muralla, hasta un kilómetro de distancia de ella, como territorio de caza mientras dure la guerra, y doy mi permiso para que cacen en este territorio a todos los enemigos de mi causa, prometiendo una hora extramuros a cada nefárida por cada enemigo que él o ella mate.

-Yo, Anteo, –respondió la criatura- prometo que ninguno de quienes me siguen cruzará sin tu permiso el territorio marcado, ni cazará a quienes no sean tus enemigos, ni permitirá que otros lo hagan, mientras dure la guerra.

Ahora sí, ambos se estrechan la mano. Una vibración recorre la sala, una ola de calor acogedor y suave que parece rebotar en las paredes y tocar cada rincón. El pacto está sellado.

Las puertas que separan la sala común del resto de dependencias se abren entonces, dejando paso a nuevos nefáridas. Espejo y Eiszeit, consternados, ven cómo la vieja enfermería se llena de seres, todos ellos armados, marcados de cicatrices y tatuajes.

-Hay al menos cien de ellos –murmura Eiszeit.

-Ciento sesenta y cuatro –dice Anteo, imperturbable–, todos ellos bajo las condiciones del pacto.

El Maestro mira alrededor, a los nefáridas que se mantienen a una distancia tan corta que mezcla sin necesidad de gestos el respeto con la amenaza. Por un momento, sus ojos relampaguean en un tono azul eléctrico y mientras gira sobre sí mismo, sus iris dejan una estela azul en el aire. Después, su cuerpo se sacude levemente, dejando escapar poco a poco una risa que se convierte en carcajada. Jadeos animales, risotadas histéricas y gritos de alegría le acompañan cuando su risa se contagia a la jauría.

-Bien jugado, Anteo, bien jugado.

 

-Es una locura, Maestro –protesta Eiszeit mientras ambos caminan hasta el pie de la muralla.

-Fue un locura empezar esta guerra. Fue una locura enfrentarse a lo establecido y romper nuestras cadenas. Pero sería peor seguir siendo esclavos, y permitir que los Durmientes extramuros lo sean.

El muro, de cinco metros de alto, es apenas un conjunto provisional de cascotes y piedra tomada de las casas derribadas, con zonas de madera que se mezclan en la empalizada y las torres de vigilancia, y que antes fueron árboles en el inmenso parque que, en tiempos de paz, limitaba la parte norte del barrio y lo unía en un gran triángulo con dos de las avenidas principales de la Ciudad. Ahora, la extensión de parque es un erial lleno de trincheras, con apenas algunos arbustos que tratan de crecer entre las empalizadas dispersas, alimentados por lo que los carroñeros ahítos no pudieron devorar.

-En una guerra entre locos –continúa el Maestro- es mejor tener muchos de tu parte. Aunque me gusta tan poco como a ti el hecho de que ciento y pico de estos seres pasen ni tan sólo una hora en las ciudades de los Durmientes.

-Matarán a cientos de personas.

-La guerra ya está matando a millones. Quienes sobrevivan serán mejores, más libres, más fuertes. Tendrán mejores oportunidades.

Eiszeit no parece muy convencido, pero tiene pocos argumentos para discutir.

-Vamos, turingio –ríe el Maestro-, ¿desde cuándo te preocupan tanto las vidas de los Durmientes?

-Paso gran parte de mi tiempo extramuros. Una de las cosas buenas de ese mundo es que no hay nefáridas en sus calles.

-El mundo está cambiando. Nosotros lo estamos cambiando.

La conversación se interrumpe cuando los hombres que coronan la empalizada reconocen al Maestro y rompen en vítores y gritos de alegría. Están armados con lanzas, ballestas y arcos. Algunas decenas de ellos llevan rifles automáticos de largo alcance, construidos mediante la alquimia, la forja y la magia del Trazo, armas que en algún tiempo futuro soñarán los Durmientes y se convertirán en el arsenal de ejércitos aún por nacer.

Espejo sube las escaleras y se detiene en lo alto del muro, sonriendo y saludando a los hombres hasta que cesa el griterío. Mira hacia fuera, hacia el antiguo parque convertido ahora en campo de batalla. Por las amplias avenidas puede verse ya el interminable desfile de la infantería enemiga, que avanza para tomar posiciones. Pronto iniciará el ataque. Sus filas se pierden entre los edificios, bajo la sombra de las torres oscuras y las cúpulas de piedra. Su número es imposible de calcular. En la zona de nadie, un terreno mayor que muchas grandes ciudades del mundo durmiente, una torre de obsidiana permanece enhiesta, un cilindro más alto que la propia Muralla de la Ciudad, en cuya terraza el Maestro ve el brillo revelador de un Poder inmenso. Reconoce el aura del Juez Maestro, pero no es algo que le preocupe. Sabe que se trata sólo de un observador, y que no actuará si ninguno de los bandos rompe las reglas.

Más arriba, en el cielo, un dirigible enorme se cierne sobre el campo. Es fácil suponer que los mandos enemigos, cobardes siempre alejados de la confrontación, contemplarán desde allí la batalla y transmitirán sus órdenes. Son jefes, amos, no líderes, piensa para sí Espejo. Y les desprecia por no sangrar junto a sus hombres.

La tropa incontable desemboca ya en el parque, inundándolo, alineándose en perfectos cuadros de altos escudos, precedidos por tamborileros que atruenan el aire al marcar el paso. Tras ellos, sombras oscuras cubren el cielo acercándose a la empalizada. El Maestro se gira y alza la voz, dirigiéndose a quienes hoy morirán con él.

-¡Gentes libres de la Ciudad, escuchadme! Escuchadme ahora. Gentes libres, aquellos que quieren nuestra sangre se acercan ya. Escuchad cómo la tierra tiembla bajo sus pies. Miradles a los ojos mientras les matáis, pues están aquí para morir. Pero no son vuestros enemigos. Sólo son esclavos. Esclavos que no han luchado por su derecho a elegir. Vosotros, nosotros, somos las gentes libres de la Ciudad. Somos fuertes, y estamos Despiertos. No tenemos enemigos, porque ellos no son nuestros iguales. Somos los portadores de la verdad y la fuerza.

Se gira ligeramente, calculando el ángulo en que el viento agitará sus cabellos para dar una imagen más heroica y salvaje. Su discurso es ahora para quienes se apiñan sobre la empalizada y para quienes forman en línea de ataque, dispuestos a conquistarla. Tras él, la creciente nube oscura llega ya, distinguiéndose una bandada inmensa de pájaros negros y silenciosos. Los ojos de Espejo son hielo azul que deja una estela de luz sólida y tubular cada vez que mueve la cabeza. 

-Tenemos vida, fuerza y Voluntad. ¿Qué tienen ellos? Sólo la posibilidad de obedecer y morir a nuestras manos, o renunciar a la obediencia y crecer con nosotros. No son enemigos. Aquellos que se unan a nuestra causa serán verdaderos hombres. El resto sólo son ganado. Luchad ahora, hermanos. Luchad por liberar en la muerte a todos estos esclavos que no quisieron ser liberados en vida. ¡Concededles al menos el despertar del dolor, hasta que el suelo saciado escupa la sangre de sus venas rotas! ¡Matad ahora, gentes libres, porque ese es nuestro derecho supremo!

Los pájaros negros cruzan el cielo sobre la empalizada y cubren todo de sombra, mientras arqueros y francotiradores disparan contra ellos. La primera oleada de aves desciende en picado y, antes de estrellarse contra el suelo, sus cuerpos se retuercen, las plumas se tornan armadura, los picos yelmo oscuro, las alas brazos armados. Caen en pie, ya hombres dispuestos a luchar contra los defensores que salen de las casas.

-¡Nuestro derecho supremo! –ruge el Maestro mientras salta de la muralla con la espada en la mano, sumergiéndose entre la bandada negra. 

CONTINUA

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