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7 min
EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES 2
Fantasía |
19.10.15
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Sinopsis

Continuación de la novela por entregas. Si os gusta, iré publicando el resto.

2

EXTRAMUROS

 

La infancia acaba cuando se pierde la capacidad de convivir con la magia. Cuando todo deja de ser posible y los problemas cotidianos superan las promesas de los sueños.

Para algunos niños, ese momento no llega jamás. Fernando Deza tenía cinco años cuando descubrió que la magia formaría siempre parte de su vida, que la muerte no tiene el mismo poder sobre todos los hombres.

El día del cumpleaños de su primo Ricardo, apenas un mes después de la firma del Tratado de Brest-Litovsk, la arruinada España mantenía aún sus esperanzas en el nuevo gobierno de Maura mientras el rey amenazaba con abdicar y la gripe española, como el caballo bayo de la Muerte, iniciaba su recorrido por la Tierra para segar millones de vidas, uniéndose al rojo caballero de la guerra que ya llevaba cuatro años hoyando el mundo.

Fernando Deza no sabía nada de todo esto, aunque percibía en sus padres y familiares la preocupación, el mal humor y las conversaciones susurradas lejos de los niños. Pero en aquella mañana de abril no había preocupaciones, sólo la alegría de la reunión familiar en la que se celebraban los siete años de Ricardo. De entre sus numerosos primos, Ricardo y su hermano Julian eran los preferidos de Fernando, tal vez por lo parejo de sus edades o por una cuestión de carácter.

Mientras los mayores preparan la caldereta de cordero y amasan los repapalos, la chiquillería se pierde entre los alcornoques para jugar al escondite. Las madres les gritan distraídas que no se alejen demasiado, que no pierdan de vista los carros o que tengan cuidado con romperse la ropa.  El tío Sebastián, soltero todavía a sus treinta años largos, les ve pasar sonriente mientras recoge ramas para la hoguera. Sobre la sonrisa, sus ojos tienen un algo de rapaz, de alerta continua, pero los niños sólo ven en él al fortachón que saca monedas de sus orejas y conoce todos los cuentos, todas las canciones que sonrojan y hacen reír a sus madres. Seguro, piensa Fernando mientras corre entre los árboles, que el tío Sebastián toca la guitarra junto al fuego, cuando el sol se oculte, y cuenta alguna de sus historias.

Pero ahora lo importante es esconderse de Ricardo, que será el encargado de encontrar al resto. Encarado a un árbol, Ricardo cuenta en voz alta, agotando el plazo para que los niños se oculten. Fernando ve a sus primos meterse entre los matorrales o tras los troncos, pero él ha elegido un lugar mejor. Riendo sin ruido mientras corre, llega hasta el terraplén donde acaba el bosquecillo. La suave pendiente desemboca en una poza profunda de aguas quietas y oscuras, y está cubierta de matorrales de jaras y brezos entre los que el niño piensa ocultarse.

Así lo hace, sonriendo, sin pensar en la inclinada pendiente hasta que su pie resbala y la tierra suelta rueda hacia abajo. El niño se desliza, agarrándose a la cercana jara, y pero el arbusto se parte en dos dejándole sin sujeción. Fernando no puede sostenerse, el desnivel es demasiado pronunciado y él no tiene fuerzas para ponerse en pie aunque lo intenta. Cae sobre el estómago, perdiendo el aire y resbalando sin remedio hacia la oscura poza.

Rueda terraplén abajo entre tierra suelta y flores blancas, rueda entre arañazos y cortes y grita con fuerza cuando su cuerpo pierde contacto con la tierra y cae en el agua, helada pese a que la tarde de primavera es cálida, casi seca.

Algún desconocido instinto ha hecho que tome aire en el último momento, que atesore esa última bocanada mientras se sumerge, mientras bracea con la torpeza de un cachorro, mientras la luz del sol se convierte en un punto lejano, suavizado por el filtro de las aguas estancadas.

Desciende, mientras la superficie se aquieta, perturbada sólo por las burbujas que suben desde la boca abierta de Fernando, que sigue braceando inútilmente, cada vez más abajo, cada vez más frío y pesado. Sabe que va a morir, y el sol sobre la poza es sólo un borrón de oro.

La oscuridad llega cuando una sombra cruza el sol, creciendo ante sus ojos y rompiendo la superficie del agua, y Fernando piensa que la muerte viene a por él, que los ángeles de los que le han hablado sus padres son penumbra y oscuridad.

El agua llena sus pulmones, y siente una curiosidad lejana ante la sensación de fuego en el pecho que le causa pese a estar tan fría. La sombra crece y Fernando reconoce en ella el rostro recio y amable de Sebastián, su tío. Lleva los brazos pegados al pecho desnudo, y sus pies se mueven como la cola de un tritón, impulsándole hacia abajo. El niño piensa que es imposible, que están demasiado lejos de la superficie, que ambos morirán bajo las aguas. Y se siente culpable.

Pero a Sebastián no parece preocuparle. Llega hasta el niño y abre los brazos, que sujetaban la llave de madera, de ángulos rectos y limpios, que siempre lleva colgada del cuello. Fernando percibe un brillo oscuro, una suavidad de tinta espesa, en la superficie de la llave, pero todo se está nublando a su alrededor y no cree que esa luz robada tenga nada de real. Ni siquiera le importa. Ya no siente los brazos ni el dolor del pecho, ni percibe la fuerza de su tío cuando las fuertes manos le cogen por las axilas. La mano derecha de Sebastián coge su mano izquierda, y el tío le guiña un ojo.

Cuando su pequeña mano toca la madera Fernando siente el tacto seco y cálido de la llave. No es posible, pero ocurre. El agua parece menos fría, menos ardiente, en el interior de su pecho, y los pulmones se contraen, escupiendo con fuerza el líquido, haciéndole sentir que pasa a través de la piel de su garganta. Sus miembros reaccionan mientras Sebastián mueve los pies, esta vez con la cabeza apuntando a la superficie. Ambos empiezan a subir, cada vez más rápido, y Fernando disfruta durante unos segundos del encuentro con la maravilla, de la magia que emana la llave. Mira a Sebastián y ambos ríen bajo las aguas que ya no pueden encerrarles, que son respirables al contacto con la llave, y en esos instantes son como dos salmones contra la corriente, dos fuerzas vivas e imparables que no temen al frío ni a la oscuridad. Rompen la superficie con un salto que es vida y ríen a coro.

En lo alto del terraplén esperan las mujeres, nerviosas pero sin las lágrimas ni los gritos que cabría esperar, mientras los hombres han formado una cadena hasta la orilla, y ayudan a los empapados aventureros a salir del agua.

-Ha ido de poco –dice Jacinto, su padre.

-Peor pudo ser –contesta Sebastián– pero así aprenderá a ser más prudente. Aunque ahora habrá que hablarle de las llaves.

Jacinto mira con seriedad al niño, que jadea como si estuviese aprendiendo a respirar de nuevo el aire limpio, mirando alternativamente a los dos adultos sin comprender del todo, pero sabiendo que su encuentro con la magia es el principio de algo.

-Habrá que –dice finalmente Jacinto-. Queda de tu cuenta. Y tú, te has quedado sin repapalos. Ya verás cuando te coja tu madre. 

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