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13 min
El reparto del botin
Varios |
31.07.20
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Sinopsis

Roba un banco y reparte el dinero

El reparto del botín

Ahora sí estoy totalmente solo. —Se dijo el Polaco— Cuando escuchó por la radio la noticia de que cuatro asaltantes habían muerto resistiéndose a la  orden de detención. No necesitó escuchar los nombres para saber de quienes se trataba. Recordó el robo al banco del año anterior, en el cual también había participado —su primer y último robo— estuvieron de acuerdo en esconder el dinero en una casa que Rolo tenía alquilada con nombre falso. Se comprometieron a  no realizar más robos, continuar cada cual con sus trabajos y esperar que todo se fuera tranquilizando.

 El volvió a su trabajo de pintar casas.

Hacía varios meses que no se encontraban y suponía que todos estaban cumpliendo lo pactado, pero evidentemente no era así.

El botín seguía según creía en aquella casa alquilada, la policía no había logrado encontrarlo y aparentemente  tampoco tenía pistas de ninguno de ellos. Las investigaciones tomaron caminos distintos,  muy alejados de la verdad y finalmente el caso quedó irresuelto y en el misterio. 

Lamentaba mucho que sus compañeros se hubieran descuidado, tal vez entusiasmados por el éxito de aquel primer robo, los hizo confiarse; el final  no podía ser peor.

A pesar de la tristeza y la angustia, rápidamente una idea comenzó a rondar en su cabeza —iría a buscar el dinero escondido— aun a riesgo de que ya no estuviera allí y sobre todo, lo más riesgoso, que la policía estuviera emboscada esperando.

Igualmente decidió ir. Sería todo lo cuidadoso  que fuera posible.

Especuló un poco en cuál sería el horario conveniente para ir  y llegó a la conclusión que cualquier horario podría ser bueno y malo a la vez.  Prefirió ir media mañana —En los barrios en esas horas hay poca gente en la calle— llegó a eso de las nueve treinta y efectivamente no se cruzó con nadie, la casa parecía vacía, observó unos instantes la vivienda y luego sin la mínima duda entró en la vivienda; por un segundo su corazón latió a gran velocidad, esperando oír la orden de que se quedara quieto, seguida de los habituales insultos que el miedo dispara aun en los que se encuentran en situación ventajosa.

No hubo órdenes ni insultos, la casa estaba vacía, velozmente busco el bolso con el dinero. El miedo retornaba porque por un momento pensó que ya no estaría en el lugar precario que había elegido Rolo. —La carcasa de un lavarropas en desuso — sin embargo ahí lo encontró; el bolso y los dólares, estaba todo. Después de todos sus amigos habían sido leales, eso lo entristeció más, se dijo que seguirían vivos de no haber continuado con los asaltos.

 Tenía un pasaje hasta el final del recorrido, pero decidió que bajaría en cualquier ciudad que le agradara.  Durante el viaje pensó mucho en lo que podía y debía hacer.  Gastar el dinero dándose gustos en parte lo seducía. Viajaría, iría a buenos hoteles; los dólares eran como una herencia, que ya no sería reclamada por nadie, no le pertenecía a nadie. — Tampoco a mí— Pensó contrariado.

 Los cinco meses siguientes los pasó ocupado con los billetes; la obsesión por la plata de la herencia lo tuvo un tiempo a mal traer, pero apenas usó una mínima porción para subsistencia, al resto lo guardó con la firme convicción de no tocarlo jamás. Sin embargo ese dinero le molestaba, le causaba preocupación, la decisión de no utilizarlo ya no lo tranquilizaba; ahora sentía que debía hacer algo más.

 Una idea comenzó a perseguirlo: debía repartir el dinero. Luego de pensarlo un poco, decidió hacerlo, pero no sabía cómo.

  Deseaba desprenderse del dinero, pero no de cualquier manera, era necesario encontrar la mejor forma para que los billetes les llegara a las personas indicadas de acuerdo a su arbitrio. Pensó que en definitiva la arbitrariedad es algo muy común. Entonces sería arbitrario y elegiría a cada beneficiario  guiado por lo que sintiera en cada momento.

 El día que comenzó con el reparto, subió a un colectivo y sentó en un asiento de a dos. Esperó. Fue descartando a varios de sus ocasionales compañeros de viaje porque eso que esperaba sentir no aparecía.  Después de casi media hora de viaje, subió un viejito, que luego de descartar otros lugares vacíos, se sentó a su lado. El polaco ya lo había elegido porque al verlo subir “sintió que ese era”. Ya tenía  en la mano un pequeño rollito  de billetes.  Muy lentamente  y con gran cuidado, depositó el rollo en el bolsillo del saco del viejito que viajaba distraído. Luego bajó de inmediato.

 Ese día se dio por contento y no hizo nada más. Quería pensar el hecho, imaginarlo al viejito descubriendo los billetes, buscando explicaciones, alegrándose, intrigado.

  El Polaco intentaba descubrir que le había dejado la experiencia. Se preguntaba si esto lo cambiaba. Cuál era el significado. Se decía que tal vez era solo un ejercicio, un entretenimiento, que le permitía desprenderse de algo que lo incomodaba.

  Mañana voy a repetir esto, voy a volver a la arbitrariedad, a elegir, a sentirme omnipotente, voy a ejercer una forma de poder anónimo, un pequeño poder absoluto, ante el cual las víctimas o los elegidos no pueden hacer nada, sobre todo porque no lo asociaran con un poder. Para ellos será algo inexplicable, un error, una casualidad, un misterio o una pelotudez. Una broma o quizás una amenaza velada.

 Continuó día tras día depositando en bolsillos extraños, los billetes enrollados.

Los rollitos eran desiguales, no todos tenían la misma cantidad de billetes. Los había preparado sin contarlos, los tomaba al azar y los depositaba indiscriminadamente.  Iba a ser todo lo arbitrario que pudiera y dejaría su “contribución” sin  sujeción a nada, excepto la coincidencia  del tiempo y del espacio en el que se produjera. Todo lo demás seria incidental e imprevisto.

El Polaco desde su llegada a la ciudad, estaba alojado en una humilde casa de pensión, la mujer que administraba el lugar, le designo una pequeña pieza. El baño lo compartían con otros inquilinos. Le llamó la atención que todos eran hombres solos y casi todos eran viejos o envejecidos, hombres curtidos, taciturnos. Al Polaco se le ocurrió que eran hombres que sobrevivían  —Quien sabe a qué vidas y a qué muertes— Ninguno necesitaba muchas cosas, al contrario, casi no necesitaban nada, no pedían nada. Él tampoco pedía nada, también era un sobreviviente.

   Con uno solo de esos viejos había conversado algunas veces en el patio mientras hacían fila para entrar al baño.  El viejo seguramente estaría intrigado al ver a un joven muy vital entre tantos moribundos. Ese viejo —posiblemente el menos moribundo—quiso saber qué era lo que atraía al Polaco a ese lugar decadente y triste.

 —Es muy barato. Contestó, a la pregunta que lo incomodaba. Pensaba que con esa respuesta, satisfacía la curiosidad del hombre; pero se percató de que no lo convenció para nada. —Este viejo es inteligente y me cae muy bien.

 Posteriormente conversaron algunas otras veces; el viejo inquiriendo sutilmente y el Polaco rehuyendo como podía a dar respuestas concretas.

   Una tarde, casi noche ya, el Polaco escuchó golpes en la puerta, se puso tenso, era algo inesperado e indeseado.  El viejo preguntón quería hablar con él. Antes de abrir dio una mirada rápida a la pieza. Todo en orden, el bolso con el dinero no estaba la vista, luego de esa comprobación abrió.

 El viejo no pidió permiso e ingresó en la habitación, ya en el interior se tomó un  tiempo antes de comenzar a hablar. El Polaco lo miró impaciente, pero esperó sin decir nada que el viejo le dijera lo que buscaba.

 — Disculpe muchacho, pero quería comentarle algo muy… antes que nada ¿Cuál es su nombre?  El Polaco suspiro con fastidio  — me dicen Polaco— Dijo disimulando  el malestar que sentía. El viejo ignorando la actitud del Polaco dijo: — Polaco ¡ah claro por el pelo!... es lógico si… Polaco, por supuesto.

— ¿Qué necesita?— Lo interrumpió, ya sin disimular la incomodidad que sentía.  El viejo no se daba por enterado  —solo, quería comentarle… bueno usted parece un joven inteligente, eh… la cosa es que un viejito de acá a la vuelta… por aquí somos todos viejos ¿vio?... bien, ese hombre me comentó que hace unos días encontró un rollito de billetes en un bolsillo del saco—. El viejo dejó de hablar y lo miró al Polaco, que esperaba callado que el hombre prosiguiera. La pausa se prolongó. El Polaco impaciente pregunto — ¿Y entonces?—

—Bueno es una suma bastante grande, el hombre no sabe qué hacer; pensó en ir a la policía. Dijo el  viejo.

 — ¿A la policía, para qué? —

— Es que tiene miedo, no sabe cómo llegó el dinero a su bolsillo.

 El Polaco sintió la obligación de justificar el hecho —A lo mejor lo había olvidado—. Dijo y al instante se dio cuenta de que había dicho una estupidez.

 El viejo en tono condescendiente contestó  —No; somos viejos, no es habitual que veamos tanta plata, esto es un misterio… pero bue, lo que yo venía a buscar era un consejo  ¿Qué le parece que debería hacer mi amigo? es decir ¿Usted qué haría? El Polaco esperó unos segundos y luego contestó  —Que lo guarde, si lo encontró en su bolsillo es de él, nadie lo va a reclamar… no sé… dígale que no se preocupe, que lo disfrute.

 — Si, seguro es lo mejor, aunque lo extraño es que a varios viejos les pasó lo mismo; parece que alguien está repartiendo dinero entre nosotros, los viejos— Dijo esto mirándolo fijamente.

 — Y si es medio raro todo— El polaco trataba de zafar como podía.

   Ya en otro tono el viejo insistió— En definitiva, usted cree que no hay que devolverlo, ni avisar a la policía. Dicho esto se dispuso a salir de la pieza 

— Voy rápido a comentarlo con los viejos— Pero antes irse agregó  — ¿Sabe? Teníamos dudas pero habíamos pensado hacer un fondo común, porque no sabemos si la repartija seguirá, por eso pensamos asociarnos y solidarizarnos entre los elegidos  y los no elegidos—  El viejo ahora ya no ocultaba sus pensamientos. Luego continuó  — ¿No le parece una buena idea? Ya que alguien es generoso con nosotros, lo vamos a imitar.

 El Polaco no contestó. Creía entender que el viejo le estaba advirtiendo que lo habían descubierto o que sospechaban de él y lo estaba sondeando. No sabía a qué atenerse. Decidió seguir como si nada. Entonces dijo — Al menos esto que les sucede el algo bueno.

 – Sí pero lo extraño del asunto asusta un poco— Retrucó el viejo.

  —Bah, no creo que haya que preocuparse si por las calles anda un loco generoso. Desestimó el Polaco.

  El viejo abrió la puerta y ya desde afuera le dio las gracias por el consejo.

  Se sentía descubierto e indefenso. ¿Qué debería hacer?, aunque pronto se convenció de que en realidad solo podían sospechar y finalmente si el viejo se había presentado para “consultarlo” era evidente que no pensaban denunciar el asunto.

Igualmente no pensaba detenerse, seguiría con el reparto.

  Hasta ese momento todas las entregas las había hecho en los colectivos, pero ahora dudaba. Sabía que los viejos aceptaban la ofrenda, el único miedo era que por alguna infidencia, aunque fuera involuntaria, se pusiera sobre aviso a la policía o a los servicios; entonces sí tendría un problema real.

 Al otro día salió, se subió al primer colectivo que apareció. Luego de pagar el boleto se sentó. Observó con inquietud, que los pasajeros  eran casi todos viejos.  Bajó en la siguiente parada; quería tomar otro ómnibus para comprobar lo que sospechaba.

 Subió a otro colectivo, desde el estribo observó que eran sin excepción viejos, no terminó de subir, saltó inmediatamente a la vereda.

  Confirmado, los viejos lo esperaban, ellos dominaban el juego. Así no le era posible seguir, se sentía vulnerable.

  Tendría que buscar otros lugares y otras maneras de continuar desprendiéndose del dinero. ¿Dónde? Se preguntaba. En la calle es muy difícil. En los cines. No, estos viejos no van al cine. ¿Dónde entonces?  Se reúnen en las plazas recordó. Iría a dar un vistazo. Lo que vio no lo convenció. Lo mejor sería dejar pasar unos días. Espero dos semanas y volvió a los colectivos, para observar la composición del pasaje.  Viajó durante una semana sin hacer entregas, hasta que le pareció que la configuración del pasaje se había hecho heterogénea.

  Un día se decidió e hizo una entrega. Apenas dejó el rollo de billetes en el bolsillo del viejo, se levantó y bajó del colectivo. Estaba muy exaltado, se sabía descubierto, pero no quería abandonar sus propósitos.

  Ahora los viejos jugaban con él, lo esperaban o le enviaban a alguno especialmente, lo hacían descaradamente para demostrarle que ellos sabían todo, que lo conocían y que lo obligaban a hacer lo que ellos querían. En uno de los viajes, el viejo sentado a su lado le señalaba el bolsillo, sin disimulo.

 —Hola Polaco— Le dijo su vecino de pensión al sentarse junto a él en el colectivo. No contestó. El anciano siguió hablando — Todos tenemos locuras, Polaco. Un rato jugaste vos, otro rato nosotros… hay que terminar el juego, no queda otra— El Polaco lo miró, el viejo parecía rejuvenecido. —Estuvo bien, más que nada por darnos una distracción, un trabajo, eso estuvo mejor que la plata, mucho mejor. Es posible que no sepas porque haces esto, nosotros tampoco sabemos por qué llegamos a este momento; simplemente quisimos llegar hasta aquí, no queremos que sigas. Conservá el dinero que te quede, si algo te queda.  —Es el momento de terminar, ya hiciste bastante, repartiendo dinero entre viejos miserables. Seguir con esto es peligroso, es posible de que ya estés en peligro. Todos nosotros te estamos agradecidos. Hizo una pausa y luego dijo —Adiós. El viejo bajó del colectivo sin haberse percatado de que en su bolsillo llevaba un último  rollo con el resto del dinero del botín

 

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Soy psicólogo social y docente en actividad. Me jubilé en una empresa de energía, después de 42 años tengo 67 años

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