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4 min
El representante comercial
Amor |
15.01.22
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Sinopsis

Una historia del siglo pasado, en Porto Alegre - Brasil.

EL REPRESENTANTE COMERCIAL

 

Mi padre tenía un bar cerca del hospital Santa Casa, en aquellos años románticos de la ciudad de Porto Alegre, cuando las paredes gritaban frases de protesta, poesías y locuras propias de una época convulsionada y creativa. Allí aportaban muchos clientes de diferentes tribus, de diferentes áreas de los negocios. De acuerdo con el horario, era un tipo de público.

El grupo que más llamaba la atención era el de los representantes de los laboratorios farmacéuticos. Ellos llegaban siempre en el final de la tarde. Venían ya con las corbatas flojas y desaliñados, con los rostros desfigurados.

Me gustaban. Principalmente me gustaba Paco, un gringo muy simpático, apasionado por una portoalegrense. Bastaba tocar en el asunto y él se deleitaba elogiando y comentando los predicados de su amada futura esposa.

Más tarde, en el fin de la noche, cuando ya estábamos prontos para cerrar, aparecía la tribu de los bohemios, los pícaros, aquellos que vivían en el límite de lo correcto y de lo ilegal. Raramente yo quedaba hasta el final del día. Pero, cuando quedaba, terminaba cerrando la noche en algún botiquín, bar o lugar de dudosa reputación, yendo en la ola del grupo del fin de noche.

Cerca de allí, todavía en el Centro, había un lugar no muy recomendable. Bebidas, música y mujeres que vendían momentos de placer y de locura. Yo nunca había estado allí, sentía un poco de miedo de entrar en aquel lugar. Pero, provocado por el grupo de parranderos, entré con ellos, una noche. Mujeres bailando sin muchas ganas, ofreciendo sus dudosos encantos, mucha bebida, música estridente, poca iluminación y en el aire un olor a moho o a cosas sucias.

Pero, una de las danzarinas me hipnotizó. Creo que ella percibió mi mirada encantada y vino hasta mí. Enseguida me di cuenta que su discurso era ensayado y preparado para pescar clientes en la noche. Aún así me pescó sin mucho esfuerzo. Mentalmente conté el dinero que tenía en el bolsillo (había hecho un “préstamo” en la caja del bar) y resolví subir hasta el cuarto con ella.

Era una habitación con mal olor. Si encendieran las luces de repente, creo que llevaría un susto. Sonia fue muy especial y me hizo explotar de placer, agitando todas las células de mi cuerpo. Con hechizo de su sonrisa y mucha experiencia de sus manos delicadas, recorrió mi cuerpo joven y abrió un universo inmenso de placer y lujuria, derribándome en un cielo que era un abismo sin fin, montaña rusa de sensaciones inéditas. Volví para casa pisando en las nubes.

Retorné muchas veces para naufragar en el cuerpo dorado de Sonia. Yo estaba literalmente enamorado de aquel amor de mentira.

Tuve varias discusiones con mi padre, que no aceptaba mis préstamos no autorizados en la caja del bar, principalmente cuando supo el motivo. Eso me alejó un poco de los encantos de Sonia. En esa época, conocí una muchachita que, con su sonrisa, su manera graciosa de hablar y su cuerpo pleno de energía, me conquistó. Me alejé de mi amor comprado, pero nunca olvidé aquella experiencia que movió cada fibra de mi cuerpo y de mi alma.

La vida en el bar continuaba repitiéndose, un día igual al otro, apenas cambiando la presencia de algunos clientes. Ya los representantes de los laboratorios eran siempre los mismos. Un día Paco entró sonriendo, feliz, flotando en el aire. Venía a presentarnos su novia, aquella que él había escogido para ser su esposa. Yo demoré unos minutos para percibir quien era la agraciada. Cuando la luz del sol me dio una tregua, vi su rostro e me quedé congelado.

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