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23 min
El retenedor de segundos
Fantasía |
08.12.16
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Sinopsis

En una pequeña callejuela, a la cual la luz de la luna no llegaba a alumbrar, un hombre extraño caminaba todo lo rápido que le permitía su cojera. Su rostro estaba tapado por una capucha que amenazaba con echársele para atrás a cada acometida del viento. Por ello se la agarraba con la mano izquierda, mientras que la derecha permanecía en el bolsillo derecho del raído y viejo abrigo negro.

No era una persona cualquiera, pues guardaba un secreto que siempre había deseado llevarse a la tumba. Pero hacía unas semanas había cambiado de opinión. El problema era que necesitaba a la persona idónea para ello, y no la encontraba por mucho que se esforzaba. Aunque quizá aquella noche fuera diferente…

No parecía muy probable, sin embargo. Se trataba de una noche en la que hacía un viento terrible, que hacía salir volando todo lo que no estuviera fijo en el suelo. El hombre andaba por el casco viejo de la ciudad donde no había ni un alma, a pesar de ser sábado, debido al mal tiempo. Pensando ya en irse a otro sitio, encontró de repente a un hombre tirado en un portal. Al principio le había parecido sólo un montón de ropa, por lo que se sobresaltó al comprobar lo que era. Tenía los ojos cerrados, pero se le notaba que no estaba dormido.

-Buen hombre-le habló, con lo que el otro abrió los ojos-, ¿está usted bien?

-No, no lo estoy-respondió con la lengua trabada, dando a entender que esa noche había bebido demasiado.

-¿Cómo se llama?

-Me llamo Pedro, aunque nadie recuerde ya mi nombre. ¿Y usted?

-Mi nombre es Felipe, pero eso es lo de menos. ¿Por qué estás ahí tirado?

-He bebido demasiado. Ahora no puedo ir para mi casa, apenas me mantengo en pie.

-Pero, buen hombre, ¿por qué bebe usted tanto?

-Mi vida es un desastre. A nadie le importo, a nadie…

-¿No tiene familia?

-No les importo.

-¿Amigos, pareja?

-Los perdí a todos por mí mala desenvoltura social. Nunca he servido para las relaciones con la gente, no se me ha dado bien. Al menos cuando bebo, eso se pasa por unos minutos.

Felipe se sentó en el sucio suelo, al lado de Pedro, el cual tuvo que incorporarse para dejarle hueco. El esfuerzo hizo que le diera vueltas la cabeza, por lo que vomitó en plena acera. A Felipe no pareció importarle.

-Amigo, estás de suerte.

-¿Suerte, yo?­-le dijo Pedro, incrédulo. Se arrebujó un poco dentro de su abrigo, pues su debilidad le hacía tener un frío tremendo.

-He decidido compartir mi secreto contigo. Algo que jamás he contado a nadie.

-¿Por qué yo?

-Porque eres un desgraciado. Eres, sin duda, la persona perfecta para saberlo.

-No sé qué decir de eso.

-No digas nada.

Estuvieron unos segundos en silencio. El cielo se había nublado y había empezado a caer una débil llovizna. Gracias al fuerte viento, la lluvia no afectaba a los dos hombres, bien resguardados del agua, que no del frío, en aquel soportal.

-Vamos allá-murmuró Felipe.

Pedro le miró, interesado en lo que aquel hombre iba a decir. Por primera vez en toda la noche, se sacó la mano derecha del bolsillo, y no la llevaba vacía. Sujetaba con firmeza algo que se parecía mucho a un mando de garaje.

-¿Me vas a regalar un coche?-preguntó, atónito, Pedro.

-Mejor.

El mando tenía cuatro botones. Tres de ellos estaban en fila y ordenados por números encima. El otro botón estaba algo alejado de los demás y ponía “repetición imparable” con letra pequeña.

-Esto, no es un mando de garaje, amigo mío-continuó Felipe-. Esto, es el retenedor de segundos.

-¿El qué?

-El retenedor de segundos captura tres recuerdos tuyos, los que quieras, siempre que duren treinta segundos o menos. Obviamente, debes elegir los tres mejores momentos de tu vida. Si pulsas el botón, saldrás de tu cuerpo y te trasladarás a ese momento concreto de tu vida, metiéndote en tu cuerpo de antes.

-Venga ya. Eso es imposible.

Pedro le quitó el aparato a Felipe, y pulsó el botón que tenía escrito el número “1”.

Se encontraba en un hospital, intentando observar por encima del hombro de un hombre vestido de blanco. Sin él quererlo, sus piernas le echaron para atrás. Un aullido desgarrador inundó la sala. Seguía sin ver nada, pues la espalda de varios médicos le impedía ver más allá de sus batas. Varios segundos después, se dieron la vuelta, uno de ellos con una cosa pequeña y llena de sangre en brazos.

-Enhorabuena, es un niño muy sano.

Sin Pedro proponérselo, alargó los brazos y lo cogió, con tanto cuidado como si fuera de cristal. Lloraba a pleno pulmón, pero al estar en sus brazos se tranquilizó un poco. Pedro notó lágrimas recorriendo su cara y cayendo encima del niño. Unos pocos segundos después, dejó de estar en esa sala de parto y volvió a encontrarse en el portal pedregoso, con media espalda sobre el suelo.

Felipe no se había quitado la capucha, pero se le notaba muy enfadado. Le quitó el aparato de las manos de un tirón.

-Nunca más vuelvas a ver mis recuerdos. Eso es algo privado. Nadie lo había visto jamás.

-Perdón. Entonces, lo que acabo de vivir, ¿era un recuerdo tuyo?

-Sí-le respondió Felipe, lacónicamente.

Pedro se volvió a enderezar. Estaba muy animado. Aunque pronto vio un problema.

-Pero si están tus recuerdos… ¿Cómo voy a meter los míos?

-Sólo hay dos maneras de que el retenedor se quede sin segundos dentro: Una, es muriéndose el dueño. La otra, siendo obligado a vivir tus tres peores recuerdos una vez. Tiene que ser comparable la felicidad de cada recuerdo bueno, con la tristeza y el dolor de cada recuerdo malo.

-¿Y esté botón de “repetición imparable”?

-Si pulsas ese, vivirás constantemente esos tres recuerdos, hasta que te mueras. Te quedarías como en coma en la vida real, pero siempre viviendo lo mismo en tu cabeza.

-Pero es más que un recuerdo. Te trasladas a ese momento concreto en cuerpo. Lo acabó de vivir.

-Es mucho más real que cualquier pensamiento que puedas tener jamás. Más real que cualquier sueño que tengas, aunque por un tiempo estés convencido de estar realmente ocurriendo eso. Es prácticamente como vivirlo de nuevo. Nadie ha pulsado el botón de “repetición imparable” nunca, que yo sepa.

-¿Y me lo vas a regalar? ¿Por qué?

-No me encuentro muy bien. Noto como mis días en este mundo se esfuman.

-¿Por qué no pulsas el botón ese de “repetición imparable”? Así, tus últimos días estarás bien y en paz.

-Escúchame. Nunca pulses ese botón. No puedes saber si te va a pasar algo mejor en el futuro. ¿Cómo puedo saber yo si mis últimos días no van a ser los mejores de mi vida? Vivir con la posibilidad de ser más feliz que nunca merece más la pena que vivir mil veces los mejores momentos de tu vida, sin pausa.

-No sé yo.

-Cómo puedes tú saber, por muy desgraciado que seas, que no te va a tocar la lotería. O que no va a pasar ahora mismo la chica más maravillosa del mundo por esta calle vacía a excepción de nosotros y que no se va a enamorar de ti.

-Es casi imposible.

-Pero no del todo. Eso es lo que quiero que entiendas.

-Entendido.

-Ven mañana a esta dirección-pronunció con dificultad Felipe, casi como si estuviera proclamando su sentencia de muerte, extendiéndole una hoja arrugada a Pedro.

-Vale.

-Ten en cuenta siempre que este artefacto me lo dio hace veinte años un hombre encapuchado como yo ahora mismo. Me dio unos consejos, que siempre se ha dado al nuevo poseedor del retenedor, y que tú también debes saber: “Nunca digas a nadie que lo tienes, si no te matarán para quedárselo ellos. Utilízalo sólo cuando estés muy deprimido y necesites vivir un recuerdo tan agradable. Si no, pasarás prácticamente a vivir para el pasado, y siempre se debe vivir hacia el futuro”. ¿Lo has oído bien? Esto sólo sirve para ayudarte en los peores momentos. Nunca abuses de él.

-Está bien.

-Bueno ahora me voy. Va a ser una noche muy larga para mí.

Felipe se alejó, sin destaparse la capucha, enfrentándose al viento y a la lluvia, que ahora caía a cántaros. Pedro lo observó, sin moverse de su sitio, hasta que su nuevo amigo fue menos que una sombra entre las gotas que nunca dejaban de caer.

 

Al día siguiente, Pedro se preparó bien en su casa. Se duchó y se peinó. Vivía sólo, por lo que no tenía a nadie que le dijera si estaba guapo o no. Claro, que luego se dio cuenta de que iba a ver a un viejo que ni siquiera se había quitado la capucha, no a una cita con una chica.

Miró la hoja que le había dado la noche anterior Felipe. Observó con sorpresa que no vivía muy lejos de él. Anduvo media hora y subió hasta el tercer piso en el que se debía encontrar el dueño del retenedor. Llamó a la puerta y una voz débil desde dentro, le dijo que estaba abierta. Pedro entró y rápidamente vio que el piso era realmente un desastre. Sólo tenía una habitación con cocina cama y un retrete, todo sin una sola puerta. Eran, en el más estricto sentido de las palabras, cuatro paredes y un techo.

En la cama, un hombre de unos setenta años, calvo y con la piel muy arrugada, se acurrucaba subiéndose la sábana hasta la barbilla. Habría resultado gracioso, de no ser por los restos de lágrimas y sangre que llenaban la almohada. Pedro tardó unos segundos en comprender, que ese viejo era Felipe.

-Ahí lo tienes-señaló con una mano temblorosa a la única mesa que había en la casa.

El retenedor de segundos era lo único que estaba encima de la mesa, pareciendo muy pequeño y sin ningún poder.

-¿Qué te ha pasado, Felipe?

-Me he pasado toda la noche viviendo los peores momentos de mi vida. Cada vez que tenía que soportar de nuevo cada uno, necesitaba varias horas para recuperarme. Ha agravado mi enfermedad.

Felipe, como queriendo corroborar lo dicho, tosió sangre encima de la almohada. Pedro se acercó a la mesa y cogió con cuidado el retenedor.

-¿Qué debo hacer para meter mis recuerdos?

-Cuando estés preparado, piensa en uno de los recuerdos que elijas. Elige bien, sólo tienes una oportunidad o tendrás que pasar por lo que he pasado esta noche para poder cambiarlo. Concéntrate bien en el instante en que quieras comenzar el recuerdo. El resto te lo da el retenedor. Hasta que pasan treinta segundos. Vivirás detalles de ese momento que habías olvidado. Esa es una de las grandes capacidades del invento, que te da mucho más de lo que tu cabeza es capaz de recordar.

Pedro estuvo un minuto pensando en que recuerdo elegir. Sonrió, al decidirse. La primera opción era demasiado obvia.

Cerró los ojos, se concentró en ese segundo en el que comenzaba la historia, pulsó el botón y salió en alma, aunque no en cuerpo, de ese cuartucho y de esa época.

El cielo sobre su cabeza estaba estrellado y la luna llena, estaba más grande de lo normal, gracias al mayor acercamiento del satélite a la tierra en mucho tiempo. Pedro bajó la cabeza. Estaba sentado en un banco. Al lado suyo, una chica de unos dieciséis años lo miraba, con los ojos brillantes. Era guapísima, o eso le parecía a él. Ella abrió sus finos labios y soltó:

-No puedo hacerle esto.

-¿Por qué no? No te trata bien, no es un buen novio.

  Pedro acercó su cabeza a la chica y la besó suavemente. Tras unos segundos, se separaron y ella sonreía de oreja a oreja. Se cogieron de la mano, y con la otra, la chica le acarició el rostro. Sobraban las palabras en esa mirada. Pedro hizo lo mismo, y le pasó la mano por su sedoso pelo negro. Suspiró. Era un instante tan perfecto. Cuando mejor estaba, notó como el cielo se convertía en un techo desconchado, dejó de tener la mano de la chica en su mano derecha para tener el retenedor y dejó de observar a esa chica para observar a Felipe.

Con una sonrisa de oreja a oreja, Pedro se tiró al suelo. Se estiró cuan largo era y trató de asimilar el poder haber vivido ese momento otra vez.

-Si no es indiscreción, ¿qué recuerdo has elegido?

-Una chica de la que estaba enamorado de adolescente… Una vez me besé con ella… Pero ella no dejó a su novio a pesar de todo. Hace años que no la veo, pero jamás podría olvidar ese momento. Casi había olvidado su rostro. No te puedes imaginar lo que es volver a ver ese rostro tan nítido, y de nuevo teniendo dieciséis años.

-Buena elección, Pedro-dijo Felipe, incorporándose un poco en la cama, quizá revitalizado por lo que le había contado Pedro-. Elige otro.

-Hombre, recuerdo a mi padre jugando conmigo, yo siendo muy niño, con tres o cuatro años. Casi nunca se tiraba al suelo conmigo y mis juguetes, pero ese día sí. Creo que era Navidad… Si estoy seguro. Jugamos con los regalos que acababa de encontrar bajo el árbol de Navidad. Me habían regalado todo lo que quería, a pesar de estar atravesando una mala situación económica.

-Es un buen recuerdo.

Pedro apretó el botón que ponía “2”.

-Bruum, bruum.

Andaba a gatas, con un cochecito de juguete. Una sombra apareció encima de él. Un hombre calvo y con los brazos muy musculosos, se tiró al suelo como si fuera un niño. Iba en bata, y de largo que era, casi tira el árbol de Navidad, todo lleno de bolas y de figuritas. Pedro rio con una voz muy aniñada. El padre cogió una de las figuritas que acababa de abrir Pedro, pues todavía estaba el papel que anteriormente lo envolvía. Empezó a escalar el árbol con el muñeco. El  niño que ahora era Pedro aplaudió encantado. Su padre lo agarró por las axilas, con fuerza, y corrió con Pedro bajó su brazo izquierdo por toda la cocina. De ese modo, tuvo la oportunidad de ver a su madre riendo, viendo la escena, en pijama. Recorrió toda la casa, y pudo observarse un segundo en un espejo, pequeño y rechoncho como era él de niño. Su padre lo soltó de nuevo en el árbol de Navidad. De nuevo, cambió de lugar, y el árbol se convirtió en un Felipe, quejumbroso y enfermo.

Pedro suspiró encantado. ¿Seguro que no podía vivir eternamente en esos recuerdos?

-¿Buen recuerdo?

-Buenísimo. No me acordaba ni de la mitad.

-¿Qué pasó con tus padres?

-Cuando me hice mayor, empezaron a darme de lado. No sé muy bien porqué. Con veinte años me fui de casa y apenas los voy a visitar.

-Podrías arreglarlo.

-A veces es mejor vivir en el pasado feliz, que en un futuro incierto.

-Como tú quieras. Es tu vida. Te falta un recuerdo.

Este era ya más complicado. No sabía cuál escoger. Se le venían muchos pero creía que no tenían la suficiente potencia como para ser uno de sus tres mejores recuerdos.

-Creo que tengo uno.

Pedro pulsó el botón “3”.

-Perdone, ¿nos puede sacar una foto?

-Claro.

Hacía un día soleado y esplendido. En el cielo no había una sola nube. Dos chicos de unos veinticinco años, le pasaron los brazos por los hombros, cada uno en un lado, para salir en la foto que un señor mayor, con el periódico de ese día bajo el brazo, les estaba sacando.

-Ya está.

-Muchas gracias.

Pedro miró para atrás. La playa de La Concha de San Sebastián apareció ante sus ojos. La estampa era incomparable. Estaba todo lleno de bañistas aprovechando el calor de junio. Uno de sus amigos dijo:

-Me encanta que hayamos venido a esta ciudad de vacaciones. Es tan bonita…

-Sois mis mejores amigos-dijo el otro-. Nunca nos separaremos. Estaremos juntos de viejecitos a que sí.

-Sí, me tendréis que aguantar hasta en el asilo-pronunció Pedro, sin que él hiciera el esfuerzo de mover la boca.

Los tres rieron y observaron unos segundos más la bellísima playa enclavada entre dos montes y con una isla en medio.

Volvió de nuevo a estar en el cuartucho de Felipe. Pedro no sonreía tanto,  mientras le explicaba su recuerdo.

-¿Y esos amigos, dónde están ahora?

-Nos peleamos. Hace un año, cuando yo perdí mi trabajo, me volví muy huraño y desagradable. No les culpo porque me odien, tienen sus razones.

-Eso también se puede arreglar. ¿No tienes trabajo?

-No, y llevo sin pagar la hipoteca un montón. En cualquier momento me pueden desahuciar.

Pedro se sentó en la cama, fatigado por tantas emociones, al lado de Felipe.

-Entonces, ¿cada vez que pulse un botón, volveré a vivir uno de estos tres recuerdos, igual que ahora?

-Sí, recuerda, no abuses.

-Tranquilo, lo recordaré y gracias.

Se estrecharon la mano y Pedro salió de la habitación. Recorrió el camino hacia su casa, muy contento.

Al llegar a su piso, una nota del banco le decía que por impago, le habían echado de su casa. Habían cambiado la cerradura y Pedro no podía entrar siquiera a por sus cosas.

Cabizbajo, marchó, escaleras abajo. Tras eso, no se le ocurría que podía hacer por lo que comió algo con el dinero que, por suerte, si había sacado en la cartera, de su casa. Al caer la noche, orgulloso como era, no pidió ayuda a nadie y se fue a dormir debajo de un puente.

A los pocos días de vivir así, Pedro había utilizado en varias ocasiones el retenedor, lo que le ayudó a mantenerse cuerdo. Pero pronto le empezó a escasear el dinero. Escogió una esquina, cogió una lata de conservas de una basura, y pidió limosna. Aunque su orgullo era muy grande, más grande era el rugido de su tripa.

En estas estaba, cuando una niña de no más de cinco años se le acercó, soltándose de la mano de su madre. La niña le recordaba a alguien, aunque no caía a quién.

-Tome señor. Esta es mi paga de esta semana.

La niña tiró dos euros en el bote. Pedro se lo agradeció de corazón. La madre se acercó y le recriminó a la niña que hablara con desconocidos, aunque le dijo que había sido muy buena niña dando su paga.

Pedro sintió un pequeño infarto al darse cuenta de quién era la madre. Tenía quince años más, pero la reconocería en cualquier sitio. Además, no había cambiado casi nada. A diferencia de él, por lo visto, pues la adolescente de su retenedor, ahora convertida en toda una madre, le miró sin reconocerlo. Le escudriñó unos segundos y después siguió su camino.

Pedro no podía sentirse peor. Ver como ella era madre y estaba, seguramente, felizmente casada era demasiado para un Pedro tirado en la calle sin amigos, sin casa y sin nada.

Aquella noche, debajo del puente, no durmió nada. Repitió una y otra vez el momento del beso con esa adolescente.

Pocos días después, se encontró un periódico en la basura. Le gustaba mucho conocer la actualidad, y se lo quedó con avidez, para saber que estaba pasando en el mundo.

Al llegar a la sección de esquelas, su corazón dio un vuelco. Estaban sus padres. Ponía que habían fallecido porque un borracho los había atropellado al cruzar un paso de cebra. Los tíos de Pedro, que por fuerza debían de haber sido los que habían colocado la esquela en el periódico, habían incluido su nombre en las personas que los recordarían por siempre.

Seguramente sus tíos le habrían llamado al móvil, pero llevaba una semana sin batería, al no poder cargarlo en ningún lugar. Pedro contó con los dedos cuanto tiempo llevaba sin ver a sus padres y dictaminó que por lo menos tres años. Sus padres habían fallecido sin haberse reconciliado con su único hijo. Lo más probable es que sus tíos le odiarán, aunque mucho menos de lo que se odiaba Pedro.

Los acontecimientos de los últimos días habían sido demasiado. Sin casi ningún esfuerzo, tomó una decisión y se encaminó hacía la casa de Felipe.

Llamó a la puerta, pero Felipe no le abrió. Pedro se descolgó desde el tejado a la única ventana de su casa, que se encontraba en el tercer y último piso.

-¡Felipe!

El pobre viejo estaba tirado con los ojos abiertos en el suelo. Tenía la lengua fuera y babeaba toda la moqueta.

Pedro le ayudó a incorporarse. Le metió en la cama, con sumo cuidado.

-Me estoy muriendo, Pedro.

-Me quedaré contigo hasta que acabe tu vida.

-¿Qué haces aquí?

-He decidido pulsar el botón de “repetición imparable”.

-¿Qué dices? No recuerdas lo que te dije.

Pedro le explicó lo ocurrido en los últimos días.

-Es imposible que me pase algo mejor que estos segundos que están aquí metidos.

-Eso no lo puedes saber.

-Prefiero estos recuerdos mil veces antes que seguir sufriendo para tener buenos recuerdos en un futuro muy lejano. Prefiero vivir siempre feliz.

-Pero sólo vivirás unos pocos días, antes de morirte de sed y hambre.

-Sí, pero que muerte más dulce.

-Piénsalo bien.

-Ya lo he hecho. La vida sólo es una sucesión de desgracias condimentado con unos pocos momentos buenos. Al cuerno la vida. Yo sólo quiero esos buenos momentos, por muy repetitivos que sean.

-Tuya es la decisión. Tú eres el dueño del retenedor de segundos.

Pedro se detuvo sólo un segundo

-Hazme un hueco en la cama.

Felipe se puso a un lado. Pedro se tapó con las sábanas y apoyó la cabeza en la sangre coagulada de su amigo.

-Hasta siempre, amigo-se despidió Pedro-. Y gracias por todo.

Se dieron la mano por debajo de las mantas.

-A la de tres: uno, dos y ¡Tres!

Pedro pulsó el botón "repetición imparable”

 El cielo sobre su cabeza estaba estrellado y la luna llena…

 

Cada vez que acababa un recuerdo, se trasladaba mentalmente al cuerpo de su anterior o posterior yo, según la escena que tocaba, en orden, en vez de volver a la realidad.

Felipe pasó las siguientes cinco horas observando a un sonriente Pedro, que se encontraba cabeza arriba con las dos manos agarrando el retenedor de segundos sobre el pecho. Sintió envidia. Ya que sus últimos días los había pasado sólo, sin que ocurriera algo bueno, podía haber utilizado el retenedor para ser feliz sus últimos segundos sobre la faz de la tierra.

A pesar de todo, seguía teniendo la esperanza de que apareciera su mujer con su hijo, que ya tendría veinte años, por la puerta. Hacía años que se había divorciado de su mujer y no le había dejado ver crecer a su hijo. No sabía nada de ellos, llevaba quince años sin saber nada de ellos. Pero quizá aparecieran por la puerta. Los segundos de vida que le quedaban se le escurrían entre los dedos sin que ellos aparecieran. Su último pensamiento fue para pensar en el antiguo dueño del retenedor de segundos. “Estaba equivocado. No siempre la peor elección es pulsar el botón ‘repetición imparable’. Pedro ha descubierto la clave de ese objeto”.

Felipe expiró hacía las ocho de esa tarde. Pero Pedro siguió viendo una y otra vez las tres escenas más importantes de su vida. Poco a poco su organismo iba pidiendo agua y comida, cosa que él en su ensoñación no notaba. Cinco días después de Felipe, el cuerpo de Pedro también dijo basta. Lo último que vio fue la sonrisa de una adolescente que parecía querer decirle que el resto de su vida jamás se iba a separar de él. Pero las promesas de los adolescentes se las lleva el viento.

 

Varias semanas después, el olor a descomposición, alertó a los vecinos de que algo pasaba en ese piso. Dos policías tiraron la puerta abajo, y vieron una extraña escena: Un viejo de unos setenta años, evidentemente muerto, con la cara llena de sangre. Un joven de unos treinta y pocos a su lado, con una sonrisa de oreja a oreja y en los huesos, sosteniendo una especie de mando de garaje en la mano. Ambos metidos en una cama medio rota.

Los agentes procedieron al levantamiento de los cadáveres. Al llegar a ese extraño objeto, tuvieron duda de que hacer.

-Es una prueba.

-Esto ha sido una muerte natural. Tíralo a la basura. No creo que este tipo vuelva a coger su coche.

 

El retenedor acabó en un vertedero. Los dos últimos poseedores, fueron enterrados con la presencia de familiares a los que llevaban años sin ver, como por ejemplo, el hijo de Felipe, que despidió a su desconocido padre con lágrimas en los ojos.

El retenedor de segundos jamás volvió a tener dueño. Un pájaro lo rompió, tras entender que no se podía comer y picotearlo con furia. Ese fue el final de un artefacto que tantas alegrías había dado, dueño tras dueño, pero el cual tenía la maldición de enseñarnos cosas demasiado buenas como para querer seguir adelante con nuestras vidas.

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