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4 min
El revolver
Varios |
11.02.18
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Sinopsis

Todavía a día de hoy sigue provocándome escalofríos el recuerdo del suicidio de mi tío Rosendo Casares, pese a la terapéutica labor de los diez años transcurridos y la larga serie de psicólogos que desde entonces me trataran.

Él siempre había sido muy cariñoso conmigo, por más que la gente le retratara habitualmente como un tipo chúcaro y poco sociable. La primera y única vez que visité su quinta en Entre Ríos me sorprendió gratamente su colección de antigüedades, en especial la gran cantidad de armas clásicas que atesoraba tras vitrinas recelosas.

La joya de la corona, la que él exhibía con mayor orgullo, era un viejo revolver que, según me dijo, perteneció por primera vez, que se sepa, a un sanguinario malevo porteño. Me comentó que con ese revolver se había cobrado 33 vidas. <<Una por cada año de Cristo>>, recuerdo que sentenció. A una niña pequeña como yo aquella revelación le supuso una mezcla de terror y fascinación a un propio tiempo.

Sin embargo, más que los crímenes del porteño, me impresionaron más los sucesivos episodios que me narró referentes a aquel curioso revolver. Su siguiente poseedor fue un anodino sastre que una noche, sin motivo aparente alguno, borró a su esposa de la faz de la tierra de un certero disparo en la cabeza. No logró saberse la causa de aquel brutal desenlace. Todos decían que era un matrimonio modelo. El propio asesino, cuando le interrogaron en el juicio, no supo dar una explicación y se limitó a decir que se vio impulsado a hacerlo.

No volvió a saberse más de aquel revolver hasta muchos años después, cuando un importante hombre de negocios de Río de la Plata asesinó con él a su socio. Tampoco en esta ocasión pudo darse una explicación satisfactoria al suceso. El negocio iba bien. Los dos socios se estaban haciendo cada vez con más plata. Y, de pronto, sin venir a cuento, el uno se carga al otro y arruina de paso también su vida.

Aquella noche no pude dormir pensando en el revólver y la cantidad de sangre que había vertido. Cuando a la mañana siguiente me levanté, mi tío se hallaba de pie frente a la cama. Me asustó verle allí, con la mirada vacía y el revolver en su mano temblorosa. Aun así, le di los buenos días. Él no me respondió. El horror me invadió cuando levantó la mano y apuntó el arma contra mí. <<¿Qué haces, tío?>>, fue lo único que acerté a preguntar. Él no decía nada. Creí ver una lágrima brotar de sus ojos, aunque quizá esto lo imaginé simplemente. La mano de mi tío seguía temblando y también temblaba su voz cuando finamente rompió el silencio para decirme: <<Lo siento, mi niña, pero no puedo evitarlo>>. Yo entonces rompí a llorar y le pedí que no me matara. Ignoro si mi llanto y mi plegaria lo conmovieron o si finalmente su voluntad se doblegó a aquella fuerza que por dentro le exigía mi muerte como sacrificio, pero el caso es que dobló el brazo y dirigió el revolver contra su propia cabeza, de la que brotó una masa informe de sangre y sesos cuando apretó el gatillo.

Cientos de veces me he preguntado qué fue lo que le sucedió a mi pobre tío Rosendo. Él me quería, eso lo sé de sobra. Pero ¿por qué entonces matarme? ¿Qué hice yo que desencadenara tamaña reacción por su parte? Mis padres, la policía, también los psicólogos, me formularon esa pregunta muchas veces. Yo les decía que no sabía. La razón que me parece más plausible nunca la he compartido con nadie, temerosa de que me tomasen por loca. Creo que fue el revolver el que decidió, no mi tío. Mi tío no se sirvió del revolver para cumplir su voluntad de matarme, fue el revolver el que se sirvió de mi tío para aplacar su continua sed de sangre.

 

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Porteña de nacimiento, inmigrante por necesidad desde pequeña, devota de Borges. Más lectora que escritora. Escribir, lo que se dice escribir, poco, pero sí jugar con las ideas y emborronar con ellas el blanco deslucido por las lágrimas.

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