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26 min
El rey sin corazon
Fantasía |
07.09.20
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Sinopsis

Había una vez un reino llamado vista del rey, ubicado en una hermosa montaña. Sus reyes eran amigables y felices, por lo que sus habitantes también lo eran. Las flores adornaban los postigos de las ventanas de las casas del pueblo y sus variados colores combinaban con los colores silvestres. El castillo se alzaba imponente en lo más alto de la montaña, vestido de blanco, ondeando los estandartes con el emblema del reino “el arcoíris”. Los reyes eran muy queridos por los habitantes de su pueblo, por lo que cuando la reina salió embarazada todos se regocijaron de alegría, pronto vendría como regalo del cielo una hermosa princesa, o un valiente y caballeroso príncipe, que luego ocuparía el trono para una nueva era de gloria. Los días pasaban y el vientre de la reina crecía y crecía, acompañado de los amores que le predicaban sus padre. Hasta que el día llegó. Las parteras corrían, todo era un jolgorio en la habitación de la reina ¡TOALLAS! Gritaban. Las mujeres se miraban consternadas, el miedo, la angustia y la desesperación podía olerse en el pesado ambiente. El rey yacía en el balcón, lloraba a escondidas, sabía lo que estaba pasando tras la puerta de su habitación. El cielo oscuro relampagueó, dejando caer las gotas de lluvia, de inmediato se empapó pero no le importaba, quería seguir en el exterior rezándoles a los dioses. —Majestad —dijo una anciana rechoncha, su cara era tan arrugada que parecía tener miles de años. Sus ojos lloraban no se sabía si por vejez o por tragedia. Llevaba en sus brazos una pequeña criatura, tan rosada y hermosa, con los ojos abiertos llenos de curiosidad—, es una niña. El rey volteó a verla, la preocupación por un momento le desapareció, dándose cuenta que sentía frio. El pelo mojado se le pegaba en la frente, mientras gotas de agua le recorrían la cara. Al ver a su hija sonrió. Con el dorso de su dedo le toco las mejillas, la bebé contrajo el rostro, quizás demasiado frío del que pudiera soportar, pero aún así, con su pequeña mano le agarró el dedo. El rey volvió a sonreír. —Majestad, la reina…—interrumpió la anciana aquel hermoso momento— está débil, está muy mal, quizás debiera ir a verla. El hombre la miró, tenía los ojos cansados, y al terminar de comprender las palabras de la partera, en zancadas cruzó el pasillo hasta su habitación. La reina estaba en su lecho, cansada, adormitada. El dosel hacia colgar unas cortinas blancas que se expandían a su alrededor como cascadas. Al acercarse, su esposa lo miró: —Es hermosa ¿la viste? —su voz era débil. —Sí, tan hermosa como su madre. —le agarró las manos, las tenía totalmente heladas. La reina sonrió, sus labios eran tan blancos como las sábanas que le rodeaban y, se durmió, en un sueño profundo para siempre. Las campanas sonaron. El castillo vistió de luto. Cortinas negras taparon las ventanas, no había luz que iluminara las estancias de la fortaleza. Las puertas se cerraron, el rey no estaba apto para recibir condolencias ni visitas de los reinos aledaños. Encerrado en su habitación lloraba a cada instante, todos los días, ya ni podía dormir. Aunque las criadas quisieran consolarlo, no podían, se mantenía bajo llave. Ya no quería comer, estaba cansado de sufrir, hasta había abandonado a su hija, no la veía desde el día de su nacimiento. Asomado en el balcón miró el cielo, vestía de estrellas, brillando como diminutas perlas. Una estrella fugaz cruzó como un hilo de luz el cielo, recordando a su esposa: siempre que veía una estrella fugaz consultaba su reloj de bolsillo: > decía con su hermosa sonrisa. El rey cogió el reloj de bolsillo de su esposa y le miró: 12 marcaba. Miró el cielo >. Una explosión de luces ocurrió frente a sus ojos, una hermosa mujer vestida de prendas blancas volaba con unas hermosas alas transparentes. En sus manos llevaba un cofre: —Soy tu hada madrina. Si es el deseo que queréis, tomad, te entrego tu corazón. —¿Cómo? —preguntó sorprendido. —Sin corazón en tu pecho no tendréis sentimientos por los cuales sufrir. Guardadlo en un lugar seguro, pero te advierto, tampoco tendréis hermosos sentimientos. Al rey no le importaba, solo quería dejar de sentir aquel dolor en su pecho. Aceptó —Tu deseo ha sido cumplido. —en una explosión de luces el hada desapareció. El rey sentía los latidos dentro de aquel cofre, pero no había sentimiento alguno que le causara un sufrimiento. Salió de su alcoba, las criadas al verlo le reverenciaron con miradas sorprendidas. El rey parecía otra persona, su rostro se mostraba indiferente y recio. Su rostro alargado se adornaba con bigote y barba de varias semanas, con unas enormes ojeras que sombreaban sus ojos. Los pasillos se alzaban ante sus pasos, oscuros y silenciosos, con gruesas cortinas negras que ocultaban los ventanales. —Señor, mire, su hija —dijo una de las criadas enseñándole a la niña que por nombre llevaba Camila. El rey se le acercó, le miró hosco, puso sobre su hija el reloj de bolsillo que perteneció a su esposa y siguió su camino, perdiéndose en la oscuridad del pasillo. Así pasaron los años, el rey se volvió un rey despiadado e insensible. Jamás volvió a ver a su hija, las criadas comentaban que el rey la odiaba, quizás la culpaba de ser la causante de la muerte de la reina. Pocas veces se le veía, y quien le observaba evitaba toparse de frente con él, ahora le temían. El reino también cambió. Aquellas personas de corazones humildes se volvieron egoístas. En el pueblo donde antes reinaba paz, ahora se podía escuchar peleas, batallas callejeras y apuestas. El reino con el tiempo perdió su color, donde habían flores ahora yacían charcos de barro, desperdicios y otros tipos de desechos. Camila a pesar de no criarse con sus padres, era una niña dulce y gentil. Las criadas y obreros del castillo la habían criado con tanto amor, cariño y buenos consejos que la habían hecho una niña feliz, aunque siempre deseaba conversar con su padre, no había manera de acercársele, siempre vivía en su habitación, escondido bajo las sombras. La princesa a diario se desertaba muy temprano. Con sus dos amigos: unos simpáticos gorriones, comenzaba a cantar alegrando los rincones del castillo. Ese día se levantó aún más temprano, no podía dormir pensando en su cumpleaños. Iba a cumplir 16 años en pocos días, y como costumbre del reino, debían realizarle una fiesta en su honor para presentarla a la sociedad. Abrió el closet y sacó diversos vestidos, fantaseaba con la llegada del día. Los gorriones se levantaron y comenzaron a cantar, proseguido por Camila. La melodía se expandió como un cántico eclesiástico. La joven se probaba de a uno los vestidos imaginándose rodeada de flores, vino y fuentes, con apuestos jóvenes esperando el turno para bailar con ella, mientras los gorriones con sus picos le tejían hermosas trenzas. Al comenzar a salir los primeros rayos de sol se apresuró a salir, tomó una escoba y comenzó a barrer. El castillo estaba lleno de todo tipo de relojes, desde péndulos hasta cucús, lo que le decían las criadas era que su madre era una amante y coleccionista de relojes, y al parecer ella también compartía su obsesión, a diario los admiraba y limpiaba con sumo cuidado. A Camila le gustaba ayudar en los quehaceres del hogar. Aunque las criadas siempre la trataban como su princesa y no les gustaba que hiciera los oficios, aun así, les ayudaba en todo lo que podía, eso sí, cantando siempre sus melodías. Al terminar de barrer salió al exterior, todos le saludaban con alegría al verla pasar. Cogió un balde y ordeñó a las vacas del establo, alimentó a las gallinas a los perros y a los gatos. —¡Princesa Camila vayamos a jugar! —le dijeron Jorge y Diana, dos niños entre los 8 años de edad. —Ahora no mis pequeñines, estoy muy ocupada —les dijo la sonriente princesa, quien cargaba esta vez una cesta repleta de trigo. —Entonces te ayudaremos, si terminas rápido, podrás jugar con nosotros a la gallinita ciega —dijo la feliz Diana. —Está bien, es un trato, pero… —se les acercó con una sonrisa cómplice—. Si todos cantamos. Los niños rieron y comenzaron a trabajar junto a la princesa, con divertidos cantos que llamaban la atención de toda la servidumbre. El rey se asomó a través de la ventana; al ver a su hija trabajando con aspecto de campesina como una criada cualquiera, frunció el ceño, lanzó un bufido y bajó las escaleras. Todos en la cocina cantaban y bailaban divirtiéndose con la princesa. Una sombra alta y ancha llegó a la estancia. Todos voltearon, al ver al rey con mirada torva se sorprendieron, se quedaron mudos llenos de miedo. —¡Camila! ¿Qué crees que estás haciendo?. —la princesa le miró, pudo ver el miedo que mostraba en su rostro. —Disculpe padre, solo estaba ayudando en los quehaceres, perdonad si le hemos causado alguna molestia, todo ha sido culpa mía… —Eres una princesa, no una criada —interrumpió—. Ve a tu habitación y te pones un vestido decente, no quiero volver a verte haciendo trabajo de campesina. —la princesa salió con los ojos llenos de lágrimas. Se dirigió luego a la servidumbre—. Si vuelvo a ver a mi hija haciendo sus trabajos, les cortaré a cada uno la cabeza. —Se retiró, su capa se ondeó haciendo un susurro, que en aquel silencio parecía una advertencia. Su delgada y alta silueta se alejó erguida como flotando por los aires. Camila llegó indignada a su habitación, se sentó en su cama y limpió las lágrimas de sus rosadas mejillas. Los gorriones revolotearon frente a ella, inquietos entre cantos, parecían decirle algo que sorprendentemente ella lograba entender: —No, sé que intentan animarme queridos amigos, pero no creo que le importe, solo se preocupa de que otros reyes me vean actuando como una criada y no con las formalidades de princesa. —se miró al espejo. Vio una joven de hermosas mejillas rosadas, con un pelo negro rizado que se expandía hasta a través de su espalda—. Si tan sólo tuviera un padre con quien hablar, jugar y compartir historias de mi mamá. —una lágrima brotó de sus ojos, sacó el reloj de bolsillo que perteneció a su madre y le observó, terminando con un canto que deprimió a sus amigos. El rey en su silla se sumergía entre pensamientos, su capa se extendía sobre el espaldar del trono, y su corona se ladeaba entre cabellos negros encanados. Un guardia entró en las estancias, llevaba en sus manos una carta. —Majestad, un mensajero le ha traído esta carta. El rey vio el sello, pertenecía al rey de aguas del valle, uno de los pocos reinos aliados. Rompió el sello y leyó: Rey de vista del rey, el tercero de su fila, emprendedor de paz y justicia. Siento notificarle tan lamentable noticia. El rey Francisco, del reino Colinas del sur, ha desertado de su alianza, se ha unido a los otros reinos rebeldes. Mi situación es tan crítica que me he estado viendo en la obligación de unirme a la causa, que no es más que la destitución de su corona. Lamento no poder haber hecho más por su reino, pero ahora estoy en la obligación de hacer algo por el mío: buscar su salvación. El rey hizo una bola con el papel y la echó a la chimenea. Las llamas se consumían la hoja frente a su mirada perdida, se levantó y dijo al guardia que aún permanecía en la habitación: —Preparad a todas las tropas. Tendremos una guerra. La noche llegó con una gran tormenta. Los relámpagos lograban atravesar las negras cortinas de los ventanales del castillo, alumbrando los péndulos y relojes de los pasillos. Los truenos eran estridentes, parecía que el cielo se rasgaba con cada uno de ellos. Camila no podía dormir, bajo las sábanas de su cama lograba buscar acomodo. Sin éxito alguno en poder conciliar el sueño, se levantó y observó por la ventana. La lluvia caía a cantaros, por lo que el exterior estaba totalmente desolado, solo una figura oscura se movía por las calles pedregosas. Camila miró con más atención, deseaba averiguar que era aquello que caminaba bajo tanta lluvia. El viento soplaba fuertemente, lo podía ver en los arboles cercanos, cuyas hojas desprendían al tiempo que sus ramas se mecían con ferocidad. El manto que cubría a aquella figura el viento se la arrebató, pudiendo ver la princesa que no era más que una anciana. Angustiada se cubrió con gruesos abrigos y bajó inmediatamente, no podía dejar a la intemperie a aquella pobre mujer. Entre luchas con el viento y la lluvia, Camila la pudo alcanzar y llevar al castillo. La anciana estaba totalmente empapada y helada: —Gracias dulce niña, eres todo un ángel —dijo la anciana alicaída. —No se preocupe señora, la pondré en calor cerca de la chimenea. Unos criados llegaron y vieron a la princesa ayudando a la anciana, por lo que decidieron cooperar. —¿Qué pasa aquí? —dijo una fuerte voz. En la oscuridad del castillo era imposible ver de dónde provenía, pero un relámpago hizo aparecer instantáneamente al rey, erguido, parado sobre los peldaños de la escalera. —Padre, esta pobre mujer no tenía donde guarecerse de la tormenta, por lo que la he traído aquí a darle cobijo. —Saben muy bien que no me gustan los extraños —dijo dirigiéndose a todos en general—. ¡Sacadla de aquí de inmediato! —Pero padre… —Ya he dicho, ¡sacadla de aquí! —Un rey sin corazón en su pecho —dijo la anciana—. Las predicciones eran ciertas. El error de un hombre que no soporta un sufrimiento a causa de sus sentimientos. Aprenderá la lección majestad, cuando el reloj deje de dar su tic tac, el corazón de su preciada hija se detendrá, y sólo podrá salvarla si de verdad la llega a amar. —un trueno retumbó tras sus palabras, seguido de las campanadas de los péndulos y los cantos de los cucús. Las criadas taparon su boca, los criados se persignaron, solo el rey seguía hosco e indiferente: —¡Guardias! —dos caballeros llegaron—. Sacad a esta loca de mi castillo. Los hombres con lanzas en manos se llevaron a la anciana de nuevo al exterior, sólo que esta vez la lluvia cedió. Al otro día todos en el castillo estaban preocupados por las palabras que predicó la anciana la noche anterior. Los criados pidieron permiso al rey para guardar todos los relojes, y este sin mucha importancia lo cedió. Se destinó una habitación específica donde guardarlos a todos, en cuidado y vigilancia de expertos en creación de estos instrumentos, para asegurarse de que jamás ningún reloj se detuviera. Camila fue la más perjudicaba, quería tanto a los relojes que le dolía que se lo llevaran, parecía que volvía a perder una parte de su madre, pero según los criados, no había otra opción si querían mantenerla a salvo. Jorge y Diana llegaron hasta donde Camila: —¡Princesa, princesa vayamos a jugar! —dijeron unísonos. —Ahora que no me permiten ayudar en los quehaceres, tengo tanto tiempo libre que hasta llego a aburrirme, por lo que aceptaré su oferta —le dijo sonriéndoles. Los niños se emocionaron y guiaron a la joven hasta el exterior, para llevarla al prado donde les gustaba jugar. El patio estaba lleno de guardias, al ver a la princesa salir la detuvieron: —Señorita por orden de su padre no puede alejarse del castillo. —Pero si no pienso alejarme del castillo, tan sólo educaré a estos niños mientras tomamos un poco de aire fresco por los alrededores. —el guardia le miraba incrédulo—. Se lo prometo, promesa de princesa —terminó sonriéndole. El caballero hizo una señal y dejó continuar a la princesa, parecía que su adorable sonrisa podía convencer al hombre más desconfiado. —¿en realidad no podremos ir al prado? —preguntó Diana decepcionada. —Claro que sí, conozco un camino secreto. Los niños y la joven se fueron por un sendero, cuyos árboles se unían formando un túnel natural, saliendo entre juegos y carreras hacia el hermoso prado. Los gorriones le siguieron cantando sus hermosas melodías. Diana cogió una venda y tapó los ojos de Camila, le tocaba ser la gallinita ciega. Luego comenzaron a girarla mientras le cantaban: Gallinita ciega, ¿que se te perdido? Un zapato roto que te han escondido. Camila acabó un poco mareada, y con las vendas en sus ojos se le dificultaba saber a ciencia exacta en donde podían estar sus amigos. Los niños comenzaron a correr alrededor de ella, tratando de que no los alcanzara. —Muy bien pequeñines traviesos, vengan que los voy atrapar —les dijo entre sonrisa, escuchando las risas de sus amiguitos. Un apuesto caballero trotaba en su noble corcel. Llevaba un arco, buscaba dar cacería a un búfalo, pero las risas de los niños y la voz de una mujer llamaron su atención. Dirigió su caballo hasta el rebullicio, viendo a una hermosa joven que cautivó su corazón. Se apeó y dirigió hacia el lugar del juego. Los niños al verlo enmudecieron, mirándolo sorprendidos. La joven chocó con el caballero agarrándolo fuertemente: —¡Te tengo! —exclamó. —Creo que estoy de suerte —le dijo el caballero con una sonrisa. La princesa al escuchar la voz extraña de un hombre, inmediatamente quitó las vendas de sus ojos, al ver al apuesto caballero observándole, con sus dorados cabellos y ojos verdes, enrojeció sus mejillas y se apartó con prontitud muy apenada. —Tranquila me parece un juego muy divertido. La joven sonrió siquiera sin mirarlo. —Lo siento, pero debo irme, no me permiten hablar con extraños. —Destinaba retirarse pero el hombre le agarró de la mano. —Pero si no soy ningún extraño. Soy Josué, príncipe y heredero del reino Colinas del Sur. —le hizo una elegante reverencia. —¿Un príncipe? —preguntó sorprendida, casi inconscientemente. —Si, ¿y su nombre señorita es…?. —Soy Camila, princesa y heredera del reino Vista del rey. —¡Oh! Disculpe mi descortesía princesa —el joven posó una rodilla en el suelo en son de reverencia. —Por favor levantase, no me acostumbro a que me reverencien. El príncipe rio. —Una princesa que no es de este mundo, primera vez que escucho algo similar de boca de una princesa, más de una heredera. —Sí, puede que sea un caso particular, no me gusta andar en protocolos de cortesía, pienso que obligan a aparentar ante la sociedad algo que no concuerda con nuestro ser. —wao, pensamientos profundos. ¿Quisiera acompañarme en mi noble corcel a dar un paseo? conozco un lugar maravilloso no muy lejos de aquí. —Lo lamento, pero ando con mis amiguitos, le prometí un día de juegos… —Por nosotros no se preocupe princesa —dijo Diana sonriente—. Podemos posponer nuestra cita de juegos. ¿Verdad Jorge? —Pues claro, sin duda alguna. —Entonces, la decisión es suya —dijo el príncipe con su galante sonrisa, ofreciéndole su brazo. Camila dudó un poco, pero luego se decidió y cruzó su brazo con el del apuesto príncipe. Ambos cabalgaron al hermoso caballo blanco de larga crin y emprendieron el trote. El paseo resultó hipnótico para Camila, los paisajes, colinas, flores y montañas eran como sacadas de un hermoso cuento de hadas. Y la llegada al destino fue lo más sorprendente, llegaron a un risco en donde podían ver algunos reinos aledaños. —Aquel que ves allá junto al río es Colinas del Sur, el que está mas allá donde apenas podemos ver sus murallas, es aguas del valle —le decía el joven a su espalda, señalando los reinos a la vez que le explicaba sus orígenes. —Son hermosos —dijo—. Algún día me gustaría visitar a cada uno de ellos. —Cuando quieras podrás hacerlo. Mi padre ha unido alianza con todos los reinos, si me acompañas tendríamos las puertas abiertas. Camila sonrió, soñando despierta. Todo era tan inimaginable, el tiempo se le hacía corto, y conversar con aquel príncipe se le hacía lo más grato del mundo. Observó el cielo vistiendo de naranja crepuscular, el sol estaba por ocultarse tras las altas montañas del fondo. Asustada sacó el reloj de bolsillo de su madre y observó la hora: 4:00 marcaba. —¡Pero si se me ha hecho demasiado tarde! mira la hora que es. El príncipe observó el reloj y rió. Sacó su reloj de bolsillo y se lo mostró a la princesa: —Lo lamento, pero creo que su reloj se ha detenido, son las 5:00 princesa. Camila desmontó el caballo apresurada. —Debo irme de inmediato. Gracias por tan bello paseo. —Pero princesa, suba que yo la llevo. —No, sería mejor que llegara a sola, mi padre… no es fácil. —la princesa imaginó a su padre, con su rostro hosco observándole juiciosamente. Su corazón empezó a dolerle, se lo agarró entre quejidos. —¿Le pasa algo princesa? —No —dijo nerviosa—. Solo debo irme. Sin pensarlo dos veces empezó a correr, pero no por mucho tiempo. El dolor en su corazón fue tan fuerte que la hizo caer y perder la conciencia. El príncipe arrió su caballo y se acercó hasta la joven, sintiéndola fría sin señales de vida. Con lágrimas en sus ojos la montó en su corcel, dirigiéndose a todo trote hasta el reino Vista del rey. —¡Ayuda, ayudadme por favor! ¡La princesa no se encuentra nada bien! —dijo el príncipe Josué desesperado al llegar al reino. Los guardias los rodearon y al ver a la princesa inconsciente sorprendieron, se miraron los rostros consternados observando al joven caballero con desdén. —llevad a la princesa inmediatamente con el curandero —dijo uno de ellos. Los guardias obedecieron y tomaron a la princesa a toda prisa— ¿y tú quién eres? —le preguntó al joven. —Soy el príncipe Josué, heredero del reino Colinas del sur. Al terminar de presentarse los caballeros se cruzaron miradas, dijeron palabras al oído y se escuchó un grito: —¡Traidor, apresadlo! Las lanzas destellaron con la luz del sol en ocaso, las espadas chirriaron su metal. El caballo encabritó, el príncipe estaba confundido, no sabía que pasaba. Desenvainó su espada y dio varias estocadas pero los guardias eran mayoría y terminaron por atraparlo. —¿Pero qué sucede? Mi reino mantiene alianzas con el suyo. —Pobre niño, tu padre al parecer se le ha pasado por alto informarte de las nuevas noticias —dijo un guardia en tono burlón. Luego se dirigió a sus compañeros—. Encerradlo en el calabozo, mientras el rey decide qué hacer con él. La princesa yacía en su lecho, adornado con sábanas y cortinas escarlatas. Parecía sumergida en un sueño profundo. El curandero escuchó los latidos de su corazón, aunque eran lentos y débiles, podía dar certeza que seguía con vida. Las mejillas de la joven estaban enrojecidas como el carmín, y su pelo azabache brillaba como un espejo, expandiéndose sus rulos y ondas sobre la almohada, aun dormida era la princesa más hermosa que existía. Los criados le lloraban y le rodeaban admirándola, los gorriones cantaban tristes melodía. Diana y Jorge le adornaban el cabello con margaritas. Hicieron traer todos los relojes y cucús a su habitación, porque sabían cuánto le gustaba escuchar sus campanadas. ¡Pobre niña, pobre princesa, tanto desear su cumpleaños y ahora no lo podrá disfrutar! Decían entre alaridos de dolor las criadas. Al rey le dieron la noticia, pero pareció no darle mucha importancia. Le importaba más la guerra, buscar estrategias para afrontar a sus enemigos, y, teniendo al príncipe Josué como rehén, sería un punto a su favor. De inmediato hizo escribir una carta al rey del reino Colinas del Sur, cambiando la libertad de su hijo por su rendición. La respuesta no tardó en llegar, donde negaban en su totalidad tan absurda propuesta, en cambio, le ofrecieron una batalla apoyada con todas las tropas de los reinos aliados a Colinas del Sur sino liberaban al príncipe de inmediato. El rey vociferó, su consejero trató hacerle entrar en razón, era lo mejor que podía hacer, se ahorrarían muchas pérdidas, pero aun así el rey no aceptó. —Prefiero luchar hasta la muerte que quedar como un cobarde. Varios guardias de sus tropas desertaron y huyeron del reino, preferían alejarse que luchar en aquella ya perdida batalla. Mientras los pocos que quedaban se consolaban entre persignes. Aun así el rey no cambiaba de opinión, seguía manteniendo su postura. A tan sólo un día del cumpleaños de Camila, las criadas le peinaron, le vistieron con elegantes prendas y adornaron con hermosas joyas. Todos le llevaron hermosos regalos que pusieron alrededor de ella, y al caer la noche inundaron la habitación con las luces de 16 velas, los años que al llegar la media noche cumpliría. El rey en su habitación estaba tenso, en espera de algún ataque en cualquier momento. Fue cuando llegó a su habitación un guardia: —Majestad, ha llegado la hora. El rey se levantó y se dirigió a su balcón. Observó un gran ejército, calculaba más de mil hombres formados. Erguían estandartes de los diversos reinos aledaños. Aunque sabía que no podía con todo aquel ejército se dirigió hacia el soldado: —Que se preparen para atacar. El soldado se retiró de inmediato, y el rey volvió a mirar, viendo caer de los cielos una hermosa estrella fugaz, era tan grande que iluminó todo repentinamente como un relámpago, y antes de escuchar los gritos de sus tropas, las campanadas de los péndulos y relojes cucús empezaron a sonar, tan fuerte que no le dejaban oír nada. Indignado salió de su habitación, tapaba sus orejas, no podía soportar los sonidos de los relojes. Siguió el ruido, debía acabar con el de una vez por toda, encontrándose en la habitación de su hija. Los relojes dejaron de sonar, y el rey pudo abrir los ojos y observar a su bella princesa, rodeada de sus sabanas escarlatas, vestida con elegantes prendas, adornada con hermosas joyas, iluminada con 16 velas, rodeada de muchos regalos, con sus mejillas enrojecidas como el carmín y su pelo enrulado; negro y brillante como un espejo. La vio dormida, tan hermosa como su madre. Sin querer botó una lagrima. Se sentía culpable, gracias a él y a su insensibilidad su hija estaba en aquellas condiciones, quien sabe si algún día podría despertar. Se le acercó sintiendo algo que por mucho tiempo no sentía: dolor en su corazón. > lloraba, no podía dejar de hacerlo, hasta que escuchó algo que tenía tiempo que no oía: los latidos de su corazón. Estaba allí en aquella habitación, como podía haberlo olvidado. Lo guardó con esa intención, ya que su corazón le pertenecía a su hija. Sacó debajo de la cama el cofre y lo abrió, pero no había nada allí, pero en su pecho si lo podía sentir, palpitando con ferocidad. Abrazó a su hija entre lágrimas y le dio un cálido beso en la frente que la hizo despertar: —Padre —le dijo. —Jamás, jamás te dejaré de amar —le dijo entre lágrimas. El rey mandóa a erguir la bandera blanca de rendición y liberó al príncipe. La batalla se acabó y la paz volvió. El reino se regocijó de alegría al ver de nuevo despierta a la princesa, y al ver de nuevo a su rey feliz, así como le conocieron. A la princesa se le celebró en una gran fiesta con banquete su cumpleaños, siendo el mismo día en que el príncipe Josué pidió su mano. De nuevo los reinos fijaron alianza y vista del rey volvió a brillar, con rosas, colores y felicidad de todas las personas en el reino, viviendo así felices para siempre.
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