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20 min
El Rey y Corazón de Fuego
Amor |
20.03.17
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Sinopsis

Esta quizá no es una historia como las que solemos contar. No se trata de un poderoso rey que con orgullo defendía a su territorio de los demás. Tampoco se trata de la historia de una princesa que tuvo que aceptar la unión entre su reino y el opuesto. Tampoco es la historia de una ladrona cuya fama cruzaba los siete mares. Esta es la historia de un rey temeroso y lleno de debilidad, cuya única forma de disfrazar era mostrando una frialdad que los desconcertaba a todos. Es la historia de una princesa que asesinó a sus padres y tomó el reino por sus manos. Pero también es la historia de una chica que quiso proteger el corazón de ese rey y de su pueblo.

La mañana en la que los reyes del pueblo del norte, Therlas, fueron asesinados, había nacido soleada y brillante. Las labores en la plaza habían transcurrido con total normalidad: el mercado se había abierto con el canto del primer gallo, la caballeriza había puesto en funcionamiento los establos para las lecciones de los nuevos reclutas justo cuando el sol se filtró por detrás de las montañas, y las clases en la academia se reanudaron en cuanto el desayuno fue servido y retirado de las mesas. Yo me encontraba en una de aquellas mesas. No era una estudiante regular, sin embargo, tenía algunos tutores que me habían invitado en medio del espeso ambiente político que se había respirado en los últimos meses. Se trataba de clases bastante llanas y sencillas, remedios que niños de seis años sabían hacer con una facilidad que a mí todavía me sorprendía; historia antigua que los párvulos aprendían casi desde que daban sus primeros pasos, y por supuesto, los principios básicos del ritmo y la melodía de los páramos en los que había habitado durante los últimos ocho meses.

El clima del norte me resultaba agradable, especialmente en mañanas como aquella, donde el sol y el frío viento se encontraban en un dulce abrazo. Había aprendido a vivir bajo las normas de aquella ciudad, y a pesar de que era fácilmente reconocida como extranjera por el color de mi cabello y mis ojos, también había conseguido obtener el respeto de algunos de los habitantes de la zona. Mi nombre, Dhyla, no tenía peso político ni contaba con el renombre del ejército o alguna otra institución que lo respaldara, sin embargo, poco a poco comenzaba a ganar reputación entre los miembros de algunos círculos que movían a Therlas. En la lengua común, Dhyla significa corazón de fuego, y por eso muchos, al hablar de mí se referían a mí únicamente como “Fuego”.

A pesar de que el pueblo del norte no era ajeno a los extranjeros y de que había regiones completas de la ciudad habitadas por los mismos, mi llegada no pasaba desapercibida para los pueblerinos, quienes no obstante a sus esfuerzos, no lograban ocultar su curiosidad. Me había acostumbrado a sus miradas también.

Lo que sí me tomó por sorpresa completamente fue lo que ocurrió con la muerte de los reyes. Primero se escucharon las campanas de la catedral retumbando. Era un sonido largo y ominoso, cargado con pausas donde el mundo entero parecía detenerse también. Luego de siete repiques, los cañones comenzaron a disparar. Era como si una guerra estuviera desatándose. Yo iba de camino al despacho del profesor Fules. Avanzaba por un pasillo estrecho de amplios ventanales. A través de los sucios cristales pude observar los estandartes azules con dorado cayendo desde las torres del castillo. El emblema del león coronado se mecía suavemente con la brisa que pasaba. Los guardias se colocaron a lo largo de los caminos de ronda con sus brillantes armaduras y tocaron las trompetas en un lamento fúnebre.  

Una estampida de pasos invadió la ciudad. Todos empezaron a dirigirse hacia el castillo entre murmullos y miradas temerosas. Las madres llevaban a sus hijos pequeños en brazos, las doncellas corrían terminando de colocarse sus ropas, mientras sus amantes las llevaban casi arrastradas por el brazo, incluso los ladrones se veían atraídos hacia la multitud con un objetivo además de aprovecharse de la frenética escena que se desenvolvía como las velas en altamar.

En esos momentos todavía no llegaba a comprender lo que sucedía en la ciudad. Los rituales fúnebres eran muy diferentes a los que se manejaban en mi país y aquellas eran costumbres de las que nadie me había llegado a hablar hasta entonces. El profesor Fules salió de su despacho con prisa, arrastrando la túnica color verde que llevaban todos los académicos de mayor grado. Aunque escaso, su despeinado cabello me decía que la mañana todavía no había pasado sobre él, como pasaba demasiado a menudo. Su mirada pasó por mí, rápida y nerviosa, y continuó caminando a mi lado con prisa. Al verme tan desconcertada, sin embargo, dijo entre dientes:

- Esto no es algo bueno, niña.

Lo seguí sin ser capaz de pronunciar palabra alguna. Él avanzaba con su rostro crispado y los puños apretados con fuerza, haciendo que las venas en sus manos se marcaran todavía más de lo que normalmente lo estaban.

Salimos a la plazoleta de la academia, donde algunos profesores y alumnos hablaban con temor y sorpresa. Las palabras muerte, enfermedad y asesinato se volvieron recurrentes. ¿El rey, la reina o la princesa? Eso era lo que quería preguntar, sin embargo, no tenía el valor o la potestad de hacerlo en mi posición de extranjera. El profesor Fules me miró de reojo y me dijo con suavidad:

- Creo que lo mejor será que empaques tus cosas en este momento, cuando las cosas no se han complicado tanto.

Algo en su mirada me decía que lo mejor era obedecerle sin preguntar nada, pero una fuerza más grande en mi interior me lo impedía, y eso, eran las consecuencias que la muerte de quien quiera que fuese del reino del norte, tendría en mi propio pueblo. Ädem necesitaba estar informado de primera fuente sobre lo que estaba ocurriendo y lo que iba a ocurrir. Cualquier escenario, cualquier muerte por parte de algún miembro de la realeza afectaría sin lugar a dudas a nuestra ciudad, y eso era algo para lo que teníamos que estar listos. Miré al profesor Fules y di un fuerte asentimiento, esa sería la última mentira que intercambiaríamos, una que el profesor Fules tampoco me creería.

Salí de la academia y rápidamente me acerqué al castillo. Debía esperar el anuncio oficial antes de partir. Calculé el dinero que tenía a mi disposición. Tres días atrás había pagado por mi habitación en la posada para dos meses más. Tampoco había recibido el pago por los manuscritos que había traducido dos semanas antes. No había tiempo para vender mis libros de estudio, no podía vender mis armas ni mi caballo, además de que necesitaba comprar provisiones para los cinco días de viaje que tenía por delante. Eso me dejaba muy mal parada, sin embargo, había estado en peores circunstancias. Además, el dinero de Therlas no me serviría fuera de sus fronteras.

No pasaba nada, podía salir adelante. Tampoco era el momento para estar pensando en ello. Me acerqué al dueño de la herrería, su tienda tenía ese característico aroma metálico y aquel vapor sofocante de siempre. Las calderas ya estaban al rojo vivo cuando llegué allí. El hombre tenía el ceño fruncido, no despegaba la vista de los ladrillos del castillo. Tras una mirada fugaz, comprendió mi confusión.

En cualquier momento aparecerá el alto sacerdote a dar la noticia.

- ¿Sabe algo de lo que pasó? –me animé a preguntar.

- Nadie lo sabe –respondió mirándome por encima de su poblado bigote. –Nos ha tomado a todos por sorpresa.

- Escuché que podría tratarse de una enfermedad –quise tantear el terreno. Durante mi tiempo en Therlas había descubierto que la mejor forma de sacarle la verdad a alguien de allá era diciendo algún rumor o mentira. Las personas de ese lugar respetaban muchísimo la verdad, tanto que una mentira podía ser un crimen más grave que un robo o un asesinato.

- No escuches esos rumores. No hay forma de saber lo que ocurrió. Todavía no bajan el puente levadizo, así que desde anoche nadie ha salido del castillo. Pudo ser cualquier cosa: un envenenamiento, un asesinato a sangre fría con una daga, un accidente en las escaleras, ¡lo que sea! Lo único que espero es que no sea la princesa Ilesya.

- Ambos reinos sufrirían si ese fuera el caso –respondí mirando con seriedad hacia el cielo.

La mañana comenzaba a nublarse. Densas nubes negras que viajaban del oeste se acercaban a gran velocidad.

Ambos reinos sufrirían… en la superficie. Pero lo cierto era que, para nosotros, para el pueblo de Fhorem, aquella unión sería claramente una derrota. Todo por lo que habíamos estado luchando cambiaría de acuerdo a los planes de Therlas.

Al cabo de unos minutos, apareció el alto sacerdote. Era un hombre de rostro largo y circunspecto. Iba ataviado con un traje que no había visto en ninguna de las ceremonias religiosas a las que había atendido. Detrás de él, cuatro monjes con túnicas oscuras y cabezas gachas, lo seguían.

El alto sacerdote se colocó en el medio de la muralla central, y dos monjes se colocaron a cada uno de sus lados. Antes de iniciar el discurso, el hombre recitó la oración matutina y la oración de las almas. Ya no me quedaba la menor duda de que realmente había fallecido uno de los miembros de la realeza de Therlas.

La princesa.

Debía ser la princesa.

Eso era lo que deseaba desde lo más profundo de mi corazón. De otra manera, las cosas se complicarían todavía más, y la unión entre Ädem e Ilesya se precipitaría sobre nosotros.

- Con un gran dolor en el alma y el corazón, como simple mortal que soy y que se ampara a los misericordiosos deseos de los dioses que cuidan del día y de la noche, y como representante del pueblo y alto sacerdote de Therlas, tengo un triste anuncio que dar. –Comenzó a decir el anciano extendiendo sus brazos a la congregación que lo veía a lo alto de las murallas del castillo. –Es mi deber, como mensajero de lo santo y lo divino, pero también de lo justo y lo terrenal, compartirles la triste noticia de un hecho que a todos nos sorprende y que, en nuestras limitadas facultades como seres humanos que somos, nos resulta incomprensible. Esta mañana, el rey de Therlas, Fhael de Lornea, y la reina de Theras, Zalya II de Irsis, abandonaron la tierra que los acogió y los bendijo tras haber sido asesinados. –El más profundo silencio se apoderó del pueblo. Se podía sentir que la sangre de sus habitantes se quedaba helada, mientras que, al mismo tiempo, el cielo se ennegrecía cubierto por aquellas implacables nubes. El sacerdote miró a su congregación tratando de enmascarar el dolor que su alma profesaba, pero el temblor de sus dedos anulaba el efecto. –Sus funerales se realizarán, de acuerdo a los santos preceptos, dentro de dos noches, y la coronación de la princesa Ilesya I de Therlas, se llevará a cabo, como establece la ley en cuanto cumpla la mayoría de edad, es decir, dentro de siete lunas. Sin embargo, el mando del castillo quedará en sus manos incluso antes de su coronación a falta de otro descendiente que lo reclame. Que los dioses nos protejan y nos acompañen hasta que llegue el nuevo amanecer.

- Que los dioses nos protejan y nos acompañen hasta que llegue el nuevo amanecer –respondieron todos al unísono.

El pueblo entero se arrodilló hasta tocar el suelo con la frente. Yo era la única que estaba de pie en medio de ese mar de personas. Sentí, desde lo alto de una de las torres, la mirada de un caballero que se había clavado sobre mi piel. Poco a poco las personas se levantaron, y con el pesar arraigado a sus cuerpos, comenzaron de nuevo la jornada. Reinaba la confusión y el malestar. No muchas personas hablaban, y si lo hacían era para recitar oraciones para el pueblo que ahora sería reinado por una joven e inexperta muchacha.

 

Cuando llegué a la posada a recoger mis objetos personales, los guardias comenzaban a llenar las calles. Sus armaduras resonaban incluso hasta el tercer piso donde me encontraba. Algo en la muerte de los reyes me dejaba inquieta, más de lo que debería. Sabía que la información llegaría eventualmente Ädem, y que probablemente sería mucho antes de mi llegada, y eso me dejaba la libertad de poder investigar más acerca de aquel siniestro acontecimiento, pero al mismo tiempo, me impulsaba a regresar a Fhorem por un extraño sentimiento de necesidad… necesitaba estar con Ädem… y necesitaba protegerlo.

Desde mi llegada a Therlas, aquel parecía ser el momento más crucial que había encontrado. ¿De qué manera podía ser más útil para él? ¿Qué tanta información podría obtener y qué tan valiosa sería como para que realmente mi permanencia en Therlas rindiera verdaderos frutos?

De momento podía aducir que el asesinato de los reyes era un método para acelerar la llegada al trono de la princesa. Pero eso era parcialmente cierto. Aunque los derechos sobre Therlas estaban ahora en manos de Ilesya, su coronación no sería sino hasta dentro de varios meses. Me maldije mentalmente al no conocer a mayor profundidad las leyes de Therlas para esos momentos. ¿Qué ocurría si le pasaba lo mismo a la princesa y la asesinaban? La línea sucesoria de la familia acababa con ella, y en ese caso ¿quién se quedaba con el trono? En algunos reinos lo normal era que la autoridad religiosa lo hiciera, pero ¿eso quería decir que las palabras del alto sacerdote habían sido todo un acto, una mímica de dolor? No era tan difícil de creer tomando en cuenta la incontable cantidad de veces que había ocurrido en la historia de la humanidad. De todas maneras, algo me decía que aquel no era el caso. Otra posibilidad era que el trono fuese adquirido por alguna prominente figura de la ciudad, o algún reino adjudicado a Therlas, pero entonces sería un proceso mucho más complejo. Sabía que en Therlas había cinco lores que cuidaban pueblos remotos del reino, así que quizá podría ser alguno de ellos.

Necesitaba saber.

Necesitaba saber qué ocurriría si la princesa era asesinada también. El hecho de que no hubiese salido del castillo podía ser una señal. A lo mejor también habían intentado atentar en contra de su vida, pero no habían tenido éxito.

Al terminar de empacar mis pertenencias, salí sigilosamente de la posada, dejando la llave pegada a la puerta. No quería que resultara evidente mi partida. Cuando salí a la callejuela que conectaba con la plaza central, encontré un aviso pegado en las paredes de todos los negocios y en algunas casas: “Por decreto real todos los establecimientos permanecerán cerrados hasta que hayan finalizado las obras fúnebres del rey de Therlas, Fhael de Lornea, y la reina de Theras, Zalya II de Irsis”.

Eso quería decir que la academia y la biblioteca permanecerían cerradas. Eso reducía mi rango de búsqueda. Lo peor del caso era que la academia mantenía a los profesores enclaustrados en sus instalaciones cuando permanecía cerrada. Las posibilidades de dar con algún académico que me explicara con calma y sin sospechas la herencia de poder del reino, eran sin duda reducidas.

Lo único que me quedaba por hacer era escuchar, prestar atención a las conversaciones ajenas y tratar de dilucidar la verdad en ellas.

Estaría mal visto que me fiara únicamente de rumores, pero de momento era todo lo que podía hacer. No podría ni si quiera comprar provisiones en caso de realizar un viaje de vuelta a casa.

Caminé por las adoquinadas calles, y eran muy pocas las personas que quedaban en ellas. El pueblo entero parecía agonizar. Los reyes habían sido amados y respetados por su pueblo, y la incertidumbre los acechaba. Traté de imaginar si lo mismo ocurriría en Fhorem. Un mundo sin Ädem… ni si quiera era capaz de visualizarlo, pero algo me decía que la reacción sería bastante distinta a la que veía.

En la plaza, unas cuantas viudas lloraban alrededor de la fuente. La herrería estaba ahora cerrada, la chimenea lanzaba pequeñas motitas grises, lo que significaba que estaban apagando las calderas.

No había caso. La desesperación me invadió, algo me decía que permanecer ahí y esperar a las obras fúnebres sería una inminente pérdida de tiempo. Además, probablemente Ädem me estaría esperando.

Me dirigí entonces al establo. Los dueños estaban guiando a los caballos a sus cuadras. El mozo que los dirigía desde atrás notó mi presencia en cuanto llegué.

- Vas a partir por lo que veo. –comparado con el resto de personas con las que me había cruzado en el camino, él no se mostraba tan decaído. Su nombre era Nell. Siempre me había agradado.

- Creo que algunas cosas también cambiarán en mi pueblo –le dije, alzándome de hombros.

- Ya lo creo. Siento que todos tenemos un poco de miedo de lo que podría pasar. Los reyes tenían el corazón de este pueblo. Será difícil que alguien se les iguale –replicó Nell mostrando su resignación. Los otros dos mozos que iban adelante, salieron del establo, dejando a Nell para terminar el trabajo.

- ¿Ni si quiera la princesa? –pregunté con cautela.

- No me malinterpretes, la princesa es también excepcional. Con padres como esos, ¿cómo no lo sería? Sin embargo, muchas cosas podrían ocurrir de aquí a su coronación. Creo que eso es lo que más nos preocupa a todos. –explicó él con calma.

- ¿Quieres decir que alguien más podría reclamar el trono?

- Muchas cosas podrían pasar. Lo que resulta extraño es que no intentaran asesinar antes a los reyes. Therlas es un país privilegiado, demasiado para su propio bien. Pero me imagino que eso ya lo sabes, estuviste acá por bastante tiempo, ¿no es así? –me preguntó mientras los dos avanzábamos dentro del establo para llegar a la cuadra donde se encontraba mi caballo.

- Así es –le respondí pensativa. Era verdad, Therlas tenía grandes ventajas sobre otros pueblos, Fhorem incluido. Tenía amplios campos fértiles. Estaba cerca de las montañas, pero no tan cerca como para sufrir de alguna catástrofe. Tenía vías fluviales por las que pueblos enteros se disputaban y, además, su clima era ideal durante las cuatro estaciones. Sin lugar a dudas era un lugar bendecido por los dioses.

- Estando en un momento vulnerable como este, cualquiera es capaz de tomar ventaja de ello. Además, en cualquier instante vendrán los cinco lores de Therlas, cualquiera de ellos podría acercarse a la princesa, pedir su mano y hacerse del reino.

- ¿Los lores no son buenas personas? –continué preguntando. Si eso ocurría, la unión entre Therlas y Fhorem se convertiría en una fantasía. ¿Qué pensaría Ädem al respecto? La mayoría de los súbditos daban ese matrimonio por sentado en ambos reinos. Al menos eso era lo que se había estado discutiendo durante el último año. Los reyes de Therlas habían persuadido a Ädem al respecto, y con el paso del tiempo, su punto de vista se había vuelto más flexible. Quizá los consejeros tuvieran parte de la responsabilidad en su cambio de mentalidad. Pensándolo de esa manera, la unión al interior del pueblo podía resultar en una de las posibilidades más probables por cumplirse. Eso era algo para tomar en consideración.

- Algunos lo son –contestó Nell, –pero no todos conocen la realidad de nuestro pueblo, y algunos otros tienen ambiciones que van más allá de lo que podrías imaginar.

- ¿Qué pasaría si… algo le ocurre a la princesa? –pregunté, tratando de ocultar mi ferviente curiosidad por inocencia.

- Ten cuidado con esa clase de preguntas –Nell dijo esas palabras con una sonrisa condescendiente. –Si alguien que no te conoce te escucha decir eso, podría pensar que eres parte de la conspiración.

- Lo siento –dije, me sentía un poco avergonzada y arrepentida por aquel traspié.

- Te conozco, conmigo no tienes de qué preocuparte. Es solamente un consejo –me dijo con calma. –Si algo llegara a pasar con la princesa, entonces todo se complicaría más. Alguno de los cinco lores sería elegido rey, pero para llegar a eso, se llevaría a cabo una serie de pruebas que demuestren cuál de ellos es el más indicado. Después se realizarían audiencias desde los pueblos en los que rigen para determinar otros de sus dones. Y finalmente deberán recibir la bendición del alto sacerdote.

- Es un asunto difícil –le dije cuando llegamos a la cuadra de Agnar, mi caballo.

- Así es, también inesperado, pero es algo que debemos superar. –Nell abrió la portezuela, la cual gimió suavemente.

- Te agradezco por toda tu ayuda y por cuidar tan bien de Agnar –le dije, mientras comenzaba a colocarle la silla y mis alforjas al caballo.

- No fue nada. Agnar es un gran caballo –dijo Nell ayudándome a asegurar las fajas y las correas.

- Espero que volvamos a vernos, Nell –le dije, hablando con total sinceridad. Ahora que me iba, tenía una sensación agridulce. Había llegado a guardarle aprecio a muchas personas de aquel reino. Aunque inicialmente no habían sido mis intenciones, el resultado había sido inevitable. Simplemente se habían ganado mi corazón y parte de mi confianza.

- Yo espero lo mismo –contestó, mientras tomaba de mi mano para ayudarme a subir a Agnar. –Fue un placer y un honor haberte conocido, Dhyla.

Dicho esto, me besó con delicadeza la mano. No supe qué más hacer aparte de sonrojarme y galopar hacia la salida del establo. ¿Qué pensaría Ädem si me viera de esa manera? No lo sabía, pero al menos tenía la certeza de algo, y era de lo ansiosa que me encontraba de volver a verlo.

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